Si tuviésemos que definir Resident Evil con un solo sustantivo, este sería «contraste». La archiconocida saga de terror de Capcom, que celebra su trigésimo aniversario en 2026, ha sido definida por Koshi Nakanishi —director del próximo Requiem— como un delicado equilibrio entre la tensión y el alivio. En un instante podremos hallarnos tan fácilmente en escasez de recursos y avasallados por enemigos por todos los frentes como, al cabo de unos minutos, habremos encontrado un remanso de paz donde cobijarnos o, por su parte, una nueva herramienta capaz de despachar a los monstruos que tantos quebraderos de cabeza nos habían dado. La magia, en cierto modo, está en ir superando nuestros miedos de forma natural a través del enfrentamiento mecánico y la familiaridad que vamos ganando conforme avanza la aventura. Dentro de dicho marco básico, cada entrega se ha permitido experimentar con estilos, perspectivas y jugabilidades de todo tipo, manteniendo un hilo conductor narrativo con una consistencia que solo encuentra par en series como Yakuza o Trails.
Al oscilar entre el terror más escalofriante, la acción más explosiva y, aunque sea esta última una pata de la mesa menos reconocida, la comedia más desternillante, Resident Evil siempre ha aportado experiencias refrescantes y diversas a pesar de su ya consolidada longevidad. En las antípodas de la novena entrega principal, cualquier lego de este monolito del survival horror podría preguntarse a la vista del panorama descrito: ¿cuál es el punto de entrada ideal a la franquicia? Por lo menos, en términos de la línea principal de videojuegos, pues los spinoffs y proyectos transmedia que abarca constituyen un imperio de contenido tal que, quizás, merece su propio análisis por separado. No se trata, aun ciñéndonos a estas restricciones, de una cuestión sencilla —sobre todo si consideramos los numerosos remakes a disposición—. Sin embargo, a través del presente texto la abordaremos mientras sobrevolamos de forma somera las distintas escuelas de diseño dentro de la saga.

Antes de comenzar, debe destacarse que ninguna de las opciones presentadas en este texto es la definitiva o ideal. De hecho, todos ellos son juegos lo bastante cortos —un Resident Evil, de media, ronda las diez horas de duración— que son perfectamente abarcables como conjunto para quien quiera una selección más amplia de obras por las que iniciarse. Desde luego, sus diversas propuestas lo merecen.
Resident Evil (2002)
El primer Resident Evil, lanzado en 1996, marcó el inicio de la carrera directoral de Shinji Mikami, a quien se le había encargado crear un título que expandiera las bases de Sweet Home —esto es, el videojuego de Capcom lanzado en 1989 que adapta la película del mismo nombre—. Tras perder la pista de sus compañeros que habían salido de expedición por las montañas Arklay, colindantes con la ciudad de Raccoon City, un grupo de agentes de policía de la división S.T.A.R.S. es enviado a investigar las desapariciones. Es así que dan con la mansión Spencer, un espacio inspirado en los sets de El resplandor —con ese tan medido equilibrio entre lo pulcro y lo decadente— en el que nuestros protagonistas se verán asediados, de modo que su aventura consistirá en encontrar una salida y descubrir qué terribles experimentos se han llevado a cabo en este lugar.
Del mismo modo que el verbo rector de Super Mario es «saltar» y el de DOOM es «disparar», el bucle jugable de Resident Evil consiste eminentemente en «planificar». Se nos exige que custodiemos cuidadosamente cada bala, hierba y cinta de tinta mientras navegamos estratégicamente el mapa, dando cuenta de qué ruta es la que más nos conviene. Y es que lo más recomendable no es disparar a todos los zombis, sino evitarlos y ahorrar munición para los jefes finales. Como la expresión más pura del diseño hipercompacto que es insignia de la saga, semejante a la sensación de deshacer minuciosamente un ovillo de lana, se trata de un excelente punto de entrada o, desde luego, de una parada imprescindible para todo fan ya iniciado. No obstante, sus aspectos más crípticos pueden no ser del agrado de todos —el estricto inventario restringe cuántos objetos clave podemos llevar y algunos puzles pecan de ser obtusos—, así que aquel que no tenga el estómago para sobrellevar dichas sensibilidades de diseño quizás podría acudir a otros rincones de la franquicia más accesibles. En cualquier caso, no dejéis que los controles torpes y la cámara fija os ahuyenten, pues el game feel es tan magnífico como en sus sucesores y estas restricciones contribuyen a la asfixiante atmósfera del título. También conviene recordar que no hay nada de lo que avergonzarse si le echáis mano a una buena guía que os acompañe durante la aventura.

