Sousou no Frieren: Las maravillas áureas de la Tierra Dorada

El éxito disfrutado por la adaptación animada de Sousou no Frieren ha sido tal que, a fecha de publicación de este artículo, tenemos bien reciente el anuncio de una segunda temporada. Todavía desconocemos cuándo podremos ver el regreso en movimiento de Frieren, Fern, Stark y compañía, pero sí contamos con la confirmación de que Madhouse volverá a hacerse cargo de este proyecto. A modo de continuar los análisis que os hemos ido trayendo tanto de los primeros compases de la obra, como de su divisivo arco del examen de magos, hoy nos aventuramos hacia fronteras todavía desconocidas para quienes no hayáis leído el manga. Poneos cómodos, pues nos aguardan las magias áureas y atemporales de la Tierra Dorada, allí donde el tiempo se detuvo.

Spoilers evidentes de Sousou no Frieren en adelante, particularmente, de los capítulos 61 a 104 del manga.

Como bien sabrá cualquier lector avezado de Sousou no Frieren, uno de los puntos centrales de la obra son las diferencias entre las distintas especies humanoides del continente, en lo tocante a hábitos, costumbres y, sobre todo, su esperanza de vida. Por ejemplo, el contraste entre el amplio pasado de la elfa Frieren y el efímero paso que a través de ella realizan las personas de a pie es fundamental a la hora de comprender los mensajes de la obra, sobre el transcurso del tiempo y la importancia de los pequeños detalles de la vida. En este sentido, quizás la especie más enigmática son los demonios, seres violentos por naturaleza que hacen de la humanidad su sustento y que, antiguamente liderados por su Rey Demonio, una vez amenazaron con dominar el continente. 

El demonio Basalt fue un general del ejército del Rey Demonio que, en su nombre, acabó con todos los habitantes de una aldea élfica hace cientos de años. Todos… salvo Frieren. / ©Shōgakukan ©Madhouse

El manga se esfuerza, por activa y por pasiva, en hacernos ver a los demonios como una figura puramente antagónica y con la que es imposible empatizar. No solo arrasan cualquier asentamiento humano sin remordimientos —como los antiguos hogares de nuestros protagonistas— sino que, para ello, recurren a mentiras, ilusiones y manipulaciones varias, ideadas para atentar contra las emociones de sus víctimas. A priori, ellos no son capaces de sentir culpa o simpatía —véase el capítulo 72: el guerrero Revolte confiesa no entender por qué los humanos entierran a sus muertos—, si bien pueden emularlos para bajar la guardia de sus enemigos en momentos decisivos. Fingen tener familias a las que atender, suplican el perdón de sus ejecutores y lloran lágrimas de cocodrilo, movidos por un misterioso instinto asesino. Pese a su aspecto, en realidad, se comportan más como una fuerza destructora de la naturaleza, impasibles e irredimibles.

A medida que el grupo de Frieren continúa su viaje hacia el Aureole y se adentra en el sector norte del continente —frontera que son capaces de atravesar gracias a la clasificación de Fern como maga de primera clase—, comienzan a oír ciertos rumores sobre un misterioso páramo cubierto de oro puro. Por lo visto, uno de los Siete Sabios de la Destrucción —la guardia personal del Rey Demonio en tiempos de guerra y quienes, a día de hoy, continúan la lucha demoníaca en su nombre— echó una terrible maldición a la vieja ciudad amurallada de Weise hace décadas, convirtiéndola en un monumento dorado e inerte. Para contener la amenaza que representaba un mago de tal calibre, la Asociación Continental de Magia erigió una barrera alrededor de aquella comarca y, desde entonces, ha mandado a algunos de sus miembros más hábiles a supervisarla hasta que se encuentre una forma de derrotar al villano que allí reside y restaurar aquel lugar. El nuevo guardián es una cara conocida para nuestros protagonistas, el mismísimo Denken —un mago imperial de anciana edad que, al igual que Fern, se certificó hace poco—. Sin embargo, el motivo de su estancia allí no es solamente administrativo, pues Weise es donde él se crió y donde yace su difunta esposa, a la que no ha podido visitar desde que el área fue consumida por el oro. Su meta personal es dar muerte a Macht, el demonio responsable de esta barbarie.

