Kirishitan: una historia del cristianismo en Japón

En Futoi Karasu sabemos que es históricamente incorrecto usar términos actuales como “Japón” o “España” para hablar de entidades políticas del pasado, ya que se puede dar una imagen errónea de estas como Estados unificados que simplemente no existía. Sin embargo, en este artículo se emplean solo para explicar de manera sencilla realidades de las que de otro modo sería más complejo hablar.

Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.
— Jesús de Nazaret.

Silencio (Chinmoku) es una novela escrita en 1966 por el autor católico japonés Shūsaku Endō. Cuenta la historia ficticia de dos jóvenes religiosos portugueses, Sebastião Rodrigues y Francisco Garupe, que viajan de incógnito a un Japón sumido en una brutal represión contra el cristianismo. Allí experimentan de primera mano el miedo y la represión que sufren los cristianos nipones, quienes se ven obligados a ocultar su religión al resto de la sociedad por el riesgo de ser torturados y ejecutados por las autoridades.

Endō utiliza su novela para reflexionar sobre los dilemas religiosos que rondaban su propia espiritualidad. Estas inquietudes se dejan notar a lo largo del libro, donde afloran temas como la fe en Dios y en los seres humanos, la actitud de la divinidad ante el sufrimiento o la complejidad de mantener un sistema de creencias en momentos de extrema dificultad. El autor también aprovecha para explorar los orígenes de su religión dentro de Japón, además del lugar que una religión con un trasfondo tan occidental tenía dentro de un país con una tradición aparentemente tan alejada de Occidente como es el suyo.

En la actualidad, el cristianismo en todas sus ramas cuenta con 1.246.742 fieles según los datos recogidos en 2024 por la Agencia de Asuntos Culturales japonesa, poco más del 1% de la población del país. Aunque puede parecer una cifra bastante minoritaria, la historia de esta religión encierra por su origen una interesante historia fruto del contacto —y en ocasiones también el choque— entre dos culturas muy diferentes que hasta ese momento habían estado completamente separadas.

Los primeros contactos de Japón con el cristianismo

Representación de los primeros europeos en pisar Japón por Katsushika Hokusai (1817) / ©Wikimedia Commons

Los japoneses descubrieron a los europeos por accidente en 1543 cuando, tras una tormenta, un junco chino en el que viajaban tres marineros portugueses naufragó en la isla de Tanegashima. Hasta poco antes, encontrarse en Asia con gente que venía de un sitio tan remoto como Europa habría sido algo impensable, pero eso estaba cambiando. Hacía poco que Portugal había encontrado una forma de dar la vuelta a África para llegar a la India, donde ya había formado varias colonias. Poco a poco, la presencia de barcos y comerciantes portugueses en la zona se estaba volviendo más y más frecuente, por lo que el contacto entre estos y el archipiélago japonés era solo cuestión de tiempo.

Aunque lo cierto es que los habitantes de Japón, quienes tradicionalmente habían estado muy aislados del resto de Asia, no tenían forma de saber nada de esto. Por si fuera poco, el país se encontraba inmerso en pleno periodo Sengoku —una larga etapa de guerras entre señores feudales para hacerse con el título de shōgun. Por todo esto, los habitantes de Tanegashima recibieron asombrados a estos extraños visitantes europeos de los que nunca antes habían oído hablar.

Tras este encuentro involuntario, el archipiélago japonés pronto empezó a ser visitado por más y más comerciantes portugueses, a quienes los japoneses conocían como nanban (bárbaros del sur). Este fue el principio de un vínculo comercial muy beneficioso tanto para los lusos, quienes buscaban lucrarse con la plata japonesa, como para los daimyō —señores feudales— japoneses, los cuales ansiaban las armas de fuego portuguesas para conseguir ventaja en sus guerras contra otros señores feudales. Pero lo que es aún más importante es que los vínculos con los nanban provocaron el comienzo de un intenso intercambio cultural, dentro del cual uno de los elementos que más transformó el panorama interno de Japón fue la llegada del cristianismo.

Llegada de un barco comercial nanban. Biombo atribuido al pintor Kanō Naizen (1570–1616) / ©Wikimedia Commons

Aunque explicar milenios de espiritualidad en unas pocas líneas es algo complejo, podemos decir que el cristianismo es una religión monoteísta que gira en torno a un dios creador todopoderoso y su hijo, Jesucristo. Para los cristianos, el sacrificio de este último en la cruz es lo que permitió la salvación de la humanidad, que tras morir conseguirá la vida eterna en el cielo. ¿Pero, por qué una religión así fue traída por los europeos hasta Japón?

