En los últimos tiempos hemos podido observar cómo la censura ha ido en aumento en redes sociales, plataformas de videojuegos e incluso de música, justificada por leyes de protección del menor, como ya leímos en otro artículo. Entre ecos que culpan a la cultura de la cancelación y lo woke —nueva cabeza de turco sin una definición clara— se pierde la realidad histórica del origen de la censura y la regulación sobre la cultura popular de nuestros países. Al volver mucho más atrás en el tiempo, podemos comprobar cómo la censura impuesta por el poder ha estado muy presente desde tiempos muy antiguos, desde la persecución de brujas hasta el macartismo y su lista negra de comunistas en el cine estadounidense. El conservadurismo moderno bebe principalmente del pánico moral que se generó tras el nacimiento de diferentes subculturas tras la Segunda Guerra Mundial.
El mundo de posguerra estuvo plagado de diferentes ansiedades. La Tierra estaba dividida en dos bloques ideológicos, el miedo nuclear invadía las casas y otras partes del mundo quedaron bajo dictaduras en las que difícilmente surgirían disidencias. La juventud de países de tradición liberal como EEUU o Inglaterra, que se vieron sumidos en ideales más tradicionales, comenzó a rebelarse a través de expresiones culturales diversas. Mientras un tipo de cine más independiente inundaba las salas de cine, los cómics de superhéroes, monstruos y crímenes se vendían rápidamente en las tiendas. Esto no sentó bien a ciertos sectores.

El psiquiatra Fredric Wertham escribió La seducción de los inocentes en 1954, donde presenta al cómic como profundamente dañino y corruptor para los jóvenes, describiéndolos como introductor de violencia, sexo y consumo de drogas en sus temáticas. Otro de sus argumentos expondría supuestas alusiones sexuales ocultas en los tebeos de Batman —psicológicamente homosexuales— y Wonder Woman —carácter de lesbiana por su independencia y fuerza. Esto llevó ese mismo año a la creación del Código del Cómic, CCA, para revisar si cumplían con ciertos parámetros de censura como no mostrar imágenes violentas, referencias sexuales o simples representaciones pin up. Es reseñable que el primer cómic no aprobado fue uno de William Gaines que tenía como protagonista a un chico negro.
Los cómics, que tenían un público principalmente juvenil, fueron un blanco fácil para la censura. Y así ocurriría con diferentes medios en el futuro que también se han considerado entretenimiento juvenil bajo la excusa de proteger al menor de malas influencias. No sería tan fácil regular así el cine en general, una vez libre del restrictivo Código Hays, que explotaría hasta los límites todos los tabúes posibles, sólo enfrentándose a la censura más política o religiosa en determinados países. Mientras tanto, las subculturas florecían cada vez más y se asocian a movimientos ideológicos o musicales.

En la década de los años 60 la nueva inquietud eran los asesinos seriales y un hecho a final de la década acabó cimentando la subcultura hippie: los crímenes de los Manson. Estos terribles delitos iniciaron el llamado pánico satánico que se extendió fuera de EEUU, extendiéndose sobre otras subculturas la demonización que se hacía de ciertas expresiones culturales que no encajaban dentro de la moral conservadora, especialmente sobre seguidores del heavy metal, el movimiento gótico o los punks. Este tipo de demonización se materializaba en ataques activos desde los medios de comunicación hacia estos grupos, en una estrategia activa de manipulación.
Entonces llegaría uno de los episodios de histeria colectiva más importantes contra un elemento popular juvenil que fue representado en la serie Stranger Things, la cruzada contra los juegos de rol y Dragones y Mazmorras. El inicio de esta etapa comenzó con la desaparición del joven James Dallas Egbert en los túneles de ventilación de la universidad, supuestamente por haber estado jugando a Dragones y Mazmorras. La prensa se sumió en el mayor amarillismo, culpando al juego de comportamientos extraños y peligrosos para los jóvenes, y desató el pánico entre los padres de chicos que jugaban a juegos de rol. Muchas personas recuerdan cómo sus progenitores les prohibieron ese tipo de actividades por miedo a malas influencias. Lo que no trascendió y quedó bajo la alfombra fue que el joven Egbert se suicidó un año después debido a problemas psicológicos relacionados con la homofobia de la época y todo lo que sucedió nunca tuvo nada que ver con juegos de rol. La polémica ya estaba servida.