Los primeros compases del arco relatan qué es lo que ocurrió exactamente en Weise, a través de los propios recuerdos de Macht —extraídos gracias a la hipnosis de Edel, una maga de segunda clase que investigó la Tierra Dorada poco antes de la llegada de nuestros protagonistas—. Al fin y al cabo, el suyo no fue un ataque en el sentido tradicional de la palabra, pues el demonio llevaba años trabajando para Lord Glück —el noble al mando de las tierras— y, de hecho, portaba un brazalete que le impedía actuar maliciosamente hacia los habitantes de la ciudad. La triste revelación es que Macht, en realidad, desea comprender a los humanos y vivir en un mundo donde su especie y la de nuestros héroes puedan convivir en paz

Uno pensaría que el primer encuentro del grupo con Macht sería muy violento, sin embargo, su conducta es pacífica, calmada e incómodamente servicial. / ©Shōgakukan

Un día, intrigado por las últimas palabras de un clérigo misericordioso, el más fuerte de los Siete Sabios de la Destrucción cambió radicalmente su forma de ver a la que, hasta aquel entonces, había considerado como presa. Reparó en su incapacidad de sentir culpa, arrepentimiento y de distinguir el bien del mal y, movido por el deseo de coexistir, comenzó a hacer experimentos con los supervivientes que iba encontrando. Les obligaba a matarse entre ellos y observaba su rabia y su desesperación, en un intento de comprender tales sensaciones. Así es como llamó la atención de Sölitar, otro gran demonio que vivía aisladamente en un laboratorio. Ella veía a los humanos con un enfoque muy distinto, desde la pura curiosidad empírica. Reforzando la idea de que el mundo de Sousou no Frieren está imperado por una hechicería con tintes de disciplina científica, se nos explica que lo que separa a los demonios de cualquier otra especie es la evolución convergente. Del mismo modo que una orca no es un pez, sino un mamífero, la apariencia humanoide de un demonio esconde un tipo de criatura totalmente distinto, con una esperanza de vida, un control sobre la magia y una agresividad superiores y que los hacen incomparables. Sölitar ve a los suyos como el siguiente paso en la evolución de las especies y, por este motivo, considera que es inútil intentar entender a los humanos —según ella, sería como que nosotros tratásemos de comprender la forma de pensar de una hormiga—. 

Pese a oír atentamente las palabras de su compañera, sin embargo, Macht no se rindió. Cada vez más distanciado del Rey Demonio y su ejército —pese a una colaboración puntual con Schlacht el Clarividente, en un intento de derrotar al Héroe del Sur—, su misión progresó decisivamente cuando conoció fortuitamente a Glück quien, en sus últimos momentos, le propuso una tregua crucial. El demonio trabajaría para él y le asistiría a la hora de dar muerte a los enemigos del noble pero, a cambio, Macht se reservaría el derecho a acabar con él o los suyos cuando así lo desease, en un intento de desarrollar empatía o culpa. Lo que sigue es un vistazo a cómo se desarrollaron estas décadas de colaboración —mucho antes de que se le impusiera al Sabio de la Destrucción portar el brazalete el cual, para mayor inri, era inútil porque partía de emociones como “hacer el mal” que él no entendía intrínsecamente— y el cariño mutuo que ambos fueron desarrollando. Los dos eran pecadores y, tarde o temprano, la vida les castigaría por sus fechorías, pero su camaradería era sincera y verdadera. Macht no solo se ganó el respeto y la admiración del pueblo de Weise, sino que enseñó todo cuanto sabía de la magia al entonces joven yerno de Glück, Denken. Pero, a pesar de todo, su señor fue envejeciendo y él seguía sin atisbar el arrepentimiento que tanto ansiaba comprender. Así es como, llegado cierto punto, decidió echar su maldición de oro, Diagoldze —la cual él mismo solo podía revertir para su propio cuerpo, por tanto, el efecto era permanente—, sobre el pueblo que una vez le acogió, para ver si así se sentiría apenado o afligido. Al fin y al cabo, si fracasaba, podía volver a empezar en otro lugar hasta que lograse su cometido. Macht, como otras especies que vivían mucho, tenía casi todo el tiempo del mundo, sin importar las vidas que arrebatase, hasta descubrir cómo era posible cooperar con los humanos.