Desde su aparición en la Palestina del siglo I como una escisión del judaísmo en torno a la figura de Jesús de Nazaret, la fe cristiana se expandió hasta convertirse en la religión dominante en la mayor parte de Europa. Aparte de ser uno de los pilares del poder político de la época, la espiritualidad cristiana estaba presente dentro de todos los aspectos de la sociedad, también entre los marineros y comerciantes portugueses que visitaban al archipiélago japonés. Además, uno de los puntos centrales de la doctrina del cristianismo es su ambición de expandir su fe por todo el mundo —lo que se conoce como “evangelizar”—, idea que aparece en fragmentos dentro de la Biblia como el que encabeza este artículo. Visto todo esto, no es de extrañar que, en cuanto la noticia de los primeros contactos con Japón llegó a Europa, no faltasen religiosos entusiasmados con la idea de viajar hasta allí para difundir su fe.

Los primeros en lanzarse a realizar esta tarea fueron los jesuitas, quienes monopolizaron durante décadas las actividades misioneras en el archipiélago japonés. El primer religioso que viajó a Japón fue el navarro Francisco Javier, que en 1549 llegó al país acompañado de otros dos compañeros jesuitas y de Yajirō, un asistente japonés que les hacía de intérprete. A pesar de la fuerte convicción de Francisco Javier, su ambicioso objetivo de convertir todo Japón pronto se dio de bruces con una realidad política, social y cultural que los religiosos desconocían por completo.

La primera barrera fue el idioma, ya que en la lengua japonesa ni siquiera existía una palabra para describir el concepto cristiano de “dios todopoderoso”. Los misioneros no sabían nada de japonés y necesitaban la ayuda constante de Yajirō, quien empezó a traducir erróneamente al dios cristiano como “Dainichi”. En realidad, este era el nombre una deidad budista relacionada por el sol proveniente de la India y en la que creían algunas ramas del budismo en el país, por lo que los japoneses pensaron que los misioneros les estaban hablando de un dios que ya les era familiar. Este malentendido hizo que al principio la gente se acercase a escuchar a los misioneros con curiosidad y respeto, pero cuando Francisco Javier se dio cuenta del error y empezó a referirse a Dios como “Deus” se encontró con la indiferencia de los japoneses y la hostilidad de los monjes budistas, que se burlaban llamando al dios cristiano “Daiuso” (gran mentira).

Llegada de un barco comercial nanban. Fragmento de un biombo atribuido al pintor Kanō Domi / ©Google Arts & Culture

El escaso o nulo conocimiento sobre Japón que tenían los misioneros también se deja ver en su deseo de reunirse con el “rey” —en sus cartas, Francisco Javier habla del Vō, figura inexistente fruto de confundir en uka sola persona al emperador y al shōgun—. La idea era convencerlo de que se convirtiera al cristianismo y, por extensión, este obligara a todo el país a abrazar la religión, pero en Kioto nadie quiso prestar la más mínima atención a los jesuitas.

Tras su fracaso, estos primeros misioneros empezaron a darse cuenta de que en Japón no existía un poder absoluto centralizado, sino que el país estaba formado por un mosaico de señores feudales, algunos de ellos incluso más poderosos que el shōgun. Esto hizo que cambiaran su estrategia para intentar convertir a estos señores feudales, con el objetivo de que estos arrastraran consigo tras su conversión a todos sus súbditos y vasallos. Los misioneros tampoco pudieron convencer a ningún daimyō, pero lograron crear algunas pequeñas comunidades de unos pocos cientos de cristianos japoneses en sitios como Satsuma, Hirado y Yamaguchi.

Aunque Francisco Javier fracasó en todos los objetivos que se propuso, durante los siguientes años sus pasos fueron seguidos por decenas de misioneros jesuitas. La mayor parte eran portugueses que acompañaban a los comerciantes en sus viajes a Japón y se quedaban para difundir su religión y realizar otras actividades como hacer bautismos, escuchar confesiones, organizar misas y preparar funerales. Con el tiempo, los misioneros empezaron a crear una creciente comunidad de japoneses convertidos al cristianismo, sobre todo en la isla de Kyūshū, a la que llegaban la mayoría de los barcos portugueses.

