El 11 de septiembre de 2026 se cumplió un siglo de la muerte de Matsunosuke Onoe. Puede que hoy sea un nombre que apenas suena fuera de los círculos especializados, pero hubo un tiempo, en los albores del medio en el país del sol naciente, en que fue el rostro más reconocible del cine japonés. Aprovechando el centenario de su muerte, en este artículo repasamos la importancia y el legado de la primera estrella del cine japonés, un intérprete procedente de una tradición teatral tan rica como el kabuki que dio el paso a la gran pantalla, llenó las salas niponas e hizo que los espectadores acudieran al cine a ver, por primera vez, a alguien querido y reconocido.

Onoe nació en Okayama en 1875 con el nombre de Tsuruzo Nakamura. Desde muy joven le atrajeron las artes escénicas y, según contó él mismo en una autobiografía publicada cuando ya era famoso, su primera experiencia sobre los escenarios se produjo con solo cinco años, en una representación de una compañía dirigida por Tamizo Onoe. Más tarde, a los catorce años, dejó su hogar para unirse a una compañía ambulante de teatro kabuki.
En 1905 cambió de nombre y empezó a actuar como Matsunosuke Onoe. Esta era una costumbre muy extendida en el mundo del kabuki llamada myōseki por la que los actores adoptaban nombres artísticos con cierta carga tradicional, normalmente heredados de otros actores de renombre. Según sus propias memorias —un dato que han confirmado estudios posteriores—, Onoe fue la tercera generación en utilizar ese nombre, que ya entonces gozaba de cierto prestigio en el mundillo.
Para cuando fue descubierto por Shōzō Makino, uno de los directores pioneros del cine japonés, Onoe tenía 34 años y ya contaba con una dilatada carrera en el kabuki a sus espaldas. Makino había sido contactado por el estudio Yokota Shōkai para que le ayudara con sus películas de época. Con ese fin, el director pidió a la compañía ambulante que habitualmente representaba en el teatro de su madre en Kioto que acudiera con él a un templo local para grabar allí algunas escenas de una obra. Fue entonces cuando Makino se fijó en Onoe, quien trabajaba para la compañía teatral y, al reconocer su talento, le pidió que fuera el protagonista de sus futuras películas.
Así, Matsunosuke hizo su debut en la gran pantalla asumiendo el rol protagonista en Goban Tadanobu (1909), que adaptaba una escena de la popular obra kabuki Yoshitsune Senbon Zakura —«Yoshitsune y los mil cerezos»—. Para entonces, hacía tan solo doce años desde que el empresario Katsutarō Inabata trajera a Osaka un ejemplar del cinematógrafo de los hermanos Lumière y lo exhibiera en un teatro local, un evento que marcó la primera proyección pública de cine en la historia de Japón.

