Permitid a vuestra redactora que anticipe las próximas líneas de una breve nota personal. La contemplación pasiva es la manera en la que siento que paso la mayoría del tiempo. No sólo a través de redes sociales en un sentido debordiano, sino viviendo como una tercera persona. Hace tiempo que no transito por incómodos episodios de despersonalización, si bien sigo palpando un atraso respecto al resto, a quienes advierto vivir mientras perduro en mi propia quietud. Todavía me cuesta salir de casa, y más todavía si no tengo un compromiso con otra persona. Tomar un camino distinto de ida o vuelta me incomoda, me provoca una extraña sensación de encierro. Permanecer dentro de la habitación es un alivio y al mismo tiempo un acuerdo angustiante con mi propia inacción.
Así, en un estado similar se presenta a Alpha, la protagonista de las dos OVAs de Yokohama Kaidashi Kikō, dirigidas por Takashi Annō en 1998, que fue la primera adaptación del manga homónimo de Hitoshi Ashinano, publicado entre 1994 y 2006. Se trata de un título postapocalíptico situado en un escenario en el que apenas quedan seres humanos, con una exigua población increíblemente envejecida que convive con robots como Alpha. En consecuencia, este fin del mundo es uno lento, basado en un deterioro aparentemente inevitable y por tanto aceptado, por lo que no es visto como algo trágico o devastador.
Por el contrario, este desgaste es lento y dentro de él existen aún un tiempo y un espacio que son apreciados dentro de la cotidianidad. Los pocos residentes que quedan en esta Yokohama ficticia se asisten unos a otros tratando de hacer lo que queda de su existencia lo más agradable posible en su espera del fin. Probablemente sea la vida que ocurre dentro de la espera la noción que mejor describa Yokohama Kaidashi Kikō, al encontrarse Alpha, cuando la conocemos, también en un tiempo de aguardar el momento, cuidando la cafetería de su dueño, quien se encuentra en un viaje de longitud indeterminada.

En el mundo en que nos sitúan las OVAs de Yokohama Kaidashi Kikō los debates posthumanistas han sido resueltos. No se pone en duda si el robot o el androide merecen ser tratados como humano si se relacionan y sienten como tal, sino que directamente se da por hecho. Este planteamiento se revela como uno más interesante que el clásico que gira alrededor de la duda, porque da directamente una respuesta sensible y posicionada en contra de todo esencialismo. Igualmente, las OVAs dejan total cabida para presentar detalladamente a Alpha, a lo largo de los aproximadamente 50 minutos de metraje, como un ser sintiente y merecedor del cariño que recibe.
De este modo, no se cuestiona la existencia de Alpha: ella está, es querida y también quiere. Posiblemente la única característica que la separa de los personajes humanos es la imposibilidad de su cuerpo de señalar el paso del tiempo en él. ¿Cuánto tiempo llevará siendo el abuelo de al lado su vecino y cuánto tiempo ha pasado ya Alpha viendo su rostro arrugarse y su espalda encorvarse? Se reitera de manera constante en la idea de observar, en este caso en añadido al paso del tiempo como algo que el espectador comprende y afronta por su cuenta, sin necesidad de que ningún personaje lo manifieste directamente a través de la palabra.
El primero de los dos episodios que conforman la adaptación comienza con Alpha como alguien que observa el paso de sus propios días casi como si viviese su vida desde una tercera persona, como se ha comentado al inicio. Sin embargo, pronto pasa de la observación pasiva a tematizar la memoria como algo activo en constante movimiento, que requiere de ella para seguir formándose. La razón de este cambio es la inesperada visita de una cartera —también robot— que le otorga una cámara enviada por el dueño. A partir de este pequeño objeto y el apoyo de su nueva amiga, Kokone, Alpha comienza a aprender a salir de casa en búsqueda de nuevos recuerdos que capturará —o no— configurados como instantes a través de la lente. Por tanto, a pesar de que la protagonista no pueda envejecer físicamente, sí es capaz de transformarse con el paso del tiempo con la ayuda de su consciente y efusiva cosecha de recuerdos.
