¿Yaoi, Boys’ Love u hombres besándose?

Como más o menos decía una popular canción, nombres mil tiene el género de romance varonil. Y es que la representación ficticia de hombres manteniendo relaciones amorosas ha sufrido más cambios de nombre que la estación de Sol con sus patrocinios. Con este artículo pretendemos arrojar un poco de luz a los orígenes de cada uno de ellos y esclarecer más o menos cuáles siguen vigentes a día de hoy a la vez que hacer un pequeño repaso histórico a sus orígenes.

Vamos a empezar a quitarnos algunos no tan polémicos de en medio y saquemos a la palestra nuestros queridos slash y lemon. El primero aún se mantiene con algo de fuerza, pero el segundo ha caído prácticamente en desuso, la única forma de verlo a día de hoy es si nos adentramos mucho en los confines de las páginas dedicadas a fanfiction o a algún AMV de YouTube primigenio. Slash nace de las convenciones de forma de los fics donde las parejas son representadas por sus nombres y un guion o slash, si somos más políglotas, entremedias para indicar que es una relación romántica. Como tal, esta representación sigue vigente hasta el día de hoy, sin embargo el nombre ha perdido algo de fuelle al menos en círculos de media japonesa. Originalmente fue concebido como un término que englobase solo relaciones entre hombres, mutando más tarde en algo más neutro pero que aún conserva sus dimorfismos de género como es el caso del término femslash que se usa para hablar de relaciones amorosas en ficción entre mujeres. Actualmente podemos verlo más en uso en fandoms basados en series americanas o europeas, libros o ficción basada en personas reales, sin embargo el término no tiene ya mucha cabida en fandoms mayormente basados en obras japonesas o asiáticas en general. El término, por su parte, lemon nos evoca incluso a tiempos más pasados y concretos, el público general valora que su etimología nace del anime para adultos Cream Lemon y más tarde el fandom del boys’ love lo adoptó para denominar aquellas producciones que contuviesen contenido erótico relacionado a dos hombres. Llegó hasta tal punto de equivalencia que empezó a usarse durante un tiempo como sinónimo o complementario de la palabra yaoi y podíamos encontrar avisos como «este vídeo tiene lemon, si no te gusta no veas» o incluso «yaoi lemon, ver con precaución». Desde luego el que avisa no es traidor y si avisa dos veces lo es menos, pero ahí estaríamos hablando de cuando la etiqueta dentro de los fandoms era cosa relativamente común.

Si nos dejamos de las historias de la mili y la posguerra y nos vamos ahora un pasito hacia el futuro para las historias sobre la transición, nos encontraremos que ríos de tinta virtual corrieron en los debates sobre la terminología del boys’ love. Vamos a optar primero por una visión más occidentalizada de la situación. En espacios online se empezó a adoptar el término yaoi para denominar todo lo que tenía que ver con hombres envueltos en relaciones románticas en la ficción japonesa, desde mangas oficiales a parejas no canon. Sin embargo también se adoptaba un nuevo matiz y es que se empezaron a distinguir aquellas representaciones que contenían contenido para adultos de las que no lo tenían. De esta manera hacíamos la distinción entre shonen-ai, que eran historias sin corte sexual, o yaoi, que claramente eran lo contrario. Esta definición fue muy prevalente en los espacios occidentales de fanes durante muchos años y en muchas ocasiones las recomendaciones de las obras y los discursos revoloteaban alrededor de estos dos términos como uno de los pilares base.

En esta distinción incluso nos topábamos con debates generados sobre la pureza de las obras e incluso sobre lo respetable que eran en función de la inclusión o no de contenido sexual. Podíamos llegar a ver a la gente haciendo equivalentes de depravación en función del tipo de romance que alguien decidía consumir, eso cuando no estábamos cayendo en un discurso homófobo sobre lo necesario o no que era tener que ver a dos hombres besándose, que era mucho mejor si solo mostraban sentimientos puros el uno por el otro pero no pasaban la línea física. Un poco el mismo discurso que vemos a día de hoy con las categorizaciones arbitrarias de la gente, solo que esta vez ha virado desde un enfrentamiento interno hasta un enfrentamiento de yuri vs yaoi carcomido en parte por el discurso puritanista y radfem.

Ahora sí, si queremos ser exhaustivos en cuanto a terminología se refiere tenemos que hacer un pequeño paseo por la historia del género para poder comprender de dónde nacen todas estas palabras en el escenario japonés. Cuando se suelen tocar estos temas muchas veces dirigimos la mirada al Grupo del 24 y dentro del contexto del manga tiene todo el sentido, ya que fueron las pioneras en el desarrollo del género. Sin embargo, podemos incluso dar un paso o dos hacia atrás.

