El tabaco no siempre fue un hábito cotidiano ni un producto global. Su historia comenzó hace miles de años en América, donde los pueblos originarios lo utilizaban con fines rituales, medicinales y sociales. Fue la llegada de los europeos la que transformó esta planta en un elemento de consumo diario y recreativo y, de este modo, cruzó océanos hasta llegar a Japón.
Este artículo no solo cuenta la historia de un producto, sino que utiliza el tabaco como excusa para explorar la sociedad japonesa, sus hábitos, costumbres y formas de relacionarse. En esta primera parte, desde la llegada del tabaco a finales del siglo XVI hasta su integración en la vida cotidiana durante el periodo Edo, repasaremos cómo una costumbre extranjera se adaptó al contexto cultural japonés, provocando cambios en la etiqueta, la interacción social e incluso el arte y la estética de los objetos cotidianos.
De planta ritual a hábito global
El tabaco es una planta cultivada en todo el mundo por sus hojas, las cuales se secan, pican y procesan para su consumo, normalmente mascadas, inhaladas y, sobre todo, fumadas. El principal componente presente en el tabaco es la nicotina, un alcaloide altamente adictivo que actúa en el organismo como estimulante y, a la vez, como depresor del sistema nervioso central.

Según algunos estudios, su consumo parece provocar un aumento muy leve y temporal de la capacidad de concentración, mientras que muchos consumidores aluden a una sensación subjetiva de relajación o de reducción del estrés —aunque este efecto podría estar provocado por el alivio de la abstinencia al volver a consumir—. Sin embargo, están más que comprobados sus numerosos efectos nocivos para la salud, como un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, respiratorias o diversos tipos de cáncer, además de la dependencia que genera la sustancia.
La planta apareció hace miles de años en Sudamérica y se propagó por todo el continente a través del contacto entre pueblos originarios americanos, que utilizaban ampliamente el tabaco con fines rituales, sociales e incluso medicinales. Esta situación cambió por completo con la llegada de los primeros colonizadores y conquistadores europeos, quienes tardaron muy poco en adquirir de los nativos la costumbre de consumir tabaco, provocando en el proceso la desaparición de buena parte de su función ritual y cultural.
La aculturación derivada de la conquista de América dio paso a un consumo cotidiano y puramente recreativo de la sustancia, que se extendió por todo el mundo. Aunque la moda ya estaba presente en algunos sectores de la sociedad española y portuguesa, su popularidad en Europa suele vincularse a dos figuras: Jean Nicot, embajador francés en Portugal que envió tabaco a la reina de Francia para tratar unas migrañas que sufría, y Walter Raleigh, marinero inglés que contribuyó a extender la costumbre de fumar en pipa dentro de la corte inglesa.

El comercio de los productos derivados de esta planta se convirtió en uno de los motores económicos de la colonización en el continente americano y, a la larga, fue, junto a otros cultivos como el algodón, responsable del transporte forzado de millones de esclavos africanos a América para trabajar en los campos.
Aunque no se tenía constancia, como sí ocurre en la actualidad, de los efectos negativos del tabaco en la salud, sí se sabía que un consumo excesivo hacía enfermar a las personas. Aun así, su uso estaba muy extendido y socialmente aceptado, sobre todo entre la población masculina, mientras que era mucho más extraño que las mujeres fumasen. No obstante, hubo personas e instituciones que, por razones personales o morales, se opusieron a su consumo. El rey Jacobo I de Inglaterra emprendió, además de una cruzada contra las brujas, otra muy personal contra el tabaco, sustancia que detestaba por su olor y el humo que provocaba. Por su parte, la Iglesia Católica censuró el hábito de fumar por considerarlo un vicio alejado de la virtud cristiana, restringiendo su consumo en espacios como iglesias y otros edificios eclesiásticos.