Solo seis años después, Resident Evil recibiría un remake que, por la lealtad con la que capta todos los elementos identitarios del original y el buen criterio con el que reforma e incrementa su contenido, ha sentado cátedra como el ejemplo por antonomasia de cómo reversionar un clásico. También ha de destacarse que su modelado 3D y sus fondos prerrenderizados, cargados de detalles sumamente cuidados, han envejecido como el vino, de tal forma que el juego se sigue viendo de escándalo más de dos décadas tras su estreno. Es, sin duda, la edición más recomendada.
Resident Evil 2 (1998) y Resident Evil 2 (2019)
La epidemia zombi de Raccoon City es uno de los puntos clave de la línea temporal de Resident Evil. Numerosas entregas se sitúan en el contexto de dicha desgracia, ya no solo los casos más evidentes como serían Resident Evil 2 y Resident Evil 3, sino también spinoffs como Outbreak —en el cual aparece Alyssa Ashcroft, madre de la nueva protagonista Grace— y hay muchas otras que han explorado sus consecuencias directas, como Code: Veronica y el próximo Requiem. Para entender lo fundamental, es imprescindible jugar Resident Evil 2. Si bien con su predecesor es relativamente pacífica la idea de pasar directamente al remake, por lo comentado arriba, la cuestión aquí es un poco más compleja. Y es que el clásico de 1998 y la reversión de dos décadas después son dos juegos completamente distintos en algunos aspectos, pese a compartir su planteamiento general.
Al margen de la obvia diferencia en lo visual —el realismo del RE Engine es admirable, aunque el low poly de las primeras entregas para la primera PlayStation también tiene su encanto—, lo que más llama la atención es la disparidad en cuanto a la perspectiva. Uno podría entender directamente que la cámara en tercera persona del título de 2019 es una modernización en aras de la comodidad y, si bien el manejo es mucho menos ortopédico, dicho cambio repercute en casi todos los aspectos de la experiencia. Como es mucho más sencillo desplazarse con agilidad, los enemigos ven incrementada su agresividad y resistencia, lo que intensifica el survival horror. El original, por su parte, ya suponía un tímido acercamiento a la acción, aun conservando el carácter finito de los recursos. La ambientación también se ve afectada, pues los ángulos marcados van de la mano de una banda sonora muy potente para transmitir a la perfección las sensaciones pretendidas, como la tensión de no saber qué habrá al doblar la esquina o la magnificencia de espacios amplios. El sonido envolvente del remake y la iluminación realista son muy impresionantes y absorbentes, pero conforman una atmósfera distinta y no necesariamente mejor.

También son relevantes las discrepancias narrativas entre ambas versiones. El remake profundiza en el drama humano detrás de la epidemia y reinterpreta ligeramente los desarrollos de los personajes de Sherry y Ada para dotarlos de una mayor carga emotiva. Ahora bien, una de sus asignaturas pendientes más acusadas son las rutas A y B. El Resident Evil 2 de Hideki Kamiya es único por su particular estructura narrativa, con dos protagonistas cuyas aventuras se entrelazan e interactúan entre sí. Esto se ve a través de detalles como que, por ejemplo, no recoger un arma en el sótano de la comisaría con Claire permitirá que Leon pueda hacerse con ella y viceversa. Cada personaje, además, cuenta con sus propios jefes finales. Sin embargo, había numerosas duplicidades en cuanto a puzles que daban cabida a que la nueva versión perfeccionara este sistema, cosa que no acabó ocurriendo. La estructura de dos partidas permanece, pero el margen de contenido repetido es aún mayor, aparecen unas incongruencias que en el original no existían y las interacciones entre los protagonistas son más infrecuentes.
