Flotando en la oscuridad, sentía su cuerpo dividirse en dos. Las preguntas «¿Dónde estoy?» «¿qué está pasando?» no importaban. Kiyomi sentía calma en aquellas tinieblas, ignorante de su alrededor. Mientras sentía cómo se perdían sus manos, su cadera, su cabeza. No había dolor. Más bien, estaba insensible. Todo sosegado. Sin agitación. Dividiéndose como si fuera natural. Calma. Todo era calma. Kiyomi dejó sus nervios relajarse mientras se entregaba lentamente.
Era ese sueño otra vez, el sueño que tenía todas las vísperas de Navidad. Se desvanecía en esa nada. La única diferencia en ese trance, eran los sonidos. Sonidos de tráfico. Recordó entonces las casas en el retrovisor alejándose, el vehículo blanco enfrente suya, el semáforo que acababa de volverse ámbar cuando ella giró rumbo a casa. Recordó el volante en sus manos y cómo se escapaba de ella. No sintió el cinturón, ni tampoco el pie en el acelerador. Cuando consiguió abrir los ojos, vio cómo su coche avanzaba hacía un poste telefónico.
Antes de recibir una mala noticia. El doctor Toshiaki, investigador en la Escuela de Ciencias Farmacológicas, llegaba a las ocho y veinte. Se adentró en las grises instalaciones hasta llegar a su despacho. En él, encontró la solicitud de uno de sus estudiantes. En aquellos papeles se requería el estudio de las enzimas EcoR I y BamH. Eran enzimas de restricción que en palabras sencillas son proteínas de origen bacteriano capaces de modificar el ADN, e incluso clonarlo. Detalles de la investigación que tomarán mayores dimensiones en otro momento.
Toshiaki, revisando las notas que había tomado el día anterior, comenzó a prepararse para su experimento en la Sala de Cultivo. Era una sala esterilizad. Del incubador tomó dos matraces plásticos, para verlos mediante el microscopio. De vuelta a su despacho y tomando algunos compuestos de la nevera de aquél sitio, advirtió la llegada de una alumna de segundo año. Sachiko entró y saludó con amabilidad al profesor que estaba ejerciendo como su tutor. Un tutor que no podía evitar apreciar la gracia de la esbelta figura de la joven.
Cuando estaban decididos a comenzar la experimentación del día. Toshiaki enfrascado no atendió las tres primeras llamadas al teléfono del laboratorio. Hasta que apareció Asakura que al escuchar la voz al otro lado de la línea, se acercó a él. Con la voz temblorosa le dijo que su esposa, Kiyomi, estaba en el hospital. Entonces el esposo y los padres de Kiyomi, encuentran el cuerpo de la accidentada en la unidad de cuidados intensivos. Los exámenes neurológicos y la hemorragia sostienen que si desconectan a Kiyomi, morirá.
Al día siguiente, observando la neblina matutina desde el despacho, Toshiaki sufre de una extraña cefalea, acompañada de ideas sobre su esposa. Le parecía que el cuerpo de de Kiyomi estaba demasiado firme, caliente, y colorido para compararse a otras personas en coma. Con el alba asomando, él recordó que ella era donante de órganos. Pensó en la terrible posibilidad de la muerte; pensó en cómo, en alguna ocasión, diseccionaba las ratas de laboratorio cuando estuvo de prácticas.
Riñones. Toshiaki cerró los ojos. Pensó en los riñones de su esposa, y en la macabra opción de extraerlos. Y en un vistazo que hizo aquella mañana, a los cultivos celulares —en especial a la placa de células cancerosas—, tuvo una revelación. El veredicto llegó finalmente. La muerte de Kiyomi reunió al marido, a su suegro, y a la coordinadora de trasplantes. Con rectitud fue explicado la necesidad por parte del hospital, de quedarse con ambos riñones, así les contó a ambos señores. Cabe señalar que en el sistema legal de Japón se requería la conformidad del marido para estas intervenciones.
Cuando se presentó la oportunidad, Toshiaki se acercó sigiloso a su suegro. Le sugirió la descabellada idea de extraer el hígado de su hija, para experimentar con el órgano. Así mediante el cirujano del hospital, podría hacerse con unas muestras del hígado. Para suerte de este malévolo plan la operación sí se llevaría a término muy pronto, pues urgía salvar la vida de una niña. Mariko Anzai.
Mientras que la operación mañanera resultó un éxito. A las seis menos diez, se realizaría una intervención clandestina. En el mismo quirófano estéril. El cirujano y un estudiante de este, observaban de nuevo el vientre abierto de Kiyomi. El hígado estaba allí, en perfectas condiciones. Contemplando la sábana que cubría el cuerpo, la curvatura del cadáver. El cirujano pensó en la macabra belleza del cadáver; se arrepiente casi de inmediato por esos pensamientos. Cuando el cirujano llevó las muestras, Toshiaki le aseguraba que Kiyomi seguía viva.
