Este artículo contiene destripes de la primera parte de Chainsaw Man.
Recientemente hemos podido presenciar en cines la adaptación animada del esperado Arco de Reze, donde MAPPA hace un increíble despliegue de medios que nos invita no solo a reflexionar sobre las condiciones laborales de sus trabajadores, sino también sobre los numerosos personajes femeninos que plagan la obra de Tatsuki Fujimoto. Si bien es cierto que la aparición de Reze es breve, también es intensa y debido a ello ha levantado numerosas ampollas dentro del propio fandom, a la vez que ha avivado los fuegos del debate sobre la integridad; autonomía, o falta de ella, y la sexualidad del resto del elenco femenino.
Cierto es también que hacer un análisis aislado de la esencia de los personajes femeninos es fútil, principalmente porque los elementos de la obra, así como los de la vida misma, interactúan entre ellos de manera muchas veces inseparable. No existiría el machismo o la discriminación en base al género si hubiésemos logrado una completa difusión del concepto de género, pero la figura de la mujer en su entorno está en muchas ocasiones supeditada a aquella del hombre e incluso a las circunstancias que definen nuestro mundo y sociedad como las que son. Dicho esto, resultaría entonces infructífero intentar definir o resaltar las cualidades que hacen de las mujeres de Chainsaw Man unos personajes propios y destacables sin compararlas con los hombres con los que interactúan, principalmente Denji, o incluso con sus circunstancias. Dicho lo cual, procedemos a adentrarnos en la mente del variopinto elenco de Fujimoto.

En el primer arco, en el cual basaremos principalmente este artículo, podemos elaborar una breve lista de personajes femeninos importantes dentro de la obra. Por nombrarlos: Makima, Power, Himeno, Kobeni, Reze y Quanxi. Posiblemente mencionar que cada una cuenta con personalidades distintivas no nos ofrezca demasiado de donde partir o incluso sea una base muy endeble desde la que formar un discurso. Pero si nos adentramos un poco en la psique de cada una podemos percibir cómo afrontan la vida y los rasgos que definen el cómo son. En ocasiones los personajes femeninos se ven desdibujados a una masa uniforme y socialmente aceptable de feminidad. Una vez que echas un vistazo más allá del primer arquetipo definitorio que les hace las veces de personalidad y otras de publicidad sencilla a la hora de encajarlas en los gustos concretos de unos consumidores, no queda nada que nos diga qué o cómo son. Pero aquí podemos observar que cada una de ellas tiene rasgos que de primeras nos pueden resultar desagradables o negativos. La propia villanicidad de Makima o la impulsividad de Power y Himeno en algunos aspectos. También la humana cobardía de Kobeni. Nos puede resultar obvio, pero en una sociedad donde a las mujeres de carne y hueso no se les permite mostrar rasgos humanamente «inaceptables» es incluso más común que a las representaciones ficticias de las mismas no se les vaya a permitir tampoco.
Tomemos también por ejemplo su acercamiento a la sexualidad, quitándonos primero de encima la sexualización percibida por aquel que se acerca a al obra. Los casos en los que podríamos estar hablando de una mirada sexual más flagrante no se suelen dar ni siquiera desde la perspectiva directa del lector. Esto quiere decir que aquello que percibimos en ellas como indudablemente sexualizado y desde una mirada erótica suele ser a través de la perspectiva de otros. Poniendo ejemplos concretos, el famoso display a color de Reze y Makima en ropa interior no es sino una visión desde la propia fantasía de Denji y su idealización y deseo por las mismas. Hasta el punto de que ciertas partes de sus cuerpos se encuentran mucho más exageradas que en otras escenas, haciendo evidente que todo gira en torno a la perspectiva algo más picante de Denji en ese momento. Mientras que en otros momentos en los que las vemos representadas sin esa lente podemos ver una perspectiva mucho más normal y corriente. Por ejemplo la cita con Makima o incluso la escena donde Reze se desnuda para entrar a la piscina. En este aspecto, Chainsaw Man se nos asemeja a Monogatari, donde la perspectiva que Araragi tiene de los personajes femeninos cambia a cómo nosotros como espectadores percibimos a las protagonistas. Exagerando escenas en pos de mostrarnos cómo lo ve el protagonista o incluso alargando encuentros que en realidad fueron mucho más simples. Pero que dentro de la obra son así porque el protagonista los vive con mucha más intensidad debido al atractivo sexual que les ve.
