Un día como hoy, 25 de noviembre de 1970, la editora Kikue Kojima llegó a su lugar de trabajo en la editorial Shinchosa con un paquete sellado que le había entregado un mensajero. Dentro de él estaba el borrador de La corrupción de un ángel, última parte de la tetralogía de El mar de la fertilidad recién terminada por el escritor Yukio Mishima. Ese día algo resultaba extraño, ya que Mishima tenía la costumbre de entregar personalmente los borradores de todas sus novelas. Cuando, más o menos a mediodía, Kojima abrió el paquete y empezó a ojear el manuscrito, le llamó la atención la última página, que tenía escrita la palabra «Fin» con la fecha del día de hoy. Poco después, la editora empezó a escuchar movimiento fuera de su despacho. Al salir a ver qué estaba pasando, se acercó a un grupo de compañeros que estaban reunidos alrededor de un televisor, donde pudo leer el titular: «Yukio Mishima se ha suicidado».
Kimitake Hiraoka —nombre real de Yukio Mishima— nació el 14 de enero de 1925 en una familia acomodada de Tokio. Su padre era funcionario, al igual que su abuelo, quien fue un antiguo gobernador colonial caído en desgracia tras un escándalo de corrupción electoral. Caracterizado por su complexión pálida y enfermiza, la educación de Mishima durante sus primeros años fue monopolizada por su sobreprotectora y crónicamente enferma abuela paterna, Natsu. Esta provenía de una familia de aristócratas venida a menos que se remontaba al gobierno de los Tokugawa, y seguía manteniendo unos valores personales fuertemente conservadores y tradicionalistas.

Por insistencia de su abuela Natsu, Mishima estudió en la Gakushūin, exclusiva institución privada donde estudiaban los hijos de la aristocracia y la élite económica de Japón. Aquí empezó a escribir participando en la junta editorial de la escuela. En 1944 publicó su primera historia, Hanazakari no Mori (El bosque en todo su esplendor), para la que ya utilizó el seudónimo de Yukio Mishima.
Ese mismo año, tras finalizar la secundaria, fue llamado a filas por el Ejército para combatir en la Segunda Guerra mundial. En el momento del examen médico Mishima atravesaba un fuerte resfriado, lo que sumado a su complexión pálida y delgada hizo creer erróneamente al médico que tenía tuberculosis, por lo que fue catalogado como inútil para el servicio militar y se le destinó a una fábrica de aviones. Esto generó un intenso sentimiento de culpa en él por no participar en la guerra —aunque por otro lado, no hizo nada por sacar al médico de su equivocación—, lo que probablemente alimentó su posterior deriva ultranacionalista.

Tras la guerra, estudió Derecho en la Universidad de Tokio por presiones de su padre, que deseaba que se convirtiera en un burócrata al igual que él y su abuelo. Se graduó en 1947 y consiguió un prometedor trabajo en el Ministerio de Finanzas, pero pronto terminó tan agotado y desencantado que su padre estuvo de acuerdo con su dimisión para centrarse en su carrera como escritor.
Alcanzó una gran fama como novelista hasta el punto de ser considerado como uno de los autores más importantes e influyentes del Japón de la posguerra. Su estilo era apreciado por combinar las tendencias literarias occidentales con las japonesas tradicionales, a lo que se juntaba su intenso interés personal por la belleza, la sensualidad y la muerte y la profunda sensación de vacío característica de los escritores de su generación. Dentro de sus obras, destacan algunas como Kamen no kokuhaku (Confesiones de una máscara, 1949) —novela con la que saltó a la fama, con un fuerte contenido autobiográfico, que trata sobre un hombre que narra el autodescubrimiento de su propia homosexualidad y la necesidad de enmascarar su personalidad para encajar en el mundo—, Shiosai (El rumor del oleaje, 1954) —historia de amor juvenil que adapta la historia griega de Dafnis y Cloe al contexto romantizado y tradicionalista de la isla de Utajima— o Kinjaku-ji (El pabellón de oro, 1956) —que trata sobre un novicio discapacitado que incendia un templo al no soportar la existencia de algo tan bello en comparación con su propia imperfección—.

Fue un autor muy versátil y prolífico, dejando escritas para el final de su vida 34 novelas, 18 obras de teatro tanto al estilo occidental como en formas tradicionales como el kabuki y el nō, 25 colecciones de relatos e historias cortas, aproximadamente 35 ensayos, un libreto musical y una película corta —la adaptación de su novela Yukoku (Patriotismo)— escrita, dirigida y protagonizada por él. Fue nominado en cinco ocasiones al premio Nóbel de Literatura entre 1963 y 1968, año en el que fue premiado Yasunari Kawabata, quien había introducido a Mishima en la escena literaria de Tokio.
Yukio Mishima se convirtió en una persona extremadamente famosa, tanto en Japón como en el extranjero, debido también a su llamativa personalidad. Viajó en varias ocasiones por el mundo, lo que, junto con su estilo de vida occidentalizado, transmitía una imagen de cosmopolitismo. De baja estatura y siempre con el pelo muy corto, tenía un carácter intenso y enérgico —Marguerite Yourcennar lo describió como «un hombre violentamente vivo»—, además de que su condición delgada y enfermiza de sus primeros años le llevó a obsesionarse con la virilidad y el ejercicio físico hasta rozar la vigorexia —levantaba pesas todos los días, era un maestro del kendo y practicaba otras artes marciales como el karate—.

