Rhythm Paradise Groove, el canto de cisne de Switch

Es prácticamente una tradición nintendera que, cuando llega una nueva consola, aún siga habiendo lanzamientos periféricos para la generación anterior durante cierto tiempo. No se trata, pues, de un cese inmediato, sino de una desaceleración que acompaña al parque de consumidores, mientras el nuevo dispositivo va cogiendo carrerilla con su catálogo, para que la transición sea suave. Es un delicado juego de contrapesos entre mantener contentos a quienes aún no están preparados para dar el salto y no defrau dar a los que han apostado por la nueva tecnología desde un primer momento; so pena de acabar como la PlayStation 5, que hasta hace bien poco no había terminado de arrancar en condiciones en lo tocante a taquillazos exclusivos. De lo que no cabe duda es que Nintendo Switch ha recibido un apoyo nada desdeñable desde la salida de su sucesora, con apuestas intergeneracionales como Leyendas Pokémon: Z-A y Metroid Prime 4: Beyond, la recopilación de la bilogía Super Mario Galaxy o exclusivos más puros como Tomodachi Life: Una vida de ensueño y lo que aquí nos ocupa, Rhythm Paradise Groove.

Tras una década de espera —cifra que incluso podríamos poner en tela de juicio, dado el carácter del anterior Rhythm Paradise Megamix como título mayormente recopilatorio—, la franquicia de juegos de ritmo del compositor, productor y otrora vocalista Tsunku♂ está de vuelta. Ya anticipamos en su momento, al poner la saga en retrospectiva, que su retorno en los últimos bandazos de Switch era bastante probable. Ahora bien, no dejéis que os engañen el estilo caricaturesco y simplón o lo relativamente barato que pueda resultar comparativamente con otras salidas de la Gran N. Estamos ante una de las propuestas más ambiciosas de la serie que, sin lugar a dudas, ha hecho que la interinidad entre nuevas entregas haya merecido la pena.

¡Pa, pi, pu, pe, po! / ©Nintendo

La dinámica del modo para un jugador es a la que los fanes de la saga estamos acostumbrados. Cada fase se compone de cuatro niveles breves —de unos dos minutos— que pondrán a prueba nuestro sentido del ritmo de formas muy diversas, pero siempre empleando un máximo de dos o tres botones. Estos serán típicamente A y alguna de las direcciones de la cruceta o el joystick izquierdo, dependiendo de la acción concreta que comporte —por ejemplo, para cerrar el paraguas de nuestro personaje en Baile de paraguas presionaremos hacia abajo—. Acto seguido, nos enfrentaremos a un remix que combinará lo aprendido hasta el momento de forma dinámica, para evaluar tanto nuestro oído musical como nuestros reflejos.

Es en esta simpleza que reside lo bello de Rhythm Paradise, pues resulta sorprendente cuánto partido el juego logra sacar a un planteamiento jugable tan poco elaborado. Los tutoriales de cada pantalla son muy claros y cada input está acompañado de una pauta sonora fácilmente distinguible, lo que hace que la experiencia básica sea muy accesible para los no adeptos. Bien es cierto que si eres músico o un veterano de la serie, no te resultará para nada complicado avanzar; no obstante, quien quiera dominar Rhythm Paradise Groove se dará de bruces con un auténtico desafío. Y es que el techo de habilidad va mucho más allá de conseguir la calificación más alta en un minijuego, que de por sí tiene su miga. Tras hacer un Perfecto —es decir, completar el nivel sin fallos— tres veces consecutivas, se nos desbloquea el modo nocturno, el cual nos exige jugar con la pantalla a oscuras, sin apoyo visual y dependiendo únicamente de tu memoria y de seguir el compás. Por lo tanto, la puerta de entrada del título es bastante holgada, pero quien quiera profundidad va a tenerla a espuertas.

Y es que, de la mano de un apartado artístico y una banda sonora tan variados como magníficos, es extremadamente difícil jugar sin que se nos dibuje una sonrisa de oreja a oreja. Un elemento diferenciador de Rhythm Paradise frente a otros títulos de ritmo, que sigue en primer plano en Groove, es cómo cada nivel no solo implica aprender nuevas reglas, sino que también trae consigo una pequeña historieta para aportar contexto al compás de que se trate, siempre con un sentido del humor muy absurdo. No estamos solamente siguiendo las indicaciones del juego, sino que, por ejemplo, saltamos el aro junto a nuestros compañeros, aventamos frutas con nuestros increíbles bíceps o asestamos espadazos a los demonios. Los diversos y alocados planteamientos nunca sacrifican la claridad visual, gracias al excelso trabajo del ilustrador Ko Takeuchi —como inciso, os recomendamos encarecidamente que le echéis un vistazo a su Twitter, donde ha publicado fanart del mismísimo Tragabuche—.

