Estos últimos días no paro de pensar en la hipocresía que marca muchos aspectos del discurso sobre videojuegos. Lo sé, no le estoy descubriendo nada nuevo a nadie, las redes sociales son para echarlas de comer aparte y esto lleva un tiempo siendo una constante. Elevamos nuestros estándares para con las obras, pero no necesariamente aumenta nuestra finura al hablar de ellas. Acudimos a gurús y profetas de todo tipo, en busca de la next big thing, y escribimos ríos de tinta sobre lo primero a lo que nos aferramos para luego desembocar en los mares del olvido. «Clair Obscur: Expedition 33 nos demuestra que el futuro está en los proyectos más pequeños y en las propuestas arriesgadas», palabras que marcaron 2025 y que me apuesto lo que queráis a que las veremos totalmente enterradas en cuanto se lance Grand Theft Auto VI e ignoremos las malas prácticas laborales de Rockstar para proclamar que la generación por fin tiene su pelotazo.
En lo que todo esto desemboca, volviendo al tema en cuestión, es en una desconexión brutal entre lo que proclamamos sobre el medio y su situación real. Las cámaras de eco en espacios digitales tienen un poder impresionante para acotar nuestra perspectiva, pero si te quitas la venda ves que hay un mundo completamente distinto ahí fuera. ¿Qué tiene que ver esto con los eventos de videojuegos? Pues absolutamente todo, ya que resumen a las mil maravillas esta oleada de vinagre innecesario y que nada tiene que ver con la auténtica salud artística de la que disfruta la industria en estos últimos tiempos. A fecha de redacción de este artículo, aún tenemos reciente la emisión del State of Play de febrero de 2026 y el Nintendo Direct Partners Showcase —aunque este último se siente sorprendentemente lejano, lo cual nos dice mucho también de la cultura fast food del capitalismo tardío—. No me voy a detener en los matices, se da por sentado que hay gente de todo tipo, pero es relativamente razonable afirmar que ambas retransmisiones han recibido numerosas críticas por no contener anuncios lo bastante importantes. Quizás algo menos respecto del directo de PlayStation, aunque el combo final de remakes de la trilogía griega de God of War y el metroidvania pixelart Sons of Sparta ciertamente ha estado bañado en controversia por toda serie de motivos en los que tampoco tiene mucho sentido inmiscuirse aquí y ahora.

Para empezar, debemos establecer que lo «relevante» es un término profundamente subjetivo e imposible de definir con exactitud. Sobra decir que no todo lo que goza de un alcance mainstream es meritorio de celebración, pues cada evento de videojuegos también suele contener anuncios «menores» que apelan a audiencias muy concretas. Puede ser un Castlevania: Belmont’s Curse, que promete volver a situar a la saga de Konami en el lugar que merece en su género al más puro estilo de los Metroid de Mercury Steam. O puede tratarse de un Paranormasight: The Mermaid’s Curse —ndr: es completamente coincidente que los dos títulos mencionados traten sobre maldiciones—, que supone la continuación de una franquicia moderna de Visual Novels que muchos considerábamos una causa perdida debido a las ya famosas declaraciones de Yosuke Matsuda en 2022 sobre que Square Enix iba a centrarse en superproducciones generalistas.
Ahora bien, hace un tiempo que deberíamos haber derribado el muro que separa los juegos «grandes» de los «pequeños» y me pregunto personalmente cuántas veces más va a hacer falta que aparezca un éxito inesperado que nos pinte la cara para cambiar el chip. El tipo de persona que solo juega títulos con presupuestos desorbitados, gráficos hiperrealistas y que reciben campañas de marketing demenciales no es, para empezar, ni remotamente a quien se dirige esta clase de eventos. Por lo tanto, dejemos de engañarnos a nosotros mismos y fingir que Cairn o Mewgenics no son capaces de ser experiencias tan impresionantes y complejas como un juego de Santa Monica o de la saga The Legend of Zelda. Esa clase de retórica se la podemos dejar a Geoff Keighley, que parece ser muy feliz en su burbuja de tráileres que no dicen absolutamente nada y por los que hay que pagar medio millón de dólares a tocateja. Eso es solo si son vídeos cortitos.
Dicho lo cual, si queremos aferrarnos de verdad a esta idea de que una plataforma necesita nombres importantes para mantener su relevancia cultural, el argumento derrotista hace aguas igualmente. Capcom está a un par de telediarios de coronarse como la mejor empresa de videojuegos del mundo, ya que promete un 2026 absolutamente magnífico con Resident Evil Requiem, Monster Hunter Stories 3: Twisted Reflection y Onimusha: Way of the Sword. La propia Sony ha ido cogiendo sitio con apuestas de prestigio innegable como Marathon —robo de arte y cambios estructurales en Bungie mediante—, Saros, Marvel Tōkon: Fighting Souls y Lobezno. Por su parte, Nintendo aún no ha terminado de perfilar detalladamente lo que está por venir, pero que me aspen si Tomodachi Life: Living the Dream, Pokémon Pokopia y Fire Emblem: Fortune’s Weave —a veces parece olvidársenos que Three Houses vendió la friolera de cuatro millones de copias— no son propuestas del suficiente renombre como para sostener con entereza la primera mitad de año. Hablando de la Gran N, su compañero en armas Gamefreak también va a acompañar de su prácticamente asegurada celebración del trigésimo aniversario de Pokémon —si eso no se considera un lanzamiento importante, me bajo de esta industria— de Beast of Reincarnation, que quizás no le va a entrar por los ojos a cualquiera, pero que desde luego promete un divertido acercamiento a las sensibilidades de otras obras como NieR.