Un producto del comercio nanban
Aunque es difícil dar una fecha exacta, es seguro que el primer contacto de los japoneses con el tabaco tuvo lugar a finales del siglo XVI de la mano de los portugueses, los primeros europeos en establecer contacto con el archipiélago. Es probable que muchos de los marineros, comerciantes y misioneros que comenzaron a llegar a sus costas ya tuvieran muy arraigada la costumbre de fumar.
Además, en Japón no existían antecedentes de prender una hierba y aspirar el humo. Lo más parecido era la costumbre de quemar incienso y disfrutar de su aroma, por lo que ver a los portugueses fumando debió de resultar algo extraño y chocante.
El hábito de fumar en pipa fue percibido por la sociedad japonesa como una novedad extravagante, una moda extranjera que pronto empezó a adoptarse. Su difusión fue muy rápida: primero entre las élites locales y, poco después, entre capas más amplias de la población. De este modo, el tabaco se convirtió en uno de los productos habituales importados por portugueses y otros europeos durante el comercio nanban, nombre con el que se conocía a estos viajeros occidentales. Como ocurrió con otros elementos del intercambio —como el cristianismo—, el principal foco de entrada y difusión fue el área de Nagasaki, en la isla de Kyūshū. Allí se establecieron factorías extranjeras dedicadas al comercio de este y otros productos, y en sus alrededores surgieron las primeras plantaciones de tabaco en suelo japonés en 1605.

Su expansión fue extraordinariamente rápida. Comenzó entre las élites, que lo incorporaron a su vida cotidiana, y en poco tiempo se extendió por todo el país. También se extendió por toda la geografía nipona hasta llegar a lugares como Edo, capital del recién establecido shogunato Tokugawa. El caso japonés resulta especialmente interesante porque, a diferencia de Europa, donde fumar era un hábito fuertemente masculinizado, en Japón también se observaba un consumo notable entre mujeres, de modo que se integró de manera más amplia en la sociedad.
La velocidad de difusión sorprendió incluso a algunos europeos, como al capitán Richard Cocks, encargado de la factoría inglesa en Hirado, que el 7 de agosto de 1615 dejó escrito lo siguiente en su diario:
7 de agosto de 1615.—
“Resulta extraño ver cómo los japoneses, hombres, mujeres y niños, están tan obsesionados con consumir esta hierba; y no han pasado ni diez años desde que se empezó a usar”.
Pero el tabaco no fue bien recibido inicialmente por todas las autoridades. El nuevo shōgun, Tokugawa Ieyasu, decretó en 1612 la prohibición de cultivar y vender plantas de tabaco en todo el país. Entre las razones se encontraba el riesgo de incendios provocados por el descuido de los fumadores —hay que recordar que la inmensa mayoría de las construcciones en Japón estaban hechas de madera y papel—. Además, al shogunato le preocupaba el uso de tierras fértiles para este cultivo, ya que quería garantizar tanto el suministro de alimentos como el correcto pago de impuestos por parte de los agricultores. A esto se sumaban consideraciones morales, ya que la adicción al tabaco era vista por algunos religiosos y eruditos como algo reprobable.

Junto a estas razones existían otras de carácter político. El recién establecido shogunato Tokugawa buscaba reforzar su control social, y la regulación de las modas era una forma de afirmar la autoridad. También se pretendía limitar una costumbre nueva y extranjera en un contexto de progresivo aislamiento del exterior (sakoku).
Sin embargo, a pesar de las prohibiciones oficiales —reforzadas año tras año mediante castigos, confiscaciones y la quema del producto—, el consumo continuó de forma clandestina. Con el tiempo, la práctica se volvió tan extendida que las autoridades optaron por tolerarla. La prohibición terminó siendo ignorada por gran parte de la sociedad, y el tabaco volvió a permitirse de facto.
El kiseru
El hábito de fumar se integró por completo en la cultura del periodo Edo (1603-1868). Por ejemplo, ofrecer tabaco cuando se recibía a alguien en el cuarto de invitados era un gesto común de hospitalidad, que además servía para romper el hielo y facilitar la conversación entre anfitrión e invitado. Esta práctica estaba plenamente integrada en la etiqueta y en los protocolos sociales, hasta el punto de que ofrecer y aceptar tabaco se convirtió en un gesto básico de cortesía.
La forma casi universal de consumir esta sustancia en el Japón de esta época, desde la llegada del producto, fue el kiseru, una pipa alargada y esbelta —de entre 15 y 25 centímetros— adaptada a partir de modelos europeos para ajustarse a los gustos japoneses. La inmensa mayoría de los kiseru estaban compuestos por una boquilla y una cazoleta metálicas, normalmente de hierro, bronce o latón, unidas por un cilindro de bambú. Se utilizaban habitualmente para fumar un tipo de tabaco específico, el kizami, procesado en hebras extremadamente largas y finas, casi como si fuese cabello. Este proceso evolucionó a lo largo del periodo Edo, pasando del trabajo manual al uso de herramientas que permitieron alcanzar un grado de refinamiento muy elevado.

