Hopepunk, o el arte de empezar a ver agua en el vaso

El arte no es un ente aislado, sino que nace en un tiempo y entorno concretos. Podemos acercarnos a la creación artística como un reflejo del contexto en el que ha visto la luz, lo que también nos permite conocer un poco mejor a sus autores. Las historias que contamos hablan de lo que amamos y tememos, de lo que nos preocupa, de lo que deseamos y, sobre todo, de cómo nos relacionamos con nosotros mismos, quienes nos rodean, el mundo en el que habitamos y las sociedades de las que formamos parte.

Y el contexto actual no invita precisamente al optimismo. Cada día nos despertamos con noticias sobre el avance del fascismo y el retroceso democrático, la precarización, y la explotación laboral bajo un capitalismo cada vez más hostil —que raya el tecnofeudalismo— y una sensación de apatía colectiva, alimentada por la saturación de ver, día sí y día también, auténticas atrocidades retransmitidas en la palma de nuestra mano. Vivimos agotados solo con lo necesario para sobrevivir y con la sensación de que no hay futuro o, si lo hay, será aún peor que el presente.

No es extraño que este clima político y social haya sido el caldo de cultivo ideal para el auge del grimdark, un subgénero marcado por escenarios nihilistas, cínicos y brutales donde la violencia, la corrupción y la pérdida de esperanza son la norma. Nacido en parte como reacción al noblebright —la fantasía clásica en la que héroes derrotan a un mal absoluto y restauran el orden—, el grimdark sustituye la pureza y el final feliz por ambigüedad moral, personajes grises e imperfectos y una degradación moral inevitable. Se ha desarrollado sobre todo en la fantasía oscura y la ciencia ficción, con Warhammer 40.000 —cuyo lema dio nombre al término— Berserk o Juego de Tronos como algunos de sus ejemplos más conocidos.

Berserk, de Kentarō Miura, uno de los grandes exponentes del grimdark en el manga. / ©Young Animal

Pero en la actualidad, tras años de narrativas oscuras, violencia y pesimismo generalizado, el grimdark y el escenario que lo define —la distopía— están empezando a mostrar síntomas de un cierto desgaste creativo. La saturación ante tanta devastación y el cinismo que caracterizan a este género comienza a provocar desencanto en una parte del público, que reclama otras formas de aproximarse a la ficción y que, sin negar la dureza del mundo, incorporen un mayor margen para la esperanza.

Es precisamente en este punto cuando, en 2017, la escritora Alexandra Rowland acuñó el término hopepunk. Definido en un principio por medio del perfil de la autora en Tumblr y expandido después con un artículo más extenso, el hopepunk no propone una estética definida, sino más bien una filosofía narrativa desde la que encarar las obras y que coloca la esperanza y la bondad como actos radicales de resistencia frente a un mundo hostil. La idea central de este tipo de creaciones es que, incluso en un mundo injusto y plagado de dificultades, sus protagonistas se mantienen firmes en la decisión de resistir, cuidar a los demás y amar. Se trata de mantener su humanidad, así como sus principios y valores, frente a la adversidad. Actuar con bondad y empatía incluso cuando el entorno parece empeñado en que se den por vencidos.

Sus personajes, lejos de rendirse ante la opresión, la injusticia o la adversidad, practican lo que podríamos llamar “esperanza activa”: luchan y trabajan con todas sus fuerzas para cambiar, aunque sea un mínimo, las cosas a mejor no solo para ellos, si parar todos los que les rodean. Su fuerza no nace de la ambición o las ansias de poder, sino de la bondad y la amabilidad, de un deseo genuino de cuidar y proteger a aquellos que les importan. En definitiva, se trata de amar por encima de todo y a pesar de las dificultades, recordando que no hay nada más humano que ayudar y ser ayudado. Es recordar que si nos damos por vencidos porque todo parece demasiado oscuro, si dejamos de amar y de apoyarnos mutuamente, nada tendrá sentido.

Luffy y sus compañeros, los Piratas del Sombrero de Paja / ©Toei Animation

A pesar de lo que pueda parecer a simple vista, no se trata en absoluto de optimismo vacío. Por el contrario, el hopepunk no es, o no tiene por qué ser, luz y color. Los seres que habitan sus mundos son capaces de lo mejor, pero también de lo peor. Son capaces de ser buenos, amables y empáticos, pero eso no implica que sean seres puros, inocentes y perfectos. Lo que este movimiento propone es decir “no” ante la perspectiva nihilista que defiende que el ser humano es malo por naturaleza, pero tampoco defiende con optimismo ciego que seamos seres perfectos. Recuerda que cuando los personajes luchan se ensucian y, a veces, cometen errores. Pero, aún así, se levantan y siguen adelante.

Se trata de una esperanza activa que no nace del odio, sino del amor. De la preocupación y el deseo de cuidar a quienes nos rodean, de construir con el esfuerzo del día a día un mañana mejor para nosotros y para los demás. Ser amables por el simple hecho de que podemos serlo es hopepunk, mantenernos firmes en la creencia de que, en algún lugar del universo, existe aunque sea “un único átomo de justicia, una partícula de bondad” —como explicó Alexandra Rowland en su escrito— también lo es. Es sentir que no dejamos de darnos de cabezazos contra el muro, pero seguir adelante porque merece la pena.

