Con el fin de septiembre también ha llegado el final del verano. Una estación especial durante la infancia y adolescencia, no por características únicas como el calor insoportable o el comer un bocadillo de tortilla lleno de arena en una playa abarrotada mientras gaviotas y palomas compiten por las migas, sino por ser esa época especial en la que, durante esas edades una mayoría de jóvenes goza de tres meses en los que su mayor responsabilidad, el estudio obligatorio, desaparece del mapa de forma cuasi absoluta.
Vacaciones de verano que se recuerdan como si hubiesen durado una eternidad. Pero el reloj avanza a la misma velocidad de siempre y los días duran lo mismo de siempre. Sin embargo, todo se siente más acelerado. Porque, como muchas otras cosas, la percepción del tiempo se altera a medida que crecemos. Hay muchas explicaciones para este fenómeno debido al funcionamiento de nuestro cerebro. Se especula que es biológico, debido a la complejización de las conexiones cerebrales, la degradación de las mismas y la menor cantidad de movimientos sacádicos oculares —movimiento de los ojos al observar algo para centrarse en lo más importante y formar una escena mental— que causan un menor número de escenas en el mismo lapso de tiempo, llevando a una sensación de celeridad.

También se debe al incremento de responsabilidades correspondiente a la vida adulta que, por desgracia, van incorporándose de forma progresiva. El aumento de tareas a realizar, la presión por hacerlas cuando toca, el incremento de actividades repetitivas y de una rutina programada, falta de novedad o que los periodos determinados de tiempo sean menos significativos a más edad tenemos —de los cinco a los diez años hemos duplicado nuestro tiempo de vida, pero para hacer eso de nuevo ya son diez años, luego veinte, luego cuarenta y luego te mueres—. Todo esto causa un vacío en lo que el cerebro recuerda debido a la disminución de experiencias nuevas o remarcables, de joven todo es nuevo, desconocido e intrigante. Es tan fácil ser un chaval curioso como lo es ser un adulto cínico.
Por eso el arte es tan valioso y maravilloso. Cantidad incalculable de obras, en todo tipo de disciplinas, que presentan cosas novedosas, vibrantes, nuevas perspectivas e incluso dan la posibilidad de enfrentar nuevas experiencias gracias a ellas. Ya sea ir a una firma de libros, a un concierto de tu banda favorita o a un evento que huele a humanidad, lleno de gente con cosplays chulos. En el arte, la ficción y el sueño somos capaces de superar las limitaciones de la rutinaria indiferencia del universo.
Al igual que nosotros evolucionamos, transformando nuestra percepción tanto de la realidad como del tiempo, varía nuestra relación con el arte mismo. Volvemos a visitar obras de nuestra juventud, como quien vuelve a visitar un viejo amigo, y extraemos nuevas lecturas, conclusiones y opiniones. Algo que habla mucho más de nosotros y nuestro crecimiento como personas que de la obra en sí misma, que sigue siendo tal y como era.
Los videojuegos también se pueden experimentar de forma diferente, no solo por lo mencionado antes, también porque cambia la manera en la uno se relaciona o interactúa con ellos. Esto no se refiere de forma exclusiva a poseer una menor experiencia cuando eres pequeño y, en consecuencia, necesitar de un tiempo mayor para adaptarse a las mecánicas que son presentadas, encontrar el camino a seguir, la solución a un puzle, derrotar un jefe, etc. También a lidiar con la estupidez propia, tener otras prioridades al jugar, valorar el tiempo dedicado a cada cosa porque se quiere experimentar lo máximo posible, el querer estar al día con las novedades ya sea para no perder las conversaciones o público; entre un sinfín de posibilidades.

