Opinión: ¿tienen las obras que ser complejas?

Tanto Avatar como Titanic son dos películas que, en su momento, aunaron taquillas multimillonarias con cierto desdén por parte de los cinéfilos más rimbombantes y especializados. No eran lo suficientemente complejas y profundas para cómo debería ser una película de su categoría, presupuesto y repercusión. Irónicamente, el director de ambas producciones, James Cameron, alcanzaba en 2012 unas cotas de profundidad inalcanzables para la mayor parte de los mortales cuando tocaba con su batiscafo el fondo del Abismo Challenger, dentro de la Fosa de las Marianas, el lugar más profundo del océano, al que sólo algunos privilegiados han podido llegar.

Bromas aparte, el deseo y búsqueda de la complejidad en las obras como un validador del gusto propio no es algo que sea exclusivo del cine y suele venir de la mano del elitismo cultural presente en cada una de las artes populares. Por supuesto, la animación, el anime, no es una excepción.

Me gustaría ejercer un diferenciación levemente pejiguera entre una obra compleja y una profunda. Aunque en este artículo de opinión usaremos ambos términos como sinónimos, al modo y estilo más coloquial, debido al contexto del mismo, sí sería necesario incidir de cara al futuro en que una obra puede ser lo uno sin lo otro. Por utilizar de ejemplo dos obras tan queridas como llenas de calidad y adecuadas para el tema que nos ocupa, Cowboy Bebop puede tratar durante sus capítulos temas difíciles pero presentándolos de forma directa, evidente y muy clara y Neon Genesis Evangelion puede tener un trasfondo temático relativamente más asequible en su nacimiento pero enclaustrado entre diversas capas muy oscuras de simbolismo religioso y narrativa engañosa. Por utilizar otro caso bien conocido, Memento, la película de Christopher Nolan, también entraría en esta categoría, a la que gracias a su montaje alterado podríamos catalogarla como limítrofe. Compleja y no compleja a la vez. En cualquier caso, esto ya nos enseñaría que, a priori, la diferenciación no nos va a resultar nunca sencilla. No es tan fácil como dibujar una línea que separe las obras complejas de las que no lo son. Existe toda una escala de grises, toda una gradación que, como veremos más adelante, ni siquiera es fija, sino que cambia en función de cada espectador que perciba el producto artístico que nos ocupe en cada momento.

«Disculpe, ¿ha oído hablar de nuestro señor Kierkegaard?» /  ©Gainax

Marchando hacia el quid de la cuestión, el elitismo cultural es algo que viene de lejos. Todos sabemos que el elitismo, como tal, es un ideal maniqueo hasta la saciedad y fomenta desigualdades per se, se aplique al campo que se aplique. En el caso del arte, obtendríamos una clase privilegiada de elitistas culturales y un pueblo llano. Esto ha sido así desde siempre. El binomio típico. La alta contra la baja cultura. El Canon Occidental contra la periferia. El arte aristocrático contra las obras pop, propias de las masas y el consumismo. La burguesía contra el proletariado —artístico, en este caso—. Ya incluso antes de las vanguardias, el filósofo y poeta alemán Friedrich Schiller abogaba en sus Cartas sobre la educación estética del hombre por, en cierta medida, una derogación de la jerarquía de las diversas disciplinas y géneros artísticos —relacionando esto con la igualdad de los propios seres humanos—. Y es que, al final, la burguesía siempre encuentra métodos de perpetuación y reafirmación sobre el pueblo, y el arte nunca ha escapado de ello. Sin ir más lejos, en La Rebelión de las Masas, Ortega y Gasset teorizaba que uno de los grandes males de su tiempo era, ni más ni menos, el acceso de las clases bajas a espacios, hasta entonces, reservados para las altas, incluyendo lugares culturales como los teatros. De nuevo, la necesidad de separar en dos sectores bien diferenciados para continuar la perpetuación. Y por terminar nuestro marco teórico, para el sociólogo francés Pierre Bourdieu, las personas que cuentan con un mayor nivel social y educativo, un mayor capital cultural, instauran lo que se consideraría el buen gusto artístico/estético en la sociedad, mientras que quienes cuentan con un nivel inferior terminan aceptando esto y, con ello, ejerciendo de nuevo esta distinción entre alta y baja cultura.

