Si pensamos en nuestra niñez, se nos podría ir la mente a aquellos momentos en los que nos quedábamos fijados a la pantalla viendo a los llamativos personajes del anime. Leyendo, cuando tenías la oportunidad, algún manga para analizar mejor incluso el dibujo. Las maravillosas historias eran cautivadoras, sin duda, sin menospreciar uno de los atractivos principales de estas obras niponas, la vestimenta.
Es decir, un buen diseño de personaje está en el equilibrio de su historia, personalidad, sus virtudes y defectos, el físico o, si cabe, su silueta. Pero en esta ocasión trataremos un elemento algo desapercibido, bello, y con una fuerte carga simbólica. En la forma de motivos repetitivos, nombres y sentimientos asociados; es así que los patrones tradicionales japoneses se convierten en elemento narrativo.
En Japón, wagara hace referencia a los estampados y patrones que podían ser bordados a mano o entrelazados con el mismo telar; con hilos de seda, oro y plata. Los artesanos plasmaban estos diseños en la ropa con propósito, adecuándose a la espiritualidad del cliente o de la propia pieza. Es decir, el wagara decora y representa, a partes iguales.

Encontraremos motivos de la naturaleza, de la vida cotidiana. Otros contarán historias mercantes, de tierras lejanas. Habrá diseños inspirados directamente en lo espiritual y en leyendas. Y veremos cómo evolucionan estos desde tiempos vetustos hasta el anime. Con personajes que compartan algo con este bonito mundo textil.
Comenzamos pues con los diseños más geométricos, construidos con el entrecruzado de hilos en el mismo telar. Se popularizaron en la era Taishō (1912-1926), en todo tipo de tejidos. El cruce social y tecnológico con Occidente brindó más posibilidades de decoración a toda la población; por el abaratamiento de costes las personas trabajadores también llevarían los siguientes diseños.
Por ejemplo, el ichimatsu. Cuadrados de colores alternados que se expanden sobre toda la tela, conquistan con amabilidad. Transmiten continuidad, seguridad y prosperidad. Es un patrón muy representativo y quizá sea apreciable en numerosos personajes. Pero sin dudarlo, estos cuadros nos llevarán a Tanjirō Kamado. La heroicidad tan marcada y la nobleza de este personaje hace que verle sea sinónimo de tranquilidad. No importa la adversidad que se cierne sobre él, saldrá victorioso.
El nombre de estos cuadros viene de Sanogawa Ichimatsu, quien fue un actor de kabuki de Kioto. Se confirma que apareció en el escenario como actor infantil en el teatro Chiyosaburo-za a la edad de doce años. Y en los libros de de actores del periodo Edo, cuando él tenía 18 años, fue calificado como el mejor wakashugata —un actor que interpreta papeles de hombres jóvenes—. Podéis más leer sobre el kabuki aquí.

De hecho, la epicidad y las formas rectas parecen estar muy relacionadas con el folklore y las historias de héroes. Una variación de estos cuadrados, el benkei jima, es un diseño donde las formas tienen sutiles variaciones de color; que nos recuerdan quizá al estampado de vichy clásico del siglo XIX. El benkei jima está basado en la historia del monje guerrero Saitō Benkei. Se cree que llevaba ropa con este diseño mientras retaba a duelo a todo espadachín que cruzara el puente Gojō, en Kyoto. Llegó a arrejuntar novecientas noventa y nueve espadas de los derrotados. Hasta que fue vencido por Minamoto no Yoshitsune, general que elevaría el clan de los Minamoto con el apoyo del monje Benkei que se le unió. Esta leyenda de principios del siglo XII perdurará en Japón, y los patrones cuadrados serán por siempre el símbolo de un guerrero.
Sin abandonar todavía a los cazadores de demonios de Kimetsu no Yaiba, otro eje fundamental de toda la serie la veremos en el siguiente patrón. Este es el diseño asanoha, que es un tramado hexagonal que simboliza la hoja del cáñamo. Al tratarse de una planta fuerte, que crece con vigor y rectitud, es asociada a la ropa infantil.

