Opinión: trauma porn y los peligros del morbo

Advertencia: en este artículo se tratan temas y se muestran ciertas imágenes explícitas acerca del abuso sexual, los trastornos alimenticios o el suicidio 

Es imposible separar el arte del corazón, pues si al primero le quitas lo segundo se queda una cáscara de huevo sin polluelo, un objeto que pierde todo el propósito por el que existe. El arte es una forma más de comunicación, y qué es de la comunicación sin los sentimientos. La alegría, la rabia y, más especialmente, la tristeza, se reflejan necesariamente en todas las obras que consumimos de una forma u otra. Todos hemos pasado por una ruptura, nos han despedido del trabajo o hemos tenido la desgracia de vivir la muerte de un ser querido. Y en ese estado, lo que no pide el cuerpo a la mayoría de nosotros es refugiarnos en el arte. Las canciones tristes, las películas de desamor o los libros con un carácter más íntimo son tan solo varios ejemplos de las cosas que decidimos consumir como forma de no llevar nuestro sufrimiento a solas y vivir la experiencia catártica que es la del dolor compartido.  

Es común el gusto por recrearse en la tristeza de vez en cuando, y si no es así, que se lo digan a su yo de 15 años que escuchaba Breaking Benjamin como un poseso en la letanía de su habitación adolescente. El fenómeno también es similar en los artistas, pues la creación siempre va a estar ligada a las emociones y el corazón, y no es casualidad que cuando uno está preocupado o deprimido por algo, la táctica más habitual por parte de los psicólogos es sugerirle al paciente que escriba. Que cree. A través del arte, tanto consumiéndolo como creándolo, nos conocemos, y más importante incluso, nos liberamos

Querer sacar estos fantasmas de nuestra cabeza y transmitírselos nuestros lectores es algo que surge de una forma o de otra. Pero hay que tener cuidado, porque al representar tan solo las partes más oscuras de la psique de nuestros protagonistas puede ser peligroso para el mensaje completo de lo que queremos transmitir. Es fácil diferenciar cuándo una obra decide mostrar un poco más para que uno entre en pomada de lo que está sucediendo y cuándo el único propósito del escritor es crear una sensación de trauma tan grande a sus fans por puro shock value. Y aquí es cuando entramos en el quid de la cuestión. 

Los relatos amarillistas y morbosos acerca del sufrimiento de otras personas y la desgracia que son sus vidas, que no pretenden más que lograr que el consumidor sienta un trauma adquirido exclusivamente por leer su obra recibe un nombre: trauma porn. El trauma porn, como ya se ha dibujado, consiste en crear historias que busquen recrearse en la oscuridad de sus personajes y los sucesos trágicos que les acontecen con el único propósito de remover al espectador de una forma inimaginable. No existe piedad para ellos, ni ningún tipo de intención artística del creador por hablar de más facetas, de tocar varios puntos o transmitir un mensaje, sólo consiste en la satisfacción morbosa y con puntos edgy de mostrar lo más abominable y deleitarse con este. No se sabe al cien por cien cuándo nace este concepto, pero sí que existe la seguridad de que “trauma porn” se empezó a aplicar en EEUU a raíz de la cantidad de obras que surgían acerca las personas afroamericanas que explotaba el dolor negro como un fin y no como un medio para enaltecer la historia, con el único objetivo de representar las torturas a las que se veían-y se ven- expuestos los pertenecientes a esta minoría.  

Dos formas de representar el mismo suceso// ©Bungeishunjū ©Shogakukan

El sufrimiento suele ser el motor de gran cantidad de historias para ver como estos personajes reaccionan, y no es de extrañar que existan preguntas acerca de por qué esto es necesariamente negativo. Hay un punto clave en esto: el autor no crea de esta situación una historia en la que, por los motivos que sean, sus personajes sufren, sino que se deleita presentando secuencias tumultuosas, a cada cuál más abominable que la anterior por una mera reacción del público. Hay miles de formas de incluir elementos dolientes en las obras, y no es como si a partir de ahora haya que denegar la entrada a tramas que contengan violaciones, suicidio, autolesiones y demás, sino presentarlas de una manera un poco diferente y que no se incida en estas por un mero placer voyeur. El trauma porn no se dirige hacia quienes han sufrido estas vivencias, sino a las personas sanas que quieren saciar su curiosidad fisgona, y termina causando que lo que antes era una forma de autodefensa y desahogo para las víctimas, se convierta en un arma letal y mortífera, que no contempla ningún tipo de piedad. 

