La tumba de Jesús en Japón: origen y revisión de un mito moderno

Real o ficticio, y con independencia de nuestras creencias, es difícil cuestionar la influencia que ha tenido la figura de Jesús de Nazaret en la cultura occidental. Sus enseñanzas y preceptos, modificadas por el paso de los siglos —y por intereses políticos o económicos aquí y allá, todo sea dicho— han servido como la base sobre la que se ha construido la religión cristiana, la cual cree que Jesús murió crucificado para posteriormente resucitar y ascender al cielo.

Pero, ¿y si os dijéramos que existe una pequeña aldea japonesa cuyos habitantes sostienen que Jesús no murió en la cruz, sino que escapó a Japón, vivió hasta los 106 años y fue enterrado allí? En este artículo exploramos la insólita leyenda de la tumba de Jesús en Shingō.

El origen del mito

Todo comenzó en 1934, cuando Denjiro Sasaki, líder de la aldea de Herai —actualmente rebautizada como Shingō—, invitó al pintor Toya Banzan para que retratara los alrededores del pueblo y del lago Towada, próximo a la localidad. La idea era que la visita y los cuadros del pintor sirvieran para que el lago fuese nombrado un parque nacional, lo que daría publicidad y aumentaría el turismo en la región.

El supuesto lugar de descanso eterno de Jesús de Nazaret en la aldea de Shingō. / ©Wikimedia Commons

Lo que quizá no sabían los habitantes de la aldea era que Banzan, además de pintor, era un hombre profundamente interesado por el esoterismo y las corrientes místicas. Durante su estancia en Herai, Banzan quedó intrigado por algunas costumbres locales que consideraba peculiares, razón por la que decidió ponerse en contacto con un religioso llamado Kyōmaro Takeuchi para invitarle a reconocer junto a él la zona.

Este fenómeno no es tan extraño como puede parecer a día de hoy, ya que el Japón de principios del siglo XX estaba viviendo el crecimiento del esoterismo y de movimientos religiosos alternativos, además de teorías que buscaban reinterpretar el pasado del país y dar a Japón un papel central en la historia del mundo.

Estas corrientes, que eran en parte un efecto secundario del impulso del nacionalismo y del sintoísmo estatal por parte del gobierno nipón, crearon un terreno fértil para la aparición de figuras como Kyōmaro Takeuchi, líder religioso fundador de la secta budista Amatsukyō.

Takeuchi llevaba desde finales de los años 20 afirmando poseer una colección de documentos que, según decía, se habían transmitido de generación en generación dentro de su familia. Este conjunto de textos, conocidos como los documentos Takeuchi (Takeuchi Monjo), en teoría contaban una historia alternativa de Japón anterior a los primeros registros oficiales japoneses y al legendario emperador Jinmu del siglo VIII a.C.

Kyōmaro Takeuchi a principios del siglo XX. / ©Imgur

Los textos ubicaban a Japón como el centro del mundo, hasta el punto de que grandes líderes espirituales de otras culturas como Confucio, Buda o Moisés habrían viajado hasta el archipiélago en algún momento de su vida para formarse espiritualmente. Y entre los personajes que habían visitado Japón también se encontraba Jesús de Nazaret.

El supuesto viaje de Jesús a Japón

Según los documentos Takeuchi, Jesús habría llegado a Japón durante los llamados «años perdidos» de su vida, un periodo comprendido aproximadamente entre los 21 y los 33 años sobre el que las fuentes cristianas apenas ofrecen información. Allí habría permanecido doce años formándose espiritualmente antes de regresar a Palestina para predicar las enseñanzas adquiridas durante su estancia en el archipiélago.

A partir de ese momento, la historia seguiría el mismo camino que en la Biblia. Jesús comienza a difundir su mensaje, entra en conflicto con las autoridades judías y termina siendo condenado a muerte. La diferencia es que, según los textos de Takeuchi, quien murió realmente en la cruz no fue Jesús, sino que antes de la ejecución cambió de lugar con un supuesto hermano menor llamado Isukiri.

Jesús habría logrado escapar para emprender un largo viaje de regreso hasta Japón. Tras un periplo de varios años a través de Siberia habría conseguido llegar al país del sol naciente, donde acabó instalándose en el área alrededor de la aldea de Herai. Allí, siempre según la leyenda, se casó con una mujer llamada Miyuko, tuvo tres hijas y pasó el resto de sus días llevando una vida tranquila, dedicado a la agricultura hasta fallecer a la notable edad de 106 años.