Niños y niñas utilizan este estampado con la esperanza puesta en que crecerán sanos y esbeltos. Nezuko Kamado al llevar estas hojas en su kimono rosado nos quiere transmitir esa resistencia a la enfermedad, ese deseo por salvar el futuro de las garras de los demonios.
Siguiendo la tónica de batallas y guerreros, el siguiente diseño es uno de los más reconocibles. Las plumas de flecha o yabane. Este tejido representa el avance, la certeza y en ocasiones se relaciona con la buena fortuna. Es un patrón que puede compararse con el amuleto hamaya, una flecha que destruye el mal que suele adquirirse en los templos en Año Nuevo.
En el manga publicado en la revista Shōjo Friend, entre 1975 y 1977, llamado Haikara-San: Here Comes Miss Modern conoceremos a Benio Hanamura. Esta estudiante del Tokio de los años veinte fue criada por su padre, un alto funcionario del ejército.

Según un dicho popular, este patrón simbolizaba un hito social en el periodo Edo, el matrimonio. Porque una flecha que es lanzada ya no regresa, lo cual simboliza a las novias que al casarse pasan a la familia del marido. Es bastante irónico para Benio pues ella se interesa por los derechos de la mujer, en decidir sobre su propio destino. Benio Hanamura es el contraste entre los ideales tradicionales y el espíritu de vanguardia propio de la juventud. Su kimono con plumas moradas y blancas que al combinarlo con el hakama granate, una falda-pantalón plisada, se convirtió en una tendencia popular en las ceremonias de graduación.
En el camino a lo sobrenatural, lo místico o espiritual, encontramos otros motivos de protección frente al mal. Por ejemplo, los triángulos del patrón uroko representan escamas. Son la piel de la serpiente, el pez y el dragón. Uroko se convierte en el símbolo de renovación. Las escamas protegen del mal, aunque su asociación con el más allá es más evidente que en otros diseños.
Estos triángulos pueden estar asociados en parte con la diosa budista Benzaiten y con una deidad sintoísta llamada Ugajin; esta última está vinculada a la fertilidad y se representa con cuerpo de serpiente y cabeza humana. Uroko será, por su carácter divino, estampado en las vestimentas de seres de la misma índole. Y su dualidad se verá en la representación de demonios. Pensar en la trifuerza de The Legend of Zelda es más que obvio. El artefacto creado por las diosas que protege a los nobles de corazón como Link. Pero, a su vez, puede caer en manos de seres malignos.

Siguiendo la línea de las aportaciones espirituales en el archipiélago, tendríamos patrones relacionados directamente con el budismo. Un dibujo en la tela, manjis que no tienen principio ni fin simbolizando la energía infinita. Es uno de los diseños más sutiles en su confección, porque se realiza en el entrelazado del tejido en el telar; creando un dibujo satinado que recorre toda la superficie.
En el videojuego Touken Ranbu viajaremos en el tiempo para reunir las espadas celestiales, que han tomado forma humana. Para luchar contra los enemigos y proteger el curso de la historia de Japón, reclutamos a Mikazuki Munechika. Una tachi o espada larga forjada por Sanjō Munechika a finales del período Heian.
Es considerada un Tesoro Nacional, y destaca por el temple de su filo, con formas de luna creciente —mikazuki—; de ahí el nombre de este personaje considerado “la espada más bella de todas”. Actualmente este arma se exhibe en el Museo Nacional de Tokio.