Este es el aspecto del hopepunk que más se distancia del dualismo que caracteriza al noblebright. No hay héroes puros que luchan contra un mal que puede ser derrotado para siempre, porque nunca se va a poder alcanzar una utopía perfecta e inmutable. Puede que los personajes derroten al mal, pero este no desaparecerá de la faz de la tierra, amenazará con volver en algún momento. Entonces, ¿qué sentido tiene seguir luchando? La lucha se presenta como un fin en sí mismo. Los personajes encuentran sentido en perseverar bajo el convencimiento de que el peligro nunca desaparecerá del todo, pero que juntos podrán seguir buscando un futuro mejor.

En este punto, es interesante analizar las dos mitades que componen la palabra. Mientras que la parte “hope” del término pone la esperanza como motor principal de sus personajes, el subtítulo “punk” lleva implícito el ir a contracorriente, la rebeldía contra las injusticias del mundo y el sistema que las permite. Por ello, la quintaesencia del hopepunk podría explicarse de la siguiente manera: en un contexto que nos deshumaniza y nos quiere apáticos, que nos empuja a la indiferencia y a asumir como inevitables la crueldad y la desigualdad, la amabilidad, la bondad y el cuidarnos los unos a los otros son actos de rebeldía. Auténticos actos revolucionarios.

Imagen promocional de Final Fantasy IX / ©Square-Enix

El hopepunk nació con una marcada conciencia y un fuerte compromiso de denuncia social, ya que bebe de una filosofía estrechamente relacionada con el contexto social y político que nos rodea. Denunciar el fascismo es hopepunk; oponerse al imperialismo y al capitalismo salvaje, a la explotación laboral y a las grandes corporaciones, también lo es. Pero también lo es llorar, buscar el apoyo que necesitamos en los demás, al igual que dar apoyo a aquellos que lo necesitan. Es formar lazos y comunidad con quienes nos rodean. Amar a pesar de, y por encima de, las injusticias del mundo, sin que ello signifique que seamos débiles o blandos, porque amar, cuidar y preocuparnos de manera genuina por lo que nos rodea es la auténtica muestra de poder y fuerza.

Al buscar ejemplos de este tipo de narrativas anteriores uno de los ejemplos más citados es el de Sam y Frodo, de El señor de los anillos. Juntos avanzan paso a paso, apoyándose mutuamente mientras progresan en su misión hacía el Monte del Destino. En su camino se encuentran con dificultades inmensas, hasta el punto de parecer imposible que puedan alcanzar su meta final, pero se mantienen unidos, impulsándose el uno al otro.

Si volvemos la mirada hacia el manganime, podemos rastrear componentes hopepunk en obras muy populares. Igual el caso más claro es el de One Piece, en la cual Luffy y su tripulación combaten gobiernos corruptos sin renunciar a sus sueños, demostrando que la libertad puede defenderse desde la fraternidad y el entusiasmo.

También podemos encontrar otros ejemplos como el de Naruto. El mundo shinobi concibe a los guerreros como herramientas desechables en un sistema dominado por la guerra y el odio. Sin embargo, Naruto, sin ser perfecto —es impulsivo, testarudo, y muchas veces se frustra porque no es capaz de evitar que sus seres queridos sufran o mueran— siempre se mantiene fiel a su convicción de luchar por romper ese ciclo de odio. Por eso intenta salvar a Sasuke en lugar de derrotarlo sin más, y busca la redención de enemigos como Gaara, Nagato u Obito.

Naruto abrazando su propia oscuridad interior / ©Pierrot

Sōsō no Frieren, por su parte, nos muestra a un grupo de héroes —Frieren, Himmel, Heiter y Eisen— que logran derrotar al rey demonio no por su poder individual, sino gracias a su amistad, compañerismo y su trabajo en equipo. Además, Frieren no persigue la magia como fuente de poder, sino como algo especial que disfrutar, atesorar y compartir con los demás. En sus viajes, a menudo se detiene en pequeñas aldeas para ayudar a sus habitantes con algún encargo a cambio de lo mínimo para vivir y algún grimorio curioso.

En el ámbito de los videojuegos, títulos como Final Fantasy IX resuenan con este espíritu por su enfoque en la amistad, la identidad y el optimismo a pesar de la fatalidad. Obras como Hora de Aventuras, Steven Universe, sagas como Mundodisco, o videojuegos como Night in the Woods o Undertale contienen destellos de esta filosofía. Incluso en distopías como Los juegos del hambre, en la que el gesto de recoger flores en medio de la matanza, el cuidado mutuo entre Katniss y Peeta en un entorno desalmado, y el hecho de que la chispa de la revolución no nazca de la violencia, sino de la bondad.

Estos no son ejemplos cerrados, sino indicios de una etiqueta en expansión, una narrativa que reivindica la esperanza activa como forma de resistencia. En el fondo, el hopepunk propone abandonar el dualismo entre el bien y el mal para abrirse a una mirada más sutil e interesante. En lugar de enfocarse en si el vaso está medio vacío o medio lleno, ¿y si nos centramos en que lo que realmente importa es que hay agua, existe algo que merece la pena defender y por lo que luchar?

Quizá por eso, hoy más que nunca, el hopepunk sea necesario. Quizá por eso se le ha dado nombre a algo que hasta ese momento no lo había tenido, por al necesidad de encontrar un atisbo de esperanza en una sociedad tan imperfecta como la actual. De reivindicar y recordar que la ternura, la compasión o el amor son valores positivos y reales. De mantener la certeza de que, a pesar de lo malo que hay en el mundo, la bondad y la justicia nunca van a dejar de existir. Y por eso, para el hopepunk, con un único átomo de esperanza, un solo punto de luz en medio de la oscuridad, es más que suficiente para seguir resistiendo merezca la pena.

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