Tras las huellas del padre del karaoke

El karaoke es, probablemente, uno de los inventos nacidos en Japón con más repercusión a escala internacional. Su nombre, fusión de las palabras japonesas karappo (vacío) y ōkesutora (orquesta), hace alusión a una «orquesta en vacío» —es decir, sin cantante—, de manera que cualquiera puede ponerse al micrófono y acompañar la música con su propia voz.

Desde hace décadas es una forma de entretenimiento muy popular tanto dentro como fuera de Japón, donde suele encontrarse en forma de las karaoke box (karaoke bokkusu), establecimientos con cabinas separadas unas de otras a las que acuden desde hombres de negocios hasta grupos de adolescentes al salir de clase. Su popularidad es tal que el karaoke también se ha convertido en un elemento habitual del manga y el anime. Un buen ejemplo es Karaoke Iko, una obra de la que recientemente repasábamos algunas de las canciones japonesas más icónicas que aparecen en la serie.

Kyouji Narita, coprotagonista de Karaoke Iko, dándolo todo en el karaoke. / ©Doga Kobo

Pero, como ocurre con muchos otros inventos, determinar quién creó el karaoke no es una tarea sencilla. En realidad, la propia Asociación Japonesa de Industriales del Karaoke reconoce la contribución de hasta cuatro candidatos al título de inventor del karaoke, cada uno con argumentos a su favor, lo que refleja la dificultad de atribuir la invención a un único autor. Mientras unos desarrollaron los primeros prototipos, otros perfeccionaron el concepto o fueron los primeros en patentarlo. Por ello, la autoría del karaoke sigue siendo objeto de debate a día de hoy.

En realidad, en Japón y otros países de Asia Oriental existe una larga tradición en torno a acompañar las reuniones con canto y música. Sin embargo, hubo que esperar a la década de 1960 para que apareciera el primer prototipo conocido de una máquina de karaoke, un concepto atribuido originalmente al ingeniero Shigechi Negishi.

Negishi, fallecido en 2024 a la edad de cien años, estudió Economía en la Universidad Hosei de Tokio, tras lo que fue reclutado para luchar en la Segunda Guerra Mundial. En 1947, tras dos años en Singapur como prisionero de guerra, volvió a Japón. Allí trabajó vendiendo cámaras analógicas hasta que fundó en 1956 su propio negocio, Nichiden Kogyo, una empresa dedicada a fabricar dispositivos electrónicos como radios, equipos de sonido o electrodomésticos para otras compañías.

La idea de crear una máquina de karaoke surgió más de una década después, en 1967. Según contó el propio Negishi, tenía la costumbre de cantar las canciones que escuchaba en la radio mientras trabajaba. Sin embargo, su entonación no era buena y uno de sus empleados solía bromear con él por ello. Aquellas bromas le hicieron pensar que su voz quizá sonaría mejor con una pista musical de acompañamiento. Esa idea acabaría materializándose en un primer prototipo construido por él y sus empleados con un micrófono, un altavoz y un reproductor de cintas. Como primera prueba, utilizaron la balada Mujo no Yume, de Yoshio Kodama.

Shigechi Negishi explica a un periodista el funcionamiento de su máquina, bautizada como «Sparko Box». / ©CNN

Tras perfeccionar el invento y consciente de su potencial comercial, Negishi se asoció con un amigo que trabajaba en la NHK —la radiotelevisión pública japonesa— para comercializarlo. Aunque el término karaoke ya se utilizaba en la industria musical japonesa del momento para referirse a las pistas instrumentales de acompañamiento, Negishi optó por no usar ese nombre porque su socio consideraba que karaoke sonaba demasiado parecido a «kan’oke», el término japonés para «ataúd». Por ello, el aparato acabó comercializándose bajo el nombre de Sparko Box, en alusión a las luces llamativas que emitía cuando estaba en funcionamiento.

Negishi recorrió Japón realizando demostraciones e intentando vender su aparato, que incluía un reproductor de cintas, un micrófono, un altavoz y un pequeño cuaderno con las letras de las canciones. Pero pese a lo novedoso de la propuesta, el éxito comercial fue limitado y la empresa vendió alrededor de 8.000 unidades antes de cesar la producción por problemas económicos.