Sin embargo, la faceta de Mishima como un escritor talentoso y cosmopolita quedó profundamente empañada por su controvertida militancia política, donde se manifestó como un ferviente nacionalista de extrema derecha. Estaba convencido de que la penetración de los valores occidentales durante la democracia de posguerra estaba acabando con la esencia nacional y espiritual del país (kokutai), basada en los valores tradicionales, el militarismo y el culto a la figura divina del emperador (tennō); y que debía ser recuperada a toda costa. Por esto mismo, Mishima despreciaba en especial a la Constitución de 1947, en especial a su Artículo 9, en el que Japón renunciaba a la guerra y a poseer un ejército —al margen de la existencia en la práctica de las Fuerzas de Autodefensa de Japón o Jietai—.
El golpe reaccionario que sugerían los ideales de Mishima fue acogido con rechazo por la mayoría de la sociedad japonesa. Mientras el país apostaba por el pacifismo y el acercamiento a Occidente buscando pasar página de la Segunda Guerra Mundial, él exigía un giro radical para volver a unos valores completamente anacrónicos a ese momento. Sus polémicas creencias políticas se intensificaron hasta el punto de la obsesión a lo largo de la década de 1960, sobre todo tras la firma del tratado de defensa mutua entre Japón y EE. UU., a lo que se le unió el miedo al avance del marxismo en un contexto de importantes protestas estudiantiles de izquierda y el inicio de la Revolución Cultural maoísta.

Motivado por su ideología, Mishima propuso oficialmente la creación de una especie de «Guardia Nacional» formada por 10.000 voluntarios que deberían colaborar junto con las Fuerzas de Autodefensa de Japón (Jietai) ante una «invasión indirecta» o una hipotética revolución izquierdista. Su plan fue tachado como absurdo por las autoridades, lo que le llevó a crear por su cuenta en 1968 su propio grupo paramilitar privado llamado Tatenokai (Sociedad del escudo). La milicia, que contaba con unos cien integrantes, tenía como único líder a Mishima, quien corría con todos los gastos de su bolsillo —incluidos unos extravagantes uniformes de color mostaza para el invierno y blanco para el verano— y el que, con casi 45 años, superaba ampliamente en edad al resto de miembros —en su mayoría universitarios de más o menos 20 años—. Paradójicamente, las principales actividades del Tatenokai, consistentes en organizar desfiles y retiros al campo para realizar intentos entrenamientos físicos al aire libre, no fueron vistos como algo preocupante por el Gobierno y el Jietai, que incluso dejó entrenar al Tatenokai clandestinamente en instalaciones militares a los pies del monte Fuji. La permisividad de las autoridades militares con la milicia dirigida por Mishima es motivo de controversia, pero probablemente se deba más a la influyente red de contactos personales del escritor que una la simpatía política real.
Esto nos lleva finalmente a la mañana del 25 de noviembre de 1970, momento en el que Mishima viajó en coche junto con cuatro colaboradores del Tatenokai—Masakatsu Morita, Hiroyasu Koga, Masayoshi Koga y Masahiro Ogawa—, hasta el Campamento Ichigaya, cuartel general del Comando Oriental del Jietai. Una vez allí, pidió reunirse en privado con el general Katenoshi Mashita, máxima autoridad de las instalaciones, con la excusa de enseñarle una inusual katana del siglo XVII propiedad de Mishima. Una vez el interior, él y sus seguidores secuestraron al general, atándolo de pies y manos a su silla y exigiendo que todos los soldados del cuartel —aproximadamente unos mil— se reunieran enfrente del balcón del edificio para escuchar un discurso. De lo contrario, ejecutarían al general. Los militares, desconcertados por la situación, intentaron entrar en varias ocasiones al despacho donde tenían secuestrado al general, pero fueron recibidos por Mishima, quien, katana en mano, hirió gravemente a siete de ellos.

Los militares no tuvieron más remedio que aceptar la exigencia de Mishima, no sin antes dar la alarma a la policía y al cuartel general del Jietai. Más o menos a las 12 de la mañana, cuando todos los soldados estaban ya esperando, dos miembros del Tatenokai salieron al balcón y colgaron estandartes y pancartas que exigían guardar silencio y escuchar mientras Mishima hablase, lanzando además panfletos donde estaba escrito un manifiesto escrito por él mismo. Poco después, Yukio Mishima en persona salió al balcón, vestido con el uniforme del Tatenokai y llevando en la frente un hachimaki con la consigna nacionalista shōchiso hōkoku (renacer siete veces para servir al país). Se subió al borde del balcón de un salto y empezó a dar enérgicamente su discurso a las tropas, buscando inspirar un golpe de Estado que cambiase la Constitución, restituyese la esencia nacional de Japón y devolviese al Ejército y al Emperador al lugar que, según él, les correspondía legítimamente.
El discurso —que se oía muy mal por el ruido de los helicópteros, sirenas de policía y ambulancia— fue recibido con hostilidad por los soldados, en su mayoría veinteañeros que no habían vivido la Segunda Guerra Mundial y que, tras 25 años de paz en democracia en los que la base de la política exterior del país había sido la aproximación a Occidente, estaban totalmente desconectados de los arcaicos ideales que les estaban proponiendo. Esto, junto con el descubrimiento de que Mishima y sus seguidores habían herido ya a varios de sus compañeros y superiores, provocó la irritación de los soldados, quienes empezaron a interrumpir, insultar y burlarse del escritor.