Uno de los autores más aclamados del mundillo es Inio Asano, y él tampoco se libra de polémicas respecto a este asunto. No es ninguna casualidad que todo aquel que comenta por encima que quiere empezar a leer las distintas obras del autor, sea advertido con que “igual se espere a estar en un momento más positivo”. Si uno entra en la sección de 5 estrellas de Oyasumi Punpun en Goodreads verá reseñas en las que se comenta como ha conseguido hacer sentir a una gran parte de sus lectores una catarsis por el dolor compartido. Pero si uno decide darle click a las críticas con estrellas más bajas, se encontrará con una nada desdeñable cantidad de usuarios que han relatado cómo su obras les han dejado en un pozo profundo y que, durante mucho tiempo, les ha costado escapar de la sensación que les produjo y volver a sentirse estables. 

Como decíamos, el arte, entre tantas otras cosas, se basa en emociones, y como artista, tu labor se convierte en comunicarlas de tal manera que el consumidor pueda abrazarlas de una manera tan clara como las hayas intentado realizar. Entonces, podemos asumir que, si esto se logra, sin entrar en matices de todas las otras cosas de las que se compone el arte, esta obra es por definición buena. Pero cuando se está hablando de exactamente qué emociones son las que se están tratando de transmitir, ahí la cosa cambia. ¿Es verdaderamente ético querer que alguien sienta, a todos los niveles, lo horrible que puede llegar a ser una violación? ¿Es necesario hacer que alguien pase por eso, aunque sea de manera ficticia? ¿Realmente merece la pena tener como autor una responsabilidad tan pesada en la espalda? Y más importante, ¿es el arte acaso más importante que la ética? 

La polémica que hubo con esta escena de Goblin Slayer fue, cuanto menos, interesante// ©Crunchyroll

Y todo esto nos genera otros problemas: el autor no es tan solo responsable de sus decisiones, sino que los consumidores también tenemos algo de culpa en todo esto. Por culpa de la insensibilización ante la violencia en las noticias y en nuestra vida diaria, nuestro ocio ha pasado a ser cada vez más morboso. Un ejemplo claro es como el consumo del true crime, narraciones de crímenes reales tratándolos como si se tratara de una ficción más, ha subido a niveles inesperados. De igual manera, las obras consideradas para adultos que no contengan algún tipo de violencia de este tipo no son consideradas tan arriesgadas e interesantes como las que sí, y por tanto, las minorías deben de aparecer sufriendo de maneras inimaginables para que podamos creernos sus relatos de opresión. Las víctimas de esto son las ya existentes de todos estos sucesos: las que tienen que ver y tratar de lidiar con que en ficción se retraten cada vez más todas estas pesadillas que una vez se pegaron a su piel y que ahora no se podrán arrancar jamás. Las víctimas ya no pueden sentirse seguras ni en ficción. 

Se dice mucho la frase de que no existe consumo ético dentro del capitalismo, pero es que si no hacemos porque nuestro consumo sea más sano, no podremos frenar esta oleada.  Es de vital importancia asimilarlo, pues las obras se crean, pero si continúan publicándose productos similares es porque existe un público masivo que quiere consumirlas. Y la industria cada vez va a presionar más a sus autores para que aunque estos no quieran, tengan que añadir todos estos elementos para poder hacer un producto que se pueda posicionar más fácilmente, y por ende, que este en potencia de ser más exitoso. El consumo tampoco se puede defender o confundir como una forma de activismo, pues sino caeríamos en una trampa capitalista, pero como ya hemos dicho, no quita que de alguna manera podamos usar nuestra decisión de no consumir como una forma de frenar a una industria cada vez más deseosa de historias morbosas. Así en realidad, tanto consumidores, víctimas y autores, estarían a salvo de estas decisiones tomadas por la industria, posiblemente la verdadera villana de toda esta situación.

