Los videojuegos son un negocio, es un hecho. Pueden tener una mayor o menor inquietud artística pero, al final del día, el proceso de elaboración de semejante producto interactivo tiene que costearse de alguna forma, y más aún cuando ha resultado caro de crear. Y aunque hoy en día no podría ser más fácil obtener videojuegos de distintos géneros, estilos y variedad —además de una amplia escena retro—, queda una pregunta que en los últimos años ha tomado mayor fuerza en la comunidad: ¿qué pasa con la conservación del videojuego? ¿Qué ocurre cuando un título deja de estar en el mercado y el propio estudio no muestra interés en hacerlo accesible? Pues que seguramente su destino sea, tristemente, el olvido. O en el peor de los casos, la restricción absoluta, en todos lados, de su obtención.
Mucha gente piensa que cuando una empresa no hace determinado juego o secuela/remake de tal título, es porque no quieren o no les interesa. Y en parte puede ser así, pues detrás de cada proyecto hay una enorme inversión en los análisis de mercado y la necesidad, a veces excesiva, de sacarle hasta el último céntimo de rentabilidad a dicho producto. Pero, paradójicamente, esa misma rentabilidad tiene una fecha de caducidad en pos del interés de la empresa, ya que cuando pasan los años y ese mismo juego ya no vende tanto como en sus inicios, en vez de sacarlo en más plataformas —obviamente teniendo en cuenta los contratos de exclusividad que puedan haber—, deciden, simple y llanamente, dejarlo tirado en un cajón.
Obviamente hay muchos otros juegos que se resisten a esa suerte, ya sea mediante descargas digitales, integrados como juegos accesorios a un recopilatorio… En la actualidad, renovar un juego antiguo no podría ser más fácil. Y es quizás, esta misma facilidad es lo que hace aún más triste el hecho de que haya tantos estudios que directamente se nieguen a sacar software antiguo lejos de las 10 IP‘s famosas de siempre. El goteo de títulos retro no es escaso, como ya he dicho antes, pero aún así sigue sin ser suficiente. Y si en el pasado no se hacían tantos videojuegos como ahora, este mismo panorama en el futuro va a ser mucho peor. Mucho, pero que mucho peor.

¿Quién no ha visto un Final Fantasy VII de PlayStation a 600 € nuevo? O incluso, ¿quién no lo ha visto rozando los 100-200 € si es semi-nuevo? Un precio al que pocos están dispuestos a pagar por jugar una de las obras más queridas de la quinta generación de consolas, haciendo muy poco accesible su obtención para interesados del título. O así sería si no fuera porque, afortunadamente, el juego se puede comprar a 13 cómodos euros en Steam o en las tiendas digitales de varias de las consolas modernas. Haciendo que la compra de ese disco físico tan caro sea una necesidad dada más por coleccionistas que por genuinos interesados en querer jugarlo.
El problema radica en que Final Fantasy es una de las sagas con más ventas y atención dentro de los JRPG, es normal que todos sus títulos traten de estar disponibles en la mayor cantidad de plataformas. ¡Si hasta han hecho los Pixel Remaster de las primeras seis entregas! Pero, ¿y si hablamos de títulos menos conocidos? No tienen que ser necesariamente juegos que hayan vendido 3 copias en el kiosco de tu barrio, porque Xenogears no habrá amasado docenas millones de ventas en copias, pero mucha gente sigue recordándolo y manteniéndolo como un clásico de culto. Y es que el encontrar copias nuevas no solo es una tarea imposible, sino que encima las de segunda mano pueden llegar a los 320 euros. Y este ejemplo sí que ya no se puede adquirir en tienda digital que valga. Hace años era así, pero el juego no se puede jugar actualmente en ninguna plataforma. Al menos de forma legal, obviamente.
