El sacrificio según NieR

Este texto contiene abundantes destripes de NieR.

Todos sabemos lo que es el amor, hasta cierto punto, pero definirlo es una cuestión muy distinta. A veces, lo tratamos de conceptualizar sensu contrario, buscando qué no es amor para así delimitar sus fronteras. La guerra, la violencia, la burla y el desprecio; ninguna de estas ideas coincide con dicho ideal. El dolor, de entrada, tampoco. También acudimos a prácticas socialmente consideradas como amorosas para darle significado. Un abrazo, un regalo, una frase cálida. Normalmente son verbos que implican dar, pues quitar tiene una connotación negativa que disociamos naturalmente del amor. ¿Por qué, si quieres a alguien, le privarías de algo?

Y sin embargo, el sacrificio, un tropo que reúne tanto el dolor como la privación de algo como elementos definitorios, es a menudo considerado un acto de verdadero amor. Los géneros románticos, de hecho, están íntimamente relacionados con la tragedia. Quitarse de uno mismo para dar a los demás se ve como una muestra de auténtica e inquebrantable generosidad. Creer que la felicidad del prójimo es lo bastante valiosa como para que estemos dispuestos a dejar de ser felices es, en principio, la conclusión correcta. No nos sentiremos verdaderamente entregados a alguien si no estamos dispuestos a dejarlo todo atrás por ella o él. Por eso es tan común oír frases como “te quiero tanto que podría morir por ti” y calificarlas como devotas. Sin ánimo de desviarnos en exceso del quid de la cuestión, quizás este ideal encuentra su origen en las enseñanzas religiosas del catolicismo —por lo menos, en Occidente—. Lo mismo ha ocurrido históricamente con el amor a conceptos más abstractos, como la patria. En ciertas culturas mundiales, solo se concibe el nacionalismo desde el prisma de estar dispuesto a dejarse el pellejo por tu país.

NieR, de la mente del afamado Yoko Taro, es una obra que parece conformarse con estos postulados. Todo cuanto Nier hace, tanto el original como su replicante, es por el bien de su hermana —o hija, dependiendo de la versión— Yonah. Desde los primeros instantes del título, nuestro protagonista debe asumir rápidamente un poder que, quizás, no habría querido para sí pero que es imprescindible para velar por la seguridad de la chica. El órgano motor de toda la obra es esta entrega de Nier a los demás. Nunca lo vemos luchar por lo que él considera justo, sino por lo que protege a sus compañeros y seres queridos.

©Square Enix

Aunque al principio utiliza esta herramienta con dudas, Nier se sirve de la violencia para lograr sus objetivos. Sin plantearse siquiera la naturaleza de las sombras, las aplaca y recoge sus restos con diligencia, pues sin duda dichos recursos le resultarán provechosos como baratijas que vender o para crear herramientas varias. Libros, garabatos y recuerdos varios. Son todos estos objetos que le permitirían intuir que sus enemigos encierran una verdad oculta, pero no se puede permitir vacilar. El cruel mundo en el que vive no parece darle otra alternativa. Además de sacrificar sus propios deseos, Nier también paga la seguridad de sus amigos y familiares con la sangre de las sombras.

Es esta una progresión hacia el estoicismo y la frialdad en su conducta que podríamos asociar al ideal patriarcal del hombre protector. La vulnerabilidad y la curiosidad abren paso a la ira y la indiferencia, pues esta es la única forma de sobrevivir que conoce. No concebimos dichos actos como crueles, en una primera instancia, porque sabemos que sus motivaciones no son intrínsecamente destructoras. ¿Cómo podríamos reprochar a quien lucha por quienes ama con tanta entrega?