Obviamente no sólo es que, con el tiempo, el dictado de las élites haya evolucionado y ciertos campos artísticos populares, como podían ser el cine, estén hoy en cierta medida en las manos de privilegiados, sino que también es muy común la reproducción de las dinámicas mencionadas dentro de las subclases de un mismo arte. El mismísimo jazz pasó, mientras avanzaba el siglo XX, de ser la más típica música bailable para el pueblo llano y racializado estadounidense a una suerte de nuevo barroco o romanticismo para los clasistas melómanos, en oposición a géneros mucho más burdos o adolescentes como pueden ser el pop, el metal o la electrónica. De hecho, el propio jazz nos sirve para plantear nuestro argumento principal. A día de hoy, es comunmente percibida como una música compleja. John Coltrane es complejo. Miles Davis es complejo. La Pat Metheny Band es compleja. Y se utiliza esa complejidad como si fuese legitimadora, pese a ser una mera excusa, de su superioridad moral frente a géneros que no pueden, o quieren, alcanzar esas cotas de intrincación. Lo complejo se percibe como mejor y lo sencillo como peor.

Como decíamos antes, el anime, en tanto a que es también manifestación artística, no escapa a estas dinámicas. La sensación de pertenencia a un grupo, la legitimación de nuestros gustos personales como algo susceptible de una eventual objetividad o Verdad y, como decía Hobbes en su teoría del humor, la alegría que nos produce el sentimiento de superioridad respecto a otros seres humanos a quienes nos permitimos ver como inferiores en un aspecto u otro nos llevan a intentar posicionarnos a través de la manifestación de nuestras preferencias, siempre que estas sean acordes al dictado previo del elitismo. A lo que se ha estipulado antes como gusto válido, surgido de su inherente y supuesta complejidad. Veis, por dónde van los tiros, ¿verdad? Tampoco estoy diciendo que la profundidad sea perjudicial, sino que es un elemento más, una opción voluntaria del creador a la hora de conformar su obra y establecer las pautas de la misma. Una característica más que no define, si me permitís el dudoso lujo de decirlo así, la calidad de la misma.

«Obviamente nuestras letras representan la alienación juvenil frente al capitalismo pop» /  ©Kyoto Animation

A modo de contraparte, uno de los directores de cine más reputados de los últimos 35 años, David Lynch —autor de Mulholland Drive o la serie Twin Peaks—, mencionaba no hace tanto y de forma muy contundente que, una vez es terminada, la película es del espectador. Una misma obra, visionada a la vez y de la misma forma, por dos personas diferentes, nunca será percibida, valorada e interpretada de igual manera. Por ello, y relacionándolo con la temática que nos ocupa, una obra puede resultar profunda en mayor o menor medida en función del bagaje sociocultural de cada espectador individual. Volviendo, de hecho, a la citada Evangelion, una persona versada en mitología religiosa cristiana entenderá mucho más al vuelo las metáforas temáticas y visuales que un espectador de creencias, por ejemplo, yorubas. Esto haría que ya no sólo es que no tenga sentido la asociación de «complejo bueno» y «simple malo», sino que en muchísimos casos se dejaría esa misma distinción como algo completamente arbitrario, subjetivo y susceptible de fácil recalificación.

Una obra no será, por tanto, mejor o peor, y ni mucho menos en una categoría moral, en base a su complejidad, sino a través de cómo logre incidir en el espectador que la está percibiendo, en el impacto que consiga dejar en él o ella tras su visionado. Eso nos dejaría, asimismo, con que la valoración del arte es algo intrínsecamente asociado a la subjetividad y que no tiene demasiado de imparcial, pero ese debate, aún relacionado extremadamente con todo esto, lo dejaremos mejor para un futuro artículo.

Mirad, ¿recordáis K-On!? Ese anime en el que unas chicas muy simpáticas fundan una banda de música rock en su instituto y persiguen sus sueños de convertirse en grandes intérpretes y actuar ante un público entregado. Y no tiene absolutamente nada más. Sueños de juventud, amistad y diversión. Humor sencillo y apañado. No hay reflexiones existencialistas, no hay pasajes basados en la obra de filósofos checos, no hay analogías narrativas de nicho ni esconde su trama tras un apartado visual vanguardista. Es la anticomplejidad. Una serie sencilla, muy directa y, sobre todo, cándida. Y es también uno de los animes que más podría recomendar, a título personal, a cualquiera.

3 comentarios en “Opinión: ¿tienen las obras que ser complejas?

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