Ilustración de ©Tabatake Kashou

En los inicios del siglo XX, en las primeras décadas de la era Showa en Japón, artistas como Tabatake Kashou comenzaron a desarrollar un estilo artístico que combinaba las delicadezas del artes japonés y las combinaba con las sensibilidades estéticas del arte europeo para crear un estilo con influencias hasta Prerrafaelitas. En su arte podíamos ver una de las imágenes precursoras del bishounen, con hombres de facciones más suavizadas y cuerpos más estilizados que más que rudeza mostraban delicadeza. Que sus andanzas artísticas estuviesen también más ligadas al arte comercial ayudó bastante a la hora de expandir esta visión artística que mezclaba culturas, ya que el público general podría tener el arte a su alcance. Pero Tabatake no solo diseñaba productos comerciales al uso, sino que colaboró también con numerosas publicaciones de distintas demografías para asistirles con sus ilustraciones. Esto popularizó su estilo entre un público, que aunque no exclusivo, era mayormente femenino y por lo tanto sentó algunas de las bases artísticas para los primeros mangas situados en el paraguas de la demografía shoujo. Otra de las grandes influencias originarias del género fue la obra de Koibitotachi no mori, o El bosque de los amantes como se traduciría en español, de la escritora Mari Mori. En esta obra la autora nos cuenta la historia de un profesor y su alumno, que también juega el papel de su amante, por la premisa podemos discernir algunos de los primeros tropos que jugaron un papel crucial dentro de las primeras publicaciones de BL. Y es que las primeras representaciones de romances homoeróticos dentro del manga como medio aludían a escenarios europeos, generalmente de clase media-alta, envueltos en un halo de melancolía y tragedia debido a su consideración como amores prohibidos. Sin embargo, estas obras, mayormente publicaciones literarias eran conocidas por el nombre de tanbi que significaría una búsqueda de la belleza y a la vez verse envuelto en ella y cuyo uso se prolongaría en el tiempo para hacer referencia a la literatura BL. Estos dos artistas son especialmente claves para asentar las bases de los primeros trazos del BL, sin embargo estamos hablando también de un momento de sensibilidades artísticas y prohibiciones que juntos darían a luz al género. Así pues debemos tenerlos en consideración como una parte importante de un grupo, pero no como el todo.

Sumidos en esta estética tristeza y en la belleza de lo efímero ya podemos echarle un vistazo a las precursoras grabadas a fuego en la historia de lo que consideramos boys’ love. La obra que comercialmente y casi de manera académica consideramos como la primera de su género es La balada del viento y los árboles de Keiko Takemiya. Hasta hemos podido ver exposiciones en el país nipón donde se la denomina como tal y es cierto que la obra desarrolla plenamente ese romance entre hombres que podemos decir que es la base del género de romance entre hombres, faltaría más. Aún así Moto Hagio por ejemplo también creó de su propia pluma y letra obras como Thomas no Shinzou, donde podemos ver también acercamientos estéticos y narrativos a las relaciones homoeróticas algunos años antes que la famosa obra de Takemiya. Lo mismo pasa con Sunroom nite, obra de la propia Takemiya, que publicada en 1970 se considera también una de las obras base, si no la primera, en tratar el tema del amor entre muchachos. Ciertamente, esta última podría ser denominada como la sólida primera obra BL de la historia del manga ya que incluye todas las características necesarias y temporalmente se sitúa como la más temprana. Sin embargo, su condición como one-shot, su existencia como versión contenida de Kaze to Ki no Uta y el opacamiento posterior por la versión completa de esta la relegó a un segundo plano en pos de la que hoy sí que conocemos como el primer BL de la historia. Así pues, tenemos un pequeño debate sobre lo que vamos a querer considerar o no el origen del género, a gusto del consumidor. Como dato curioso y tangencialmente relevante a este artículo, el mismo Grupo del 24 es considerado precursor del género yuri, concretamente Ryouko Yamagishi y su obra Shiroi heya no futari.

