Corre el año 1944. Los Estados Unidos de América continúan en guerra con Japón en el Pacífico y quieren asegurarse cuanto antes la victoria, pero su enemigo es un país con una cultura y una forma de pensar tan diferentes —y, a simple vista, tan contradictorias— que no saben cómo afrontar el conflicto. Es en este contexto que la Oficina de Información de Guerra, dedicada a propaganda y transmisión radiofónica, tiene la novedosa idea de solicitar a una antropóloga estadounidense una investigación urgente sobre la cultura japonesa que les permita comprender al enemigo y someterlo de una vez por todas. En un tiempo récord, la científica lleva a cabo un estudio de los fundamentos de la cosmovisión japonesa que será clave para que Estados Unidos se haga una idea de su oponente y pueda darle el golpe de gracia lo más rápido posible.

©Library of Congress
Aunque parezca un resumen de la trama de un libro de ficción, la premisa anterior es el contexto en el que Ruth Benedict llevó a cabo su investigación sobre la cultura japonesa, un estudio que resultó ser el primero de esta índole en la historia de la antropología moderna. El resultado de su investigación fue posteriormente publicado en 1946 bajo el título El crisantemo y la espada: Patrones de la cultura japonesa. En este escrito, la propia Benedict explica la extraordinaria situación en la que tuvo que desarrollar su estudio, caracterizado por la prisa ante la inminente amenaza, la presión a la que se hallaba sometida y la falta de contacto con su objeto de estudio —algo excepcional en un trabajo antropológico—. No obstante, la investigadora trató de mantener una perspectiva científica bajo la cual era necesario presentar a la sociedad japonesa no como el enemigo, sino como otra sociedad más, y una especialmente diferente a la de los lectores estadounidenses. Este estudio ha pasado a la historia como un precedente de la antropología como arma de guerra, una herramienta científica que se continuaría utilizando en conflictos posteriores durante la segunda mitad del S.XX y hasta la actualidad. Pero, ¿por qué la antropología fue un elemento tan decisivo en el conflicto entre Estados Unidos y Japón?
Durante un enfrentamiento bélico entre dos países hay una gran cantidad de puntos clave a tener en cuenta, como pueden ser el tamaño de las fuerzas de combate, las relaciones diplomáticas entre ambos países y hasta el terreno en el que se llevarán a cabo los enfrentamientos. Sin embargo, controlar todos estos elementos no sirve de nada si no se conoce lo principal: cómo es el enemigo, cómo piensa, hasta dónde es capaz de llegar y qué lo llevaría a rendirse. En los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, Japón hacía apenas setenta y cinco años que se había abierto al exterior. Era una nación desconocida hasta entonces, que había tenido muy poco contacto con el resto del mundo y, por tanto, no solo era un misterio, sino que su forma de pensar era tan diferente a la de otras culturas que disentía hasta la raíz misma de la concepción del sentido de la vida.
La obra de Benedict repasa numerosos aspectos de la sociedad japonesa —desde la crianza de los hijos hasta conceptos como el giri o el gimu— y expone algunas teorías que en su día ocasionaron mucho debate, como los conceptos de culturas de la culpa y de la vergüenza. En este artículo, primero nos ceñiremos a presentar una introducción sobre la perspectiva antropológica del estudio. Después, expondremos el capítulo dedicado al comportamiento de la nación durante la guerra como método de conocer mejor la sociedad japonesa. Y por último, presentaremos algunas conclusiones.
Contexto de la obra

La meta del estudio se vislumbra entre las palabras de Benedict. Se puede observar la idea subyacente —que ya expusiera Sun Tzu en sus reflexiones— sobre que el arte de la guerra es someter al enemigo sin luchar. Hacía falta comprender al pueblo japonés para encontrar el método de someterlos. A través de cómo actuaba su ejército podían llegar a percibirse fragmentos de su forma de ser, aunque la antropóloga también recurrió al estudio de campo con japoneses en Estados Unidos, lo que decían los prisioneros de guerra, a estudios anteriores sobre su cultura y a otras culturas vecinas como China, Nueva Guinea y Polinesia.