Otro elemento característico del kiseru es su cazoleta, mucho más pequeña que la de los modelos occidentales, con capacidad para apenas unas pocas caladas antes de tener que rellenarla. Esta reducida cazoleta respondía a una cuestión práctica. El kizami tabako, al estar cortado en hebras tan finas, ardía con rapidez y de forma intensa, por lo que no era necesario cargar grandes cantidades. El propio diseño de la pipa se adaptaba a este tipo de consumo: pequeñas cargas, combustión breve y un aprovechamiento eficiente del tabaco, con escaso desperdicio.
Esto daba lugar a un patrón de consumo muy característico. En lugar de largas fumadas continuas, se realizaban pocas caladas seguidas —generalmente dos o tres— y se apagaba la cazoleta, para volver a encenderla más tarde. Sin embargo, esto no implicaba un consumo bajo, sino más bien fragmentado a lo largo del día. A ello se sumaban factores económicos y sociales, especialmente durante el periodo Edo, cuando el tabaco podía resultar costoso y convenía administrarlo con cuidado.

Por último, aunque en ciertos contextos más refinados el uso del kiseru podía adquirir un matiz estético o incluso ritualizado, en la mayoría de los casos formaba parte de la vida cotidiana. Era una práctica común, integrada en las pausas diarias y en la interacción social, más cercana a un gesto habitual que a un acto necesariamente contemplativo o introspectivo.
Por lo general, el kiseru era también un objeto valioso para su propietario. Su forma, sus características y la riqueza de los materiales con los que estaba fabricado podían reflejar la clase social, la ocupación y el nivel económico de su dueño. Así, los modelos de las clases populares solían ser sencillos, mientras que los de las más acomodadas podían estar fabricados íntegramente en metal, emplear materiales como la plata o el ébano y presentar elaborados grabados decorativos.
Pero el kiseru no se utilizaba únicamente como utensilio para fumar. En la rígida sociedad del periodo Edo, el privilegio de portar armas estaba reservado a la clase samurái, por lo que las clases populares tenían prohibido ir armadas. Sin embargo, la longitud del kiseru y sus extremos metálicos lo convertían en un arma improvisada eficaz en caso de enfrentamiento, un uso que no pasó desapercibido entre los grupos marginales. De este modo, se popularizó entre bandidos, apostadores y miembros de la entonces incipiente yakuza. Estos empleaban variantes específicas, conocidas como kenka kiseru (“kiseru de pelea”), más alargadas y con extremos metálicos reforzados para aumentar su capacidad ofensiva, eso sí, sin perder su funcionalidad como pipa de fumar.

En torno al tabaco se desarrolló además una rica cultura material. Se fabricaron muebles y accesorios profusamente decorados, muchos de ellos inspirados en los utensilios asociados al incienso. Se conservan numerosos ejemplos de tabaqueras —estuches para guardar el tabaco— y fundas para pipa elaboradas en madera laqueada u otros materiales. Esta decoración no era casual, pues mientras los samuráis exhibían sus espadas como símbolo de estatus, los miembros acomodados de las clases populares utilizaban estos objetos como elementos visibles que reflejaban su gusto y posición.

