Atelier of Witch Hat y su mensaje en tiempos de IA

Es harto complicado abordar el concepto de clásico. ¿Es lo que define a una obra como tal la calidad técnica y creativa de su propuesta, puesta en relación con sus contemporáneos? ¿O acaso se trata, por su parte, de una cualidad atemporal, que no pierde su riqueza a pesar del paso de los tiempos? Sin perjuicio de que podamos hallar en la síntesis de ambas ideas —así como cualquier otra que se os pueda ocurrir— el mejor acercamiento posible a una definición completa de lo que es un clásico, lo cierto es que siguen siendo elementos muy difíciles de identificar. Sobre todo, cuando aún no se cuenta con el don de la retrospectiva. Y es que, de la misma forma que la leyenda de Julio Verne no se completó hasta que sus invenciones se hicieron realidad, nada nos preparaba para lo bien que envejecerían muchas obras con el advenimiento de la inteligencia artificial generativa —en lo sucesivo, «IA» a secas—.

La ficción acerca de distopías digitales estaba ya manida mucho antes de que ChatGPT, Copilot, Gemini y tantos otros fuesen actores relevantes en las sociedades modernas. Recuérdese aquí la inestimable Psycho Pass y su profundo discurso acerca de la incidencia de los sistemas algorítmicos en la creación de estamentos sociales, la criminología y su inseparable factor psicológico. O, por su parte, AI: The Somnium Files, que de forma un tanto más optimista nos plantea las bondades de una vida sintética, que no solo nos acompañaría en nuestro día a día, sino a la que podríamos ver como un igual.

Lo que, quizás, no tantos anticipábamos era el profundo impacto que esta tecnología tendría en el proceso creativo, con todos los riesgos en materia de autoría, robo de contenidos y homogeneización artística que ha venido a conllevar y con los que, desafortunadamente, estamos todos ya tan familiarizados. Sin embargo, Kamome Shirahama lleva ya casi una década coqueteando con esta clase de conceptos en su maravilloso manga Atelier of Witch Hat —editado en España por Milky Way y con una adaptación al anime en curso, del estudio BUG FILMS—, sin quizás haber sido del todo consciente de la trascendencia que tendrían en nuestro presente.

El presente texto no contendrá spoilers explícitos de Atelier of Witch Hat más allá de sus tres primeros episodios.

Coco es hija de la dueña de una tienda de telas, pero ella en realidad siempre ha soñado con ser bruja. Sin embargo, la magia, ese elemento tan fascinante como misterioso que es capaz de gobernar sobre las fuerzas de la naturaleza, no es accesible para todo el mundo. Solo quienes nacen con la aptitud para ello son capaces de echar hechizos. Eso es lo que cree la mayoría del populacho, fruto de una mentira terrible que se sienta en los cimientos del mundo de Atelier of Witch Hat. La realidad es que la magia no se conjura, sino que se traza; al dibujar círculos de invocación siguiendo ciertos patrones, un brujo hábil es capaz de dar rienda suelta a su imaginación y hacer realidad casi cualquier fenómeno. Grifos de agua infinita en la forma de una lámpara, un baño que envía nuestros restos a un vacío cósmico, prácticamente todo es posible.

©Kōdansha

Al descubrir la verdad acerca de la magia —espiando a Qifrey, un mago que visitaba la tienda de telas por pura coincidencia—, Coco no cabe en sí del gozo que le produce la noticia y se aventura casi de inmediato a bocetar sus primeros hechizos. Cuando aún era niña, un desconocido le regaló un libro de ilustraciones con una varita que, en realidad, ocultaba el mecanismo de una pluma; tras un gesto inocente se hallaba un intento de revelar a una simple campesina el secreto mejor ocultado por la sociedad de brujos. La joven, sin ser consciente de los hilos que se tejían tras bambalinas, encaja las piezas acerca la auténtica naturaleza del tomo y se sirve de él para empezar a practicar. Pero la cuestión no es tan sencilla como se imaginaba, ya que sus primeros círculos mágicos son trazos imperfectos y torpes, sin terminar de cerrar los patrones adecuadamente. Aun así, a base de ensayo y error acaba por descubrir cómo crear leves llamas y haces de luz. Cegada por lo atrayente de haber descubierto un ritual oculto para las masas, se queda la noche entera dibujando hasta que, por error, conjura un hechizo terrible que petrifica su hogar y a su madre con él. Qifrey, quien la salva justo a tiempo, se propone borrarle la memoria a Coco pero esta le suplica que le ayude a deshacer la maldición. Es así que, rompiendo el pacto de no divulgación que todo brujo debe respetar, la acoge como discípula —en aras, además, de destapar a los malhechores que quieren dar un vuelco a la sociedad de magia—.