Por tanto, en junio de 1944 era vital hallar respuesta a una multitud de preguntas sobre su enemigo, el Japón. Era importante saber si la solución al conflicto sería militar o diplomática, si sería resuelto por medio de la alta política o por medio de octavillas arrojadas detrás de las líneas japonesas. En la lucha desesperada que el Japón estaba llevando a cabo, era necesario conocer no sólo los objetivos y motivaciones de quienes ostentaban el poder en Tokio, no sólo la larga historia del Japón y las estadísticas económicas y militares. También era preciso saber hasta qué punto podía contar su Gobierno con el pueblo. Se debía tratar de comprender la mentalidad de los japoneses, sus emociones y las líneas de conducta correspondientes a esas formas de pensar y sentir. Había que conocer las motivaciones que se ocultaban tras sus actos y opiniones. Se tenían dejar de lado, por el momento, las premisas sobre las que los americanos actuaban y evitar por todos los medios el suponer que, en una situación determinada, ellos —es decir, los japoneses— reaccionarían del mismo modo.1
La forma de someter al enemigo implica conocer cómo piensa, y para hacerlo hay que dar por hecho que su cultura va a ser diferente a la propia. Esto quiere decir que no debemos presuponer que el otro actuará como nosotros pensamos, pero también significa que no sabemos hasta dónde llegan las diferencias, por lo que no hay que dar por hecho absolutamente nada cuando se está investigando otra cultura. Es más, puede que dos sociedades diferentes tengan comportamientos similares pero los lleven a cabo por razones muy diferentes. Captar y comprender esa diferencia será vital para llegar a un entendimiento con el otro. Esta es la razón del análisis cultural, el encontrar por qué cada cultura es como es.2
La perspectiva que adopta Benedict es denominada «relativismo cultural». Esta corriente se muestra como una alternativa al universalismo cultural, que juzga a todas las culturas con una serie de valores y normas preestablecidos e inamovibles —es decir, transculturales—. El relativismo cultural afirma que, para comprender una cultura, hay que examinarla en sus propios términos, y que no se puede establecer un punto de vista único y universal al estudiar una cultura.3 Por tanto, Benedict no se dedica a juzgar si está bien o mal lo que hacen los japoneses, sino a exponerlo.4 La primera parte de este estudio, pues, está dedicada a introducir esta perspectiva antropológica al lector de a pie.
El relativismo cultural ha enfrentado críticas, sobre todo de cara al proceso de apertura, globalización y convivencia que se ha desarrollado en el mundo en las últimas décadas.5 Pero lo cierto es que, en el momento que nos atañe, se trataba de una tendencia a la que habían llegado los antropólogos como resultado de décadas de estudio desde el sentimiento de la superioridad occidental. Muy pocas décadas antes los antropólogos aún estudiaban otras culturas no occidentales como si se trataran de sociedades moral, social, e incluso biológicamente inferiores. El relativismo cultural es, por tanto, una reacción que buscaba romper completamente con el juicio negativo desde el que se habían analizado algunas culturas en el pasado.

Aún con las reflexiones introductorias que nos encontramos en este trabajo cabe mencionar que, debido a su naturaleza urgente y al objetivo de entender al pueblo japonés, este estudio no deja de tener un carácter reduccionista implícito desde su creación. Aunque Benedict redactara el libro después de la guerra, el principal objetivo de su investigación no deja de ser cumplir con los requerimientos de la Oficina de Información, por lo que también la perspectiva del trabajo está orientada a hacerlo fácil de entender, a simplificar los resultados y a no tardarse mucho en sacar conclusiones, pues había una guerra que ganar —y, posteriormente, un territorio que ocupar—.
Guerra a la japonesa
El segundo capítulo del libro trata enteramente de cómo actuó el país nipón hasta entonces en la guerra y qué nos podía decir esto de la forma de ser de la nación. La primera idea que encontró Benedict era la de «templar el espíritu». Si faltaba comida, había que fortalecer el cuerpo haciendo más ejercicio. En el manual de guerra, la primera frase era «lee esto y ganaremos la guerra». Además, se hicieron saber a la población historias sobre la valentía de los soldados que contradecían algunas normas biológicas del ser humano. El pueblo japonés —tanto las fuerzas armadas como civiles— llevaba al límite sus capacidades físicas a través del dominio del espíritu. La idea de que cuanto más difíciles fueran las circunstancias, más podrían mejorar como sociedad era un hecho que inevitablemente condujo a la política de no rendición que ostentó el país durante la guerra. Y de hecho, según Benedict, cuando la derrota llegó, ésta se interpretó como si hubiera sido porque el espíritu de los estadounidenses había sido superior al suyo.