También se adaptó el kō-bon, el tradicional mueble para el incienso, que dio lugar al tabako-bon. Este conjunto, con todo lo necesario para fumar, se presentaba a las visitas como muestra de hospitalidad y se integró incluso en contextos como la ceremonia del té.
El hábito de fumar con kiseru se convirtió así en una costumbre extremadamente extendida en todo Japón. Reflejo de ello son las numerosas representaciones de esta práctica en el arte de la época.

La llegada de nuevas modas
La costumbre de fumar con kiseru se mantuvo con pocas variaciones hasta finales del siglo XIX. Sin embargo, la llegada de nuevos comerciantes y viajeros occidentales a partir de 1853 supuso la irrupción de una nueva oleada de modas extranjeras. Entre ellas se encontraba el tabaco enrollado en papel, es decir, el cigarrillo, que durante ese siglo se había convertido en la forma mayoritaria de consumo en Occidente.
La moda de fumar cigarrillos se extendió gradualmente entre la población japonesa. Este proceso, lento pero constante, hizo que, para comienzos del siglo XX, el kiseru empezara a percibirse como un utensilio anticuado, cada vez más asociado al pasado. No desapareció de forma inmediata, pero sí perdió protagonismo frente a una forma de consumo más moderna, práctica y alineada con las nuevas influencias extranjeras.
Aun así, su uso se mantuvo en determinados contextos. Persistió especialmente en algunas zonas rurales, donde las modas llegaban con mayor lentitud, en ámbitos concretos —como el relacionado con las geishas— y entre quienes rechazaban las tendencias occidentales o preferían conservar un estilo tradicional de vida.

De hecho, el kiseru no ha desaparecido por completo. Aunque de forma muy minoritaria, todavía existen artesanos especializados en su fabricación, lo que da cuenta de la pervivencia de esta tradición más allá de su uso generalizado.
Una muestra especialmente interesante de esta continuidad se encuentra en la ciudad de Sakuragawa, en la prefectura de Ibaraki, donde cada 5 de septiembre se celebra el Kiseru Matsuri (festival del kiseru). Este feriado tiene su origen en 1954, cuando las plantaciones de tabaco de la zona sobrevivieron de forma inesperada a una fuerte granizada. Desde entonces, se celebra anualmente con el objetivo de pedir prosperidad para las cosechas.
Durante el festival, en un ambiente que combina elementos festivos con rituales sintoístas, un grupo de participantes transporta a hombros un kiseru gigante de unos 3,5 metros de longitud hasta la cima del monte Kabu, donde se encuentra un santuario conocido popularmente como el “Santuario del Tabaco”. A lo largo del recorrido, el kiseru se mantiene encendido, alimentado mediante un fuelle, en una representación simbólica que conecta la tradición con su dimensión más material.

En definitiva, el kiseru y su cultura nos muestran cómo una costumbre importada puede arraigar y moldear la vida cotidiana, desde los gestos más simples hasta la estética de los objetos. Sin embargo, el cambio llegó con la aparición del cigarrillo, que no solo desplazó al kiseru, sino que también reflejó un cambio en la mentalidad de la sociedad japonesa: la apertura a nuevas modas, la adaptación a influencias externas y la explotación del tabaco por parte del Estado japonés como un recurso económico que podía aprovecharse a gran escala. Pero de esos cambios y sus consecuencias hablaremos con más detalle en un próximo artículo.
Fuentes y bibliografía
Cocks, Richard, Diario, 1615-1622
Gilman, Sander y Zhou, Xun, Smoke: A Global History of Smoking, Reaktion Books, 2004
Handa, Masayuki, The Japanese Tobacco Culture in the Edo Period (1603-1868)
Laufer, Bertold, Tobacco and its use in Asia, 1924
Lublin, Elisabeth, Nemoto Shō, Tobacco, and the Regulation of Youth in Meiji Japan, en Studies on Asia Vol. 9, Issue 1 (2024)