En la Escuela de Ciencias Farmacológicas. La ayudante Asakura es apartada bruscamente por un Toshiaki enajenado. Ingresa en la sala de cultivos, enciende la centrifugadora. Y en la cabina de flujo laminar, que es un banco de trabajo aislado capaz de crear ambientes estériles mediante una serie de filtros y ventiladores, comienza a manipular los tubos con los restos de su mujer.
Tras repetir las mismas operaciones unas veces, lleva la muestra al microscopio; teñidas de azul, las células fueron contempladas. Era hermoso. En lugar de formas desarmadas, las células estaban bien definidas sobre el fondo anaranjado de la máquina. Eran cuerpos circulares perfectos y brillantes, como perlas.
Un texto en cursiva aparece con voz propia. Cuando desconectaron el cuerpo de Kiyomi de su soporte vital. Una consciencia que creció dentro de aquella crisálida estaba a punto de lograr sus objetivos. Había sido capaz de cegar a Kiyomi para tener el accidente, y se mantuvo en su interior. Esperando un trasplante, al mismo tiempo que depositaba su esperanza de renacer en otro huésped.

El fotograma muestra el momento en el que la entidad —la Eva Mitocondrial— emerge completa. Perfecta, húmeda y con la mirada fija, rebelada ante su horrorizado creador. A partir de este clímax, la criatura utilizará el poder de manipular a otros humanos. Controlando sus cuerpos para que todas las mitocondrias de sus cuerpos reaccionen, causando la combustión de la carne.
Cuando ella fue admirada bajo las lentes del microscopio, supo que había tomado la decisión correcta. Había estado esperando una eternidad para que llegara este día. Al fin, ella era valorada, porque aquí había un hombre que hacía un esfuerzo genuino por entenderla. Toshiaki. «Él y yo seríamos tan perfectos juntos», iensa la entidad mientras se replica incesantemente en la placa del laboratorio. Piensa en cómo con la ayuda de ese hombre, conseguiría dar descendencia a su estirpe.
La mitocondria es el ser apocalíptico de Parasite Eve, una historia de terror escrita por Hideaki Sena en 1995. El libro detalla con rigor científico el horror de la ingeniería humana, del peligro biológico, de investigaciones inmorales. En cierto modo puede recordar al miedo corporal de La Cosa, a ese miedo profundo que le tenemos a los parásitos y a quedarnos negados o sustituidos, mientras nuestro cuerpo sigue así fuera de control.
Sin embargo, podemos hacer otra lectura, más triste y más real, sobre el abuso físico. Toshiaki, el doctor que salva a esta criatura mitocondrial, es un hombre roto por la pérdida. No obstante, apenas duda en cometer crimen contra el honor de otra persona fallecida. Como la ley le daba autorización para gestionar el derecho a ser donante póstumo de su mujer, aprovecha el respaldo institucional. Además utiliza el prestigio y la relación amistosa con otros hombres para sus planes.
Ejerce su control sobre el cuerpo de la mujer. Tomar las muestras de sus órganos internos para multiplicarla, es un tétrico abuso al honor de Kiyomi. Que la novela trate estos acontecimientos como un amor trágico forma parte de la visión posesiva sobre el cuerpo femenino. Si a eso le añadimos las descripciones voyeurísticas que ellos hacen sobre la silueta femenina, lo perturbador de este relato es cómo ni la muerte te libra de la mirada masculina.
En la realidad resuenan casos parecidos. A partir de unas pruebas realizadas sobre el genoma humano se descubrió un linaje matrilineal, que marca el momento de simbiosis entre la bacteria y el humano. La Eva mitocondrial fue una mujer africana que vivió hace unos 200.000 años. Gracias a Eva heredamos todas las mitocondrias de la población humana actual. El material genético demostró ese nexo en las que ambas partes se benefician y que determinó como funcionan nuestros procesos metabólicos.
Y como el hacer humano es tan cruel, la experimentación con tejidos, descrita en la obra, se asemeja a otro caso. El caso de Henrietta Lacks. Ella fue una paciente que acudió al Hospital de Johns Hopkins en Baltimore, por un sangrado. La exploración confirmó que ella padecía de cáncer en el cuello uterino. Por desgracia, el tratamiento de aquél momento, los años 50, no fue suficientes y Henrietta falleció a los 31 años.
Lo poco ético de esta historia es que le realizaron una biopsia, sin su consentimiento mientras que recibía los procedimientos oncológicos. El tejido fue cultivado en secreto en los laboratorios, porque sus células eran inmortales. Soportaban el desgaste genético y su multiplicación era de unos niveles tan altos que podía replicarse miles de estudios sobre dichas células y aún así se seguirían formando y desarrollando.
Las célula HeLa —así fueron clasificadas por los científicos— se convirtieron en un recurso que a día de hoy sigue vigente. Ayudó al desarrollo de vacunas como la del polio o el COVID-19, al estudio de mejores tratamientos para enfermedades como el VIH. Aunque ahora se agradezca a la figura de Henrietta como parte de un milagro médico, la historia de esta mujer estuvo cerca de no salir a la luz. Si no fuera porque la familia de Henrietta se enteró de lo sucedido casi veinte años después de su muerte, quizá hoy se recordaría sólo al médico que la atendió.
