Kimetsu no Yaiba y, en especial, su adaptación al anime de la mano de Ufotable se ha convertido durante los últimos años en una de los obras más populares y reconocidas dentro de la escena del manganime.
Su historia, con la lucha de Tanjirō y el resto de cazadores de demonios por acabar con el villano principal, Kibutsuji Muzan, es claramente fantástica. Sin embargo, su trasfondo se ambienta en un periodo muy concreto de la historia de Japón ocurrido hace poco más de un siglo. Una etapa llena de claroscuros y contrastes, moldeada por los cambios políticos, sociales y culturales que marcaron la evolución del Japón moderno. En este artículo, veremos todo lo que una obra como es Kimetsu no Yaiba puede enseñarnos sobre el pasado reciente del país del sol naciente.
El concepto de “era” en Japón
Un elemento bastante característico de la historia del país nipón es el concepto de gengō o nengō —se suele traducir como “nombre de era” o “nombre de época”—. Este sistema, cuyo uso registrado se remonta al emperador Kōtoku en el siglo VIII, sirve para dividir el reinado de cada uno de los emperadores que se han ido sucediendo en el Trono del Crisantemo. Cada era recibe un título oficial formado por caracteres extraídos de algún texto clásico chino o japonés, y que busca describir el espíritu que tendrá el futuro reinado. Una vez mueren, los emperadores pasan a ser llamados por el nombre de su época.

Japón adoptó oficialmente el calendario gregoriano desde 1873, pero la enorme importancia política, ceremonial y social del emperador (tennō) en esa época hizo que se mantuviera la tradicional división por eras, costumbre que sigue en la actualidad. De este modo, el año 2025 también es el año 7 de la era Reiwa, ya que coincide con el séptimo año de reinado del actual emperador.
Hay que decir que la eficacia de este sistema es cuestionable desde el punto de visto histórico. Para empezar, porque reduce periodos muy complejos a un simple cambio dinástico. Por un lado, el paso de un monarca a otro no tiene por qué conllevar un cambio político o social importante —en especial desde mediados de siglo XX hasta la actualidad, cuando la función de la casa imperial pasó a ser simbólica y ceremonial—. Además, fijarnos únicamente en el paso de un monarca a otro puede hacernos perder el foco sobre momentos determinantes que ocurren en medio de un reinado —como es el caso de la era Shōwa, que en los años 40 experimentó la transformación de Japón de una dictadura militarista a una democracia—, por no hablar de procesos más a largo plazo como los cambios económicos y sociales.

Por todo esto, podríamos decir que, más que ser una herramienta útil con la que medir el paso del tiempo, la división por eras ha cumplido la función de legitimar y reforzar la autoridad imperial. Aun así, el sistema sigue teniendo bastante aceptación dentro de Japón y no es extraño encontrarlo en todo tipo de documentos, especialmente en los oficiales.
Desde la entrada de Japón a la modernidad en el siglo XIX, el país ha atravesado cinco eras, cada una protagonizada por su respectivo emperador:
- Era Meiji (regla iluminada): 1868 – 1912
- Era Taishō (gran rectitud): 1912 – 1926
- Era Shōwa (paz ilustrada): 1926 – 1989
- Era Heisei (paz en todos lados): 1989 – 2019
- Era Reiwa (hermosa armonía): 2019 – actualidad
¿En qué época se ambienta Kimetsu no Yaiba?
Sabemos que Kimetsu no Yaiba se ambienta en la era Taishō. Esta información nos la da el anime, el cual junto antes de terminar un capítulo, siempre nos cuenta alguna curiosidad sobre los personajes en una sección que directamente se titula “secretos de la era Taishō”.

Este fue un periodo que coincide con los catorce años de reinado del emperador Yoshihito, entre 1912 y 1926. Esta información está confirmada y ya nos ofrece una perspectiva bastante concreta. Sin embargo, la trama nos da una serie de datos que nos permiten estrechar la horquilla, por lo que en Futoi Karasu hemos sacado la calculadora para intentar afinar en qué año pudo haber ocurrido todo.
La clave la da el “demonio de las manos”, quien fue capturado por Urokodaki durante el periodo Keiō y que acecha desde entonces en la montaña donde se celebra la Selección Final. Cuando el demonio pregunta a Tanjirō en qué año de la era Meiji se encuentran, monta en cólera al descubrir que Japón ha cambiado de nuevo de era mientras él seguía ahí encerrado, tras lo que asegura llevar 47 años encerrado en aquella montaña.

