Hace escasos días, Mahiro Yasuhara, editor de revistas y profesor en la Nihon University en materia de arte, comentaba en un tuit su desagrado por la manera en la que se representa en el arte a la subcultura gyaru hoy en día. En una mal traducido publicación, no sabemos si con otras intenciones más allá o solamente por desconocimiento del idioma, se destacaba como el editor consideraba que las gyarus de hoy en día son demasiado listas y educadas para lo que lo eran hace unos años. Para ser más fieles al significado verdadero del tuit deberíamos saber que no se refería tanto a que fuesen menos inteligentes, sino que estas eran menos educadas o al menos tendían a romper más las normas y las convenciones sociales cometiendo incluso pequeños crímenes o ignorando las acusaciones de otras personas y esto era considerado parte esencial de la subcultura en sí.

Por supuesto, estas declaraciones levantaron ampollas, bastantes más incluso debido a las traducciones a mala fe. Pero si nos paramos a observar algo de la subcultura gyaru original y a la manera en la que se nos presentan a día de hoy en manga y anime, no podemos evitar ver claras diferencias y, a pesar de lo que pueda parecer a primera vista, no son físicas. Generalmente, y más si hemos crecido dentro del hobby alrededor de los 2000 o los 2010, al imaginarnos a una muchacha en estética gal nos imaginaremos moda extravagante, pelo decolorado, maquillaje exagerado y tonos de piel mucho más morenos que la media japonesa. A pesar de ser la iteración posiblemente más relevante dentro de la consciencia popular, lo cierto es que hay muchos más subestilos dentro de la corriente estética y esto se ve mucho más claro si nos dirigimos a revistas especializadas como la egg. Casi sin temor a equivocarnos, podríamos decir que el estilo más popular a día de hoy sería el kogal, donde la estética gyaru se mezcla con la moda de los uniformes escolares. Esto no quiere decir que el resto de estéticas estén muertas o en horas bajas, ya que si echamos un pequeño vistazo a las redes sociales y a cuentas del otro lado del mundo podemos ver que la estética gyaru en la que pensamos cuando cerramos los ojos sigue igual de viva. Tanto es así que incluso podemos encontrar en Japón trampas para turistas que prometen al ingenuo cliente un verdadero cambio de look al más puro estilo gal, cuando realmente lo que ofrecen es un pastiche de prendas baratas de Shein lo suficientemente convincentes para que queden bien en redes.