Tras la potente premisa de Atelier of Witch Hat aguarda un complejo relato acerca de los riesgos de acumular el poder en unas élites, la importancia de valores universales como la solidaridad y la empatía y, como es bastante evidente desde un primer momento, la experiencia de aprender a dibujar contada a través de la metáfora de la magia. No tardamos en descubrir que, antaño, todo el mundo sabía cómo lanzar un hechizo, hecho que condujo a que se hicieran auténticas atrocidades sirviéndose de dicho recurso y, en el camino, se gestaran incontables guerras. Un grupo de brujos, hartos de ver a la humanidad diezmada, decidieron borrar la memoria de la gran mayoría acerca de la magia. Solo los discípulos comprometidos a guardar el secreto conservarían sus recuerdos. Ese hito pasó a llamarse el Día de la Conspiración y, desde entonces, se ha mantenido un delicado equilibrio sostenido por restricciones que, quizás, son hasta cierto punto necesarias.

Lo que hace a la obra de Kamome Shirahama tan especial —además de su espectacular dibujo y el sortilegio con el que emplea elementos extradiegéticos del cómic a favor de la narrativa— es que las implicaciones morales de su mundo no se quedan en lo superficial y nos va dejando entrever, poco a poco, que la accesibilidad de la magia no es un debate cerrado. Por ejemplo, además de acotar cuánta gente conocería la verdad sobre los conjuros, a raíz del Día de la Conspiración también se limitó qué clase de hechicería se puede practicar y cuál no. Esta última pasaría a tener la etiqueta de prohibida e incluiría, entre otras, la creada para herir al prójimo, la dibujada en cuerpos humanos y, destacadamente, la magia curativa. Uno podría preguntarse cómo es que se impediría una forma de sanar cualquier herida y cuestiones como estas, tan incómodas como capaces de sacudir los cimientos de la sociedad entera, laten en Atelier of Witch Hat a través de conflictos explícitos entre los personajes.

«Si se supiera la verdad, en el mundo volvería a imperar el caos» / ©BUG FILMS

Visto desde una perspectiva moderna, muchos podemos identificarnos con la idea de que vedar un conocimiento tan fundamental a una minoría privilegiada no es ético. ¿Pero lo es acaso su uso indiscriminado y desregularizado? Un escenario similar se nos ha planteado, en estos últimos años, con la llegada de los sistemas de IA, que han experimentado una democratización prácticamente instantánea y sin restricciones. Todo el mundo puede usarlas para crear prácticamente cualquier clase de contenido que se le ocurra y casi sin limitación —ignoremos, a los efectos del presente análisis, la existencia de planes premium en aplicaciones de IA, consecuencia del capitalismo tardío y que son harina de otro costal—. Coco, al ser inconsciente de lo peligrosa que podía llegar a ser la magia y pensando solo en lo novedoso para ella de la técnica, causó un daño horrible y difícil de reparar. De la misma forma, quizás se nos debería haber educado acerca de todos los extremos de la IA antes de que llegara a nuestras manos. El avance tecnológico debe recibirse de brazos abiertos, sí, pero siempre con cautelas y sin perder de vista que las limitaciones no son necesariamente malas. La repentina eclosión de estos sistemas nos ha privado de la posibilidad de tener una serie de debates ex ante que habrían resultado imprescindibles para un consumo más ético desde una primera instancia. Que algo se pueda hacer no tiene por qué significar que deba hacerse.

