¿Cuál es el primer anime de la historia?

El anime es uno de los medios culturales más populares hoy en día, todo un fenómeno de masas tanto dentro como fuera de Japón que supone la puerta de entrada —y en ocasiones, el único contacto— de muchos aficionados hacia una cultura tan amplia y diversa como es la japonesa, por no hablar de que constituye uno de los pilares temáticos de esta web, Futoi Karasu.

Hace ya décadas que el medio se ha desarrollado como un ecosistema multidisciplinar y variado, capaz de acoger un amplio abanico de contenidos que abarca desde las propuestas más comerciales a proyectos más humildes y experimentales. Sin embargo, lo que quizás no todo el mundo conoce es que toda esta industria —la de la animación japonesa— echó sus raíces hace más de un siglo y que su origen puede rastrearse hasta una pequeña creación cuya existencia era completamente ignorada hasta hace bien poco.

En 2005, Natsuki Matsumoto, investigador de iconografía en la Universidad de Arte de Osaka, descubrió una tira de película bastante inusual. La pieza estaba bastante deteriorada y constaba de cincuenta fotogramas impresos en rojo y negro directamente sobre una lámina de celuloide de 35 milímetros. La secuencia, reproducida a dieciséis fotogramas por segundo, duraría poco más de tres segundos de no ser porque sus extremos aparecieron unidos para poder reproducirse en bucle.

Pero lo más curioso era su contenido. En la película aparece un niño vestido con traje de marinero que escribe en una pared los kanji de «Katsudō Shashin» (imágenes en movimiento), para después girarse hacia el espectador y saludar quitándose la gorra. Es el que podéis ver a continuación.

Katsudō Shashin (aprox. 1907). Autor desconocido.

Aunque pueda parecer una pieza menor y con poca trascendencia, lo más curioso desde el punto de vista narrativo es que katsudō shashin era el término utilizado en Japón para denominar las primeras películas de animación que durante esos años llegaban desde el extranjero, por lo que el protagonista de esta obra no solo rompe la cuarta pared al saludar a cámara, sino que, al escribir esos kanji, está siendo autoconsciente de su condición de dibujo animado.

Cuando se descubrió, la película formaba parte de un conjunto mayor formado por tres proyectores junto a varias cintas y diapositivas de segunda mano que en su momento habían pertenecido a una familia acaudalada de Kioto. Por el resto de artículos que se encontraron, todo indica que el enigmático corto fue creado a finales de la Era Meiji, probablemente entre 1907 y 1911, lo que la convierte en la pieza más antigua de animación japonesa conocida.

Cinematógrafo alemán de la fábrica de Georges Carette, un modelo similar al encontrado junto a Katsudō Shashin, y varias películas animadas europeas que incluía en su caja original. / ©Proantic

El hallazgo, aunque pueda parecer una simple curiosidad, obligó a revisar todo lo que se conocía sobre el nacimiento del anime como medio, ya que hasta ese momento la mayoría de estudios fijaban el punto de salida en 1917, casi una década después, con los trabajos de pioneros de la animación nipona como Ōten Shimokawa, Seitarō Kitayama y Jun’ichi Kōuchi. El dato, además de adelantar la fecha de inicio, demostró que en Japón ya había creativos experimentando con este tipo de producciones al mismo tiempo que Europa y Estados Unidos daban sus primeros pasos en el medio, aunque en el caso japonés parece que estos se desarrollaron a una escala mucho más modesta y artesanal que sus homólogos occidentales.

Sin embargo, su contenido y su fecha aproximada es toda la información que existe respecto a la obra. Todo lo demás es, a día de hoy, un misterio. No sabemos su autor ni su título, aunque por el texto que aparece en su interior la obra se conoce popularmente como Katsudō Shashin. Tampoco tenemos ninguna información cuál fue el propósito detrás de su creación, aunque el análisis de la técnica empleada para su creación ofrece algunas pistas interesantes.

El proceso detrás de un anime centenario.

Aunque en ocasiones aparece descrita como una pieza pintada a mano directamente sobre el celuloide, los errores que tiene entre el contorno y el color del gorro del protagonista indican un defecto de impresión, posiblemente debido a que la técnica utilizada todavía era muy rudimentaria o la persona que lo realizó no era del todo profesional. Según el historiador de la animación Frederick S. Litten, el sistema que se había utilizado para imprimir las imágenes es una técnica tradicional de estarcido —es decir, fijar aprovechando los huecos creados en un patrón o un molde— llamada «kappa-zuri», similar a la empleada desde siglos atrás para realizar impresiones con planchas de madera.

Fotograma de Katsudō Shashin con defecto en el color. / ©Wikimedia Commons

Este detalle, junto al uso del kanji en la animación, parece demostrar que no se trataría de un producto importado desde Occidente como otras cintas animadas que ya circulaban por el país, sino de uno de los primeros experimentos de animación nacional japonesa, concebido y producido en Japón a imitación de las películas extranjeras y que, como apunta la académica Sandra Annett, estaba destinado a un público local ya familiarizado con el kanji.

