Resulta difícil imaginar la reacción de quienes pisaban una sala de cine por primera vez a finales del siglo XIX. La perplejidad de esos primeros espectadores nos puede parecer extraña si la miramos desde el siglo XXI, pero cobra todo el sentido si recordamos que esas personas estaban observando imágenes cobrar vida delante de sus ojos por primera vez.
Ahora imaginémonos esa misma situación en una sala de cine de Japón, por ejemplo, en el 1900. Tras más de dos siglos de aislamiento (Sakoku), la sociedad nipona acogía todos los avances y la tecnología que llegaban desde Occidente con fascinación y curiosidad ante lo desconocido, sensaciones mezcladas con la extrañeza debido a un fuerte choque cultural. Para el japonés medio las costumbres, los gestos y la vida cotidiana de los países occidentales resultaban muy atractivos pero ajenos al mismo tiempo y, en ocasiones, desconcertantes.
A la barrera cultural se sumaba otra idiomática. Casi todas las películas que se proyectaban al principio en Japón venían del extranjero —sobre todo de Estados Unidos, pero también de otros países como Francia o Alemania—. Estas se compraban e iban a parar directamente los cines nipones con los rótulos —esas pantallas con texto tan típicas del cine mudo— sin traducir desde el original. Por lo general los japoneses no estaban nada familiarizados con las lenguas europeas, por lo que un espectador no tenía manera de entender qué estaba pasando en la película sin que alguien que conociera el idioma leyera los rótulos en voz alta.

De estas dos necesidades nació la figura del katsudō shashin benshi —traducido como «narrador de imágenes en movimiento»—. El más comúnmente conocido como benshi o katsuben, era un profesional contratado por las propias salas de cine que, situado habitualmente a un lado de la pantalla para no restar protagonismo a la proyección, tenía como misión principal asegurarse de que el público japonés entendiera la película que estaba viendo.
La existencia de personas con este rol no fue ni mucho menos un fenómeno exclusivo de Japón. En países como España —donde la población analfabeta a inicios del siglo XX rozaba el 50%— se volvió imprescindible contar con un «explicador», alguien de la localidad con formación que leía los rótulos pero que nunca tuvo el mismo protagonismo que los benshi. Bastante parecidos al caso de Japón fueron los de Corea y China, donde aparecieron respectivamente los pyŏnsa y los dianying jieshuoyuan, figuras que también adquirieron un protagonismo que iba más allá de limitarse a explicar el argumento de una película.
En realidad, su aparición se debe a una estrategia comercial por parte de los primeros cines japoneses. Las entradas eran algo más caras que las de otros espectáculos de la misma época, y además las primeras películas mudas apenas duraban unas pocas decenas de segundos. Para añadir valor al espectáculo y evitar que el público abandonara la sala con sabor a poco, los primeros benshi no solo tenían el cometido de traducir los rótulos del filme, sino que también estiraban la duración de las proyecciones por medio de sus narraciones y comentarios. A menudo, el pase se completaba también con una presentación por parte del benshi de la máquina proyectora y una muestra de su funcionamiento, lo que cerraba con broche de oro la experiencia al saciar la curiosidad de los espectadores por el avance tecnológico que estaban presenciando.

Pero los benshi no se limitaban únicamente al cometido de leer rótulos y dar explicaciones. Pronto estos narradores empezaron a ir más allá de su rol explicativo. Su técnica, denominada «setsumei» (explicación), evolucionó desde un estilo más sencillo a uno más personal e interpretativo conforme las películas mudas se volvieron más largas y argumentalmente más complejas. Normalmente adornaban sus explicaciones con comentarios graciosos y chistes, narraciones en un estilo teatral y dramático e incluso reproducían sonidos. También solían poner voces a los personajes actuando como un doblaje primitivo, e incluso podían llegar a inventarse diálogos para dar más espectáculo, algo que encantaba y entretenía al público nipón.
Lo más interesante es que estas técnicas no surgieron del vacío. Muchos de estos narradores se inspiraban directamente de tradiciones teatrales centenarias como el kabuki, el noh y el bunraku —este último de marionetas—. Los benshi tomaron recursos como el tono dramático al narrar, la caracterización vocal de personajes tanto masculinos como femeninos o la recitación de poemas y los adaptaron a este nuevo medio traído de Occidente. El resultado fue una forma de narración que el público japonés reconocía y sentía como propia, lo que convertía al benshi en un puente que acercaba dos culturas poco antes desconectadas.
Al poco tiempo de aparecer los benshi ya se habían convertido en verdaderos profesionales del entretenimiento, además de expertos con formación en el idioma, la historia y el contexto social de los países de donde provenían las películas, principalmente Estados Unidos. Para realizar bien su trabajo no solo debían tener el carisma y el ingenio suficientes para entretener e influir en la respuesta emocional del público, sino que también debían contar con una voz potente para ser escuchados y una gran coordinación tanto con los músicos —que acompañaban las proyecciones mudas con instrumentos tradicionales japoneses— como con el encargado de manejar el proyector, con el que en ocasiones pactaban ralentizar la película en algún momento o pausar la reproducción para introducir sus comentarios.