Ciertos sectores, que defienden la IA a capa y espada sin pararse a pensar en sus indudables e importantes aspectos nocivos, alegan su gran utilidad como herramienta que nos priva del tedio inherente a numerosísimas tareas. Esto es cierto en parte, sobre todo si pensamos en posibles aplicaciones de la inteligencia artificial generativa en campos como la medicina o, sin ir más lejos, la automatización de ciertas funciones poco intuitivas de programas de modelado en 3D o edición de vídeo. Mucho más dudoso, no obstante, es su uso para ridiculeces como redactar correos electrónicos u otras cuestiones mucho más serias, como transformar la imagen de un videojuego sin la interferencia de sus autores o crear ilustraciones con arte robado. Da la impresión de que se quiere plantear la conversación sobre la IA en términos de blanco y negro cuando la realidad es que se trata de diversas y complejas tonalidades de gris. En el mundo de Atelier of Witch Hat, ocurre lo mismo. Ninguno de los dos bandos en juego, tanto los anarquistas que abogan por un empleo completamente libre de la magia, como las férreas instituciones que defienden el mantenimiento del status quo, ostentan la razón absoluta. Nuestras protagonistas deberán andar hacia un futuro incierto con el diálogo y el entendimiento mutuo, no así el enfrentamiento directo, como mantras en su misión de hacer feliz al mayor número de personas posibles con sus hechizos.

Muchas profesiones modernas están en riesgo de no ser consideradas por los grandes magnates como «rentables» ante la llegada de la IA y, sin duda, uno de los sectores más afectados es el de artistas. Y ni siquiera es una cuestión de que la tecnología sea verdaderamente capaz de reemplazar a estas personas trabajadoras. Tampoco, por su parte, de que sea un contenido «feo»; hemos observado, en los últimos años, cómo los sistemas de generación de imágenes han sorteado con relativa facilidad muchos de los fallos que antaño tenían un punto de meme —véase las manos con seis dedos—. La realidad es que el componente humano es indispensable a la hora de embarcar una producción creativa, ya que una vez pasamos por el filtro de la máquina se pierde todo rastro de intencionalidad, trabajo minucioso y sensibilidad estética.

La magia prohibida de Atelier of Witch Hat nos sirve aquí como una buena metáfora del «atajo» que supone la IA en el proceso artístico. La simbología de la obra presenta a estos oscuros hechizos como una tentación ante la que Coco debe resistirse, pues la magia altruista es aquella que exige esfuerzo, práctica y perseverancia. Sin romantizar en exceso ni idealizar este aprendizaje —los traspiés de nuestras protagonistas reciben tanta atención como sus triunfos—, Kamome Shirahama quiere hablarnos acerca de que las personas realmente fuertes son aquellas que concentran sus energías en el prójimo, aquellas capaces de entregarse a una tarea con pasión y, sobre todo, paciencia.

Para superar el examen de los Picos de Dada, Coco no podrá valerse de las botas de Agete y deberá crear su propia magia usando sus conocimientos sobre telas. / ©BUG FILMS

No se trata, tampoco, de realzar un ideal meritocrático por el que solo una minoría selecta sería capaz de dibujar. Coco, como «no iniciada» —en palabras de Agete—, viene a representar la idea de que lo importante no es el tiempo que hayas dedicado previamente a una disciplina ni tu destreza natural con ella, sino el propio deseo de dar el paso y aprender, de emplearte a fondo a la hora de crear algo. De nada sirve tener ideas —como, desde luego, las tiene quien escribe un input ante un chat bot o un programa de generación de imágenes— si no desarrollas la habilidad, que necesariamente debe cultivarse con tiempo, para llevarlas a la práctica. Y es que, si queremos eliminar la fricción y los matices del proceso, ¿qué nos queda como humanidad? ¿De verdad estamos abocados a un futuro de slop sin mensaje, genérico y complaciente?

La obra de Kamome Shirahama no nació con el objetivo de entablar un diálogo acerca del valor añadido del trabajo humano en tiempos de IA. Pero los mensajes de Atelier of Witch Hat son tan universales que, llevados al contexto del mundo en el que vivimos, se mantienen vigentes y necesarios. Quizás por ello —como por muchas otras singularidades de esta maravillosa historia, tan inteligente como llena de corazón— es posible afirmar, desde ya, que se convertirá en un clásico atemporal. Una piedra angular en la que tantos artistas se inspirarán para crear sus propios mundos de fantasía, tan alucinantes como profundamente reales en cuanto a la significancia de sus temas.

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