En esta idea se vislumbra otra que, quizás, haya pasado con mayor fama a la historia, la de que rendirse o ser rescatado es una muestra de cobardía. El ejército japonés no tenía reparos en abandonar la posición de hospitales militares y, al hacerlo, asesinaba a los pacientes. Además, rendirse era una decisión tan extravagante en un soldado nipón que, aún yendo en contra de sus costumbres en favor de la vida, Benedict recoge que el bando estadounidense asesinó a varios de los japoneses que deseaban rendirse como medida de precaución. Éste es sin duda el contexto del panfleto que podemos observar en la imagen anterior. El papel lo debían tener los soldados japoneses pero estaba dirigido a los americanos y les pide que garanticen un trato humano al portador. No podemos dejar de mencionar que tuvieron que cambiar el rótulo principal, que rezaba I surrender —«me rindo»—, algo que ningún soldado japonés aceptaría por la política de no rendición-, por uno que dijera I cease resistance —«dejo de resistirme»—, más acorde con el sentir de un soldado japonés que decidiera entregarse.
Ya en el campo de prisioneros, los soldados no habían recibido órdenes de callar ningún tipo de información —debido a la política de no rendición, pues seguían sirviendo a su ejército aún capturados—, por lo que su manera de actuar y hablar era muy peculiar para los vigilantes enemigos. Además, los que se hallaban allí encerrados, por lo general, se comportaban ejemplarmente. Al terminar la guerra, muchos de ellos colaboraron con sus enemigos sin ningún tipo de problema. Diferente contexto vivieron los prisioneros americanos pues, señala Benedict, que en el campo no podían ni reírse —debían entender que haber sido capturados era una deshonra y vivir acorde a ello— y que la desobediencia pública o réplicas eran fuertemente castigadas. Sin embargo, no así lo era la desobediencia encubierta, pues lo importante no era cumplir las normas, sino hacerlo ante los superiores y el resto del grupo como señal de respeto a la autoridad y la sociedad. La idea del comportamiento en sociedad, más específicamente tratada como el lugar que ocupa cada individuo en la sociedad japonesa, es ampliamente desarrollada en el tercer capítulo del libro.

Otra observación respecto a la guerra es que, cada vez que el bando japonés sufría una derrota, la anunciaban como si se tratara de un suceso que los altos mandos militares ya tuvieran previsto dentro de sus planes. Esto difundía el mensaje en la población tanto de que les había sido posible prepararse con antelación como de que no había que preocuparse por ello. Pero también mostraba que la derrota estaba dentro de lo que esperaban, por lo que ser derrotados era una victoria en sí misma, ya que cumplía con la táctica que estaban siguiendo, fuera cual fuera ésta.6
En este mismo capítulo Benedict reflexiona sobre la concepción del emperador, un tema que encerraba cierto misterio para las personas fuera de la cultura nipona —denominados outsiders por los antropólogos—. Se trataba de una figura que había pasado en la historia de Japón de ser un hombre encerrado en su palacio al guía de la nación en algún punto de la historia reciente. Además, en las entrevistas a soldados capturados, cada uno parecía atribuir al emperador lo que mejor se adecuase a sus convicciones, ya fuera un líder bélico, un mártir pacifista o una figura espiritual. A pesar de las fuertes críticas que recibían los dirigentes políticos y los altos cargos militares, nadie hablaba contra el emperador.
En el contexto bélico que estaban viviendo, descubrir que el enemigo trata a cierta figura de ese modo puede ser vital. No se trata de doblegar al enemigo con las tácticas que uno conoce, sino con las que se ajusten a las ideas del propio enemigo. Así pues, los americanos descubrieron que no podrían conseguir ninguna información en contra del emperador en los interrogatorios por más que preguntaran. Claro está, siempre hay excepciones y algunos de ellos fueron algo duros con su gobernante, pero no era ni mucho menos el pensamiento general de los soldados. Tal era la percepción de cada soldado con el emperador en esta suerte de relación parasocial que, en campo de batalla, los líderes militares utilizaban lo utilizaban como una especie de chantaje con los soldados al pedirles que cumplieran su deseo —«al luchar en esta guerra estáis cumpliendo con el deseo del emperador»—.