Respecto a este devenir del tiempo, las OVAs se esfuerzan por expresarlo a través de planos sostenidos con acciones que se inician y completan en los mismos. Lo demuestran sus planos medio-largos en los que Alpha se abrocha el cinturón reconvertido en un bolso para llevar su nueva cámara o endulza cuidadosamente su café con dos cucharadas de azúcar, evidenciando la espera tranquila y cotidiana, presentando y profundizando en su protagonista a través de la sencillez del día a día. Se trata de una espera que no es demora, sino estancia y expectación ilusionada, que se desdobla creando un paralelismo con el espectador, quien a lo largo del visionado comparte este sentimiento con Alpha. Es esperar a que termine de echar el azúcar pero disfrutar acompañándola a la vez en ese proceso, con tan solo el suave susurro del viento y los tonos anaranjados de la puesta de sol entrando a través del cristal transparente de la ventana.
Igualmente, ese aire que sopla no es visible, pero es revelado a través de su murmullo y de la veleta en forma de pez situada en lo alto del hogar de la protagonista, objeto al que se recurre en numerosas ocasiones para señalar sus cambios de dirección, metáforas de las alteraciones en su vida y persona para desafiar así la linealidad habitual a la hora de representar los eventos vitales. Dicho de otro modo, la veleta gira sobre sí misma —no es siquiera capaz de hacerlo en línea recta— siendo su movimiento además uno variable y generalmente sutil, meciéndose a merced del contexto, que proviene en este caso de la brisa marina. En consecuencia, su tendencia es análoga hacia Alpha y su propio aprendizaje y evolución.
Así pues, el segundo episodio relata un día repleto de acontecimientos que sobrepasan a la protagonista de distintas maneras, aunque se mantienen aún dentro del aroma de la rutina, sin dramatizar su representación, siendo el día mostrado en pantalla, en el gran esquema de las cosas, simplemente otro más de la larga sucesión. Esta impresión se consigue por medio de la combinación entre los eventos adversos a superar y el contraste de estos mismos con el propio entorno en el que suceden: si Alpha tiene que ir al médico, pronto recibe ayuda por parte de su vecino y la médica, quienes la cuidan, o si más tarde pasa por un breve episodio disociativo mientras trata de hacerse el café, tras todo lo consigue igualmente, aunque sea ya de noche, y disfruta igualmente la taza mientras escucha el mar.
Al final de esta segunda OVA, Alpha decide ir hasta el lugar que guarda sus primeros recuerdos de Yokohama, el sitio al que su antiguo dueño la llevó cuando llegó, volviendo así al final de su duración estos dos episodios a tematizar la memoria. Respecto a esto, existe un momento mientras la protagonista está de camino a su destino en su moto amarilla en el que se escucha su pensamiento: “¡Ahora me acuerdo! El primer sitio al que me llevó el dueño, ¡no me puedo creer que lo hubiese olvidado”.
Entonces, después de pasar la tarde conduciendo, por fin llega al sitio al anochecer, un mirador sobre el que pone sus pies para echar la mirada hacia abajo. Para Alpha esas vistas —una ciudad abandonada cubierta por el agua— son distintas a las de su memoria. Seguidamente llega la vieja doctora y también cuenta como para ella también han cambiado enormemente. De igual modo, al ponerse el sol el paisaje vuelve a mutar mientras las dos lo observan mostrando una realidad contraria al instante capturado por la cámara del primer episodio.

En el momento que la noche cae por completo, las dos juntas observan hacia abajo cómo las calles de la vacía ciudad sumergida comienzan a iluminarse, convirtiéndose el alumbrado en estrellas manufacturadas de un cielo que es en realidad una ruina hundida, causando esto una enorme emoción en Alpha y evidenciando así la vida en lo artificial manifestada tanto en quien la especta como por lo observado en la pareja de plano y contraplano. Al bajar la mirada hacia las luces enterradas en la transparencia del agua en compañía, la robot inspecciona un pasado que nunca llegó a conocer, entre calles que jamás llegará a pisar, pero del que ahora obtiene un nuevo significado: si antes las luces brillaban con el objetivo de alumbrar las calles y facilitar el tránsito, ahora es su belleza como flores de luz lo que las resignifica.
Sin embargo, un momento tan emocionalmente cargado como este se funde a negro y es entonces cuando aparece el alegre y colorido ending, contrastado con la melancolía cenicienta de esta última secuencia y dejando así patente el hecho de que todo continúa y tan sólo se nos han mostrado dos días de la larga lista que nuestra protagonista ha vivido; dos pequeños fragmentos de la costumbre diaria, en los que tanto nosotros como Alpha tomamos el aliento del viento que provoca traslado en la veleta en forma de pez.