En definitiva, ambas vertientes de la experiencia de Resident Evil 2 son obras maestras y recomendables por sus propios méritos, tanto como secuelas del primer título como su propia ruta alternativa para iniciarse en la saga, ya que nos sitúa en el conflicto principal de la historia a las mil maravillas. Si os resulta más interesante la estructura por rutas, una gameplay simple, pero efectiva y una banda sonora más memorable, optad por el original. Si buscáis una narrativa más involucrada, controles cómodos y un terror más intenso, id de cabeza a por el remake. Si os decantáis por la versión de 1998, sin embargo, sí es aconsejable visitar antes la mansión Spencer del primer Resident Evil por consistencia a efectos jugables. Como último apunte, conviene tener en mente que Capcom ha comparado directamente la jugabilidad de Grace en Requiem con la reversión de este título, por si queréis tenerlo en cuenta como preparación para la nueva entrega.
Resident Evil 4 (2005) y Resident Evil 4 (2023)
Poco puede apuntarse de Resident Evil 4 que no se haya dicho ya. Descartó la planificación y el racionamiento estricto de recursos de sus predecesores, abriendo paso a la acción marcial, un diseño de niveles más lineal y una gestión simplificada. Su sistema de combate era mucho más dinámico y reactivo, centrado en disparar a partes del cuerpo concretas de los enemigos para aturdirlos de diversas formas, lo cual premiaba la improvisación. Todo ello era posible gracias a la, por aquel entonces, revolucionaria adición de la cámara en tercera persona. Estas reformas mecánicas se vieron acompañadas de una narrativa muy autoconsciente de su propio absurdo y cargada de momentos de comedia camp. ¿Dónde quedaba, entonces, el terror? Se vio reemplazado por la tensión de verse avasallado por todos los frentes, así como instancias concretas de genuino peligro. No era éste el Resident Evil del que tantos se habían enamorado, pero la franquicia había encontrado una nueva voz conservando el fino equilibrio entre la presión y el alivio. Fue alabado por la crítica como uno de los mejores videojuegos de todos los tiempos e influyó en infinidad de otros títulos.

A la pregunta de si este es un buen punto de entrada a la saga debemos responder con un rotundo sí. Leon vuelve a ser el protagonista, pero la historia de esta entrega es casi totalmente independiente y, como tampoco está hecha para tomársela en serio, no es una cuestión del todo relevante. Es, máxime, una iniciación estupenda al género de terror para quien no lleve muy bien los sustos, pues despliega las ventajas de esta clase de juegos —la adrenalina de superar un desafío monstruoso— sin aplicar tanta presión sobre el jugador como es habitual. En cuanto a por cuál versión optar, nos encontramos en una tesitura similar a la de RE2. El remake es un título soberbio, que nuevamente añade matices a algunos personajes —destacadamente, Ashley y Luis—, revisa algunos aspectos que han envejecido regular en lo que respecta a perspectiva social y expande la obra original con un robusto sistema de misiones secundarias y más opciones melee en el combate. Pero se pierden algunos de los momentos más tontorrones del clásico de 2005, que a efectos jugables sigue siendo de hierro —una vez te haces a los controles de tanque—. Ninguna de las dos es un reemplazo de la otra, así que elegid la que más rabia os dé y disfrutad. Si solo os interesa prepararos para Requiem, el remake quizás es más recomendable por la semejanza mecánica que presenta respecto de las partes de Leon.