Reflexiones posteriores
El trabajo sigue explicando características de la sociedad japonesa como pueden ser las deudas de honor del sistema jerárquico y algunos hábitos del día a día. La suma de todas ellas intentan que el lector pueda comprender mejor esta sociedad, al igual que en su día sirvieron a la Oficina de Información de Guerra. Sin embargo, como el lector ya adivinará, muchas de estas cosas han quedado anticuadas no solo tras la guerra —la derrota suele sugerir al bando vencido que se replantee ciertas cosas—, sino tras tantos cambios como los que ha sufrido la sociedad japonesa en las últimas décadas, empezando por la ocupación militar estadounidense y continuando por el desarrollo que trajo el «milagro económico japonés». A pesar de ello, el libro ha seguido siendo objeto de interés especialmente en épocas de conflictos políticos con Japón —como en el caso de China, donde se vendieron setenta mil copias durante 2005—7. Y, como se puede imaginar, dentro de la comunidad científica y de los propios antropólogos japoneses el trabajo ha recibido numerosas críticas por su ambigua naturaleza.
Los estudios culturales con perspectiva científica son un campo no solo desconocido, sino opacado por aquellas publicaciones que, lejos de científicas, carecen de perspectiva crítica alguna. Un estudio antropológico no solo conlleva comprender que la cultura que está observando es diferente a la que conoce, sino que —siguiendo la perspectiva de Benedict— podemos acercarnos sin juzgar si es mejor o peor que otras. En este sentido, un análisis de esa naturaleza contrasta inevitablemente con la infinidad de divulgación sobre Japón que encontramos inundando las redes sociales y que se dedican a idolatrarlo o demonizarlo. Juzgar a una sociedad que no es la propia sin desvestirse antes de las concepciones de la cultura de uno mismo no es algo que se debería hacer a la ligera, y menos cuando no se tiene sentido crítico con la cultura de uno mismo. Aunque no queramos, el tratamiento de la información no será correcto, ya que lo importante de una cultura no es tanto el qué hace, sino el por qué lo hace. Y esto solo lo podemos llegar a entender cuando nos desliguemos nuestros propios «qués» y «porqués» —y dejemos de ponerlos en el pedestal de la moral— y podamos pensar con los del otro.
Notas al pie
- Ruth Benedict, El crisantemo y la espada: Patrones de la cultura japonesa, p.11. Alianza Editorial. ↩︎
- Es cierto que la cultura no lo es todo a la hora de comprender a otra persona y que cada uno tiene su propio bagaje, pero hay que entender que la cultura en la que se habita es el contexto en el que uno se desenvuelve, el agua de la pecera en la que nada y, en definitiva, la forma que tiene de ver el mundo. ↩︎
- Véase la página del Instituto Cervantes sobre el Relativismo cultural: https://cvc.cervantes.es/ensenanza/biblioteca_ele/diccio_ele/diccionario/relativismocultural.htm ↩︎
- Sin embargo, sí que recurre a las comparaciones con la cultura norteamericana para hacer más comprensible lo que quiere exponer, pues sabe que los lectores tienen una cultura muy diferente y quiere asegurarse de que entienden las diferencias. ↩︎
- Algunas de estas críticas incluyen justificar violaciones de derechos humanos y fomentar la falta de entendimiento entre culturas, entre otras. ↩︎
- A colación de este tema, uno no puede evitar pensar en muchas series nekketsu en las que ceder ante un ataque o dejarse derrotar supone la victoria automática del protagonista porque éste ya había planeado que su enemigo actuaría así —un tema recurrente, por ejemplo, en Jojo’s Bizarre Adventure—. ↩︎
- Fujino, Akira, Tribune News Service, «Book on Japanese culture proves a bestseller in China», The Advocate of Stamford, Connecticut,. ↩︎
Referencias
Benedict, Ruth. El crisantemo y la espada: Patrones de la cultura japonesa. Alianza Editorial. Madrid, 1974.