La era Keiō duró solamente tres años, entre 1865 y 1867. Si le sumamos 47 años, eso nos indica que la Selección Final pudo haber ocurrido entre 1912 y 1915. Además, Tanjirō pasa dos años entrenando con Urokodaki para pasar la prueba, por lo que la historia habría empezado entre 1910 y 1913. Es decir, justo en los años de transición entre las épocas Taishō y Meiji.
Un periodo lleno de cambios y contradicciones
La era Meiji fue una etapa que, con sus claroscuros y particularidades, marcó la evolución del Japón moderno. Durante los cuarenta y cinco años que duró el reinado del emperador Mutsuhito, el país pasó del aislamiento feudal a convertirse en una potencia industrializada, moderna y abiertamente expansionista, lo que convirtió a Japón en una de las principales potencias en Asia Oriental desde el punto de vista económico y militar.
El emperador Meiji no solo se convirtió en la cara visible de todos estos cambios y reformas, sino que la Constitución de 1886 lo convirtió en una figura suprema, divinizada e inviolable que además era el símbolo de la unidad nacional. Su muerte en 1912 dejó un vacío difícil de rellenar en el sentimiento nacionalista japonés, lo que se acentuó cuando todo el mundo comprobó que su hijo, el príncipe Yoshihito y futuro emperador Taishō, no había heredado ni el carisma ni la personalidad pragmática y decidida de su padre.

El emperador Taishō era un hombre retraído y enfermizo. Una meningitis al poco de nacer le dejó serios problemas neurológicos y de salud que arrastró durante toda su vida, hasta que en 1926 murió de un infarto a los 47 años. En aquella época era impensable que un monarca renunciara al trono, pero para su muerte ya hacía años que se había retirado de la vida pública para abandonar todas sus funciones oficiales en manos de su hijo, el príncipe Hirohito, que actuaba desde 1921 como regente imperial.
La fragilidad del emperador dejó al aire todas las costuras del sistema imperial, lo que provocó un vacío de poder en la cúspide del Estado que fue aprovechado por personajes influyentes y figuras desde las sombras para aumentar su influencia. Al mismo tiempo, la falta de una autoridad fuerte aceleró la llegada de un importante cambio político hacia un modelo más liberal, parlamentario y democrático. Hasta esta época, las personas escogidas para dirigir el gobierno eran aristócratas y militares, designados según los intereses de las élites. Pero en esos años los partidos políticos se consolidaron y presionaron hasta que, en 1918, consiguieron que los gobiernos pasaran a estar formados por miembros del partido más votado en el Parlamento.

Esto, junto con aumento del número de votantes hasta que en 1925 se consiguió el sufragio universal —eso sí, únicamente masculino—, dio comienzo a una etapa conocida como “Democracia Taishō”. Sin embargo, aunque sí se consiguieron avances, el sistema seguía teniendo muchas carencias y contradicciones, por no hablar de que colectivos como el naciente movimiento feminista, el socialismo o el anarquismo —del que hemos hablado en otro artículo— no solo siguieron sin tener representación, sino que la represión del Estado contra estos grupos se volvió más severa y brutal.
Aparte de esto, el gran acontecimiento de esta época fue el Gran Terremoto de Kantō, un seísmo de 8,2 grados que dejó en ruinas casi toda el área de Tokio, causando unos 100.000 muertos, 500.000 heridos y la destrucción de cerca de 700.000 edificios.
El desarrollo del ferrocarril y el tren infinito
Japón experimentó un enorme desarrollo en las redes de comunicación durante las eras Meiji y Taishō. Entre todos los avances tecnológicos que llegaron durante esas décadas, el ferrocarril se convirtió en uno de los grandes símbolos de la modernización que estaba atravesando el país.