Uno se podría preguntar, entonces, de dónde viene el pesimismo de tantos. Y es que la sombra del E3 sigue siendo demasiado alargada y nos cuesta mucho, tanto para las audiencias como para los comunicadores que viven de transmitirnos la actualidad del medio, desapegarnos de unos años tan irrepetibles como profundamente idealizados. El formato digital ha permitido que desaparezcan las demostraciones lentas y plagadas de imprevistos, cada vez hay menos logos en llamas que tardan media década en tener cara y ojos y ya es infrecuente que famosos que no tienen nada que ver con los videojuegos mientan descaradamente al decir que Super Mario les cambió la vida. ¿De verdad queremos volver a todo eso? Los absurdos números que cada edición de The Game Awards ha ido cosechando parecen decirnos que sí, pues mucho de lo que he comentado hace unas líneas aún se da en el contexto de esta clase de retransmisiones. Desde luego, todos sabemos la gente no colapsa las plataformas de streaming para ver los premios. Quiero confiar en que se trata de la excepción que confirma la regla.
Las empresas nunca han dejado de hacer juegazos, lo que ocurre es que los anuncios están mucho más desperdigados porque resulta mucho más conveniente no pisarse y utilizar tu propia plataforma para promocionarte. Por conectar con una idea del anterior párrafo, otro cambio es que ya no es tan común que se revelen títulos para dentro de muchos años, de modo que las desarrolladoras optan por guardarse sus mejores cartas hasta tener la baraja perfecta lista. Es una consecuencia natural del ensanchamiento y encarecimiento de los desarrollos, pues no tiene sentido hacer públicos los múltiples retrasos internos que afrontan todos los proyectos de videojuegos bajo la luz del sol. Incluso las obras que se revelan mucho antes de estar en nuestras manos han tomado por costumbre el hacer bomba de humo hasta que quede poco para poder jugarlos. Kingdom Hearts 4, por poner un ejemplo, va a tardar lo mismo en ver la luz, ya salga en un State of Play para vender humo o esperándose a cuando esté prácticamente terminado para reaparecer.

Me podría decir alguien que nada de lo que he dicho importa ya que el quid de la cuestión es que los eventos de videojuegos ya no son tan emocionantes. Pues claro que sí, pero a veces parece olvidársenos que lo que hemos perdido en expectación a largo plazo lo ganamos en que estamos anegados por experiencias maravillosas que salen prácticamente todas las semanas. La estrategia actual de marketing supone que los juegos ocupan poco espacio en nuestra cabeza antes de su lanzamiento, pero tampoco nos frustran al punto del hartazgo por no asomar el hocico cada dos por tres. No es un modelo perfecto ni por asomo y, como con todo, hay ocasiones en las que obviamente viene bien venirse arriba con un par de promesas vacías. En mi opinión, a Nintendo le faltó un poquito de eso cuando presentaron la Switch 2. Pero creo de todo corazón que los jugadores seríamos mucho más felices si dejásemos de pensar en lo que está por venir y nos centrásemos en lo que tenemos delante de nuestras narices, en este preciso instante, que no es precisamente poco ni de menor calidad. Y es que si nos preocupa más la forma en que se viste un videojuego de cara a su lanzamiento que el resultado final, quizás estamos partiendo del punto equivocado.