Religioso jesuita reunido con un noble japonés. Detalle de la imagen anterior / ©Wikimedia Commons

Por lo general, la táctica fue siempre la misma que al principio: aprovechando la división política del país, los misioneros se acercaban a los señores feudales para intentar que se volvieran cristianos. Como mínimo, los daimyō solían recibir a los misioneros con respeto y tolerancia, ya que sabían que tratar bien a los religiosos significaba atraer al lucrativo comercio portugués a sus dominios. Los jesuitas también actuaban como intermediarios entre los señores feudales y los portugueses para llegar a tratos comerciales, pidiendo normalmente a cambio algún tipo de apoyo o protección además de la conversión al cristianismo.

A pesar de que la tónica general fue la tolerancia, en algunos casos tardaron llegaron a aparecer choques y conflictos, el más grande de todos en la región de Hirado. Muchos misioneros creían que, para que el cristianismo pudiera crecer con fuerza, las anteriores creencias debían ser extirpadas por la fuerza de la cultura japonesa. Con esta idea en mente, algunos sacerdotes cristianos empezaron a actuar con hostilidad hacia el budismo, hasta el punto de quemar templos y destruir sus textos sagrados. Lógicamente, esto despertó una enorme indignación en los habitantes de la zona, con revueltas y estallidos de violencia que terminaron con la muerte de varios portugueses y la expulsión temporal de los religiosos de la zona.

Celebración de una misa. Detalle de un biombo del pintor Kanō Naizen (1570–1616) / ©Wikimedia Commons

La extensión del cristianismo dio un salto entre las décadas de 1560 y 1570, cuando algunos señores feudales finalmente aceptaron convertirse. Es difícil saber las razones reales detrás de este este cambio tan brusco en sus creencias, pero seguramente les movió más la ambición de conseguir privilegios comerciales con los portugueses que una auténtica convicción religiosa. Como esperaban los jesuitas, cuando un señor feudal se hacía cristiano provocaba un efecto cascada en sus vasallos y súbditos, que abrazaban casi automáticamente la nueva fe. La conversión de un daimyō transformaba por completo la vida espiritual en sus dominios, ya que los religiosos normalmente exigían la destrucción de todos los templos, imágenes y textos relacionados con el budismo que existían en la región convertida.

Aunque no fueron los únicos, dos de los daimyō más importantes en abrazar el cristianismo fueron Ōtomo Sōrin y Ōmura Sumitada, ambos de la isla de Kyūshū. Este último también ayudó a los portugueses a encontrar un puerto permanente desde el que realizar sus actividades comerciales en Japón —lo que también beneficiaba al señor feudal, ya que así el núcleo del comercio con Portugal quedaba fijo en sus dominios—. El lugar elegido fue Nagasaki, un pequeño puerto pesquero refundado por los portugueses en 1571. La ciudad creció muy rápidamente gracias al comercio hasta convertirse en el gran centro comercial de Japón con el extranjero —a principios del 1600 contaba con entre 15.000 y 25.000 habitantes, un número bastante considerable—.

Cristianos japoneses vestidos al estilo portugués. Anónimo (finales del s.XVI o principios del s.XVII) / ©Wikimedia Commons

En 1580, Ōmura Sumitada cedió Nagasaki a los jesuitas “a perpetuidad”. A partir de ese momento, la ciudad que se convirtió el corazón de toda la actividad cristiana en Japón y en la base estable de los religiosos, los cuales se encargaban directamente todo lo relacionado con la gestión de la ciudad. Esta decisión fue bastante controversial en Europa, donde preocupaba la implicación tan intensa de los jesuitas en el comercio, y también en Japón, ya que era visto como una cesión intolerable de terreno indígena a unos sacerdotes extranjeros. Bajo su gestión, los jesuitas construyeron edificios como una iglesia, el ayuntamiento, un hospital y varias escuelas y academias, incluida una de pintura dirigida por un artista italiano. Además, los religiosos cambiaron la vida cotidiana en la ciudad, creando nuevos barrios siguiendo un plano cuadrangular al estilo europeo y aprobando leyes que seguían el derecho romano en sustitución de las normas japonesas. Pese a esto, legalmente la ciudad siguió siendo propiedad del señor feudal, quien daba total libertad a los jesuitas a cambio de cobrar los impuestos y la lealtad de los religiosos.