Además, según esta historia Jesús no habría llegado a tierras niponas con las manos vacías, sino que trajo consigo dos reliquias: una oreja de su difunto hermano y un mechón de pelo de su madre, la Virgen María.

Cartel a los pies de la tumba que relata la leyenda en inglés y en japonés. / ©Imgur

Este relato, a todas luces imposible de sostener desde un punto de vista histórico, era tomado en serio por Banzan, quien conocía los documentos Takeuchi y concedía credibilidad a muchas de las afirmaciones que contenían. Convencido de que algunas de las costumbres y tradiciones locales de Herai podían guardar relación con aquellos textos, decidió invitar al propio Kyōmaro Takeuchi a visitar la zona y explorar sus alrededores.

Durante su estancia en Herai, Takeuchi y Banzan recorrieron diversos puntos del entorno en busca de indicios que pudieran respaldar las afirmaciones de los documentos. Según la versión difundida posteriormente por Takeuchi y sus seguidores, fue entonces cuando identificaron dos pequeños montículos de tierra situados en las proximidades de la aldea. Tras examinarlos, el líder religioso aseguró que se trataba de las tumbas de Jesús y de su hermano Isukiri, cuyos restos habrían permanecido allí durante siglos sin que nadie conociera su verdadera identidad.

La leyenda fue creciendo con el paso de los años y adquiriendo nuevos elementos. Algunas versiones llegaron a afirmar que la hija mayor de Jesús se había casado con un miembro de la familia Sawaguchi, linaje que actualmente reside en la región, e incluso se buscaron rasgos físicos en los miembros de la familia “no japoneses” —como ojos de color claros— que supuestamente demostrarían que descienden de Jesucristo. Un argumento que refleja más las tendencias pseudohistóricas de la época que cualquier evidencia real.

Subida a la tumba en Shingō. / ©Wikimedia Commons

Pero, ¿existe alguna evidencia?

Resulta fácil comprender el atractivo para el público de una historia como esta, razón por la que tanto la localidad como la leyenda de la tumba de Jesús fueron adquiriendo popularidad con el paso de los años. Sin embargo, el problema para quienes intentaron defender esta teoría es que prácticamente ninguno de sus elementos resiste ante una mirada mínimamente seria y rigurosa.

Por supuesto, los documentos Takeuchi nunca tuvieron ni un mínimo de credibilidad entre la comunidad académica. Varios expertos los cuestionaron desde el mismo momento de su aparición a finales de los años 20, detectando numerosos problemas tanto en su contenido como en su supuesto origen. Lejos de cualquier duda, todo apunta a que se trataba simplemente de una extravagante falsificación.

En primer lugar, parte de los textos estaban escritos parcialmente en «caracteres divinos», escritura que según Takeuchi precedía a las formas más antiguas conocidas del japonés. No obstante, nunca se ha encontrado ninguna evidencia de la existencia de semejante sistema de escritura ni de la civilización ancestral que habría sido capaz de producir aquellos documentos.

Y sobre Isukiri, el supuesto hermano menor de Jesús, lo cierto es que no existe absolutamente ningún registro al margen de esta leyenda que hable de su existencia. A este respecto, es desatacble el notable parecido del nombre con el término Iesu Kirisuto —japonización del portugués Jesus Cristo—, en el que probablemente se inspiró Takeuchi para dar forma a su mito.

Centro de interpretación ubicado en los alrededores de la tumba. / ©Wikimedia Commons

Pero la existencia de esta leyenda resulta todavía más llamativa si se tiene en cuenta el contexto religioso de la región. El cristianismo llegó a Japón de la mano de los misioneros europeos durante el siglo XVI y sus principales centros de implantación se localizaron históricamente en el sur del archipiélago, especialmente en torno a Nagasaki. La prefectura de Aomori, situada en el extremo norte de Honshū, nunca destacó por albergar comunidades cristianas significativas. De hecho, en la época en que surgió la leyenda no existía ni un solo habitante cristiano registrado en la aldea ni tampoco ninguna tradición vinculada a los llamados kakure kirishitan, los cristianos ocultos que conservaron su fe durante los periodos de persecución.

Nacionalismo, misticismo y pseudohistoria

Más allá de estas cuestiones, el propio contenido de los textos presentaba numerosos elementos incompatibles con el conocimiento histórico demostrable. Más que una reconstrucción del pasado, los documentos parecían reflejar una visión idealizada de Japón, nación que no era el único lugar donde ocurrían fenómenos similares.