Tengo varios ejemplos de videojuegos que me siguen gustando mucho y he rejugado desde entonces, aunque cada vez de una forma algo diferente. En algunos de ellos pude dedicar más horas a los minijuegos que incluían que a sus campañas principales —aun completándolas en numerosas ocasiones—, como fue el caso de New Super Mario Bros, Madagascar y Rayman Raving Rabbids. Ya fuese separar bob-ombs por colores, encontrar al personaje oculto, alimentar rabbids, resolver rompecabezas, marcarse tremendo cumbión con el rey Julien o esquivar bolas de fuego; todos esos minijuegos fueron un abismal devorador de horas para intentar superar mis propias puntuaciones.
Hay ejemplos como Pokémon Perla, en el que invertí más de 600 horas sin completar la Pokédex, sin acceder al multijugador y sin intentar batir el desafío de la Torre de Batalla. Fueron cientos de horas consistentes en andar por la región, superar la liga infinidad de veces y minar tanto en el subsuelo al punto de que sorprende que la región de Sinnoh aguantara sin derrumbarse. También me convertí en un maestro pokochero, ludópata a tiempo parcial en el casino de Rocavelo y ascendí a mi Palkia a estrella en los concursos de belleza porque era el más divino entre los divinos.
Siguiendo con la saga de los monstruos de bolsillo, hubo una época en la que no dejaba de completar Pokémon Rubí una vez tras otra. Era terminarlo y volverlo a empezar, hasta el punto que ya recordaba los puzles de los regis de memoria y las cajas de Perla estaban llenas de legendarios transferidos desde la tercera generación. O, cambiando de tercio, establecer como objetivo principal obtener a todos los jugadores en Inazuma Eleven, solo para descubrir tras dar muchísimas vueltas que algunos no eran reclutables —¿Cómo iba a pensar que Byron Love no podía conseguirse de forma legal? Me río yo de Genshin Impact y los sobres de FIFA—.
El último ejemplo es, sin duda alguna, el más triste de todos los presentados, un trauma videojueguil de la niñez de un servidor y el ejemplo perfecto de lidiar con la estupidez propia, como se mencionó con anterioridad. Megaman ZX fue mi primera incursión en la saga del bombardero azul más centrada en la acción y el plataformeo —es decir, sin contar entregas notabilísimas pertenecientes a otros géneros como los Megaman Battle Network o los Star Force—. Este juego cuenta con un sistema de misiones, las cuales se van desbloqueando en un orden concreto y que se han de aceptar en unos terminales que también funcionan como puntos de guardado. Una vez aceptadas puedes completar la zona, ya que se activan los eventos. Por algún motivo, después de haber repetido ese procedimiento durante todo el juego, llegué al momento de enfrentar al jefe final… solo para olvidarme de aceptar la misión. Así que me quedé ante la puerta de esa zona, sin poder entrar y sin entender el motivo. Lo que se resumió en horas y horas dando vueltas por todo el mapa, pensando que había dejado asuntos pendientes necesarios para completar el juego y abandonándolo de pura frustración.
Un par de años después volví a ZX con respeto, ante la perspectiva de encontrarme de nuevo esa tesitura. Solo para descubrir que era tan sencillo como pulsar un botón y atravesar la puerta. Tras eso quedé perplejo pensando en toda la frustración que había padecido años atrás por puro despiste, reírme por haber sido tan idiota, contárselo a un amigo que lo estaba jugando al mismo tiempo que yo y completar esa espina que tenía clavada desde hacía mucho tiempo. Si eso me hubiese ocurrido años después con casi toda probabilidad habría mirado una guía tras un rato dando vueltas, pensado que era tontísimo y seguido como si nada; perdiendo por el camino un recuerdo y anécdota que guardo con especial cariño. No solo por lo divertido que me parece, sino porque me mostró como había cambiado como jugador para no acabar con situaciones tan lamentables entre manos.

Al volver a algunos de ellos el estilo de juego fue diferente y pasó a centrarse más en el contenido principal que en el adicional. Tal vez todos hayamos navegado por una época en la que nos invadía la sensación de aprovechar mal nuestro tiempo, queriendo acabar algo lo más rápido posible para pasar a lo siguiente. Como si sintiésemos que no era suficiente, que el tiempo extra invertido en algo se traducía automáticamente en menos horas que podíamos dedicar a otra cosa. De golpe, películas, series, libros o videojuegos no eran tanto medios para disfrutar y aprender, en los que buscar y perderse, sino simples objetivos destinados a mantenerse actual o engrosar una lista que nos valide ante los demás o nosotros mismos.
La toxicidad que provoca esta mentalidad en nuestra relación con el arte o el ocio es palpable. Se transforman en otra medida más de «productividad», haciendo que el disfrute de la experiencia disminuya. De repente el disfrute se convierte en una tarea, en un trabajo. Hay que saber equilibrar qué queremos y qué necesitamos, dejarlo cuando nos sintamos satisfechos. No hay porqué tener una mirada nostálgica que nuble el juicio mientras buscamos una sensación igual a la de antaño. Por eso hay que buscar disfrutar algo por lo que es, no por lo que queremos que sea ni por lo que podría ser. Esos días de infancia jamás volverán, nunca se repetirá un verano como aquellos. Puede que sean buenos, incluso mucho mejores; pero desde luego no serán iguales. Es inevitable, el tiempo pasa, las cosas cambian, nosotros cambiamos. Es una necedad esperar el mismo resultado con circunstancias diferentes.
Pero, aún distintos a cómo éramos, podemos recordar y mantener ese espíritu, atesorarlo para conservar esa capacidad de sorprenderse, de maravillarse, de sumergirse. Estar dispuestos a dar nuevas oportunidades y a dejarnos conquistar con una mente abierta. En definitiva, recuperar un poco de aquel chaval que se quedó riendo en una tarde de agosto con sus amigos, mientras caminaban sobre unas vías de tren que se extendían hasta más allá del horizonte. Dejar a un lado el cinismo, la apatía o el pesimismo que la adultez ha instaurado en mayor o menor medida en muchos de nosotros; para volver, aunque sea por unos momentos, a sentirnos como si esa cálida tarde que se presenta ante nosotros fuese eterna y las posibilidades que ofrece infinitas, como si la vida fuese a durar para siempre.