Conforme el número de conversos crecía, empezaron a crearse nuevas formas de cultura en torno a las nuevas comunidades de cristianos japoneses —conocidos como kirishitan—. Aunque es un poco difícil hablar de cifras exactas y los datos pueden bailar, se calcula que en 1580 habría entre 130.000 y 150.000 cristianos en Japón, número que subió a entre 200.000 y 300.000 creyentes para 1614. La mayor parte de los kirishitan se encontraban en la isla de Kyūshū, núcleo de las actividades de los jesuitas. El culto de los cristianos japoneses solía girar alrededor de los sacerdotes europeos, quienes actuaban como guías espirituales de la comunidad, pero también contaban con asistentes nipones. Estos se dividían en los dōjuku, ayudantes de los misioneros, estudiantes y potenciales futuros sacerdotes, los kanbo, creyentes que habían abandonado la vida normal sin llegar a ser ordenados religiosos y que guiaban el culto en ausencia de un sacerdote, y los juhiyakusha, quienes tenían familia, un oficio y, aunque también ayudaban y asistían en las ceremonias, tenían un nivel de participación más bajo.

Cajas laqueadas fabricadas en Nagasaki con imágenes cristianas en su interior, pensadas para funcionar como altares portátiles / ©Wikimedia Commons

Al igual que los cristianos europeos, los kirishitan veneraban objetos como imágenes religiosas, retratos, estatuas y crucifijos. Al principio, estos objetos de culto eran fabricados en el extranjero y traídos a Japón por comerciantes y misioneros, pero poco a poco aparecieron escuelas de arte, imprentas y talleres, sobre todo alrededor de la mencionada Nagasaki, que fabricaban sus propios objetos, tanto al estilo occidental como adaptados a la cultura japonesa. Como la mayoría de los misioneros venían de Portugal, el idioma japonés se llenó de neologismos provenientes de portugués que describían la nueva realidad religiosa y cultural del país. Algunos ejemplos son la propia palabra kirishitan (cristão, cristiano), Deus (Dios) o los términos bateren, pateren (padre) e iruman (irmão, hermano) para referirse a los misioneros católicos.

Un proceso lleno de problemas, dificultades y contradicciones

Desde el punto de vista de los jesuitas, cuya perspectiva conocemos gracias a las numerosas cartas que enviaban desde Japón contando sus progresos, la expansión del cristianismo en el país avanzaba a pasos agigantados, pero lo cierto es que conforme la religión iba ganando más y más adeptos en el país los religiosos misioneros tuvieron que hacer frente a varios problemas y contradicciones importantes. El primero de ellos fue la aparición de divisiones internas sobre la manera de predicar el cristianismo en Japón. La disputa más grande giraba en torno a si los religiosos jesuitas debían adaptarse a la cultura japonesa. Como los primeros sacerdotes eran europeos, muchos tuvieron dificultades para adaptarse a un idioma y a un contexto sociocultural totalmente ajeno al que estaban acostumbrados, lo que daba lugar a frecuentes malentendidos y tensiones.

Misioneros jesuitas negociando con comerciantes portugueses en Nagasaki. Biombo atribuido al pintor Kanō Sanraku (1559–1635) / ©Wikimedia Commons

El caso más extremo fue el de Francisco Cabral, líder de los jesuitas en Japón en la década de 1570, quien estaba lleno de prejuicios y un profundo desprecio hacia los japoneses hasta el punto de desconfiar profundamente de la sinceridad de su fe. En una ocasión, escribió: “No he visto otra nación tan engreída, codiciosa, inconstante y falsa como la japonesa”. El desprecio de Cabral hacia los habitantes de Japón era compartido por otros misioneros como Lorenzo Mesia, que en una carta dijo: “los cristianos japoneses son malos. No tienen la fe firme. Es verdad que ellos se convirtieron al cristianismo no por voluntad sino por la acción de la gracia”.

Cabral cambió radicalmente la forma de trabajar de los jesuitas: Prohibió a los misioneros vestir al estilo oriental —desde la época de Francisco Javier era costumbre que llevasen ropas parecidas a las de los monjes budistas, para que así los japoneses se acostumbraran a su presencia y les trataran con más respeto—. También estaba en contra de que los misioneros comiesen según las costumbres japonesas y que aprendieran el idioma japonés, al que consideraba imposible para un europeo, por lo que en su lugar forzó la enseñanza del portugués y del latín entre los kirishitan. Estas normas también se aplicaban a los asistentes japoneses, como los dōjuku, aunque Cabral estaba totalmente en contra de que los cristianos nativos pudieran convertirse en sacerdotes al creer que eso provocaría la destrucción de la orden jesuita.