En aquellos años proliferaron en distintos países, sobre todo en aquellos donde imperaron movimientos fascistas, corrientes que pretendían encontrar los orígenes de sus respectivas naciones en civilizaciones perdidas, conocimientos ancestrales o linajes extraordinarios. Un ejemplo fue la creación de organizaciones como la alemana Ahnenerbe (Herencia de los ancestros), impulsada por el partido nazi y que financiaba expediciones a lugares como el Tíbet con el objetivo de encontrar pruebas del supuesto origen ancestral de la raza aria.

En este sentido, Japón no fue una excepción. El auge del nacionalismo, la promoción del sintoísmo estatal y el crecimiento de diversas corrientes místicas crearon un caldo de cultivo ideal para la aparición de relatos como los defendidos por Takeuchi.

Convenientemente para Takeuchi, los documentos fueron destruidos por un incendio en Tokio durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que se salvaron de ser sometidos a un análisis serio. Esto permitió la supervivencia del mito, ya que un estudio en profundidad habría demostrado que los documentos eran evidentemente falsos. Aun así, varios investigadores que tuvieron acceso a copias o fragmentos antes de su desaparición ya venían señalando que se trataba de una clara falsificación.

Pero la pérdida de los originales no supuso el final de la historia. Décadas más tarde, coincidiendo con un renacimiento del interés por el misterio durante las décadas de 1970 y 1980, el escritor Wado Kosaka publicó una versión de los documentos Takeuchi supuestamente recopilada, reorganizada y traducida al japonés por él, provocando un renacimiento de la leyenda que ha llegado hasta nuestros días.

Cartel en la carretera que indica la dirección hacia la supuesta tumba de Jesús. / ©Wikimedia Commons

La tumba y la leyenda a día de hoy

Entonces, si la leyenda es claramente falsa, ¿qué son realmente los dos montículos identificados como las tumbas de Jesús e Isukiri? Lo cierto es que nadie lo sabe con certeza y, posiblemente, nunca lo sabremos, porque hasta la fecha no se han realizado excavaciones arqueológicas que permitan determinar su origen. Podrían tratarse de antiguos enterramientos locales, de túmulos asociados a personajes relevantes de la región o de estructuras vinculadas a tradiciones ya olvidadas por el paso del tiempo.

Y lo más probable es que esta situación siga así durante mucho tiempo. Con el paso de las décadas, la supuesta tumba de Jesús se ha convertido en uno de los principales atractivos turísticos de la zona, por lo que una investigación arqueológica que pusiera fin al misterio seguramente heriría de muerte el atractivo turístico del sitio. En cualquier caso, ninguna institución religiosa ni, por supuesto, académica, concede credibilidad a los documentos Takeuchi ni a la historia del supuesto viaje de Jesús a Japón.

Tampoco parece que los propios habitantes de Shingō crean en la leyenda como un hecho histórico. Más bien la contemplan como una peculiaridad local que, además de formar parte de la identidad del pueblo, ha contribuido a atraer visitantes y curiosos desde hace décadas. Tras la fusión de Herai con una localidad vecina en 1956 para formar la actual aldea de Shingō, la historia continuó ganando popularidad.

Por ejemplo, desde 1964 se celebra en la localidad el Kirisuto Matsuri (Festival de Cristo), una iniciativa impulsada por asociaciones turísticas y comerciales de la zona con el objetivo de promocionar la localidad y reforzar el atractivo turístico en torno a la leyenda pero que, pese a su nombre, tiene muy poco de cristiano. Las celebraciones consisten principalmente en ceremonias simbólicas realizadas junto al supuesto túmulo de Jesús, danzas tradicionales y diversos actos culturales organizados por la comunidad local.

Kirisuto Matsuri (Festival de Cristo), celebrado cada verano en la aldea /©Süddeutsche Zeitung

A día de hoy, el lugar permanece como una notable atracción turística de la zona. Cada año miles de visitantes llegan hasta esta pequeña población de menos de dos mil vecinos, atraídos por la curiosidad, el exotismo de la historia o el simple placer de contemplar uno de los lugares más insólitos de Japón. La supuesta tumba se conserva rodeada por una verja y coronada por una cruz de madera. En las proximidades también pueden visitarse establecimientos comerciales temáticos y un pequeño museo dedicado a la leyenda donde se exhiben copias modernas de los documentos Takeuchi y otros materiales relacionados con el mito.

Pero más allá de su evidente falta de base histórica, la leyenda de la tumba de Jesús en Shingō supone un ejemplo muy interesante de cómo nacen y evolucionan determinados relatos. Lo que comenzó como una falsificación ha acabado integrándose en la identidad local de una pequeña comunidad rural japonesa, además de convertirse en una fuente de turismo que aporta ingresos extra para la localidad.

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