La estela de esta historia —de Parasite Eve—, es decir, los científicos inmorales, la persecución de motivos materiales como es crear vacunas y venderlas, es el germen creativo de otras muchas historias. Una en particular puede ser la muestra de un futuro lejano pero, posible. Un mundo corporativista ahogado por una amenaza biológica, en el cual las personas son sólo el medio para el fin.

En el siglo 30, la humanidad consiguió colonizar Marte. No obstante la investigación de aquellas tierras marcianas trajo consigo una infección. El manga titulado Biomega —de Tsutomu Nihei— se centra en los estragos provocados por un virus, que ha llegado a la Tierra. Seguiremos la travesía del humano sintético Zôichi, uno de los productos de la empresa Industrias Pesadas Toâ. Se trata de un androide con la conciencia de un ser humano, mandado en una misión de reconocimiento.
El agente llega a una ciudad amurallada, un espacio de cuarentena. Un lugar inhóspito que está bajo el protocolo de purificación de Salud Pública. El régimen del terror se ha extendido hasta el punto que el servicio de Salud Pública actúa como paramilitares, descontaminando la ciudad asesinando a los enfermos. Los infectados por este virus son llamados drones y sufren una serie de mutaciones grotescas y la pérdida de su autonomía para convertirse en vectores de la enfermedad. Tan imposible parece ser combatir el patógeno que el protagonista no hace más que abrirse paso con violencia, mientras busca a alguien importante.
Debido a las épicas dimensiones de los muros, las carreteras e infraestructuras imposibles, el manga transcurre en una vorágine de líneas de una arquitectura imposible y hostil; con unos paneles de mucha acción que contrasta con otros momentos más contemplativos. Para una total sumersión en la obra de Tsutomu, sería apropiado perderse en La Ciudad de Blame!
La misión de Zôichi es supervisada por la inteligencia artificial Fuyu, una máquina integrada en su vehículo. Mientras viaja por el laberinto brutalista de calles infestadas, accidentalmente hiere a una humana que al poco se recupera por completo. La chica es Ion, una persona que ha adaptado el virus. Es decir su cuerpo es compatible e inocula los efectos adversos de la enfermedad, manteniendo su apariencia y conciencia humana. No obstante la chica está en el punto de mira de otras amenazas, aunque es rescatada por un oso parlante llamado Kozlov.
Pronto en la trama, se desplegará un arsenal balístico, con el objetivo de interceptar a los grandes núcleos poblacionales. La Data Recovery Foundation —DRF—, que en un inicio se trataba de una empresa con fines farmacológicos bajo el nombre de Microvolt, es quien lanza dichos misiles. Su objetivo es expandir la enfermedad drone, bajo un supuesto bautismo pues creen que será el siguiente paso en la evolución; alcanzarán la inmortalidad.
La DRF, guiada por una mente colmena, pretende acelerar el proceso con un fin adicional que es el control. Convertirse en la fuerza que a nivel mundial gestione y decida sobre la salud de los ciudadanos, o aquellos que sigan sus designios. Del mismo modo que el capitalismo nos llevó al monopolio de las patentes y al freno que estas suponen para vacunar o curar a grandes sectores de la población. Porque el enemigo de esta historia es el incentivo económico, el valor del producto.
Así el deseo de esta organización se cumple. Se alcanza un punto de no retorno para la Tierra, que es transformada en una red de biomasa de dimensiones galácticas. Un único ser con un esqueleto del acero y piedra de la anterior civilización. El Restaurador es este compuesto enfermizo, fruto de toda la vida que existió en el planeta, ahora crea sus propios humanos.
Algo que une al manga y a la novela, es que se nos revelará el origen del virus; un origen violento que experimentó con el cuerpo humano. En Marte encontraron un ser inmortal, capaz de sobrevivir por siglos. Era una mujer, que sintetizaba unas esporas parecidas al plástico de manera natural. A su vez, encontraron un insecto. Un fósil que apenas lo revivieron, activaron una cadena de desastre.
Biomega dentro de su escenario postapocalíptico, nos enseña una serie de fenómenos muy realistas sin embargo. La molly amazónica, que es un pez real, es capaz de activar sus óvulos con el ADN de cualquier otra especie, lo que lo convierte en uno de los pocos organismos complejos de nuestro ecosistema que sólo reproduce hembras. Pues bien, los científicos hacen eso mismo con el insecto y la mujer marcianos. Instrumentalizando el cuerpo femenino por una razón egoísta, se desencadena el fin de la humanidad misma.
Y esas son las advertencias de estas historias de terror. Horrores biológicos provocados por las sucias manos del hombre, movidos por deseos. Tomando nuestros datos biométricos para venderlos. Acelerando el cambio climático sin importar las bacterias que pueden albergar bajo el hielo. Y el peligro de saber serían capaces de llevar la Tierra a ese escenario infernal y pandémico. Esa violencia que sucede en laboratorio, podría ser trasladada a nuestras calles.