Algunos obstáculos visuales pueden parecer tramposos, pero la gracia es que nos ayudan a centrarnos en los sonidos. / ©Nintendo

La música que acompaña cada pantalla, por su parte, es tan maravillosa como de costumbre. Abarca un abanico de géneros razonablemente amplio —aunque, todo sea dicho, es tendente al techno, el rock y el pop— y, como contrapunto a que las canciones con letra no estén dobladas, algunas de ellas están en idiomas distintos del japonés, como el francés o el español. Sería poco diligente omitir aquí la mención Love me forever!, el tema cantado por la inigualable y popularísima Ado para el octavo remix y que representa, sin duda, uno de los puntos álgidos de la entrega. También se ha de celebrar el regreso de algunos vocalistas que han colaborado con la franquicia en el pasado, como Hikaru Ohashi o Hotzmic que, como dato curioso, es la hija de Tsunku♂ —de hecho, tenía apenas seis años cuando interpretó I’m a lady now para Rhythm Paradise Megamix—.

Puestos a citar algunos niveles en las que la armonía entre los apartados visual, sonoro y jugable es absoluta, habría que destacar: Estornudo lunar, que nos hace huir de una malvada luna, aprovechando cuando cierra los ojos al estornudar, de la forma más cañera que os podáis imaginar; Diálogo alien, donde interpretaremos a dos niños que tratan de comunicarse con un extraterrestre que los invita a su nave espacial como si de un episodio de Dandadan se tratase y A por la A, en el que la primera letra del abecedario cobra protagonismo de maneras tan inesperadas como descacharrantes —no nos atrevemos a dar más detalles, confiad en nosotros—. Varios minijuegos se convertido automáticamente en nuevos clásicos de la franquicia, tan emblemáticos como Entrevista movidita, de Beat the Beat: Rhythm Paradise o el ubicuo Kárate killo.

Quizás la seña de identidad más evidente de Rhythm Paradise Groove, en comparación con sus predecesores, es su apuesta por un diseño excesivo, maximalista y que toca prácticamente todos los palos posibles. Además del ya reseñado modo para un jugador, que cuenta con nada menos que 80 niveles en total —para poner las cosas en perspectiva, el promedio de la saga es de unos 50 minijuegos por entrega—, el título también cuenta con numerosos modos secundarios, algunos de ellos mucho más robustos de lo que uno podría imaginar. Véase Beatspell, que adapta la gameplay rítmica a una breve aventura de rol con bastante soltura, tanto así que habría sido perfectamente capaz de sostenerse como un lanzamiento expandido. O, por su parte, el magnífico reparto de pantallas en multijugador local, con un equilibrio muy bueno entre niveles cooperativos y competitivos que dan para echarse un rato con los amigos genuinamente a la altura de otros colosos de Nintendo como Mario Party o Super Smash Bros.

©Nintendo

La otra cara de la moneda es que, precisamente por tratar de ser un juego tan amplio y completo, hay algunos apartados en los que se echa en falta un pelín más de mimo. Los mayores damnificados por la escala del juego son los remixes, que tradicionalmente proponían una estética única y homogénea entre los minijuegos que formaban parte de cada uno —tradicional japonesa, ciberpunk, tribal, etc.—. En esta entrega, este lujo es reservado a algunas mezclas en particular, mientras que la gran mayoría no cambian el estilo de dibujo para la ocasión. Sin ser esta una reforma escandalosa, bien es cierto que elimina parte de la sensación de ceremonia que siempre ha revestido a estos puntos en la serie. De la misma forma, que todas las pantallas tengan una versión secuela más difícil pone en evidencia cuáles son las que reciben una expansión en condiciones y cuáles no evolucionan en complejidad tanto como podrían.

Lo cierto es que, a pesar de que Rhythm Paradise ha estado más de una década en parón, la iniciativa fan ha sostenido el fervor por su particular forma de aproximar el género de ritmo. No hablamos solamente del sinnúmero de remixes no oficiales que podéis ver en YouTube, sino también de títulos indie que han estado más que a la altura de la franquicia de Nintendo, como Melatonin, Rhythm Doctor, Bits & Bops u otros que se inspiran en la serie de forma menos significativa como Rift of the Necrodancer o UNBEATABLE. Lo que con esto queremos enfatizar es que el tiempo no se paró para el equipo de desarrollo y, sin embargo, ha logrado demostrar la salud de su fórmula en pleno 2026 con una entrega que tiene la diversión y la creatividad por banderas.

A fecha de redacción de este texto, no hay más lanzamientos de Nintendo programados para la primera Nintendo Switch. Si bien es probable que esto cambie en el futuro, de lo que no cabe duda es que Rhythm Paradise Groove es uno de los últimos grandes títulos de la híbrida. Para el ojo poco entrenado, este puede parecer un cierre poco apropiado para un catálogo magnífico, pero nada más lejos de la realidad. La entrega despliega con una naturalidad y exceso tales sus ideas que da la impresión de que la saga nunca nos abandonó. Esta sensación de compromiso renovado es sinónima de la generación —piénsese aquí en los regresos triunfales que fueron salidas como The Legend of Zelda: Breath of the Wild, Super Mario Odyssey o Pikmin 4— y, a decir verdad, hace del juego que hoy nos ocupa una manera inmejorable de despedir a la consola. Solo nos queda desear que podamos volver a tener un bis con para Tsunku♂ y compañía más pronto que tarde.

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