Donkey Kong Bananza: oro parece, plátano es

El lanzamiento de la Nintendo Switch 2 no ha dejado a nadie indiferente, ya sea por la más que cuestionable estrategia de precios adoptada por Nintendo o la pandemia de las tarjetas llave de juego, entre muchas otras cuestiones. No obstante y sin ánimo de hacer menos de los muchos debates que actualmente rodean a la híbrida, ya que es siempre nuestra prerrogativa como consumidores pedir que se nos provea de un trato mejor, lo verdaderamente importante a la hora de hablar de una consola son los propios videojuegos. Así, el primer par de meses de esta nueva generación ha traído consigo una buena dosis de relanzamientos, propuestas cortesía de las empresas third party y, como no podía ser de otra manera, títulos exclusivos que demuestran las nuevas capacidades del dispositivo.

Mario Kart World era, en cierto modo, la apuesta segura. Nadie se planteaba que esta entrega de conducción no fuera a ser un éxito asegurado, pues la saga es mundialmente conocida desde hace décadas y la diversión en cooperativo lo hace una adición imprescindible al catálogo de todos. Por su parte, Donkey Kong Bananza es una rara avis. Cabría esperar que el golpe sobre la mesa deseado por la compañía en cuanto a aventuras para un jugador fuese protagonizado por Mario, Link o incluso Kirby. Sin embargo, siguiendo una táctica semejante a lo ocurrido en la GameCube con Luigi’s Mansion, Nintendo ha decidido sacar a la palestra al primate que lleva acompañándola desde sus inicios como desarrolladora de videojuegos —técnicamente, la franquicia Super Mario es un spinoff del arcade de 1981—. Donkey Kong ha vuelto y demuestra una salud tal que cualquiera lo confundiría como la auténtica cara visible de la Gran N.

Sin ser una narrativa digna de premio, la relación entre DK y Pauline está siempre en primera plana y marca el compás de los mejores momentos de Bananza. / ©Nintendo

De la mano de Nintendo EPD Production Group No. 8, que os sonará más como «el equipo de los Super Mario en 3D», no es ningún tipo de sorpresa que Bananza se ha creado como una continuación a nivel de estructura y gameplay de Super Mario Odyssey. Que el fontanero no haga acto de presencia no obsta que podamos sentir su ADN en la fluidez del movimiento, en la interfaz, en su sistema de personalización —con el añadido de que ahora nos provee de diversos perks— e incluso en la propia historia que se nos cuenta a lo largo de la campaña. Nuestra compañera en el viaje hacia el centro del planeta no es nada más y nada menos que Pauline, con la que hace ocho años nos reencontramos como alcaldesa de New Donk City, solo que ahora es una niña de unos trece años que se ha perdido y ansía regresar a su hogar. La amistad que se desarrolla entre DK y ella semeja, como muchos han apuntado, la relación de Sully y Boo de Monstruos, S.A. o Ralph y Vanellope, de ¡Rompe Ralph!, aunque quizás sería más acertado afirmar que la dirección artística artística del universo de Mario va acercándose al ideal de adaptar al 3D ilustraciones como la portada de Super Mario Bros. 3. La expresividad de todos los personajes de Bananza es apabullante y muestra de un nivel de mimo y cariño que solo cabría esperar de este estudio.

Una desventaja de seguir a pie puntillas una fórmula preestablecida es que hay una serie de expectativas, a menudo injustas, que alcanzar para ser considerada una obra «a la altura» de sus predecesoras. Bananza no se achanta y evoluciona con una naturalidad asombrosa lo planteado en Odyssey, llegando incluso a afrontar algunas de las críticas esgrimidas contra la entrega. Con los años, se ha llegado a decir que el título de 2017 tenía «demasiadas» lunas —basadas, además, en un reciclaje constante de desafíos muy básicos— y que estas diluían el sentido de satisfacción asociado a superar cada desafío. Cualquiera se podría imaginar, a la vista de los centenares de coleccionables a los que dar caza en esta nueva aventura, que no ha cambiado nada desde entonces, pero nada más lejos de la realidad. El contenido de Bananza está distribuido de una forma mucho más inteligente, fluida y que respeta mejor la habilidad de sus jugadores, pues superar los obstáculos más complejos suele conducir a plátanos —llamados «gemas de banandio» por el título—, mientras que la astucia y la capacidad de observación al explorar normalmente se asocian a los fósiles de cada nivel. Tiene un ritmo tan adictivo que es de esos videojuegos en los que quince minutos de partida se pueden convertir fácilmente en un par de horas.