Los benshi normalmente se preparaban viendo las películas unas cuantas veces antes de actuar por primera vez, pero por lo general sus comentarios buscaban dar la sensación de que eran hasta cierto punto espontáneos e improvisados. Esto generó la idea de que el intérprete iba perfeccionando su actuación conforme más veces se proyectaba una película, mientras que en las primeras proyecciones de un filme sus intervenciones solían ser menos brillantes y las modificaba conforme él mismo observaba la respuesta del público.
Por todo esto, los benshi pasaron de ser meros narradores a convertirse en auténticas estrellas y sus interpretaciones, en actos creativos de propio derecho. Su popularidad llegó hasta tal punto que su nombre y fotografía solían aparecer en los carteles junto al de los actores y actrices, y la actuación de un narrador en concreto solía ser un atractivo más que podía hacer que el público se decantase por acudir a una u otra sala de cine. Su importancia era tal que la historia de las primeras décadas del cine como medio en Japón no habría sido igual sin la existencia de estos profesionales.
Uno de los casos que más se suele citar es el de la película estadounidense «El beso», de 1896. El filme, de menos de veinte segundos de duración, muestra a una pareja besándose y actuando de manera cariñosa delante de la cámara. Esta actitud era vista como totalmente inmoral por parte de la conservadora sociedad japonesa, hasta el punto de que el Gobierno se planteó prohibir su proyección. La brecha cultural solo pudo salvarse gracias a la existencia de los benshi, encargados de explicar al público que un beso era una manera de expresar cariño totalmente normalizada en Occidente, aunque para el espectador japonés pudiera resultar chocante.
Además, los benshi se volvieron tan populares que influyeron de manera decisiva en los primeros pasos de la industria japonesa del cine, que en su mayoría producía adaptaciones de obras de teatro kabuki. Su influencia se dejó notar tanto en la narrativa de las primeras películas de factura japonesa, ya que los primeros directores de cine nipones contaban de antemano con la presencia del benshi en la sala para ayudarles en la narración y la explicación de sus películas, como en la técnica, ya que la enorme atracción del espectador japonés hacia la figura del benshi es una de las razones que explican el tardío despegue del cine sonoro en Japón. Mientras que en otros países los primeros largometrajes con sonido aparecieron a finales de los años 20, en Japón hubo que esperar hasta mediados de los años 30 para su difusión entre el gran público.
Al final, fue inevitable que el cine sonoro se impusiera en las salas de cine japonesas. Esta situación sirvió de pretexto a sus empleadores para acabar, en apenas unos años, con la figura del benshi, que ya habían empezado a sufrir años atrás fuertes limitaciones en su libertad para actuar debido al endurecimiento de la censura gubernamental en 1925. Ante la pérdida masiva de empleos, muchos se organizaron para realizar una huelga en 1932, pero la movilización terminó en fracaso al no poder hacer nada para frenar la expansión de esta nueva tecnología cinematográfica. Uno de los que lideró las protestas fue el benshi Teimei Suda, nombre artístico bajo el que actuaba Heigo Kurosawa, hermano mayor del célebre director de cine Akira Kurosawa, quien se quitó la vida en 1933 debido al desgaste emocional tras perder su empleo y el fracaso de las protestas.
Así, los avances técnicos en el cine provocaron que los benshi desaparecieran en poco tiempo tras haber dominado las salas de cine japonesas durante más de treinta años. Tras la práctica desaparición del oficio del benshi, este solo volvió a brillar brevemente en ocasiones especiales, como eventos conmemorativos o reuniones de antiguos compañeros benshi con un marcado carácter emocional.

En cuanto a los benshi que perdieron su empleo, algunos pasaron a trabajar en productoras de cine o se reinventaron para empezar a presentar eventos en vivo como espectáculos de variedades, pero la mayoría optó por abandonar definitivamente la industria del espectáculo. Quizá el caso más célebre fue el del famoso benshi Musei Tokugawa, quién consiguió hacer carrera en la radio y, muchos años después, en la televisión.
Si en la edad dorada del oficio, en torno a 1927, había en Japón 6.818 benshi, 180 de los cuales eran mujeres, actualmente se calcula que solo quedan entre 15 y 20 benshi activos en Japón. Obviamente ya no desempeñan su papel tradicional dentro de las salas de cine comerciales, sino que actúan más bien como una forma de preservar esta importante parte de la historia del cine japonés además de como parte de festivales internacionales y reproducciones especiales de cine mudo.
En la actualidad, dos de los más conocidos son la narradora Midori Sawato, famosa por haber aprendido el oficio directamente de Shunsui Matsuda —uno de los últimos benshi de la edad dorada— y por haber ejercido a su vez de maestra de otros intérpretes actuales. Junto a ella, el más célebre a escala internacional es Ichirō Kataoka, conocido por haber participado en festivales de cine en Europa y los Estados Unidos en colaboración con instituciones educativas como la Universidad de Waseda.
De este modo, los benshi nacieron con el fin de hacer comprensible para los japoneses un cine que llegaba en otro idioma, pero terminaron convirtiendo esa necesidad en un espectáculo con entidad propia, hasta el punto de adquirir casi tanto protagonismo como las películas que narraban. Hacían entendible la película, que era su función principal, pero también actuaban como un puente entre culturas, con un protagonismo y una identidad propios que les valieron un hueco entre el público nipón.
Fuentes y recursos
Kataoka, Ichirō «La evolución Del Katsudô Shashin Benshi». L’Atalante. Revista De Estudios cinematográficos, n.º 7, diciembre de 2008, pp. 37-45. https://doi.org/10.63700/509
Dym, Jeffrey A. «Benshi and the Introduction of Motion Pictures to Japan». Monumenta Nipponica, vol. 55, n.º 4, invierno de 2000, pp. 509-536. https://doi.org/10.2307/2668250
Benshi: Silent Film Narrators in Japan. Archivo digital creado por estudiantes y profesores de la Universidad de Hamilton
Película completa «Taki no shiraito» (El hilo blanco de la catarata), de 1933, narrada por la benshi contemporánea Midori Sawato. Vídeo en YouTube