Sunrom nite. / ©Keiko Takemiya

Ahora bien, ¿cómo se denominaron en su época esta serie de historias? Aquí también tenemos que echar un vistazo al contexto histórico y concretamente a una publicación premiada del autor Taruho Inagaki de 1968 titulada Shonen-ai no bigaku, donde hacía una división de los tipos de historias de acuerdo al eroticismo y siguiendo las corrientes emergentes en psicología hablaba sobre el amor entre muchachos jóvenes. Otra posible influencia fueron algunas de las obras del clásico Yukio Mishima, ya que el autor es ampliamente conocido por su tratamiento más o menos explícito de la homosexualidad; como ejemplo más claro tenemos Confesiones de una máscara y como otro más sutil tenemos Nieve de primavera y su saga El mar de la fertilidad, donde principalmente podemos ver una trama movida por la amistad entre jóvenes, la belleza efímera de sus protagonistas y la tragedia subyacente en todas las historias que la integran. Estas influencias estéticas, narrativas y de pensamiento dieron un origen indirecto a las obras arriba mencionadas y por lo tanto las autoras implicadas decidieron llamarlas shonen-ai siguiendo la narrativa aportada por las ideas de Inagaki. Pese a esto, el término a día de hoy no denomina tanto los mangas de romance masculino, sino que nos habla de realidades más efebofílicas.

Tenemos uno ya actualmente en desuso, por lo tanto vamos ahora a centrarnos en el que cronológicamente nos concierne ahora y ese es el término bara. A pesar de las diferencias que podamos hacer respecto al boy’s love «común» y el bara, nos estaríamos basando en una división artificial que ni siquiera tiene como tal un uso común en Japón. En 1971 se publicaría el primer ejemplar de la que históricamente se ha considerado primera revista gay de Japón, pese a que hay algún elemento de discordia entre los especialistas, esta sería la Barazoku. Su nombre evocaría la visión de tórridos romances homoeróticos cerca de las rosas. El concepto de bara en occidente muchas veces engloba mangas de corte homoerótico y se define como un género más orientado a hombres gays, donde las características masculinas están ampliamente más definidas y no vemos una presencia tan clara de esa versión «afeminada» que veíamos en los primeros BLs. Gran parte del discurso diferencial entre bara y BL se ha basado ampliamente en el reconocimiento de bara como un género externo al del boys’ love más dirigido a mujeres, sin embargo esta es una distinción ficticia creada por el discurso occidental sobre BL. Si bien es cierto que podemos afirmar con cierta seguridad que el BL, así como cualquier otra obra, tiene demografías principales según su lugar de publicación y los enfoques del autor, el término bara en en japonés no se ha llegado a usar nunca de manera distintiva ni descriptiva a no ser que mencionásemos que en occidente se usa de tal manera.

Ya que es un tema farragoso tenemos que valorar algo más el contexto histórico que nos atañe. Es cierto que la publicación de Barazoku tuvo un impacto bastante grande dentro de la comunidad gay japonesa e incluso en la producción de material audiovisual para adultos, por lo tanto podemos afirmar que también lo tuvo en el mundo del manga. De la misma manera que en revistas de demografía shoujo se estaban publicando obras con romance entre hombres, era de cajón que una revista especializada comenzase a publicar ilustraciones e historias en formato cómic del mismo estilo. Es obvio afirmar que estas estaban directamente dirigidas a hombres gays, ya que era el público objetivo de la revista, sin embargo no se las conoce como bara desde dentro. Si acaso podemos ver los términos de gay erotic manga o gay manga, incluso gei-comi en algunas fuentes, pero bara sigue siendo una importación. Así pues, hablar de las diferencias entre «bara» y «boys’ love» sería un poco como hablar de las diferencias entre un pino y los árboles. Una simplemente es una pequeña parte de un todo mayor, a día de hoy podemos encontrar diferencias en cuanto a búsqueda de material dedicado a uno o a otro público, pero no dejan de formar parte de un género mayor. También es cierto que pese a tener unas demografías comerciales, las revistas o publicaciones como la Barazoku nunca se cerraron ante públicos más plurales, ni directamente se tachan de restrictivos, lo mismo pasa con el BL más orientado a un público femenino. Más tarde hablaremos más en profundidad de la visión actual del BL, pero un ejemplo en contexto es la edición de Barazoku que en 1977 trajo la sección de Yurizoku no heya, la cual hablaba de mujeres lesbianas y originó el uso del término yuri para referirse a las historias románticas entre dos mujeres. Así pues vemos que en ningún momento estábamos hablando solo de experiencias masculinas homosexuales puramente para otros hombres gays, sino que existía una coexistencia con más parte del colectivo LGTB al igual que con autoras y mujeres que trataban temas de índole similar.