Entonces, ¿la solución es que tanto artistas como consumidores dejemos de lado estas experiencias en ficción? Pues no necesariamente. De grandes artistas, tanto actuales como clásicos, podemos ver como deciden representar sentimientos y/o sucesos dolientes, y podemos apreciar como siempre se pueden tocar todos los tipos de temas que uno desee, siempre y cuando exista un respeto. A Miura, por ejemplo, no se le lloró sólo por haber creado una gran obra de aventuras y venganza, sino porque Berserk es una de las piezas del noveno arte que mejor expresa a través de sus viñetas el sufrimiento, la resiliencia y el peso que todos cargamos en la espalda. Sus personajes son perseguidos por el dolor, pero a su vez existen momentos de calma en el abismo. No se recrea en el sufrimiento, pero nos lo muestra sin filtros. Miura entendía que el dolor es algo intrínseco en la experiencia humana, pero que, sin él, no existirían el amor, la bondad, la belleza y la intimidad, y que tan sólo por la calma prometida después de una tormenta, merece la pena que sigamos hacía delante. 

«Yo también quiero una herida que pueda decir que es tuya»// © Shūeisha

Algo parecido pasa con Chainsaw Man, manga de Fujimoto que ha encandilado a millones de lectores y que se va a convertir —si es que no se ha convertido ya— en uno de los pilares fundamentales del mangaanime de la década. Fujimoto utiliza sus herramientas de forma sumamente cuidadosa, y aunque haya escenas para las que haya tener cierto estómago, no pretende escribir un relato mórbido y sin sentido, sino uno que avanza y te pone en los zapatos de Denji, y que nos hace saber que en esta vida lo que todos queremos es calidez y cariño de nuestros conocidos. Que por más mala que sea la situación todos podremos salir de ahí, que no existe la paz sin la guerra, y que siempre habrá gente que te quiera y con la que formar una familia. Es particularmente interesante, de hecho, que en una obra tan gamberra, explícita y hasta violenta, al final lo más importante de todo sean los abrazos y la cercanía a los demás seres humanos.

La obra de Kabi Nagata es otro buen ejemplo, pues explora temas tan sumamente truculentos y dolorosos como lo pueden ser los TCAs, el suicidio, las enfermedades mentales, el alcoholismo, la baja autoestima y siguiendo, en forma de cuaderno de rehabilitación autobiográfico. Al hacerlo de esta manera, aunque no quita que algún que otro lector se altere y decida abandonarlo por malos recuerdos, son obras por y para las víctimas. Muestra que igualmente existe una esperanza, una forma de admitir que todo lo malo acaba, que hay que afrontar a la vida con ganas, pero sin esconder los horrores que vivimos en ella. Por más que no sea lineal y que siempre van a haber recaídas, el camino a la recuperación existe, y merece la pena darlo.

Y podríamos seguir dando ejemplos y ejemplos, pero creo que ya ha quedado claro. En conclusión, el trauma porn es peligroso. Es peligroso porque se podrá acabar convirtiendo en un estándar, y cada vez se pedirá más y más, hasta que no haya nada que hacer. Es parte de nuestra responsabilidad como consumidores entender que nuestro apoyo es dinero y poder para una industria que no va a mirar por nadie si les puede otorgar un rédito económico-es el mercado, amigo-. Por ello hemos de tratar de apoyar proyectos menos sensacionalistas y morbosos, tener un consumo lo más ético que se pueda. No pasa nada porque leamos algún manga que caiga en estas características, o que veamos un anime similar y viceversa, pero si que deberíamos de sentarnos y pensar a quién podríamos hacer daño si en vez de un consumo casual se tratara de uno habitual. Porque a quiénes hacemos daño de verdad, al contemplar todo esto como simples aderezos para una historia, es a las víctimas, pues deshumanizamos su dolor y las consecuencias en su persona. Y las víctimas son mucho más importantes que cualquiera de nuestras ficciones favoritas. 

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