Resident Evil 7: biohazard (2017)
Más, quizás, que cualquier otra entrega de la saga, Resident Evil 7: biohazard gana enteros si se juega teniendo en cuenta el contexto en el que se lanzó. Es por todos conocido que las secuelas de la cuarta entrega no captaron la magia de aquella obra, pese a elaborar sobre las bases que marcó. Ocurrió, así, una tendencia hacia el shooter tradicional con sus coberturas y adversarios armados hasta los dientes, setpieces demenciales —es importante recordar que la misma saga que empezó con espacios cerrados e íntimos nos acabó por llevar a peleas a muerte en el cráter de un volcán— y la subsiguiente Hollywoodificación de sus historias. Era necesario volver a bajar las revoluciones y eso es justo lo que RE7 hizo.
A rebufo del éxito de obras como Outlast o Amnesia, Capcom volvió a apostar por un cambio de perspectiva, con una cámara en primera persona más inmersiva y cargante. La entrega nos pone a los mandos de Ethan Winters, pseudoavatar que acude en busca de su novia Mia, a quien creía desaparecida, a una finca en la Louisiana rural que podría tener pistas sobre su paradero. Acaba por verse envuelto en las locuras de la familia Baker, quienes se han convertido en monstruosidades a causa de una misteriosa sustancia. Custodiar cada bala como oro en paño volvía a ser bandera de la saga, con quizás una marcha menos en términos de planificación y puzles. El terror, sin embargo, alcanza su punto álgido en esta entrega; ello debido a un uso muy efectivo de los efectos de sonido, el gore y la novedad de enemigos invencibles que acechan y persiguen al jugador. Resident Evil 7 es muy recomendable como toma de contacto porque, al igual que ocurría con la cuarta batida, su trama está principalmente desconectada de la continuidad principal. Es, además, el título que Koshi Nakanishi dirigió antes de embarcarse en el desarrollo del próximo Requiem, el cual también ha citado al explicar la gameplay de Grace aparte de Resident Evil 2 (2019). Así que, si os atrevéis, adentraos en la finca de los Baker y vivid sus horrores en vuestras propias carnes.

Como pequeño apunte, si elegís empezar aquí, sí es recomendable completar vuestra primera incursión dando un repaso a la secuela directa Village, que sí es cierto que introduce de forma subrepticia muchos más elementos conectores con el canon de la franquicia, pero sigue siendo disfrutable en su vacío. Ambas entregas conforman una bilogía muy interesante que explora todas las vertientes del terror, encapsulando de muy buena manera las virtudes de la serie.
Bonus Track: Signalis (2022)
No considerábamos de recibo incluir en este texto solamente sugerencias para quienes no son fanes preestablecidos de Resident Evil, así que para el improbable caso de que quienes ya seáis expertos en la saga de Capcom no le hayáis dado un tiento todavía a Signalis, queda muy fácilmente recomendado. De la mano de solamente dos desarrolladoras alemanas, bajo la rúbrica de rose engine, esta historia tiene mucho que aportar sobre temas tan trascendentales como el amor, los aparatos propagandísticos y los riesgos del transhumanismo. Todo ello recubierto por una capa de excelencia mecánica, atención al detalle y una dirección artística para quitarse el hipo. Por cierto, no es mal paso intermedio a los títulos de terror con cámara fija si todavía no les termináis de ver la gracia. Se trata, en suma, de una obra maestra del survival horror moderna que no tiene nada que envidiarle a sus inspiraciones —además de la franquicia de Capcom, vemos aquí mucho de Silent Hill y Dead Space, sin entrar en sus referentes literarios, cinematográficos y televisivos—. Así que, si os sobra una decena de horas de tiempo libre hasta el lanzamiento de Resident Evil Requiem, podéis irlo catando si aún no habéis tenido la oportunidad.

Es una pena, sin embargo, que este juego no tenga una voz gutural y profunda que grite el nombre de la obra al iniciar la partida. Pero bueno, Resident Evil también lo acabó descartando. No se puede tener todo en esta vida.