El mal recibimiento de su discurso hizo que este, que tenía pensado hablar durante treinta minutos, terminase cuando solo habían pasado siete. Tras esto, Mishima recriminó a las tropas por haber perdido el «espíritu samurái» y volvió a encerrarse en el despacho del general. Una vez dentro, se quitó la chaqueta, el reloj y los zapatos y acabó con su vida cometiendo seppuku. Estaba pensado que Masakatsu Morita ejerciera de kaishakunin —persona que asistía al suicidio cortando la cabeza por detrás para ahorrar sufrimiento—, pero, tras fallar el golpe en tres ocasiones, fue cambiado por Hiroyasu Koga, quien también remató a Morita cuando este también cometió seppuku poco después —todo ello ante la atónita mirada del general Mashita, quien, todavía atado a su silla, no podía hacer otra cosa que contemplar la grotesca escena—. Justo después, los tres miembros restantes del Tatenokai se rindieron a la policía sin resistirse.

La noticia del «incidente Mishima» (Mishima Jiken) fue recibida con confusión e incredulidad tanto en el extranjero como dentro de la sociedad japonesa, donde era extremadamente conocido. El de Mishima fue el primer suicidio por seppuku de la historia contemporánea de Japón desde poco después del final de la Segunda Mundial por lo que, tras 25 años, muchos creían que esta práctica se había extinguido. Nadie entendía por qué lo había hecho. Cuando le preguntaron poco después por una primera declaración oficial sobre lo sucedido, el primer ministro de Japón, Eisaku Sato, se limitó a decir que «debía de estar loco». Actualmente sabemos que Mishima llevaba años preparando meticulosamente su último día, por lo que biógrafos como John Nathan han insinuado que el golpe de Estado quizás fue solo un pretexto para llevar a cabo su llamativo suicido ritual.
Siguiendo los deseos de su familia, Mishima fue enterrado en la tumba familiar de la familia Hiraoka, en el tokiota cementerio de Tama, el 14 de enero de 1971 —coincidiendo con el que habría sido su compleaños número 46—. Por su parte, el Tatenokai, sin propósito ni líder tras la muerte de Mishima y vigilado de cerca por la policía, se disolvió oficialmente en febrero de ese mismo año. Yukio Mishima se convirtió inmediatamente en un tabú para la sociedad japonesa, e incluso a día de hoy, más de cincuenta años después de su muerte, sigue despertando una cierta controversia e incomodidad dentro de Japón.
En la actualidad, la imagen más extendida de Mishima lo presenta como un escritor indudablemente brillante, pero irremediablemente trastornado. Sin embargo, como indica Mutsumi Nakamura, trabajador de la editorial Sinchosa, en una entrevista para El País, la llamativa e indeleble huella del autor ha provocado una notable brecha dentro de su recuerdo. Por un lado, hay quienes, desde la extrema derecha, han rescatado su figura como una especie de icono del nacionalismo, el militarismo y la masculinidad tradicional e hipertrófica. Su imagen más conocida, en la que el escritor sale desnudo de torso para arriba con una katana y un hachimaki en la frente también puede verse en todo tipo de merchandising, como chapas, bolsos o camisetas.

Pero, por otro lado, existe una mayoría de lectores que buscan simplemente apreciar la producción literaria del autor y que, al igual que las editoriales que publican sus obras —en cuyas portadas aparece en actitud cosmopolita y casual, vestido al estilo occidental o fumando cigarrillos— intentan alejarse completamente del llamativo y rechazable activismo ultraderechista por el que Mishima es recordado la más de las veces.
Fuentes y bibliografía:
Camisetas, bolsas y fundas de móvil: Mishima, el incómodo símbolo de la ultraderecha japonesa
Hane, Mikiso, Breve historia de Japón
Mishima, Yukio, La sociedad de los Escudos (ensayo)
Mishima, Yukio, Proclama del 25 de noviembre (ensayo)
Nathan, John, Mishima: a Biography
Stokes, Henry Scott, The Life and Death of Yukio Mishima
Tansman, Alan, The Aesthetics of Japanese Fascism
Yourcennar, Marguerite, Mishima, o la visión del vacío
Pingback: Mori Ranmaru, un vampiro con mucha historia | Futoi Karasu
Sensacional! Muy bien relatado. Me encanta la historia y especialmente la de Japón. Se agradece que haya gente que se preocupe por divulgar de una manera tan detallada y bien escrita estos temas. Me ha llegado
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