A día de hoy y en contextos occidentales podríamos usar bara si acaso como un término descriptivo de ciertos tropos concretos en pos de una búsqueda más basada en gustos. Pero es cierto que el término está en disputa debido a las connotaciones restrictivas de género y sexualidad que ha llegado a implicar. SI hablamos puramente de una forma de denominar al BL de hombres más musculosos o con ciertas características no habría tanto problema, pero muchas veces el discurso cae en esencialismos de género y sexualidad tanto hacia hombres gays como hacia mujeres. Por eso mismo muchos autores como Gengoroh Tagame abogan por el uso del término desde una perspectiva meramente descriptivista del contenido y sin asociarlo tajantemente a una visión demográfica. De todas maneras, este uso es muy limitante ya que cambia conforme nos acercamos al arte en unos contextos culturales u otros.

Tuit sobre la publicación de Barazoku que contenía Yurizoku no heya. / ©@MMMbluefilm

Mientras que en las publicaciones comerciales estábamos siendo testigos del nacimiento del género, algunos años más tarde también veríamos el boom por parte de los grupos de fanes. En el caso de las publicaciones no oficiales o los círculos de doujinshi también comenzó a alimentarse la fiebre del romance entre hombres y las autoras comenzaban a hacer sus pinitos con publicaciones basadas en obras de la época como por ejemplo Gundam o Captain Tsubasa algo más tarde. No solo esto, sino que también existían obras de corte original pero que acababan siendo publicadas de manera más indie ya que su contenido no era apropiado para las revistas de la época. Uno de estos círculos de doujinshi en concreto fue Lovely, liderado por Sakata Yasuko, y podemos considerar a sus miembros como las madres del término yaoi. Una de sus publicaciones llamada Rappori venía nombrada de la siguiente manera: «Rappori Yaoi Tokushuugou«. O dicho de otra manera para que nos entendamos Rappori: Número especial sobre Yaoi. El término no nació tampoco por generación espontanea, sin embargo se empezó a popularizar desde ese momento. Las mismas dibujantes explican el origen del término como unas historias que no tienen ni climax, ni conclusión, ni sentido. En japonés lo explicaríamos como yama nashi, ochi nashi, imi nashi y cogiendo cada una de las sílabas iniciales obtenemos el término yaoi. En principio se referían a sus propias historias, y así lo explican en una de sus autopublicaciones, ya que atentaban de alguna manera con la forma clásica de narrativa tan arraigada que pretendía que las historias siguiesen los principios de tener un punto álgido, llegar a alguna conclusión satisfactoria y además cobrar un sentido mayor, al ser obras que se centraban principalmente y en pocas páginas en relaciones románticas o sexuales no se podía desarrollar prácticamente ninguno de estos puntos. Así pues se acabó acuñando el término en base a una broma interna que tomó un cariz de mayor importancia en los años venideros.

Edición de ©Rappori que contenía la palabra «yaoi».

Conforme las publicaciones comerciales de BL fueron perdiendo el fuelle y las obras autopublicadas y derivativas fueron ganando fuerza, los términos que se usaban para denominarlas fueron a su vez cambiando. El término yaoi ganó más fuerza frente al inicial shounen-ai y acabó por desbancarlo tras un tiempo de uso. Sin embargo y si os habéis fijado ya durante el artículo, a día de hoy no usamos prácticamente el término y así pues es como llegamos al contendiente actual, el Boys’ Love. La instancia en la que podemos ver el término siendo usado fue con la primera publicación de la revista IMAGE Comics en 1991, que contenía el subtítulo de «BOYS’ LOVE COMIC». El término no ganó popularidad de la noche a la mañana y revistas que salieron poco después como la b-Boy, ampliamente especializada en manga BL, ni siquiera hacía mención de la palabra. Volvemos a encontrar esta nomenclatura en la versión de Image que serializaba novelas del mismo corte un tiempo después. El primer uso fuera de la editorial se daba en la revista Charade que se promocionaba como una revista con «Boys’ Love for Girls». Pero se cree que la popularización de esta nueva denominación se dio con la publicación de la revista Pafu en 1994, que contenía el mismo tipo de muletilla que el resto. Desde este punto hasta el día de hoy es la terminología más usada, tanto en Japón como en el extranjero, las páginas de mangas clasifican el género como tal y el discurso ha virado para dejar a un lado las nomenclaturas desde dentro.

Primera edición de ©Image Shousetsu.

