Dinosaurs Sanctuary: Cuando la vida se abre paso

Ya se ha comentado alguna vez en esta web que el arte, en cierto modo, puede servir como vehículo para despertar el interés de las masas por otras áreas de conocimiento, como podría ser la ciencia. Resulta absolutamente imposible, en este sentido, separar el boom que la paleontología ha experimentado como disciplina en las últimas décadas del éxito de la franquicia Parque Jurásico. Analizar el por qué de su fama mundial podría ser un artículo entero por su cuenta y, de hecho, ya se han derramado ríos de tinta sobre la que bien podría ser una de las cintas más influyentes de los noventa. Sin embargo, podríamos resumirlo en que Steven Spielberg, con buen criterio, saneó los aspectos más grotescos o gráficos de las novelas de Michael Chricton y nos ofreció un vistazo al Mesozoico marcado por la magnificencia de sus habitantes y por una curiosidad constantemente premiada con efectos prácticos pioneros para la época. No pocos han afirmado, así las cosas, que la magia de aquellas primeras películas no se ha vuelto a recobrar por las secuelas más recientes.

Siguiendo la tendencia capitalista de exprimir a más no poder cualquier idea con tal de satisfacer un vacío reclamo nostálgico, Jurassic World nos llegó en 2015 y, pese a su éxito en taquilla, sería razonable afirmar que algo se perdió en el camino. Con independencia del amor y el respeto que todos los involucrados en el proyecto innegablemente profesan hacia esta serie, lo cierto es que el enfoque desde el que se ve a estas especies ha cambiado. Ya no son seres maravillosos y llenos de carisma, sino monstruos generados por imágenes de ordenador y diseñados con una fría precisión para vender figuritas de acción. Insistimos, es posible atisbar momentos de luz en esta nueva época para la saga, como los primeros compases de El reino caído o las imágenes de su sobrecogedora conclusión —como si de una coincidencia se tratase, estas partes recuerdan a la prosa de los libros—, pero está claro que el impulso creativo se está dando de bruces con un afán de hacer que los números imaginarios suban y tal unión es, a veces, inconciliable sin antes realizar sacrificios.

*Inserte una luz roja con las letras «SEÑALEN Y APLAUDAN»* / ©Universal Pictures

Si, como a nosotros, os decepciona esta deriva enfangada por clichés agotadores y un miedo patológico a tratar las implicancias morales de hacer un circo —en el sentido literal y figurado de la palabra— de estas criaturas, os alegrará saber que estos últimos años hemos asistido a cierto renacimiento de la dinomanía, fuera del paraguas de los filmes de Universal. Es el caso de los documentales prehistóricos, como Planeta prehistórico o La vida en nuestro planeta —de Apple TV+ y Netflix, respectivamente—, que rectifican algunas de las incorrecciones que se han tenido por ciertas sobre los dinosaurios y ofrecen el que quizás es el acercamiento más fiel que jamás tendremos a cómo pudo haber sido la vida en la Tierra por aquel entonces. Además, colocan el foco sobre algunas especies poco conocidas y que llevan años pidiendo a gritos que se hable de sus curiosidades, como Therizinosaurus o Rajasaurus. También es posible encontrar homenajes de esta naturaleza en la industria del manganime, dentro de la cual hoy vamos a destacar Dinosaurs Sanctuary, obra escrita y dibujada por Itaru Kinoshita.

¿Y qué habría pasado si los dinosaurios nunca se hubieran extinguido? Esta pregunta, que habréis visto planteada alguna que otra vez en historias de este corte, es con la que da inicio la vida de Suma Suzume como cuidadora de dinosaurios en el parque temático de Enoshima. En 1946, el descubrimiento de una remota isla en la que todavía seguían vivas algunas de estas criaturas provocó un incremento drástico del interés en la vida prehistórica. Tanto es así que, décadas después, se produjeron avances vanguardistas en ingeniería genética que permitían traer de vuelta a aquellas otras especies que no corrieron la misma suerte que las que llegaron a nuestros días. La fiebre mesozoica no hizo más que crecer hasta que, en 2006, ocurrió un fatídico accidente que cambiaría para siempre la forma en que se veía a los lagartos terribles que una vez reinaron nuestro planeta. Nuestra protagonista, así las cosas, se enrola en un zoo desprovisto de fondos y de recursos, al borde del colapso, con la meta de volver a acercar a los dinosaurios al público y romper definitivamente la barrera que nos separa de ellos.

La misión de Suma es entrañable, pero peligrosa. ¿Será capaz de cambiar la opinión pública sin que nadie salga herido? / ©Shinchōsha

Como toda buena premisa de ciencia ficción, Dinosaurs Sanctuary cruza una fina línea entre lo fantástico y lo empíricamente contrastado. Al fin y al cabo, imaginarse un encuentro fortuito con un animal que se creía extinto no es descabellado, porque eso es exactamente lo que le ocurrió a unos pescadores en el sur de África con el celacanto —peces de aletas lobuladas que vivieron su apogeo hace 80 millones de años—, en 1938. Bien es cierto que todo lo referente a la genética se pasa un poco de puntillas, por lo que tendremos que rellenar los huecos con el conocimiento previo que nos proveía Chricton hace 34 años. Y es que, ni más ni menos, esta obra plantea un Parque Jurásico que sí funciona en condiciones, pero con muchísimo más mimo y atención al detalle que la reapertura de Jurassic World. Es el sueño de un incontable número de niños, hecho realidad a través de viñetas que comunican muy bien los hábitos, conductas y características de cada especie, desde Giganotosaurus hasta Troodon. Gracias al encomiable apoyo proporcionado por Shin-ichi Fujiwara, paleontólogo con un doctorado en la Universidad de Tokio y ponente en el Museo de la Universidad de Nagoya, todos estos matices son lo más cercanos posible a lo que estas criaturas eran realmente capaces de hacer.