Desde aquí mismo podemos comenzar a tratar el germen del problema con las gyarus actuales, no es que estéticamente no luzcan como una subcultura auténtica, sino que se las ha separado de sus valores esenciales como subcultura en pos de generar una estética vacua y ser atractivas para un público masculino. Originalmente el pelo teñido y los tonos más morenos de piel, a juego con el maquillaje y la ropa llamativa, se usaban a modo de protesta con los cánones de belleza tradicionalmente impuestos a la mujer japonesa. Esa Yamato Nadeshiko de piel blanca y pelo negro liso que además tiene unas formas impecables y nunca habla por encima de nadie, dócil y tranquila. La cultura gyaru comenzó a querer romper con esa imagen y la forma más rápida y directa de hacerlo es a través de cómo nos presentamos físicamente a los demás. Desde luego, nuestra forma de vestir no presenta una correlación completa con nuestra personalidad o forma de actuar, pero es cierto que las subculturas basadas en moda tienen una ideología implícita con la que sus miembros tienden a comulgar. Al más puro estilo de los 90, no es que los góticos y heavies adoren necesariamente a Satán o sean personas endemoniadas como querían hacer creer los medios de comunicación, pero sí que se espera una posición ideológica antisistema, o al menos en contra de los prejuicios y valores morales más tradicionales. De esa misma manera, las gyarus querían romper con el estereotipo de mujer perfecta y dócil, apropiada y versada en las labores del hogar y el cuidado del marido. En una entrevista con la revista Sabukaru, Yasumasa Yonehara, el creador de la revista egg, nos habla de cómo el fenómeno gyaru acabó perdiendo fuelle una vez que se empezó a acomodar a los gustos del espectador masculino. Nos comenta cómo opina que la subcultura acabó perdiendo aquello que la hacía única en pos de resultar atractiva y que por mucho que visualmente se parezca, en esencia no lo es.
Si bien es cierto que estéticamente sí que hablaríamos de gals, muchos animes y mangas toman una dirección completamente opuesta en cuanto a la representación de sus personalidades. En primera instancia solemos tener a una muchacha vivaracha y extrovertida, pero que en función de las necesidades de la historia acaba volviéndose mucho más dócil o se pone de manera casi completa al servicio de su interés romántico. Hay ejemplos mejor y peor llevados, el caso de Marin Kitagawa creemos que ejemplifica de manera adecuada un equilibrio entre la personalidad llamativa de nuestra protagonista y su contraste con la de Gojo, pero muchas otras obras pierden por completo el equilibrio debido a la necesidad, en muchos casos inconsciente, de reforzar los roles de género.
Cuando pensamos en ideales tradicionales del heteropatriarcado, y sobre todo a los que se aspira desde los círculos incel, nos imaginamos a una esposa tradicional. Una mujer educada, recatada y tranquila cuyo objetivo principal en la vida es cuidar de su casa y su familia mientras su marido provee al hogar. No aseveramos que a día de hoy no haya hombres que no busquen esto mismo, pero las dinámicas actuales y los gustos han cambiado. Para empezar y pese a que este tipo de narrativas del hombre como individuo proveedor y protector del hogar se siguen promoviendo, muchos hombres en círculos machistas no son capaces de cumplir las expectativas que se imponen sobre ellos mismos. La precariedad salarial, el difícil acceso a la vivienda y sobre todo su predisposición a actuar como si las mujeres fuesen sus enemigos mortales ha llevado a muchos de estos jóvenes a alejarse de la figura de fortaleza masculina tradicional, por lo que es inverosímil que lleguen a cumplir los objetivos personales que supone tener de acompañante a una mujer tradicional. Los gustos estéticos también han cambiado y los jóvenes ya no crecieron con modelos tan tradicionales de mujer, sino con otros más alternativos y separados de los delantales, el pelo recogido y los vestidos largos. En Occidente hubo un acercamiento a la estética gótica, mientras que en Japón podríamos trazar un equivalente a la estética gyaru. No necesariamente en equivalencias físicas, pero sí en esa sexualización de mujeres pertenecientes a una subcultura que a ojos de la sociedad vemos con más independencia. La necesidad de convergencia de los ideales patriarcales en una mujer con una estética más modernizada es solo la evolución natural de un segmento machista de la población donde una versión más pudorosa de la mujer no causa ese mismo deseo sexual que podría causar hace años. Como es el caso de Amelia, la sensación de la derecha creada con IA y que mezcla un físico alternativo con unas ideas que no lo son tanto. Aquí podemos ver cómo desde el machismo no se busca necesariamente una apariencia de acuerdo a los valores tradicionales, sino que algo moderno llama la atención, unicamente no lo hace cuando esa apariencia tiene boca y les dice que son unos fascistas.

Pero es aquí donde entra en juego la necesidad de moldear la personalidad o los valores del objeto de nuestro deseo para que se correspondan a los ideales patriarcales. Ya que la cultura incel en general ha virado a la introversión es natural que el ideal de relación con una mujer sea uno donde el hombre actúa de manera inicial como objeto pasivo, donde se sienta deseado por alguien que sí que es capaz de dar el primer paso y tomar la iniciativa de guiarlos a un mundo previamente desconocido para ellos. Pero una vez asentado este primer acercamiento es necesario que la posición del hombre se vuelva a enaltecer para seguir acorde a los roles de género tradicionales. No necesariamente es la única, pero es seguramente una de las razones por al cual la figura de la gal se ha vuelto tan prominente estos últimos años en los círculos otaku.
Acaba representando el ideal equilibrado necesario de sexualidad y personalidad extrovertida para poder casar bien con una personalidad más introvertida, pero a la vez se le deben quitar todos aquellos valores originarios por los que se regía porque si no no entraría dentro de la fantasía de poder y control en la que el hombre debe estar por encima de la mujer. Hay un deseo y una búsqueda de mujeres con una personalidad lo suficientemente fuerte como para paliar la falta de la misma que tienen estos hombres, pero a la vez no se quiere perder el status quo y los beneficios que van con él. Estamos ante una generación de hombres machistas que no son capaces de llegar a los propios estándares que ellos mismos se marcan, pero ya que se les ha prometido una situación de poder y ventaja creen que el mundo debe reestructrarse a su antojo para adaptarse a su falta de iniciativa.
Por supuesto, y casi siendo algo prescindible, no necesariamente todas las obras nuevas caen en este saco, ni mucho menos todos aquellos que se identifiquen como hombres. Pero dentro del arte y de nuestros propios gustos debemos a veces hacer un acercamiento con un ojo crítico y valorar hasta que punto estamos perpetuando antiguos roles que se presentan con una imagen renovada para no oler a cerrado de primeras. También es importante reconocer los patrones y saber cuándo estamos ante una representación más mundana o ante una fantasía de poder. Sea como sea, no parece que la fiebre de las gals vaya a aminorar de marchas de momento.