Su vestimenta de mangas anchas y con cortes apreciables en los hombros es un kariginu, un conjunto que se utilizaba durante la caza. Los materiales nobles de la capa exterior solía ser seda con el dibujo de los manjis entre los hilos, lo que resulta en un patrón refinado y elegante. En eras posteriores, el kariginu formaría parte de la vestimenta formal de los samuráis.
Y es de la mano de los señores y cortesanas que llegamos a los patrones más exquisitos, aquellos inspirados en la naturaleza. Partían de las plantas, insectos y el agua para bordar hermosas composiciones con hilos coloridos. Aunque los diseños más sutiles basados en líneas y formas geométricas se siguieron utilizando, sobre todo en vestimenta masculina. En la siguiente obra a analizar, no obstante, se les da una vuelta interesante.
En la historia de Ōoku: The Inner Chambers —serie que ya examinamos en profundidad en este artículo—, nos centraremos en los aposentos reales del shogunato Tokugawa. En la expansión de la ciudad se alzó el Ōoku, un recinto palaciego destinado al concubinato imperial. Aunque en esta reinterpretación de los hechos, el país será atravesado por una enfermedad.
En la obra, una viruela que parece afectar sólo a los hombres diezmó la población hasta quedar reducida a un quinto en comparación con la cantidad de mujeres. Al tratarse de una enfermedad, campesinos y señores cayeron por igual, y los roles de género se reescribieron. Los hombres pasaron a ser una población protegida, destinada a traer hijos al mundo o a venderse en el barrio de Yoshiwara.
Algunos de los mozos más atractivos o influyentes pudieron optar a la comodidad del Ōoku, aunque este les arrebatará la libertad, el nombre y cierta dignidad. La primera persona que conoceremos será Mizuno. Un joven corriente muy apuesto, que decide ingresar al Ōoku dejando atrás a su familia y a la mujer que ama.
Una vez en el palacio, será recibido por uno de los esposos oficiales. Matsushima, un sereno cortesano con un hermoso bordado con ondas de agua y flores de loto. Esta indumentaria conocida como kamishimo es un conjunto hecho de cáñamo, utilizado por hombres en contextos formales. Consistía en una capa con hombreras exageradas y llevada sobre el kimono y se sujetaba con unos pantalones plegados unas siete veces —un pliegue por cada una de las virtudes de los samuráis.
Sin embargo, lo interesante aquí, y en otros personajes dentro del recinto, es lo abigarrado de los bordados y el uso del color vibrante. Podemos fijarnos en Matsushima, sin ir más lejos. El patrón de ondas Kanzemizu representa las aguas agitadas suavemente, como las ondas que produce la lluvia ligera sobre un estanque.
El kanzemizu está vivo, animado. Su apariencia no cambia, pero es diferente cada segundo. Puedes ser tanto una idea como su opuesto. Junto a la flor de loto que crece en aguas turbias a la par que exuberantes. Esta flor representa alguien sabio, compasivo y amable; atributos que lo hacen muy propio para los atavíos de una princesa, pero en este contexto la belleza se traslada al hombre.

La belleza floral estalla en la escena de entrada del shogūn, la señora Yoshimune Tokugawa. Ascendió al trono imperial con ideas más pragmáticas, lo que se refleja en su indumentaria sin ornamento. Su visión como una líder preocupada por los gastos del imperio, hace que no se aprecie ninguno de los diseños florales tachando a los hombres de frívolos galanes.
Sin embargo le atrapa el kamishimo de Mizuno. Una onda de agua de plata sobre un fondo negro azabache, la sencillez de este diseño llamado ryūsui. Estas sinuosas formas representan el líquido en movimiento, libre, continuo.

El oleaje tiene un significado para con la historia y con un concepto sintoísta relacionado con la pureza. En Japón el kegare es una fuerza de corrupción natural, enfermedad y muerte. Asociado con el agua estancada, lo que invoca demonios como la viruela roja. El agua cobra entonces su dualidad. Estancada puede llevar a la putrefacción, pero en movimiento se considera un símbolo de buena suerte y salvaguarda de la adversidad.
Quedan muchos otros textiles en el cajón, con sus orígenes y sentidos particulares. Aquí se ha intentado valorar el poder narrativo de la ropa y cómo puede usarse para desarrollar personajes o contar historias. Además sirve para apreciar lo hermosa que es la historia de la moda.
Y si queréis saber más de moda y tradición recomendamos encarecidamente a Maia Harima. Es una diseñadora de moda que creció en la colonia japonesa de la ciudad de La Plata, Buenos Aires. Su colección Nikkei nació de un viaje a la tierra de sus ancestros, trayendo consigo retazos de prendas tradicionales. Su interés por la fusión cultural y el amor que tiene por los patrones lo transmite en sus redes sociales, desde Japón.