Aunque hoy muchos historiadores consideran a Negishi el autor del primer prototipo conocido de karaoke, lo cierto es que nunca patentó su creación y durante los años siguientes aparecieron otros inventores que desarrollaron por su cuenta y de forma independiente dispositivos muy similares al suyo. Uno de ellos fue Toshiharu Yamashita, un profesor de canto que en 1970 comercializó un reproductor de cartuchos de ocho pistas con micrófono pensado para cantar sobre música grabada.

Sin embargo, el nombre que más ha pasado a la historia como inventor del karaoke es el de Daisuke Inoue, quien a comienzos de la década de 1970 trabajaba como músico de acompañamiento en locales nocturnos de Kobe. Acostumbraba a tocar para clientes que querían cantar durante fiestas y reuniones, pero cuando uno de ellos le pidió que actuara en un evento al que no podía asistir decidió grabar el acompañamiento en una cinta. La satisfacción del cliente, que poco después regresó para pedirle más grabaciones, hizo que Inoue advirtiera el potencial de aquella idea.

Daisuke Inoue posando al lado de su invento. / ©CBS News

Inoue desarrolló en 1971 junto a unos amigos con conocimientos en electrónica el 8-Juke, una máquina que funcionaba mediante monedas y cartuchos de ocho pistas. Además de reproducir versiones instrumentales de canciones populares, incorporaba un efecto de reverberación que ayudaba a camuflar los fallos de afinación de los cantantes aficionados. Inoue también se preocupó por adaptar muchas de las canciones que incluía el producto a tonalidades y tempos más fáciles de seguir para el público general, lo que favoreció enormemente su popularización. El sistema se extendió rápidamente por los bares de Kobe y, poco después, por el resto de Japón, aunque despertó el malestar de muchos músicos que veían cómo las máquinas empezaban a sustituir parte de su trabajo en los locales de ocio. Sin embargo, al igual que Negishi, Inoue tampoco patentó su invento ni obtuvo un gran beneficio económico con él.

En realidad, el primer sistema de karaoke registrado legalmente no surgió en Japón, sino en Filipinas, de la mano del músico y empresario Roberto del Rosario. Entre 1975 y 1977 desarrolló el Sing-along System, un equipo que integraba altavoces, reproductores de cinta y un mezclador de micrófonos con efectos de eco y reverberación, todo ello en una única carcasa. Sus patentes, concedidas en 1983 y 1986, le permitieron demandar a varios grandes fabricantes japoneses que ya estaban produciendo máquinas de karaoke al público general durante la década de 1990. Los tribunales filipinos reconocieron sus derechos sobre la patente y le concedieron una indemnización, aunque para entonces la mayor parte del negocio ya estaba en manos de las grandes empresas japonesas. Por ello, mientras que internacionalmente el nombre de Inoue suele asociarse al origen del karaoke, en Filipinas se reconoce a Roberto del Rosario como su inventor.

El filipino Roberto del Rosario junto a uno de los aparatos que patentó. / ©The Kahimyang Project

Al final, ninguno de los pioneros del karaoke llegó a enriquecerse gracias a su invento. Negishi nunca lo patentó, Inoue tampoco mostró interés por hacerlo y Del Rosario obtuvo reconocimiento legal, pero llegó demasiado tarde para cosechar los beneficios, cuando el mercado ya estaba completamente dominado por grandes compañías niponas.

El verdadero auge del karaoke no llegó hasta años después, en las décadas de 1980 y 1990, cuando grandes fabricantes de equipos electrónicos y compañías discográficas japonesas comenzaron a producir sus propios modelos y a distribuirlos masivamente. Fue también entonces cuando aparecieron las primeras karaoke box, salas privadas de alquiler que terminaron sustituyendo a las máquinas instaladas en bares y restaurantes y dieron forma a la experiencia que hoy asociamos con el karaoke. Con el tiempo, el karaoke acabaría convirtiéndose en un fenómeno de masas tanto dentro como fuera de Japón, una repercusión que va mucho más allá de lo que cualquiera de sus primeros inventores pudo llegar a imaginar.

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