Otra novedad un tanto chocante es que todos los objetos a coleccionar son totalmente opcionales, incluidos los plátanos, que están asociados a un sistema de mejoras para desbloquear técnicas y perfeccionar las ya aprendidas. Que el reclamo principal de la exploración no esté vinculado con el progreso principal puede parecer a priori una mala idea, sin embargo, contribuye en gran medida a restar la sensación de decepción que a veces infundía Odyssey al colocar lunas en lugares totalmente obvios. Ahora no son llaves para abrir el camino principal, sino un recurso más. En este sentido, ya no recuerdan tanto a las semillas de kolog de The Legend of Zelda: Breath of the Wild —que técnicamente son un recurso, pero pierden su valor como tal muy rápidamente—, sino más bien a los orbes espirituales que podíamos encontrar al final de cada santuario y servían para mejorar nuestra salud y resistencia.

Algunos desafíos pueden antojarse repetitivos, pero no alcanzan el nivel de fatiga presente en Odyssey y siempre tratan de iterar sobre sus propias ideas de una forma más interesante. / ©Nintendo

Muchos recordaréis que, en 2021, se lanzó una versión mejorada de Super Mario 3D World que traía como acompañamiento Bowser’s Fury, una pequeña campaña que experimentaba con la idea de crear un único mundo abierto en el cual, para empezar un nivel, tan solo hacía falta dirigirse hacia él sin necesidad de pantallas de carga. Se llegó a decir que aquella podría ser una muestra del futuro de la saga y, salvando las distancias en términos de franquicias, Bananza ha venido a implementar tales ideas con una destreza admirable, gracias a la estructura capitular de sus niveles. Cada mundo o «estrato» tiene distintas capas que se solapan, lo que no solo incentiva una exploración más matizada y centrada en la verticalidad, sino que da cabida a un espacio jugable amplio en el que integrar con mayor éxito los propios desafíos de plataformas, sin necesidad de acudir a salas aisladas. Estas, sin embargo, siguen existiendo como aderezos breves a la experiencia principal y presentan una exploración de las mecánicas tan sublime como siempre. Es notable la diferencia de que ya no es posible encontrarse coleccionables secundarios en estas zonas —como sí ocurría con las monedas moradas de Odyssey, lo cual hacía tedioso conseguir el 100% de objetivos—.

Sin embargo, sería poco diligente definir únicamente a Bananza por sus contrastes respecto de la saga del fontanero —aunque las comparaciones sean inevitables—, pues lo que verdaderamente lo coronan como un clásico moderno son sus propias ideas, basadas en un único concepto nuclear: la destrucción. A base de mamporros, DK puede abrirse paso no solo entre oleadas de enemigos, sino también atravesando el propio escenario, volviendo sobre el ideal de libertad que con tanta vehemencia ha guiado algunos de los últimos lanzamientos de la desarrolladora. Es, en cierto modo, una unión entre la interactividad de títulos como Splatoon y las físicas que nos encontramos en, por ejemplo, Red Faction Guerrilla. La Gran N es conocida por partir de una idea muy básica a la hora de diseñar sus juegos y desarrollarla hasta alcanzar un nivel enfermizo de finura y, en lo que a esta entrega respecta, lo cierto es que los efectos de sonido, la vibración y la respuesta visual hacen de estos golpetazos una delicia para los sentidos. La presencia de nuestro protagonista en su mundo está totalmente marcada por la forma en que el terreno se derrumba ante cualquier acción, incluso a través de pequeñas variaciones que dependen de la fuerza del impacto y aportan un sorprendente grado de realismo.

El mapa en 3D presenta caídas de fotogramas, sin embargo, tiene el detalle de que registra en tiempo real los estragos que causas en el entorno. / ©Nintendo

Muchos nos temíamos que la indemnidad del diseño de niveles se diluiría ante la posibilidad de arrasar con todo sin ton ni son y, aunque sí es cierto que nos toparemos a menudo con plátanos de forma accidental y tomando atajos inesperados, el título incentiva una suerte de «caos controlado» basado en las pistas del entorno y un excelente sonar que nos indica cuáles son los coleccionables más cercanos. Aunque al principio romperemos todo a nuestro paso —es lo que se espera de las fases de tutorial—, poco a poco se nos pedirá que actuemos con un poco más de mesura y que meditemos sobre las relaciones entre los distintos materiales, que van ganando en complejidad y asombro a medida que la aventura avanza. Tras una ilusión de fantasía de poder se halla el diseño preciso de la Nintendo de siempre y, como ya veníamos adelantando, las salas de desafío son el mayor exponente de aquellas instancias más guiadas de Bananza.