La desnudez en Chainsaw Man solo se muestra como algo pornográfico cuando es a través de los ojos de Denji. Volviendo a la escena de Reze en la piscina, podríamos aseverar que el mero hecho de que esté desnuda implica que hay una erotización de por medio, pero la escena no nos demuestra lo mismo ya que no tiene ninguna implicación más allá ni estamos presenciándola desde un encuadre pornográfico. Lo que más nos puede acercar a ello es el mismo Denji proyectando su propio deseo sexual en Reze, así como lo hace en otras ocasiones con Makima o Himeno. Pero tachar escenas como la de la piscina o aquellas en las que la vemos semidesnuda por estar convertida, al igual que pasa con Quanxi, implicaría que no podemos separar el cuerpo femenino del mismo deseo. El cuerpo desnudo de una mujer no es inherentemente sexual, debido a que el deseo mismo se sitúa en aquel que presencia y en este caso tampoco estamos hablando de una incitación expresa o una búsqueda del mismo, ya que, como hemos observado antes, los encuadres resultan corrientes y molientes.

Las mismas deciden también desarrollar aspectos de su sexualidad de acuerdo a sus respectivas personalidades. En el caso de Quanxi, obedece más a una naturaleza y a un disfrute personal, al igual que a un desarrollo de su misma sexualidad como mujer lesbiana y que nace del amor a sus novias. El caso de Makima contrasta mucho con el de Power, la primera utiliza su sexualidad como un arma con la poder controlar a Denji, siendo plenamente consciente de lo que hace y cómo lo hace, mientras que la segunda es menos consciente de ello y acaba siendo un poco atrapada por la corriente de la irrefrenable libido de Denji. Makima lo seduce de manera explícita para mantenerlo a raya, pero Power en su caso no es plenamente consciente de cómo los demás la perciben. Posiblemente debido a que es originalmente un demonio que hizo de su refugio el cadáver de una muchacha abandonado en las montañas. Por su parte, Himeno utiliza su propia sexualidad como una especie de escape para huir del sentirse sola y de la culpa que carga sobre sus hombros. Podríamos asemejarla bastante a Denji ya que los dos utilizan la intimidad como una manera de recibir el cariño o el amor que les falta. Sea cual sea la manera que tienen de exteriorizarlo, podemos ver la forma que esta toma sin que necesariamente sea desde una mirada cosificadora o pornográfica, sino más bien como el resultado de la agencia que ellas mismas poseen dentro de la historia.
Cerrando ya el pequeño repaso al deseo, a este en el caso de las mujeres siempre se le ha visto como una cualidad prohibitiva o solo adecuada cuando se reniega de él o se limita a ponerse a disposición de los deseos del hombre. Esto mismo sucedía ya en la época en la que D.H. Lawrence publicó El amante de lady Chatterley y el discurso vuelve a repetirse ahora. Nos cuesta imaginarnos que cualquier mujer pueda estar utilizando el deseo en beneficio propio, sea para lograr otro fin o simplemente con el placer como objetivo cumbre. Por eso mismo tendemos a presuponer que las exposiciones que hace el autor son siempre en pos del disfrute sexualizador y la mirada voyerista de un lector machista, más que valorar que puede existir fuera de los límites de una concepción masculina.
