No hace falta ser muy avezado en los hack and slash, ni siquiera en su subgénero del character action, para saber qué trucos emplea Onimusha: Way of the Sword para ensanchar sus entre 20 y 30 horas de campaña —dependerá de cuánto te quieras perder con el contenido secundario—. Son, al fin y al cabo, las mismas fórmulas de éxito probado por las que tantos otros títulos AAA han optado en el pasado. Goza de un mundo semiabierto en el que explorar en busca de materiales para mejorar poco a poco nuestras técnicas. En el que, también, podremos librar breves escaramuzas contra hordas de enemigos a los que estaremos sobradamente acostumbrados. En el que, como no podía ser de otra manera, deberemos atender a las variopintas peticiones de los kiotenses, algunas de ellas inmersas en la mística del folclore japonés, otras tantas centradas en encargos intrascendentes.
Lo que quizás sí requiere de una vista más aguda es atender a lo que Way of the Sword urde tras bastidores. En lo que, de forma subrepticia, hace de su sistema de combate un ejercicio de precisión milimétrica capaz de alcanzar unas cotas ridículamente altas de intensidad. Y es que al +5% de ataque por conseguir cuatro piezas de hierro y dos de pedernal del que muchos nos hemos agotado se superpone un escenario en el que las batallas son también bailes. Danzas delicadas, cuidadosamente elaboradas para que el proceso de dominarlas sea tan arduo como inmensamente gratificante. No es ninguna coincidencia que la trama coloque un gran foco en el kabuki, pues su teatralidad impregna cada batalla sin, por ello, escatimar en la profundidad mecánica que separa a un videojuego como este de una película de acción con buenas coreografías.
Las herramientas de las que Miyamoto Musashi se servirá para rebanar, laminar, aserrar —y cualquier otro sinónimo de «cortar» que se os pueda ocurrir— a sus contrincantes son, a simple vista, las habituales. Un tajo ligero y otro fuerte, una esquiva, un parry y un contrataque son la base de su sabor. A partir de ahí, se nos van planteando a un ritmo muy finamente medido infinidad de variables. Armas secundarias para todos los gustos, barritas que rellenar y muchas otras mejoras a las que accederemos, por supuesto, avanzando a través de un árbol de habilidades.

Pero hay dos elementos que engrandecen esta propuesta sobremanera. La primera nos la anticipa el título del juego, ya que Way of the Sword también es inequívocamente Onimusha. Nuestro guantelete oni podrá absorber almas de distinto color y cada una sirve un propósito diferenciado, ya se trate de recuperar vida en momentos límite, poner a punto las ya mencionadas armas secundarias o, más adelante en la historia, acercarnos a una transformación letal con la que volver las tornas a nuestro favor.
El segundo, que pivota parcialmente sobre este primero, es lo prodigiosamente bien que transita entre cada mecánica hasta crear una sensación de conjunto. Hay ataques enemigos que solo admiten un tipo de respuesta de nuestra parte, por lo que el juego nos anima naturalmente a cambiar de estrategias. Sin embargo, en la mayoría de casos lo que cambia es cómo de grande es la recompensa si empleamos una herramienta u otra. La esquiva es más apropiada para golpes físicos, el desvío está pensado para cambiar la dirección de un espadazo y el codiciado Issen es muchísimo más estricto y arriesgado, pero reúne las ventajas de las dos anteriores. Al desbloquear la habilidad de repeler los golpes, pulsando el botón de parry mientras se empuja hacia delante con la palanca de control, nos puede tentar su ventaja de desgastar enormemente la resistencia enemiga, pero también implica que nuestro contrincante puede recuperarse rápidamente y arremeter contra nosotros. Si queremos absorber almas de un color en específico, tendremos que recurrir a tácticas específicas y diversas.