No hay momento más expresivo de esta idea en NieR que la reintroducción al personaje tras la elipsis hacia la mitad de la trama. Replicant nos refleja su cambio físico como primer contraste, pues pasamos de un niño de rasgos suaves y delicados, que se expresa con cierta ironía e ingenuo en su forma de ver el mundo a una figura más imponente, curtida y solemne. Esta división de la obra en dos mitades, separadas en el tiempo y marcadamente diferenciadas en su tono no es una idea original, pues The Legend of Zelda: Ocarina of Time ya la empleaba al mostrarnos su futuro derrotista y gris como un destino a evitar. 

Las semejanzas entre ambas historias, no obstante, van más allá de lo que uno puede percibir a simple vista. Y es que en ambas el protagonista aún conserva algo de su niño interior. El caso de Link es mucho más evidente, ya que para él no han transcurrido siete años, sino apenas unos instantes. Lo que aparenta físicamente no se corresponde con cómo es por dentro. Sin importar si estamos hablando de su versión adulta o más joven, ocurre algo muy parecido con Nier. A pesar de que el dolor de haber perdido a Yonah a manos de las sombras lo consume y lo corroe, aún quedan rastros de su amabilidad y buen hacer. Quizás, que sus compañeros en armas estén tan marcados por la pérdida y la marginación social le permite mostrarse un poco más vulnerable con ellos. Al fin y al cabo, ellos pueden entender en parte el profundo vacío que asola su alma.

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Es entonces que nos enfrentamos al señor de las sombras, el Nier original, que lucha con la misma convicción disociada que nuestro protagonista. No es nada sutil la representación del abandono de la identidad propia a través de combatir con tu reflejo. Los finales A y B nos hablan de la tragedia de la familia original. Este último en particular retrata a un hombre arrepentido por todo lo que ha hecho sufrir a Yonah, por todo lo que trataba de cuidarla mientras hacía un sinfín de barbaries en su nombre. Yoko Taro plantea que, quizás, el amor no es suficiente para justificar la violencia. Seguir dicho camino solo puede traer dolor y desesperación, tanto para quienes sufren dicha ira como para quienes se benefician de ella.

Obviamente, antes de llegar a ver dicha conclusión, el título ya nos habrá adelantado que no todo es lo que parece. La segunda partida de NieR famosamente subvierte nuestra familiaridad con su mundo para, a través del personaje de Kainé y su creciente demencia a causa de la sombra que en ella habita, mostrarnos lo que ven y sienten los enemigos. Pero conocer la injusticia que creó este ciclo de violencia no cambia que esta siga siendo la única respuesta. Es entonces que entramos en los finales C y, sobre todo, D del título.

Tras toda una aventura en la que apenas ha podido contener sus impulsos agresivos, Kainé finalmente pierde el control y nos vemos obligados a luchar contra ella. Nuestra compañera es, en muchos sentidos, muy parecida a Nier. El dolor y el sufrimiento que para ella conllevó ser discriminada por su condición, así como las repercusiones que esto tuvo para su querida abuela, acabaron por aplacar todo atisbo de inocencia y buena voluntad. Solo queda una cáscara vacía, ruda y que debe ocultar sus verdaderas emociones, quien ella es en realidad, para mantenerse a salvo. Acusadamente, se puede hacer una conexión entre sus rasgos no conformes con la feminidad tradicional —salvando su indumentaria— y la fortaleza de su espíritu. La diferencia está en que su conducta inicialmente solo persigue el beneficio propio, hasta que conoce al grupo protagonista y descubre que la vida puede ser distinta. Que puede ser aceptada tal y como es. Aun así, la reticencia ante la idea de herir a los demás la lleva a privarse de dicho placer. Es esta misma duda, tal vez, lo que conduce a su perdición.

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Su nueva contrincante, instantes después de haber dado muerte al señor de las sombras y, con ello, condenar a toda la humanidad, presenta una oportunidad para Nier. Tras haber visto a través de los ojos de su segunda mitad el auténtico desasosiego al que una vida de conflicto conduce, la Kainé desbocada representa la posibilidad de un desenlace distinto. La forma definitiva de amor en el final D de NieR es el sacrificio del protagonista, que es eliminado de la existencia y del recuerdo de sus seres queridos. Puede ser que la única forma de lograr que la violencia cese sea ceder ante el ciclo y dejar que nos consuma, confiando en que los que vengan después aprendan de cómo nuestro gesto les permite avanzar. A través de una imagen tan simbólicamente potente como el borrado de nuestro archivo de guardado, el tipo queda consumado y no hay vuelta atrás. Este es el final verdadero de la historia. ¿Verdad?