Como cabe esperar, las políticas de Cabral provocaron un enorme daño a la imagen pública de los misioneros, que empezaron a ser vistos como engreídos, groseros e irrespetuosos por los japoneses. La situación no fue a peor debido a la protección de los señores feudales que, aunque estaban molestos con la arrogancia de Cabral, siguieron tolerándole por el miedo a dañar el comercio con los portugueses. La situación real no tenía nada que ver con lo que los jesuitas contaban en las cartas que enviaban desde Japón, en las que exageraban —probablemente con la intención de que les enviasen más recursos desde Europa— sobre los extraordinarios progresos que en teoría estaban logrando.

Misioneros acompañados por mujeres y criados japoneses / ©Wikimedia Commons

Las noticias que llegaban desde Japón llegaron a oídos de Alessandro Valignano, supervisor de las misiones jesuitas de toda Asia, quien, entusiasmado, visitó el país en 1579. Sin embargo, una vez allí, quedó horrorizado al ver, por un lado, el desdén con el que algunos sacerdotes trataban a los japoneses, y por otro, la completa desmoralización de los misioneros que no estaban de acuerdo con las nuevas políticas. Tras ver esto, Valignano llegó a la conclusión de que el liderazgo de Cabral era un grave peligro para el futuro del cristianismo en Japón, ya que los japoneses podrían empezar a creer que los religiosos intentaban cambiar su cultura por la europea y reaccionar con hostilidad. Valignano utilizó toda su influencia para presionar a Cabral hasta que renunció a su puesto, tras lo que introdujo reformas profundas.

Mitad por simple respeto y mitad por el interés de sus objetivos en Japón, Valignano creía que los misioneros tenían que adaptarse por completo a las costumbres japonesas. Llegó hasta escribir un extenso y detallado código de conducta para los religiosos, aunque este contenía varios errores importantes que demuestran que el conocimiento de Valignano sobre Japón era sesgado y superficial, mucho menos profundo de lo que él creía. Aun así, el libro trataba temas muy diversos, como la dieta a seguir o el protocolo para cada una de las situaciones sociales —con recomendaciones como no mirar fijamente a la gente ni hacer mucho ruido al reír por ser considerados gestos de mala educación—, además de recomendaciones como el estilo en que se debían construir las iglesias y las residencias de los jesuitas. Valignano también impulsó el aprendizaje del idioma japonés, para lo que creó un curso de dos años que los religiosos debían seguir, y pidió traer a Japón una imprenta para empezar a publicar clásicos occidentales y textos cristianos en japonés, como un catecismo oficial traducido con la ayuda de un kirishitan llamado Paulo Yohoken.

Las reformas de Valignano tuvieron una gran influencia en las actividades de los misioneros jesuitas, quienes empezaron a interesarse mucho más por la cultura japonesa. Los más importantes fueron los sacerdotes Luís Fróis, quien escribió una Historia de Iapam (historia de Japón) además de un libro sobre las diferencias culturales entre Europa y Japón, y João Rodrigues, el cual escribió el primer diccionario japonés-portugués y el Arte da Lingoa de Iapam, la primera gramática escrita de la lengua japonesa.

Grabado alemán de 1586 hablando de la «embajada Tenshō» / ©Wikimedia Commons

En 1582, Valignano convenció a los daimyō cristianos para que enviasen a dos familiares, Mansho Ito y Miguel Chijima, hasta Roma para conocer al papa. El viaje, conocido como “la embajada Tenshō”, tenía un objetivo mucho más propagandístico que político, ya que buscaba convencer a la Iglesia de enviar más dinero y recursos a la misión jesuita en Japón. Los dos “embajadores”, que tenían solo 13 y 14 años respectivamente, fueron acompañados por otros adolescentes kirishitan, Julião Nakaura y Martinho Hara, además de por Valignano y otro jesuita que hacía de intérprete. Una vez en Europa, se entrevistaron con el rey Felipe II de España y después con el papa Gregorio XIII, para regresar a Japón en 1590.

Los intentos de Cabral y Valignano por conseguir más recursos se debían a la insuficiencia de medios, tanto económicos como humanos, que sufría la misión jesuita en Japón. En teoría, los gastos de los misioneros tenían que ser costeados por el rey de Portugal, pero este no era un medio de financiación fiable ni estable a largo plazo. Buscando otras formas de conseguir dinero, los jesuitas empezaron a participar en actividades económicas que no tenían nada que ver con su tarea como misioneros, como ejercer económicamente en el comercio, cobrar comisiones por hacer de intermediarios entre los portugueses y los señores feudales y comprar tierras en Macao. Ganar dinero de estas formas no era muy cristiano que digamos, especialmente teniendo en cuenta la moral de la época y que estamos hablando de sacerdotes y misioneros, razón por los que los jesuitas fueron duramente criticados por otros religiosos de su tiempo.