Con cada vistazo a los distintos rincones del parque, Suma irá conociendo a sus peculiares habitantes y a los cuidadores encargados de las áreas temáticas del mismo. Como es evidente, no toda la información que se nos da está totalmente contrastada y hay cierta especulación en torno a aspectos de estas especies como la coloración que poseían, sus rituales de apareamiento o incluso si llevaban a cabo cuidados parentales. Es por ello que, para los más aficionados de la paleontología, quizás los comentarios del doctor Fujiwara al final de cada capítulo serán la parte más interesante de leer. Aquí es donde nos trata de justificar aquellos aspectos de veracidad más cuestionable, siguiendo en todo momento una filosofía muy interesante: «Si quieres aprender sobre animales extintos, comienza estudiando los existentes». Basándose en las conductas de aves —recordemos que están emparentadas con los terópodos—, mamíferos con un estilo de vida presumiblemente similar al de algunos dinosaurios herbívoros y, por supuesto, algunos reptiles, Dinosaurs Sanctuary cimienta su verosimilitud sobre la biología contemporánea. Hay referencias incluso a la propia historia de la paleontología como disciplina, como que el capítulo sobre el Dilophosaurus Roy vaya sobre una lesión que ha sufrido en las rodillas, un curioso guiño a que el primer espécimen descrito como tal tenía una herida en las piernas.

El dibujo de Dinosan es sencillo, pero muy agradable. Se nota que la mayoría de esfuerzo, artísticamente hablando, va dirigido a retratar adecuadamente a los dinosaurios y a hacer que los hombres de la obra sean súperguapos. / ©Shinchōsha

Pero quizás el mayor acierto de la obra está en que el rigor científico va de la mano de un carisma desbordante. Seamos sinceros, los dinosaurios en este manga pueden llegar a ser adorabilísimos. Cada animal tiene sus propias manías y caprichos, como el Triceratops que se atiborra a manzanas pese a que no le sientan bien, o que el ya mencionado Giganotosaurus mire siempre a su cuidador antes de comer, como si le estuviera pidiendo permiso. En cierto modo, resulta muy gratificante que se les trate como seres vivos y no como máquinas de matar, pero, como en la vida misma, nada es absoluto. No se trata de una infantilización barata de las criaturas, sino de mostrar un lado nunca antes visto de las mismas, manteniendo, a la postre, la idea de que son especies impredecibles y peligrosas, que se deben tratar con respeto. En palabras de Kaidou, el compañero de Suma que más presencia tiene en la trama, no son monstruos, pero tampoco mascotas.

Itaru Kinoshita no tiene miedo de mojarse y plantear algunos dilemas muy interesantes sobre el pasado, presente y —sobre todo— futuro de estas criaturas. Por ejemplo, Suma no tarda en descubrir que los dinosaurios recreados artificialmente tienden a enfermarse y a desarrollar conductas erráticas, lo que pone en tela de juicio la moralidad de este acto. ¿Es la vida de estos animales en cautiverio, por mucha confianza y cariño con la que se les trate, realmente digna? ¿No sería apropiado aislarlos de vuelta, para su seguridad y para la nuestra? El tono generalmente educativo de la obra puede chocar con los momentos en los que se comienza a introducir algo más de drama, pero esto sirve muy bien como aliciente para que el argumento vaya avanzando y que la obra no se enfangue demasiado con un formato episódico y que podría hacerse monótono. Si bien podríamos decir que el autor generalmente se posiciona a favor de los zoos, como institución dedicada a la preservación y la investigación y que se financia a sí misma a través de sus visitantes —un ideal que, todo sea dicho, se distancia mucho de cómo funcionan las cosas en nuestro mundo y que quizás peca de ser excesivamente optimista—, al menos no banaliza el debate y lo aborda con cierta delicadeza, cosa que se aprecia mucho.

Todos podemos identificarnos un poco con el aire coqueto y relajado de Masaru, el Triceratops. / ©Shinchōsha

En muchos sentidos, Dinosaurs Sanctuary es el retorno a la magia mesozoica que tanto añorábamos y que, por un tiempo, daba la sensación de que jamás regresaría en condiciones. No escatima en labores investigativas a la hora de dar vida a las numerosas especies que iremos conociendo pero, a su vez, invierte una gran cantidad de tiempo en definir la personalidad de los dinosaurios, a tal punto que se sentirán como personajes completos y a la misma altura que los humanos que los rodean. Se siente como una recreación constante de la sensación que transmite la escena más mítica de la cinta de Spielberg, aquella en la que Alan Grant se quitaba sus gafas de sol, atónito, ante la vista de un Brachiosaurus vivito y coleante, acompañado de la rimbombante orquesta de John Williams. No logrará depurar toda crítica en cuanto al hecho de que tal magnificencia se siga retratando a través de un parque temático, por lo que exige cierto grado de abstracción —y de comprensión, que el manga beba tanto de la premisa de Parque Jurásico no es una coincidencia y debemos entender que ciertos elementos también son parte del homenaje que Kinoshita realiza a las películas—, pero explora todas las aristas del complejo prisma que es la supervivencia de tales especies con una exhaustividad más que suficiente. Está editado en España, de la mano de Arechi, por lo que os instamos encarecidamente a que le deis una oportunidad.

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