La primera línea ferroviaria se inauguró en 1872. Para el momento en que se ambienta Kimetsu no Yaiba, la red de ferrocarriles japonesa se encontraba en plena expansión, razón por la que todo un arco de la obra, el del Tren Infinito (mugen ressha), tiene como punto central un viaje en tren perturbado por la presencia de un demonio.
La locomotora de la trama está inspirada por un modelo real, el Clase 8620, fabricado entre 1914 y 1929. Este es uno de los modelos más famosos y suele usarse para representar el desarrollo tecnológico durante la era Taishō. Como curiosidad, el título del arco proviene de los caracteres 無窮 (mugen, “infinito”) que la locomotora lleva escritos en su parte frontal. Poner nombres a este tipo de vehículos era algo que no se hacía realmente, es un recurso narrativo que encierra un guiño a la costumbre de colocar un letrero con el número de serie o modelo en la delantera del tren.

Además, cuando Tanjirō se queda maravillado al ver el tren por primera vez, Inosuke llega aún más lejos y lo confunde con una bestia, mientras que Zenitsu se burla de ellos por su ignorancia. Este momento, claramente exagerado, es una referencia al desequilibrio tecnológico que existía entre el campo y la ciudad dentro de Japón, algo que volvemos a ver en el siguiente punto.
El Tokio moderno
Tanjirō visita la ciudad de Tokio en tres ocasiones. Como la última de ellas todavía no ha aparecido en el anime, hoy nos detendremos en las dos que sí se encuentran animadas.
La primera vez que el protagonista llega a la capital lo hace respondiendo a un llamado de emergencia en el distrito de Asakusa. Este era el principal núcleo de entretenimiento de la capital a principios del siglo XX, aunque actualmente ha perdido parte de su importancia pasada. En aquel momento, sus calles estaban siempre repletas de luz, color, puestos de comida, casas de té y, sobre todo, locales de teatro, que eran la especialidad del barrio.

Tanjirō nació en un pequeño pueblo de montaña, muy lejos de todo el ambiente urbano, por lo que no es de extrañar que, tras llegar y ver de golpe avances como el tranvía (Toden), coches, la luz eléctrica o tanta acumulación de gente quede tan confuso que hasta sufra un mareo.
Durante esta época las ciudades japonesas experimentaron un enorme desarrollo, siguiendo la estela de modernización que había empezado en el periodo Meiji. Este proceso vino acompañado de la llegada de tecnologías como la electricidad, el telégrafo, el teléfono o nuevos medios de transporte. Al mismo tiempo, la cultura occidental se puso de moda entre los urbanitas japoneses por medio del cine, la música o deportes como el béisbol.

La situación en el mundo rural era totalmente diferente, ya que hasta allí las nuevas tecnologías tardaron mucho en llegar. El estilo de vida en el campo cambió muy poco desde la época feudal, manteniéndose por lo general las costumbres tradicionales. Así, la brecha entre lo rural y lo urbano se fue haciendo cada vez más grande, de ahí el comportamiento de Tanjirō al descubrir por primera vez la ciudad.
El distrito de Yoshiwara
En otro arco narrativo, Tanjirō, Zenitsu e Inosuke acompañan a uno de los pilares, Tengen Uzui, durante una misión en el distrito de Yoshiwara. Aunque suene sórdido, este era el lugar donde se ubicaba el distrito rojo, es decir, el punto donde se concentraba la prostitución de todo Tokio.

El barrio —que también aparece en otras obras como Ōoku, de la que hablamos hace tiempo en un artículo— fue fundado en el siglo XVII por las autoridades del shogunato Tokugawa para centralizar en único lugar todo el negocio de la prostitución de la capital. En teoría, esta fue prohibida por las autoridades en 1908, pero siguió siendo legal en distritos con licencia gubernamental llamados yūkaku, como es el caso de Yoshiwara.
Por medio de la representación de este espacio, Kimetsu no Yaiba intenta romper con la romantización que aún a día de hoy existe en torno a sitios como este, donde el aparente lujo, las coloridas prendas y el maquillaje solo eran una cortina detrás de la cual subyacía un contexto de trata de personas y violencia contra las mujeres absolutamente aberrante.