Libro kirishitan impreso en japonés (finales del siglo XVI) / ©Wikimedia Commons

Respecto a la escasez de recursos humanos, el gran número de cristianos japoneses empezaba a ser demasiado alta para el número extremadamente bajo de misioneros, que no pasaban de unas cuantas decenas. Como faltaban sacerdotes que guiaran la espiritualidad, la mayor parte de los kirishitan sabían en realidad muy poco o nada sobre su fe. Muchos ni siquiera tenía acceso a un catecismo, aún menos a alguien que se lo explicara. Gran parte de las comunidades de kirishitan podían pasar perfectamente ocho o diez meses sin ver a un sacerdote cristiano, por lo que dependían de ellos mismos y de gente no religiosa para organizar el culto. Esta era una situación difícil de solucionar simplemente trayendo nuevos misioneros desde Europa. En su lugar, Valignano apostó por formar y nombrar nuevos sacerdotes entre los cristianos japoneses, a los que veía como el alma de la futura Iglesia en Japón.

Por otro lado, los jesuitas también tenían dudas sobre la calidad de las conversiones de los japoneses al cristianismo. Su preocupación aumentó tras la muerte del daimyō cristiano Arima Yoshinada. Su hijo Harunobu era budista y pidió a sus vasallos que abandonaran el cristianismo, lo que hicieron sin ninguna oposición. Cuando unos años después cambió de opinión, se hizo cristiano y ordenó a sus súbditos abrazar el cristianismo, tampoco hubo resistencia. Esto dejó claro que la fe de los campesinos japoneses dependía mucho más de la voluntad de su señor feudal que de sus convicciones personales, lo que puso en duda la utilidad real de las conversiones en masa de cristianos. Las dudas de los jesuitas llegaron al punto de plantearse prohibir este método, pero finalmente siguieron aceptándolo porque era la forma más rápida y eficaz de extender el cristianismo en el país.

El cambio de actitud de las autoridades y el comienzo de la represión religiosa

La expansión del cristianismo alteró profundamente el panorama espiritual en todo el archipiélago japonés, por lo que no es de extrañar que los misioneros terminaran por llamar la atención de las autoridades japonesas. Durante décadas, la fragmentación política y la crisis de autoridad de los shōgun había dejado vía libre a los jesuitas, pero la situación cambió cuando el país empezó a estabilizarse alrededor de grandes figuras de poder. Aun asi, Oda Nobunaga, el primero de los unificadores de Japón, siguió teniendo una actitud amistosa hacia el cristianismo. Es posible que la tolerancia de Nobunaga se debiera a que, como él nunca dominó territorios donde los cristianos fuesen mayoría, no pensaba que esta religión fuese una amenaza. Esto contrastaba con su agresividad hacia todas las ramas y sectas del budismo, a las que destruía u obligaba a someterse a su autoridad. Además, Nobunaga estaba muy interesado en la tecnología que traían los europeos, por lo que intentó evitar cualquier acto que pudiera deteriorar su relación con ellos.

Retrato funerario de Oda Nobunaga realizado por un pintor jesuita poco después de su muerte / ©Wikimedia Commons

A la muerte de Nobunaga, su sucesor Toyotomi Hideyoshi completó la unificación de Japón, tras lo que volvió su atención hacia la creciente influencia de los extranjeros. Hideyoshi se apoyó en los budistas para mantenerse en el poder y además desconfiaba profundamente de los misioneros cristianos —ya que sospechaba que podían estar preparando el terreno para una futura invasión europea del país—, lo que le llevó a ordenar la prohibición del cristianismo en 1587. A pesar de su dureza, la orden no se terminó de aplicar en serio, posiblemente por el miedo de Hideyoshi a enfadar a los comerciantes portugueses, y los religiosos jesuitas pudieron seguir difundiendo su fe de manera más discreta. Los daimyō que se habían convertido previamente también obedecieron a Hideyoshi y renegaron del cristianismo, aunque algunos solo lo hicieron de palabra y siguieron ayudando a los jesuitas. Sin embargo, a pesar de su limitada aplicación, esta ley terminó por marcar un cambio radical en la percepción que las autoridades japonesas tenían del cristianismo.