Varias películas se basaron en los supuestos hechos de la desaparición de Egbert, mostrando a jóvenes obsesionados con juegos de rol que son manipulados por el diablo a través del juego (Skullduggery) o se vuelven locos debido a él (Monstruos y laberintos). Muchos asesinatos de la década de los 80 en EEUU fueron usados para añadir leña al fuego si resultaba que el asesino tenía alguna relación con los juegos de rol y toda la prensa acusaba a la actividad de promover el satanismo, el suicidio o el asesinato. En 1987, dos pastores llegaron a exponer cómo el juego daba lugar a un pensamiento herético por permitir demasiada libertad.
En otros países comenzaba a llegar la libertad tras años de dictadura y las subculturas y nuevos entretenimientos no tardaron en llegar también, no sin su polémica añadida. El final de la dictadura franquista en España no trajo un renovado cambio en la mentalidad tradicional tan fácilmente y la moral católica tenía aún mucha fuerza. Uno de los sucesos más notables de finales de los años 70 en el país, que traumatizó a muchos niños, fue la cancelación del anime Mazinger Z y su reemplazo por Orzowei.
Mazinger Z vino a España tras una larga tradición de emisión de anime japonés en el país, generalmente mucho más suaves y calmados. La irrupción de un enorme robot que lucha contra monstruos y enemigos trajo una dosis de acción y violencia a los más jóvenes, lo que constituyó la obra como un absoluto éxito, algo para lo que no estaban preparados ciertos sectores. Teníamos antes una jovencísima Marisol con su inocencia y pureza frente a las cámaras que se había convertido en Pepa Flores, la que se hizo comunista, la traidora, de la que ya no se quería leer sobre experiencias de abusos a niños tras las cámaras durante el franquismo. Para los sectores más conservadores había que poner el foco en lo importante, es decir, qué veían los niños, qué influía a los niños.

Si bien la nueva izquierda también criticó Mazinger Z —acusándolo de propaganda anticomunista en algún análisis— fueron las críticas de asociaciones católicas y padres consternados los que causaron su cancelación. El diario ABC publicó un artículo del pedagogo Luis Núñez Cubero que señalaba la serie como conductora a una educación deformante, agresiva y machista, así como señalaba que la figura del barón Ashler, mitad hombre y mitad mujer, contribuía a desfigurar el rol sexual del niño. Otros análisis la señalan como una glorificación de la violencia. Sólo se pudo emitir en TVE unos 32 episodios de la totalidad de la serie en 1978, cancelada definitivamente a posteriori de tal forma que no la veríamos finalizada hasta los años 90.
España tampoco escapó a la controversia sobre los juegos de rol y los videojuegos. En primer lugar, en 1994, fue el lamentable incidente del crimen de rol, en el cual un trabajador fue asesinado a sangre fría por dos jóvenes, de tal forma que su autor intelectual supuestamente se había inspirado en juegos de rol, concretamente en uno que él creó. El sensacionalismo hizo que montones de padres prohibieran a sus hijos jugarlos en temor de que influyera negativamente sobre ellos, pero también provocó un efecto Streisand y aumentó su popularidad. Muchos crímenes posteriores fueron atribuidos también a juegos de rol sin ningún tipo de explicación. No se escaparía de la controversia el videojuego Final Fantasy VIII cuando el asesino de la katana fue comparado en periódicos con su protagonista, extendiendo el rumor de que el título había incitado su comportamiento. Hubo cancelaciones de eventos frikis en diferentes ciudades y se señaló y ridiculizó a estos grupos a través de medios durante muchos años.

En estos mismos años, por Latinoamérica, donde uno de los anime más famosos y populares fue Dragon Ball, también se sumieron en una histeria colectiva debido a colectivos religiosos que señalaban por televisión a este medio de entretenimiento. Hay muchos vídeos famosos, como el de Los nintendos de Josué Yrion o el del programa mexicano Hablemos Claro en 1995, que ahora son convertidos en un meme, pero en su momento afectaron profundamente en la opinión pública. Dentro de las calificaciones hacia la animación japonesa se habla de mensajes satánicos, pornografía, crisis epilépticas, conductas antisociales y corruptores de la niñez. Por supuesto, tampoco podía faltar el escándalo de la representación de diferentes identidades sexuales.

En la actualidad, muchas de estas afirmaciones dejaron de tener fuerza, especialmente las relacionadas con acusaciones de satanismo, pero muchas otras evolucionaron y siguen manteniéndose. No se para de hablar de censura cuando se critican ciertos detalles de la cultura popular que pueden resultar anticuados u ofensivos para ciertos colectivos, que a menudo no suponen ningún tipo de cancelación o eliminación real de dichos contenidos. En cambio, podemos comprobar cómo mucha de la censura histórica del último siglo sigue presente y muy fuerte con los mismos argumentos moralistas.
Si bien antes se escudaban en la violencia, ahora es mayormente la sexualidad. Todo era violencia, pero es que también vemos a Batman y Robin en un subtexto homosexual. O a Wonder Woman siendo una mujer independiente, subtexto de lesbianismo. O los juegos de rol causan demasiada libertad de pensamiento. O es que en la animación japonesa hay diversidad sexual y los niños no pueden ver gays, lesbianas o al barón Ashler, porque se confunden. Y ahora… los colectivos X corrompen a los menores. ¿Un beso entre dos mujeres en mi película de Disney? Es pornografía, propaganda. No es como si existieran tramas importantes de corrupción de menores por parte de figuras prominentes. ¿Un videojuego sobre una experiencia sexual de cualquier índole? Asumimos que los videojuegos son para niños, por lo que debe ser censurado. Y es que en EEUU hay muchos tiroteos escolares, ahora bien, el problema también es de los videojuegos según el presidente Trump. Pero las voces siguen hablando de censura woke.