En la mente de: Renge Hōshakuji (Ouran High School Host Club)

En la mente de es una serie de artículos dedicados a profundizar individualmente en las características y motivaciones de algunos de los personajes más queridos e interesantes de los videojuegos y el anime.

Este artículo contendrá obvios spoilers de Ouran High School Host Club.

Si pensamos en Ouran High School Host Club, lo más probable es que se nos venga a la cabeza su famoso opening Sakura Kiss junto a su protagonista, Haruhi Fujioka, y su harem de arquetipos del shōjo andantes. Esta obra se considera una parodia de la cultura otaku y en concreto, de los elementos más típicos del shōjo y los otomes.  Con el objetivo de canalizar todos los tópicos alrededor de los consumidores de este tipo de contenidos, aparece la figura de Renge Hōshakuji, una otaku de pro que servirá al espectador de guía para entender mejor por qué el angst llega a triunfar en los otomes o qué es el efecto moe.

Renge de comentarista otaku / © Estudio Bones

Para gran parte de los fans de esta serie, Renge no es más que un alivio cómico dentro del anime que aparece de tanto en cuanto para animar a las masas y dar una breve explicación del alboroto.  Sin embargo, esta adolescente es un reflejo claro de la percepción que la sociedad tiene de las mujeres otakus, en especial de las jugadoras de otomes: encerradas en su mundo, exageradas a más no poder y capaces de cometer tales locuras como irse a Japón para conocer al chico que es la viva imagen de su personaje favorito, como sucede en el episodio donde aparece por primera vez Renge.

El videojuego otome favorito de Renge Hōshakuji es Uki Doki Memorial —claro guiño a la saga Tokimeki Memorial— donde el personaje que más adora es Miyabi Ichijo, uno de los seis intereses románticos del juego. Renge pasa tantas horas con ese videojuego que recita de memoria las respuestas que tiene que dar en la ruta de Miyabi para que la llegue a elogiar. Es tal su devoción que no lo duda dos veces y emprende su viaje a Japón desde Francia para conocer al hijo del compañero de negocios de su padre, Kyōya Ootori, ya que es un calco de Miyabi.

Renge viciadísima al UkiDoki / © Estudio Bones

Cuando Renge llega al Host Club, más que sentirse embelesada por la naturaleza de éste—ya que el club representa una especie de otome donde elegir un anfitrión supone elegir una “ruta romántica”—se muestra crítica ante los estereotipos que representa cada anfitrión. Excepto por Kyōya, del que asume que tiene la misma personalidad que Miyabi, decide cambiar al resto de anfitriones para adaptarlos a sus gustos, o, mejor dicho, los gustos de las jugadoras de otomes. De ahí que saque la idea de mostrar “el lado oscuro” de los personajes, porque, como la propia Renge afirma: “las chicas son más vulnerables a jóvenes que tienen un trauma” en referencia al supuesto complejo de heroína que se les suele achacar de forma despectiva a las jugadoras.

Las acciones de Renge no son plato de buen gusto para el club. Al principio, la juzgan porque es una otaku a plena luz del día. Cómo osa siquiera existir. Sin embargo, le siguen la corriente porque les financia una película para el club, y oye, quién le va a decir que no a la promo gratis. Aun así, la situación se acaba torciendo ya que los prejuicios otomiles de Renge a la hora de juzgar a las personas hace que casi se gane una buena tunda de parte de unos alumnos que “tenían pinta de villanos porque sus padres son yakuzas”.  Gracias a la intervención de Tamaki —presidente del club— y Haruhi, la pelea se queda en un susto, pero Kyōya rompe las cámaras porque no puede permitir que se vea a los miembros del club ejerciendo violencia.  De esta forma, rompe también las ideas que Renge se había hecho sobre su personalidad, dándose cuenta de que las personas no son meros personajes de videojuego. Tras esta lección, Renge decide ir detrás de Haruhi, ya que es quien la protegió y quien le hace ver que las personas van más allá de simples categorías.

Más vale Haruhi en mano que maromos volando / © Estudio Bones

Llegados a este punto, seguramente penséis que Renge Hōshakuji es una caricatura creada para mofarse de las otakus, y la verdad es que, paradójicamente, Renge tiende más a ser un icono atemporal para nosotras.  Es cierto que Ouran High School Host Club es una obra que peca de ser machista en varias ocasiones con su protagonista —lo cual da para analizar con mayor detenimiento en otro artículo— pero el caso de Renge es bastante particular. A esta chavala casi la atizan por fangirlear en modo extremo y aun así tiene fuerzas para volver al club, soltar el discurso que toque sobre el rol de un personaje en cuestión, hacer su propia versión y después marcharse por donde ha venido tan ricamente.

En vez de optar por ser más calmada en cuanto a sus gustos se refiere, sigue disfrutando de ellos con la misma intensidad que poseía antes de conocer al Host Club.  No se amedrenta ante las miradas escépticas del club y acaba ganándose un hueco en su corazón. Si le gusta algo lo va a decir, y si no, pues también —de ahí que se mostrara tan escéptica con el supuesto escenario otome que le presentaba el Host Club nada más conocerse—. Renge llega a ser una figura que encarna en cierto modo a todas esas mujeres que disfrutan de forma bastante efusiva de sus hobbies y que realmente moverian cielo y tierra por muñequecos 2D que les han caído en gracia. 

Para Renge no se trata de no ser como las demás, sino de ser otra otaku más que, siendo crítica con lo que consume, es capaz de disfrutar de los tópicos que tanto parodia la obra sin avergonzarse de ello. Se supone que, por esas razones, la propia autora de Ouran High School Host Club, Bisco Hatori, se llega a identificar tanto con Renge y cada vez que le preguntaban en la revista LaLa —donde se publicaba la obra— qué personaje la representaba mejor, acababa escogiendo a Renge Hōshakuji.

Bisco Hatori dijo sí soy y a mucha honra / © Revista LaLa

Hay ciertos aspectos que la obra trata de mostrar mediante Renge que es más complicado compartir, como son el hecho de caricaturizar a las jugadoras de otomes como personas literalmente encerradas en su mundo que no saben distinguir la realidad de la ficción o que sólo quieren a los personajes con traumas para poder “arreglarlos”. Ese último supuesto es una visión bastante simplista y machista, puesto que se puede disfrutar perfectamente de un villano ficticio sin tener la imperiosa necesidad de hacerle terapia o de justificar sus actos, por muy “increíble” que suene. No obstante, eso no esconde el hecho de que Renge sea un personaje que brilla con luz propia.  A muchas de nosotras nos han hecho avergonzarnos de nuestra forma de reaccionar ante nuestro propio entretenimiento, el cual también se suele hacer de menos. Ya sea en forma de otomes, de BLs o de shōjos, tenemos derecho a chillar si un personaje nos parece guapo o si le ha pasado algo inesperado. Tenemos derecho a quejarnos si nos intentan dar gato por liebre y el storytelling del otome del momento nos parece una birria. Y, como nos muestra Renge a lo largo de la obra, tenemos derecho a ser nosotras mismas, sin pedir perdón ni permiso.

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