La situación se complicó cuando a las costas de Japón empezaron a llegar también barcos españoles, quienes en esa época estaban colonizado Filipinas. Alarmado, Toyotomi Hideyoshi vio cómo cada vez más países europeos se expandían por la zona, lo que aumentó su preocupación previa. Por si fuera poco, España, que conocía la relación entre los misioneros jesuitas y el comercio portugués, empezó a enviar a sus propios religiosos franciscanos para hacerse un hueco en el país. Estos, por otro lado, estaban acostumbrados a trabajar con los habitantes de América, que tenían una realidad cultural totalmente diferente a la de Japón. Además, los franciscanos estaban muy poco dispuestos a adaptarse a las costumbres japonesas, lo que provocó múltiples roces y tensiones con las autoridades.

Decreto de Toyotomi Hideyoshi expulsando a los misioneros del país (1587) / ©Wikimedia Commons

La situación dio un nuevo cambio brusco a peor en 1596, cuando el galeón español San Felipe naufragó en Japón y su valioso cargamento fue confiscado por orden de Toyotomi Hideyoshi. El capitán del barco, intentando recuperar su carga, trató de intimidar a las autoridades japonesas exagerando sobre el inmenso poder del rey de España, las posesiones que tenía desperdigadas por todo el mundo y su ambición de crear un imperio mundial. El capitán también explicó la táctica que, según él, utilizó España para hacerse con su imperio, y que consistía en convertir a la población del lugar al cristianismo para que luego apoyaran a los españoles en la conquista contra sus antiguos amos.

Este relato alarmó enormemente a Hideyoshi, que vio confirmados sus peores miedos hacia los europeos. Enfurecido, ordenó inmediatamente la captura de todos los religiosos cristianos del país y, el 5 de febrero de 1597, 26 de ellos —17 japoneses, seis franciscanos y tres jesuitas— fueron llevados a Nagasaki, torturados, crucificados y atravesados con lanzas hasta la muerte. Este hecho, conocido como el «gran martirio de Nagasaki», fue la primera persecución sangrienta del cristianismo en todo el país.

Representación del gran martirio de Nagasaki de 1622. Autor desconocido, probablemente algún pintor jesuita que fue testigo de las ejecuciones / ©Wikimedia Commons

Toyotomi Hideyoshi murió un año después, en 1598, por lo que no pudo llevar más allá la represión religiosa. Lo que le siguió fue el establecimiento de la dinastía Tokugawa en el puesto de shōgun, en el que permanecieron hasta el siglo XIX. El primero de todos, Tokugawa Ieyasu, dejó de lado la represión religiosa en favor de una política más abierta y conciliadora, en parte porque dentro de los señores feudales que le permitieron alcanzar el poder había muchos partidarios del cristianismo. La situación dio un nuevo giro cuando a Japón empezaron a llegar también comerciantes holandeses. Estos eran protestantes y estaban interesados únicamente en comerciar, sin deseos de convertir a los japoneses a su religión, por lo que el shogunato empezó a preferir hacer tratos con ellos en lugar de con los españoles y portugueses, que eran católicos.

Los holandeses también buscaban por su parte minar la confianza de los Tokugawa en los lusos para quitarles su lugar privilegiado en el comercio con Japón, por lo que influenciaron cada vez más a las autoridades del shogunato para que desconfiaran de los misioneros católicos. Por lo tanto, en 1614, Ieyasu ordenó la expulsión definitiva de todos los religiosos cristianos de Japón, a lo que siguió el comienzo de una intensa persecución contra todos los cristianos japoneses. La mayor parte de los sacerdotes europeos fueron enviados por la fuerza en barcos hasta China, pero varias decenas asumieron el riesgo y siguieron predicando en la clandestinidad.

Las autoridades, ante la insistencia de los misioneros —algunos de ellos incluso entraban de incógnito en el país a pesar del peligro— endurecieron cada vez más la represión. Lo peor llegó a partir de 1623, durante el gobierno del shōgun Tokugawa Iemitsu. Con él se refinó el sistema de persecución del cristianismo, que también aprovechaba el férreo control social para reafirmar su propio poder político. El momento más duro llegó tras la rebelión de Shimabara de 1637, una gran revuelta campesina en Kyūshū provocada por los altos impuestos y una hambruna, a la que también se unieron miles de cristianos hartos de la represión religiosa liderados por Amakusa Shirō, un joven al que consideraban un enviado del Cielo.