Como Schalacht puede ver mil años en el futuro, predijo que Frieren vería los recuerdos de Macht y, para ocultar la batalla contra el Héroe del Sur, borra este segmento de su memoria. Cuenta la leyenda que ese combate quizás nunca llegó a su fin. / ©Shōgakukan

En este sentido, el mago de oro es la antítesis perfecta del propio Denken, un veterano de guerra consumido por la culpa y el arrepentimiento. Cuando era joven y se casó con Lektüre —hija de Glück—, aspiraba a una comodidad y un estatus social que le privaron de tener una vida cerca de sus seres queridos. Se volcó tanto en subir los escalafones del Imperio que, a la hora de la verdad, no pudo estar ahí para su esposa cuando la enfermedad se la llevó. Tras tal pérdida, abandonó Weise y, excusándose en el peligro que a posteriori representaría Macht, postergó una y otra vez su retorno al pueblo donde enterraron a su amada. Ese hábito tan humano de dejar las cosas para más adelante, de dar por sentado el tiempo del que disponemos, le pasó factura cuando se descubrió a sí mismo anciano y mucho menos capaz que antaño; la vida había pasado ante sus ojos y el poder de la maldición dorada había alcanzado la tumba de Lektüre. Por su parte y como veníamos indicando, dado que Macht tiene una eternidad por delante, puede permitirse la matanza de un puñado de pueblos antes de lograr su cometido. Que el tiempo se dilate tanto para él hace que dé mucha menos importancia a cada momento y que, por tanto, no se considere responsable de sus propios actos. Ambos tienen las mismas inquietudes, pero la mortalidad mucho más inmediata de los humanos sitúa en una inmensa desventaja a Denken.

El antagonista de este arco argumental pone en duda muchas de las pretensiones que se nos han ido introduciendo hasta el momento sobre el mundo de Sousou no Frieren y, por primera vez, comienza a atisbar el motivo crucial por el que verdaderamente existe una separación tan grande entre las especies. Los demonios están en la cúspide de la magia y son innatamente capaces de echar algunas de las maldiciones más poderosas que existen, pero esta condición los hace tendentes a conductas arrogantes y a banalizar su propia violencia. Como ya se nos ha venido apuntalando una y otra vez, sin embargo, la aparente incapacidad de los humanos de dejar una marca en la historia se traduce en su concepción como una colectividad que va pasando el conocimiento, generación y generación, hasta crecer mucho más allá de lo que un solo individuo habría podido lograr. Macht creía querer sentir culpa o arrepentimiento, pero de lo que verdaderamente carecía era compañía y afecto. Lo trágico es pensar que, de hecho, ya los había conseguido, pues contaba con el respeto y la admiración de su pueblo. Del mismo modo que Frieren empezó a valorar su propia vida y la de quienes le rodeaban a partir de la amistad desinteresada de Flamme o Himmel, quizás el demonio podría haber dejado atrás sus supuestas metas a cambio de disfrutar de una vida más sencilla, acompañado de Glück, Denken y los demás. Quién sabe, tal vez sí se dio cuenta de todo aquello a cuanto había renunciado en sus últimos momentos, a medida que Weiss volvía a la vida —pues Frieren, tras analizar los recuerdos del mago. había descubierto cómo revertir Diagoldze— y compartía un último cigarrillo con el que, una vez, fue su mejor amigo. Él clamó no haber aprendido nada, pero tales palabras provienen de quien, a las puertas de la muerte, buscó la compañía de alguien para, así, no abandonar este mundo a solas.

©Shōgakukan

Lo verdaderamente sorprendente de la aventura vivida en la Tierra Dorada es que, realmente, se trata de una parada como cualquiera de las que habremos estado viendo hasta ese momento en el manga. Sin embargo, mientras que normalmente se habría tratado de un capítulo corto, condensado y al grano, este segmento no para de crecer hasta consolidarse como una de las partes que mejor ilustra las destrezas artísticas y narrativas de la obra. El examen de magia celebrado en Äußerst quizás no habría sido del agrado de todos, pero adoptar este nuevo formato era necesario con tal de permitir que las pequeñas aventuras se convirtieran en grandes e inolvidables épicas, sin perder de vista los mensajes introspectivos que hacen tan especial este manga. No podemos sino sentir una profunda emoción ante la idea de que, en algún punto del futuro, podremos ver una parte tan emocionante conjugada con el gran talento del que Madhouse ya ha hecho alarde con su primera temporada —y, con algo de suerte, también tendremos ocasión de deleitarnos con el fortuito encuentro del grupo de Frieren con una estatuilla de la diosa—. Y es que, a veces, el oro sí es todo lo que reluce.

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