Y eso que Square Enix no se ha puesto virulenta en querer tirar todos los sitios de emulación donde haya Roms del magnum opus de Tetsuya Takahashi —creador, entre otras cosas, de la saga Xenoblade Chronicles—. Porque podrían tratar de borrar todo rastro de Xenogears de esas páginas, impidiendo así que cualquiera pueda jugarlo. Y no estamos diciendo que nos estén haciendo un favor, sino que la situación podría ser peor. Porque Nintendo sí que hace esto, mucho. Además de no ofrecer alternativa ninguna. F-Zero GX prácticamente es imposible jugarlo en ninguna plataforma moderna si no se tira de hardware retro, y no es el único, pues también podríamos mencionar los primeros Mario Strikers, Paper Mario, Smash Bros Melee… La lista es vergonzosamente larga y cada día que pasa, lo es más.
Por si fuera poco, en Marzo de 2023 la eShop de la Nintendo 3DS y de la Wii U dejará de funcionar para siempre. Cientos de juegos y programas ya no podrán ser adquiridos por futuros compradores, siendo un golpe durísimo en la «conservación» del catálogo de sus juegos. Por no hablar de la consecuente subida de los precios de los cartuchos físicos, ya sea en tiendas oficiales o por terceros, dejando pocas alternativas más allá de la emulación, que la misma compañía persigue con ahínco en borrar. Nintendo apenas saca reediciones o remasters de sus juegos antiguos, y suelen ser, como poco, cuestionables: es imposible olvidar aquella infamia que era la compra, por tiempo limitado, del Super Mario 25 Anniversary. O del remaster a precio completo del Skyward Sword. Y la lista no termina aquí, ya que, en estos últimos años, la compañía japonesa ha limitado de forma bastante bestia su catálogo de retro al aunarlo con la suscripción del Online de la Switch. Pocos juegos con una periodicidad de actualización muy lenta y poco satisfactoria —tardaron más de cinco años en meter los solicitadísimos Mother 1 y 2—.
Hay empresas como Microsoft que sí están haciendo un esfuerzo aparente por realizar una cierta tarea en la conservación de videojuegos: haciendo accesibles títulos antiguos, retrocompatibilidad total, Game Pass, etc. Les queda un largo camino, pero al menos se ven pequeños esfuerzos por tratar de mantener una estructura de juego consistente. Sony, por su parte, es una de cal y otra de arena: tienen muchos títulos antiguos en venta tanto first party como third. Pero tiene casi todo el catálogo exclusivo de la PlayStation 3 totalmente en el vacío, probablemente por las dificultades que entraña la arquitectura de la misma consola y que a día de hoy incluso da quebraderos de cabeza a quienes recrean sus emuladores. Está claro que esto se podría solucionar si le dieran mucho más empeño y esfuerzo, otra cosa es que pueda resultarles tan rentable.
El sobreprecio de cientos de juegos no ayudan en absoluto, y por si fuera poco, la tienda digital de la PS Vita y de la PS3 ahora está muy limitada, y no tardará demasiado en cerrar completamente. Se vaticina otro desastre. Para más inri, Ubisoft recientemente ha notificado un desalentador mensaje donde anuncia no solo que varios de sus juegos dejarán de estar disponibles en Steam, sino que además no se podrán jugar más. Es una práctica terrible y sienta un precedente oscuro dentro de la propia industria: ahora no sólo los juegos antiguos corren el riesgo de desaparecer, sino los más modernos también, e incluso para siempre. Pagando el consumidor, como no podía ser de otra forma.
El panorama es desolador. Por un lado no hay prácticamente genuinos avances ni una iniciativa fuerte para conservar videojuegos. Microsoft trata de dar pasos en la dirección correcta, pero solo puede hacerlo en su terreno y su voz no parece inspirar a otras empresas. Empresas que no solo no están interesadas, sino que encima ponen esfuerzo en boicotear esa intención cerrando sitios o prohibiendo el uso futuro a sus juegos, afectando únicamente a los usuarios. El debate está servido, está en la calle y se está hablando al respecto, desde luego más que antes. Pero no parece estar calando lo suficiente como para ver verdadero afán en impedir que se pierdan, no solo videojuegos, sino historia. Y las empresas prefieren olvidar parte de esa historia, a recuperarla. Porque los videojuegos son un negocio, es un hecho. Y la historia no lo es.