Bien es cierto que, enumeradas de esta forma, las opciones a disposición pueden resultar abrumadoras. No obstante, a los mandos de Musashi es sorprendentemente ágil entrar en la zona, gracias en parte a la ya reseñada dosificación pero, sobre todo, al pegamento que lo une todo en la obra, su apartado artístico. Las animaciones del título destacan no solo por lo maravillosamente que acompasan claridad y espectáculo visual, sino también por la apabullante cantidad de pequeñas interacciones que se suscitan en cada combate. Ya sea por la dirección desde la que el ataque nos alcance, por la posición del enemigo cuando lo ejecutemos o por reaccionar apropiadamente a los obstáculos del escenario, uno podría batirse en duelo con un Genma cien veces y a la centésima se toparía con un detalle completamente nuevo. El inconfundible sonido del parry, diseñado específicamente para generar serotonina, las llamas que bañan nuestro filo y las chispas que brotan de cada choque de aceros son tan protagonistas de este juego como el propio Musashi.

El sistema de combate de Way of the Sword es, en fin, deliciosamente complejo. Pero nada de esto tendría sentido sin contrincantes con los que poner en práctica nuestras dotes con la espada. Un catálogo razonablemente diverso de masillas nos servirá como entremés de cara a los jefes finales, que son los puntos álgidos de la aventura —sin perjuicio de que estos primeros también vayan cobrando una complejidad más marginal—. Se ha llegado a afirmar que los enemigos de este título son sacos de boxeo que esperan a su turno para recibir mil tajos de parte de nuestro héroe espadachín. Nada más lejos de la realidad, pues la absoluta totalidad de estos enfrentamientos climáticos suben la temperatura hasta niveles insospechados y que, de entrada, pueden antojarse insuperables. Un ejemplo de lo crueles que pueden llegar a resultar es que, si nos asestan algunos ataques especiales, los jefes serán capaces de avanzar a su siguiente fase antes de tiempo y ponérnoslo más difícil aún. Lo hermoso es que hasta el muro más infranqueable se puede vencer con un sortilegio casi humillante para nuestro rival. Sin trampa ni cartón, solo con concentración, paciencia y constancia. También se ha criticado que la mayoría de batallas se reciclen más adelante —ya sea porque se convierten en minibosses o por el boss rush de rigor de Capcom—, pero la cuestión es que son duelos tan divertidos y polifacéticos que simplemente apetece repetirlos una y otra vez.
Y es que, a pesar de las más que evidentes asperezas de su clónica progresión, el homónimo camino de la espada de Musashi es uno que sencillamente da gusto ver desenvolverse. Nuestro protagonista, que toma su apariencia del legendario actor Toshirō Mifune —el cruce con el cine de samuráis es una tradición en la saga—, personifica la superación del jugador de la mano de animaciones corporales alucinantes y tan colmadas de detalles como los tajos que asesta a sus rivales. Su viaje comienza desde una arrogancia ciega, cerrado en banda ante la idea de que un poder sobrenatural como el del guantelete oni sea lo que le permite vencer a los Genma. No es hasta que asume su propia debilidad y se apoya en un plantel secundario realmente carismático que la auténtica fuerza se revela ante él. Musashi descubre que el camino ante él estará lleno de sufrimiento, pero que parte del encanto se halla en aprender a disfrutarlo.
Se trata de un mensaje que, por simplón que pueda antojarse, resuena muchísimo con el mundo que actualmente nos toca vivir. En una era en la que el trabajo humano es cada vez menos valorado, resulta perentorio reivindicar la perseverancia y la belleza de aprender algo. Esta es una idea que el propio contexto del título también demuestra. El juego no es solo el regreso triunfal de una franquicia que llevaba un largo tiempo durmiente, con personajes de los que es imposible no enamorarse, una jugabilidad de escándalo y jefes finales inolvidables. Nos hallamos también ante un corolario inmejorable de lo que Capcom ha ido granjeando a lo largo de esta generación. Hay muchos pequeños detalles que todo fan avezado de la compañía osaqueña detectará de sus otros lanzamientos. Sin Monster Hunter, sin Devil May Cry y evidentemente, sin Resident Evil no existe Way of the Sword. Y es así que el rincón más insospechado de la industria del videojuego nos ha regalado una oda a la creatividad y el esfuerzo humanos —a tres bandas: el nuestro como jugadores, el del protagonista de esta historia y el de sus creadores—que, sin lugar a dudas, será recordada como uno de los monolitos del hack and slash en los años venideros. Solo nos queda desear que la leyenda de Miyamoto Musashi no haya hecho más que comenzar.