Antecedentes de la animación japonesa.

Para entender mejor el contexto en el que aparece una obra como Katsudō Shashin, conviene tener en cuenta que las imágenes en movimiento no fueron una novedad que apareció de forma repentina en Japón a principios del siglo XX, sino que forma parte de un proceso más amplio de intercambio, adopción y adaptación de tecnologías visuales llegadas desde Europa. Ya desde finales desde el siglo XIX existían en Occidente dispositivos capaces de reproducir secuencias de imágenes, muchos de ellos concebidos como formas de entretenimiento popular o incluso juguetes para un público infantil, lo que también podría explicar la función de esta obra.

Uno de los antecedentes más directos es la linterna mágica. Este dispositivo, precursor del proyector cinematográfico, permitía proyectar imágenes pintadas en una placa de vidrio sobre una superficie mediante la luz de una lámpara de aceite y un sistema de lentes, y los modelos más avanzados podían incluso generar la ilusión de movimiento combinando varias placas. Esta tecnología, inventada en Europa en el siglo XVI, fue traída a Japón por comerciantes holandeses a mediados del siglo XVIII y se integró rápidamente en la tradición teatral nipona como formas de entretenimiento popular llamadas nishiki kage-e y utsushi-e, espectáculos que combinaban proyección, títeres de sombras, narración y música con un resultado que se aproxima un poco a la animación tal y como la conocemos.

Reproducción actual de un espectáculo utsushi-e con linterna mágica. / ©Universidad de Chicago

Durante la Era Meiji, el gobierno japonés impulsó la reintroducción de estos dispositivos bajo el nombre de gentō, promoviendo su importación y recomendando su uso con fines educativos. Sin embargo, su popularidad comenzó a caer a comienzos del siglo XX debido a la importación, desde países como Alemania, de los primeros dispositivos capaces de reproducir imágenes en movimiento. Este fenómeno, junto al descenso del precio del celuloide durante esos años, lo que lo volvió mucho más asequible, probablemente fue lo que permitió los primeros experimentos y producciones animadas realizadas en Japón, entre ellas Katsudō Shashin. Por ello, sus limitaciones técnicas no deben entenderse únicamente como defectos, sino como el reflejo de un momento de experimentación en el que las herramientas y los conocimientos aún estaban en desarrollo.

Un recordatorio de lo que no ha llegado (aún) hasta nosotros.

Pese a todas las incógnitas que rodean su origen, Katsudō Shashin sigue considerándose hoy la pieza más antigua de animación japonesa de la que se tiene constancia. Su redescubrimiento no solo amplió el marco cronológico de los orígenes del anime, sino que también puso de manifiesto hasta qué punto nuestra comprensión de sus primeras etapas sigue siendo parcial y fragmentada.

La única copia de la película Namakura Gatana, dirigida por Jun’ichi Kōuchi, fue destruida por un incendio en 1971. El film se consideró lost media hasta el descubrimiento de otra copia en 2008, tras lo que fue reconstruida por el Archivo Filmográfico Nacional de Japón. / ©Jun’ichi Kōuchi

Y es que, tristemente, el de Katsudō Shashin no es un caso aislado. Gran parte de las primeras producciones de animación japonesa se consideran hoy lost media, ya que no han sobrevivido o solo se conservan de forma incompleta, situación que se debe en parte a la lógica comercial de su época. Tras su exhibición en las grandes salas, los rollos de película eran vendidos de segunda o tercera mano a cines más pequeños, y las películas al final de su vida útil eran despiezadas o cortados para venderse en tiras o incluso en fotogramas sueltos. Este proceso, habitual en su momento, provocó la desaparición de una enorme cantidad de material y ha dificultado su supervivencia hasta nuestros días.

Por ello, más allá de su valor como curiosidad histórica, el redescubrimiento de Katsudō Shashin nos recuerda la importancia de la preservación del patrimonio audiovisual para las generaciones futuras. También evidencia que la historia del anime, como la de cualquier otro medio, no es algo estático, sino un proceso vivo, abierto a nuevos descubrimientos y hallazgos que, incluso cuando se producen de manera casual, nos permiten ampliar nuestro conocimiento sobre una forma de expresión que ya forma parte del patrimonio cultural no solo de Japón, sino de la humanidad en su conjunto.

Fuentes y bibliografóa

Annett, Sandra, Animation Fandom in North America and East Asia from 1906–2010

Horno López, Antonio, A new perspective on the first japanese animation

Litten, Frederick, Animated Film in Japan until 1919

Litten, Frederick, Japanese color animation from ca. 1907 to 1945

Washitani, Hana, The Revival of «Gentou» (magic lantern, ilmstrips, slides) in Showa Period Japan: Focusing on Its Developments in the Media of Post-war Social Movements

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