Esto no quiere decir que palabras como yaoi tuviesen un uso limitado, al principio podemos encontrar hasta catálogos de Comiket que muestran áreas temáticas en las que podemos encontrar las palabras «Yaoi-zoku» o «JUNE», que era el nombre de la revista que popularizó el género y que le dio nombre en algunos círculos. También volvíamos a encontrar la palabra «tanbi» para referirnos a las novelas en concreto. En grupos de fanes fuera de Japón, el término yaoi opuso algo más de resistencia, pero en los años recientes ha sido mayormente relegado en pos del uso de boys’ love. Sin embargo, a día de hoy aún se usa como una especie de reclamo en cuanto a seña de identidad del fandom, que tras las discusiones sobre la validez o no del mismo han decidido reapropiarlo como una seña de identidad que no tiene tanto en cuenta los prejuicios que se le atribuían hace unas décadas o en el mismo Japón.

Ahora sí, mirando al presente del género encontramos mucha confusión entorno a los espacios de fanes respecto a los términos y lo que representan. Como hemos podido comprobar, muchas veces ni siquiera han supuesto cosas tan diametralmente opuestas o que representasen variedades significativas. Pero basándose en estos usos contextuales de las denominaciones mucha gente defiende las diferencias esenciales de los mismos, abogando por que el yaoi es mucho más pornográfico o dirigido a mujeres y el el bara o el geicomi es la esencia de las historias de hombres para hombres. Tenemos que comenzar a acercarnos a este debate poniendo las cartas sobre la mesa y declarando que no tiene sentido enfrentar distintos términos historicamente usados para referirnos a las realidades existentes, simplemente el lenguaje ha ido evolucionando y las palabras que usábamos para denominar ciertas obras han cambiado porque las situaciones que nos encontramos en los momentos de más álgida popularización eran distintos. No podemos denominar unas obras en concreto como shonen-ai y barajar todas las del estilo bajo ese mismo paraguas debido a que durante el periodo de tiempo de uso de shonen-ai como nombre solo teníamos una serie de ejemplos muy concretos de obras que bebían de unas lecturas y una filosofía muy cercana temporalmente. Lo mismo pasa con el término yaoi, nos basamos en unas características muy concretas que se desarrollaron de maneras propias porque el género estaba en sus comienzos y existían restricciones sociales, al igual que no había una historia previa tan representativa del género.

Con esto queremos abogar por un uso definitorio de estos conceptos muy restringido en materia temporal, o dicho de otra forma, si vamos a llamar yaoi solo a unas obras concretas deberían ser las producciones indies y autopublicadas de principios finales de los 70 y principios de los 80. Pero no podemos usarlo de manera descriptivista ya que yaoi en general representaba una concreción muy precisa y que ocupaba casi la totalidad del género. Lo mismo pasaría en el caso del shounen-ai, en un principio se llamaba así porque bebía de la filosofía discutida en la época y al ser hijos de un mismo padre compartían características similares. Esto por otra parte no quiere decir que todas las obras que compartan características narrativas similares vayan a ser shounen-ai, porque no es un término descriptivista en función del contenido, sino en función del momento histórico. Una vez que este crece y se amplia es cuando tenemos acceso a terminología más extendida que puede representar a todos los elementos de un grupo, como es el caso de boys’ love. Usar nuestra propia percepción de lo que una palabra debe significar o de lo que creemos que representa nos aboca a un discurso subjetivo que siempre va a depender de lo que aquel que discurre interpreta de toda la situación.

Las distinciones no solo enfangan una discusión sincera sobre el boys’ love, sino que también nos crean una serie de estereotipos que si llegamos a validar volverían el discurso uno esencialista. Un ejemplo claro es a la hora de hablar de bara cuando nos referimos a una variante concreta del boy’ love. Las menciones que se hacen del mismo muchas veces acaban cayendo en un esencialismo de género y sexualidad que no hace más que encasillar el discurso en roles o percepciones concretas que tenemos de la gente. Afirmaciones como «en el bara hay hombres dibujados para otros hombres y por eso son musculosos y rudos» o «el BL está originalmente dirigido a mujeres por eso las historias son más sentimentales y los hombres son más femeninos» solo refuerzan unos roles de género y unas imágenes sobre la sexualidad que pueden no coincidir ni con el público ni con el autor de la obra original. Si bien es cierto que se puede realizar análisis desde la visión de género, no podemos generalizarlos a géneros tan plurales y variados y mucho menos crear distinciones aleatorias y ficticias que no se corresponden con la verdadera historia de este tipo de ficción. Como fanes del BL debemos abogar a una pluralidad que no califique a las obras siguiendo unos roles dañinos y unas interpretaciones aleatorias que solo existen para crear dicotomías de aquellas que son válidas a ojos de algunas personas y aquellas que no lo son y por lo tanto deberían dejar de existir.

©Harada

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