Desde ese primer papel en el cine, Onoe trabajó en una ingente cantidad de películas, la mayoría de corta duración —sobre todo al principio, debido al estado primitivo del medio—. Fue un rostro inconfundible para el público japonés durante la popularización del cine en el país y una figura clave en la difusión del jidaigeki —literalmente, «de época», películas ambientadas en el período feudal—. En esos filmes se le solía ver interpretando a protagonistas heroicos y caballerosos, tanto históricos como ficticios. Además, popularizó el papel de ninja con sus películas, especialmente entre el público infantil y juvenil, que empezó a emular en la calle las escenas de acción que veían en pantalla.
En sus años más prolíficos llegó a protagonizar más de ochenta películas por año y las salas proyectaban varias de sus cintas por semana, un notable volumen de trabajos que contribuyeron a que su rostro quedara grabado en la retina y en los corazones de los espectadores nipones. Todo esto lo volvió enormemente querido, hasta el punto de que el público lo apodó cariñosamente Medama no Matchan —algo así como «Matchan, el de los ojos grandes»—.
Además de por su baja estatura, Onoe era inconfundible por sus grandes ojos —de ahí el apodo— y su expresividad en pantalla, un estilo heredado de su amplio recorrido como actor kabuki. El kabuki, tradición escénica que se remonta al siglo XVII, tuvo una importancia capital como fuente de inspiración en las primeras películas de factura japonesa. Un fenómeno que no es de extrañar, ya que era aquello a lo que estaban acostumbrados tanto los actores como los primeros espectadores nipones.
De este modo, se trasladaron formas, costumbres, estéticas y estilos de un arte escénico a otro, lo que generó un impacto que se dejó notar en múltiples elementos narrativos y estéticos. Las vestimentas y el maquillaje, la preferencia por el dramatismo y la teatralidad en los movimientos y gestos o la aparición de escenas de lucha y muertes estilizadas. Así, el kabuki —junto a otras tradiciones teatrales como el noh y el bunraku— supuso un importante poso sobre el que se moldeó el cine japonés en sus comienzos.
Se dice que Onoe protagonizó más de mil películas, con Araki Mataemon (1925) anunciada ante el público como la producción número 1.000 de su carrera. Es difícil determinar si fue verdad o una estratagema publicitaria —si nos vamos a los datos, el portal web IMDb registra únicamente 946 producciones—, pero independientemente de que la cifra alcance o no un número tan redondo, la carrera de Matsunosuke no deja de sorprender por lo prolífica que fue. Entre sus títulos más recordados están Chushingura (1910), que adaptaba el clásico episodio histórico-legendario de los 47 rōnin, y Gōketsu Jiraiya (1921).
Sin embargo, la carrera de Matsunosuke acabó abruptamente en 1926. El actor se encontraba rodando la película Kyokotsu Mikaijii cuando sufrió un colapso en el set debido a una enfermedad del corazón. Falleció poco después, el 11 de septiembre de ese mismo año, un día antes de cumplir 51 años. Murió cuando todavía se encontraba en el cénit de su popularidad, aunque en lo artístico ya había pasado su mejor momento, ya que sus roles estaban empezando a quedar algo obsoletos. En aquellos últimos años empezaba a ser eclipsado tanto por las nuevas películas de acción estadounidenses que llegaban al país como por actores de jidaigeki más jóvenes, como Tsumasaburō Bandō, aunque ni siquiera esos factores habían hecho mella en su fama y la teórica película número mil de su carrera, estrenada un año antes de su muerte, se anunció como un importante acontecimiento.
Su fama fue tal que su funeral motivó un documental titulado El funeral de Matsunosuke Onoe (1926), que hoy se conserva en la Filmoteca Nacional de Japón gracias a la donación que hizo su hijo, Nakamura Fusakichi, en los años 70. Al cortejo fúnebre acudieron 200.000 personas, que se congregaron en las calles de Kioto para despedir al primer gran ídolo del cine japonés. Entre las figuras del que asistieron se encontraban, además de representantes políticos, personalidades del mundillo como el ya mencionado actor Tsumasaburō Bandō, los directores Teinosuke Kinugasa y Daisuke Itō, junto al propio Shōzō Makino, su descubridor.

Onoe murió cuando en Japón todavía solo existía el cine mudo, de modo que, a diferencia de otros profesionales de la dirección y la actuación de su tiempo, nunca llegó a afrontar el reto de adaptarse a los cambios que conllevó la llegada del cine sonoro —como sí sucedió en el caso de los benshi, otra figura esencial en los albores del cine en el país—. Por si fuera poco, la mayor parte de su filmografía quedó destruida tras el Gran Terremoto de Kantō de 1923 y el incendio posterior que arrasó la colección fílmica de Nikkatsu —la primera y más importante productora del país por aquel entonces, para la que el actor venía trabajando de forma exclusiva desde 1912 hasta su muerte—, a lo que se sumó la destrucción por los bombardeos e incendios durante la Segunda Guerra Mundial. Por todo esto, lo que se conserva hoy —en su mayoría preservado en la Filmoteca Nacional de Japón— es solo una fracción de una carrera que fue clave durante el nacimiento del cine japonés como industria.
A pesar de todo, la pérdida del material original no supuso el olvido del actor, aunque hoy su papel se haya diluido por el paso del tiempo. La importancia de Matsunosuke Onoe durante los primeros coletazos del cine nipón no radica únicamente en haber sido el primer rostro reconocible por los espectadores, sino también en haber encarnado —por su trayectoria profesional— esa sinergia con la tradición teatral japonesa que definió al medio durante aquellos años iniciales. En definitiva, su enorme popularidad lo convirtió, más que en un intérprete, en una figura capaz de atraer por sí misma al público a las salas. Así, con Onoe, el fenómeno de las estrellas de cine acababa de echar a andar en Japón.
Fuentes y recursos
Bernardi, Joanne, Matsunosuke Onoe: the First and the Greatest Movie Star of Japan. Tokio: The National Film Center, The National Museum of Modern Art, 2007.
Freiberg, Freda, «Comprehensive connections: the film industry, the theatre and the state in the early Japanese cinema». Screening the Past, n.º 11 (2000). (Enlace)
Irie, Yoshiro, «The First Movie Star in Japanese Film History». Journal of Film Preservation, n.º 72 (noviembre de 2006), pp. 67-70. (Enlace)
Sato, Tadao, «An Introduction to Early Japanese Cinema». Screening the Past, n.º 6 (1999). (Enlace)
Standish, Isolde, A New History of Japanese Cinema: A Century of Narrative Film. Nueva York, Continuum International Publishing Group, 2006.
Toki, Akihiko y Mizuguchi, Kaoru, «A history of Early Cinema in Kyoto, Japan. Cinematographe and Inabata Katsutaro».CMN!, n.º 1 (1996). (Enlace)