Reze y Makima también son normalmente tachadas de femme fatale y pese a que acabamos de ponerle fin al tema del deseo, inevitablemente debemos hablar de él de manera tangencial para tratar esto. El arquetipo de la mujer fatal define y encuadra a aquellas mujeres que utilizan sus artes de seducción para engatusar a aquellos a su alrededor, generalmente hombres, para lograr sus objetivos. Previamente al uso de este término existía la denominación de Circe, con alusiones mucho más clásicas y demostrándonos que no ha sido algo que haya surgido de manera aislada en un periodo concreto, sino que es una denominación que se ha transformado con los años pero que en esencia nos sigue mostrando la misma realidad machista. Uno podría señalar a ciertos personajes como construidos alrededor del arquetipo y no se equivocaría, puesto que es bastante común encontrarnos ejemplos de este mal gusto en obras con poco tacto a la hora de hablar de sus integrantes femeninas. Sin embargo, la fatalidad de estas mujeres no se encuentra tanto intrínsecamente dentro de sus personajes como fuera de ellos.
Elisenda Julibert nos describe muy acertadamente dentro de su obra Hombres fatales. Metamorfosis del deseo en la literatura y el cine varias instancias del encasillamiento de ciertos personajes como femme fatale. En estos podemos observar como aquellas mujeres a las que se les asigna este papel son consideradas objetos mismos del deseo y cómo esta atracción sumada a sus acciones lleva a inocentes hombres a su perdición. Sin embargo, el deseo y la atracción no son algo que se encuentre de manera aislada en un único sujeto, sino que requieren de un ente observador para poder manifestarse. E incluso aún así, siguen sin ser características que emanen del propio objeto de deseo. Un ejemplo literario muy claro de esto mismo nos llega de la hábil mano de Nabokov, con Lolita. La pequeña Dolores por sí misma no emana ni produce ninguna esencia de deseo, esto es algo que crece desde el interior del propio Humbert Humbert, quien la considera el objeto de su deseo y decide desplazarlo a su persona para eliminar la culpa y su propia agencia como un hombre adulto en plenas facultades. Al igual que si estamos enfadados somos los dueños de nuestra ira, si deseamos algo o a alguien somo nosotros los dueños de ese deseo. La existencia de la femme fatale es solo una manera de expiar nuestra conciencia desplazando el deseo a un sujeto distinto a nosotros mismos. No podemos ser culpables de algo que aparentemente se encuentra fuera de nuestro alcance y que nace de un ser ajeno, por eso mismo la culpable de estos pensamientos anhelantes acaba siendo la mujer. Reze más que una perdición acaba siendo el espejo donde Denji refleja su propio deseo, podemos culparla de ello si así lo queremos, pero no cambiaría el hecho de que ese deseo proviene del mismo Denji, o incluso del lector.
Lo mismo sucede de cierta forma con Makima, decidimos de manera deliberada atribuirle la culpa del deseo que Denji siente como muchacho que no ha sentido nunca cariño en su vida para volver a la misma Makima un ente especialmente malvado. Ahora su posición de villana toma un cariz sexual, cuando su estuviésemos hablando de un hombre posiblemente no añadiríamos esta característica o simplemente no le daríamos importancia. Esto no quiere decir que Makima no use su atractivo como un arma de manipulación, de hecho lo hemos ya comentado más arriba, sino que no debemos dejar que esta sea una cualidad definitoria de todo su desarrollo moral. Utilizando el término femme fatale con unos personajes complejos y desarrollados solo estamos reduciendo todo su desarrollo y supeditándolo otra vez a un personaje masculino, estamos poniendo el foco en unos encuentros algo más sexuales que no forman ni una pequeña parte de todo lo que es el personaje. Un análisis del estilo resultaría hasta simplista y acabaría enseñando más las costuras de nuestra posición sobre feminismo que cualquier otra ideología que pudiese proyectar el autor en su propia obra.
Así pues, en Chainsaw Man podemos encontrar un elenco femenino rico en variedad y en desarrollo. No debemos dejarnos llevar por un análisis simplista de la misma y también tenemos que valorar que si queremos que los personajes femeninos se desarrollen y expandan necesitamos dejar de medirlas con la vara de nuestra moralidad como seres humanos. Constreñir a los personajes femeninos a unos estereotipos muy delimitados de perfección moral también es una forma de limitar aquello que pensamos que las mujeres reales pueden o deben hacer.