La mayor parte de las mujeres comenzaban como cortesanas cuando todavía eran unas niñas. La mayoría provenían de familias pobres que las vendían a los burdeles (girō), casas dirigidas por mujeres que conocían bien el negocio, muchas veces por haberse dedicado a él en su juventud. Una vez dentro se les daba comida, alojamiento y se las adiestraba en destrezas como el canto, el baile, la música y la etiqueta, ya que además de las cuestiones sexuales se esperaba que entretuvieran a los clientes por medio del espectáculo. Todo esto generaba una inmensa deuda que las cortesanas tenían que pagar en su totalidad para quedar libres, por lo que la mayoría se veían arrastradas a este mundo por el resto de sus vidas.

Dentro de los burdeles existía una compleja jerarquía de cortesanas. Las más hermosas y populares alcanzaban el rango de oiran, que en Kimetsu no Yaiba es el puesto ocupado por Daki, el demonio que se ocultaba en una de las casas y que, junto a su hermano, es la principal antagonista del arco. Los servicios de las oiran eran caros y exclusivos, por lo que solamente atendían a clientes de clase alta y algunas de ellas llegaron a tener mucha fama tanto dentro como fuera de Yoshiwara, pero el estatus que llegaron a alcanzar estas cortesanas solo era la excepción que tapaba la crueldad y la precariedad en la que vivían la inmensa mayoría restante.

El barrio de Yoshiwara sufrió un gran incendio en 1913 —a quienes conozcan la historia de Kimetsu no Yaiba puede que esto les suene— que lo redujo a cenizas casi por completo, tras lo que nunca recuperó la importancia que había tenido anteriormente.
Detalles sobre la forma de vestir
Para terminar, vamos a repasar algunos elementos curiosos sobre el estilo a la hora de vestir de los personajes de Kimetsu no Yaiba.
En primer lugar, Tanjirō y sus compañeros tienen que esconder sus katanas cuando visitan algún núcleo urbano para evitar tener problemas con las autoridades. El derecho a llevar armas encima, que había sido un privilegio exclusivo de la casta samurái durante siglos, fue prohibido en 1876. Desde ese momento, los únicos que podían ir armados en público eran los miembros del Ejército, por lo que para la era Taishō el ver por la calle a un cazador de demonios con su katana encima no solo era llamativo y anacrónico, sino también bastante sospechoso.

Por otro lado, el uniforme de los cazadores de demonios parece estar inspirado por el gakuran, el uniforme escolar masculino típico durante esos años. Con su chaqueta oscura, cuello alto y botones metálicos recordaba mucho a un uniforme del Ejército Imperial Japonés, lo que era un reflejo de la militarización de la educación y el gran peso social de las fuerzas armadas japonesas en aquella época.
Este uniforme es combinado por muchos protagonistas con un haori, una prenda tradicional japonesa. Este es uno de los elementos más llamativos de la vestimenta de los cazadores de demonios, ya que cada personaje principal lleva un haori único, personalizado con patrones y colores llamativos que suelen representar algún rasgo de su personalidad.

La combinación de un uniforme moderno como una prenda tradicional es una muestra más de los contrastes de una época marcada por la transición de Japón hacia la modernidad, donde era habitual encontrar por la calle a gente vestida tanto a la manera tradicional como siguiendo la última moda de Occidente. Entre estos últimos surgió la subcultura de los mo-bo y las mo-ga, hombres y mujeres que seguían de lleno todas las tendencias estéticas y de estilo de vida occidentales. En algunos casos, incluso se produjo una fusión entre ambos estilos. Es el caso del Taishō roman (romanticismo Taishō), corriente que se manifestó en lugares como el arte, la literatura y la moda, ámbitos en los cuales se produjo la combinación de prendas occidentales como sombreros de ala ancha junto con otras tradicionales japonesas kimonos o haori, que a su vez fueron renovadas con estampados y colores influidos por las tendencias estéticas de Europa.

Como podemos ver, Kimetsu no Yaiba utiliza la era Taishō no solo como un simple escenario en el que ambientar su historia, sino que, a través de la narrativa y la estética de un momento muy concreto del pasado, la obra captura la esencia de una época llena de contrastes entre la tradición y la incipiente modernidad. Un mundo tan fascinante como peligroso, perfecto para ubicar la tensa batalla de los protagonistas contra los demonios.