Normalmente entendemos que el amor consiste en dar y no en quitar, como decíamos antes. Una vez más, queda en entredicho que realmente queramos a alguien si le privamos de algo que le haría feliz. Lo mismo ocurre con el sacrificio, sin perjuicio de sus connotaciones románticas y devotas a lo largo de la historia. ¿Acaso esa decisión, por bienintencionada que sea, está movida por un deseo puro y no egoísta? Este ideal podría basarse en la percepción social de que lo propio de quien está en control, habitualmente una figura masculina conforme al patriarcado, es proveer a los demás. Que su valor se define por cuánto es capaz de aportar.

Yoko Taro regresa para analizar esta disyuntiva en la versión remasterizada de NieR de 2021, que introduce un nuevo final —el cual, a su vez, adapta una de las historias cortas del tomo Grimoire NieR—. Este último dato es relevante, porque nos permite entender que no son conclusiones a las que el autor haya llegado de forma repentina, tras el paso de los años, y que contradigan los mensajes de su obra. No es ninguna coincidencia que los protagonistas del juego, a través de sus diversos trasfondos, desafíen las convenciones sociales y, a la vez, realicen ciertas otras conductas que las perpetúan. Se nos quiere dar a entender que el sistema está roto y solo es posible huir de él creando algo nuevo, no tratando de cambiarlo desde dentro. Y es que, en cierto modo, hemos coartado la autonomía de Kainé y Yonah de la misma forma que la tragedia de los gestalts obligaba a los replicantes a acabar con sus originales. Visto de esta manera, se podría decir que el sacrificio de Nier fue un error.

Si empezamos una partida nueva, tras haber borrado los datos de guardado, no podremos dar al héroe el mismo nombre que el elegido inicialmente. Su recuerdo se ha desvanecido del todo. O eso podría parecer hasta que se nos transporta repentinamente al mundo del final D, tres años después. Lo que acabábamos de jugar era un sueño de Kainé, quien rememoraba con arrepentimiento el momento en el que conoció por primera vez a Nier. Es dicho recuerdo distante lo que finalmente la lleva a adentrarse en lo más profundo del bosque en busca de respuestas. El espacio acaba por transformarse en un lugar parecido a la torre de NieR Automata, representativa en este caso del status quo y del destino ineludible de las cosas. Pero Kainé no está dispuesta a aceptarlo y, tras luchar contra el algoritmo que impera dicho sistema y derrotarlo milagrosamente, el Nier olvidado es restaurado, con el aspecto de cuando era niño.

©Square Enix

El final E nos cuenta que el verdadero sacrificio no consiste en quitarse la vida, sino en vivir por los demás, a pesar del dolor y el sufrimiento. No se trata de un final feliz que inmerecidamente revierta las consecuencias de lo acontecido, sino que representa la idea de que la vulnerabilidad nos hace fuertes y compartirla con los demás es lo que nos permite seguir adelante. Tampoco es baladí que la apariencia del protagonista revivido sea joven, antes de sucumbir a la indiferencia, la entrega absoluta y el poderío masculinos. Una posible lectura de esto es que la única forma de combatir los roles impuestos por el sistema patriarcal consiste en buscar una masculinidad alternativa, que no se defina por la violencia, la ira ni lo que aportamos al prójimo, y que quizás parta de la inocencia y sensibilidad infantiles. Se ha llegado a tildar este añadido al título de «innecesario», pero en realidad es la conclusión perfecta de su mensaje que, en consecuencia, hace que la obra se sienta más completa.

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