El otro gran reclamo del título son las homónimas transformaciones Bananza, que nos permiten convertirnos en varios animales con habilidades especiales. Ya se trate de un gorila que golpea con más contundencia o una avestruz capaz de planear, resulta muy refrescante que estos potenciadores complementen las capacidades habituales del jugador en lugar de sustituirlas, ya que conduce a una relación más interesante con los niveles —sobre todo en el postgame—, que se empiezan a tratar como puzles a gran escala. De nuevo, no a pocos nos preocupaba que fuesen demasiado poderosas y desvirtuasen la gran mayoría de desafíos y, aunque esto es parcialmente cierto —se aconseja un ejercicio de abstracción y de no recurrir muy rápido a la solución fácil u obvia—, tras ver los créditos nos aguarda una serie de desafíos que harán sudar hasta a quienes hayan abusado de las Bananzas durante la campaña. Es marca de la casa plantear un sistema de dificultad por capas que haga accesible la experiencia para todo tipo de jugadores pero que, a su vez, habilite amplio margen para los más expertos y aquí la Gran N no ha decepcionado.

Los diseños de las transformaciones Bananza rozan el uncanny valley y recuerdan mucho al anterior juego del primate creado por este estudio, Donkey Kong Jungle Beat. / ©Nintendo

Nintendo como empresa tiende mucho a las referencias en sus juegos, en un intento de impregnarnos con una sensación de nostalgia por los clásicos. Dependerá un poco de a quién se pregunte y del caso en concreto, pero estos momentos pueden ir desde el guiño pasajero hasta un rapapolvo constante de batallitas sobre glorias pretéritas que, quizás, puede antojarse un tanto agobiante. Donkey Kong es una de las mascotas más longevas de la desarrolladora y obviamente iba a recibir este tratamiento de cara a una nueva aventura, sin embargo, no hay una sensación de ahogarse en el aspecto de celebración como sí ocurría en, por ejemplo, Super Mario Odyssey.

Es más, la forma en que Bananza rinde tributo a obras del pasado tiene una carga emocional más acentuada que de costumbre, pues hay una sensación constante de homenajear a la Rare de la década de los 90. Lo cual es irónico, pues ni siquiera Microsoft, la actual dueña de la empresa, trata con este nivel de cariño a la desarrolladora británica. Aunque este DK traiga consigo un nuevo diseño, queda patente el respeto sentido hacia la trilogía Country, Donkey Kong 64 e incluso la bilogía Banjo-Kazooie, a través de su identidad visual —los simpáticos bloques parlantes parecen sacados de un Banjo-Threeie que nunca nos llegó—, la conservación de numerosos leitmotifs musicales y algunas pantallas que recrean escenarios concretos de dichas obras. Todo ello encuentra su culmen en una recta final hiperbólica, emocionante precisamente por enmarcarse en una franquicia con un bagaje tan extenso y sacarlo a relucir con un sortilegio que, en definitiva, lo hará pasar a la memoria como una de las mejores conclusiones de la desarrolladora.

A la hora de construir un título centrado en la exploración, normalmente debe sacrificarse la oportunidad de crear experiencias definidas y tendentes a la espectacularidad en favor de la magia de perderse en un espacio virtual. Donkey Kong Bananza no hace ningún tipo de concesión y se construye sobre una gameplay tan estridente y atrevida que mantiene la sensación de crescendo constante aun cuando navegas fuera del camino preestablecido. Es una auténtica innovación de los plataformas en 3D que no tiene nada que envidiarle a los mejores de su género y, de hecho, los excede en ciertos aspectos. Es cierto que debe acompañarse de un mínimo ejercicio de mesura a la hora de exprimir sus mecánicas, pues su filosofía de diseño emergente cruza una fina línea entre el descontrol y la armonía, por lo que naturalmente no será del agrado de todos. Sin embargo, resulta innegable que esta es la Nintendo que ilusiona, la cual nos da algo de esperanzas sobre que, a pesar de que las prácticas de las empresas cada vez sean más agresivas contra los consumidores, siempre podremos esperar que se nos asombre con una creatividad inagotable que pocos, por no decir ninguno, son capaces de replicar en esta industria. Si esto es un sabor de lo que nos espera para la próxima generación, ya podemos ir agarrándonos bien fuerte.

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