Estatuas budistas decapitadas por los rebeldes en Jizo (izquierda) y estandarte supuestamente utilizado por Amakusa Shirō (derecha) / ©Wikimedia Commons

La revuelta fue aplastada con absoluta brutalidad por Iemitsu, que hizo llevó a la muerte en batalla o hizo ejecutar a los cerca de 37.000 rebeldes, entre ellos niños. Amakusa Shirō fue capturado, torturado y ejecutado, y su cabeza fue clavada en una pica en Nagasaki y exhibida como señal de advertencia. El shogunato echó la culpa de todo a los cristianos y a los portugueses, a los que acusó de enviar en secreto apoyo y misioneros a los rebeldes. Con esta excusa, Iemitsu ordenó la expulsión de todos los comerciantes portugueses del país, bajo amenaza de ejecución inmediata si se atrevían a regresar.

Este fue el comienzo de los años más duros de la represión, en los que el shogunato se propuso acabar de una vez por todas con el cristianismo y sumergió al país en una larga etapa de aislamiento conocida como sakoku. El shogunato empezó a darse cuenta de que las grandes ejecuciones públicas no eran eficaces del todo, ya que aumentaban el descontento social y algunos cristianos podían ver este final como un martirio heroico y deseable según sus creencias. En su lugar, las autoridades pasaron a emplear todo tipo de torturas, con el objetivo de forzar a los cristianos a renunciar a sus creencias o para provocarles muertes crueles, lentas y agónicas que sirvieran de ejemplo a los demás creyentes. Ante esta brutalidad, la mayoría de creyentes simplemente abandonaron su fe para volver al budismo o fueron perseguidos hasta la muerte —sin contar la represión de Shimabara, fueron ejecutados aproximadamente unos 5.000 o 6.000 kirishitan solo entre 1614 y 1640—, lo que supuso la desaparición de casi todo rastro del cristianismo en Japón.

Monumento a los cristianos japoneses asesinados situado en la ciudad de Ōita / ©Japan National Tourism Organization

El shogunato buscaba por entonces obligar a apostatar —es decir, abandonar públicamente su fe— a los pocos misioneros que todavía estaban escondidos en el país, a los que querían utilizar para dar ejemplo al resto de kirishitan. Con esto en mente, el shogunato empezó a ofrecer grandes recompensas económicas si los sacerdotes eran delatados y entregados, lo que dio muy buen resultado, ya que para 1644 no quedaba ni un solo religioso sin capturar en el archipiélago japonés.

Para demostrar si una persona era cristiana se usaban los fumi-e, imágenes de bronce sobre una tabla que representaban a Jesús o a la Virgen María que se colocaban en el suelo para que los sospechosos pusieran el pie sobre ellas. Este hecho no tenía ninguna importancia para un no creyente, pero era impensable para un cristiano, quienes se negaban a pisar delatándose a sí mismos. Sin embargo, algunos han puesto en duda la efectividad de este método en todas las situaciones, ya que es posible que algunos kirishitan no tuvieran problemas en pisar los fumi-e al verlo como un símbolo del amor y el sufrimiento de Jesucristo o porque, como las imágenes eran fabricadas a propósito por las autoridades, no eran en realidad un objeto de culto que mereciera respeto.

Sospechoso pisando el fumi-e según una ilustración de la era Meiji (izquierda) y varias imágenes convervadas en un museo (derecha) / ©Wikimedia Commons

Una vez se había descubierto que alguien era cristiano, se utilizaban varios métodos de tortura. Uno de los más utilizados fue llevarlos al monte Unzen, unas fuentes termales cerca de Nagasaki cuya agua hirviendo era utilizada para escaldar con cazos a los cristianos. También era muy utilizado el ana-tsurushi, en el que se colgaba al reo boca abajo en una fosa llena de desechos y excrementos, esperando su lenta muerte mientras la sangre se le iba a la cabeza. Aprovechando el entorno costero del área de Nagasaki, también se solía colgar a los presos en cruz sobre las aguas del mar, que cuando subían la marea amenazaban con ahogar a las víctimas prorrogando su sufrimiento durante días hasta la muerte por agotamiento u ahogamiento.

La brutal represión fue el golpe final para las misiones jesuitas en Japón, que, después de que todos sus misioneros fuesen capturados, cesaron completamente sus actividades. Especialmente famoso fue el caso del sacerdote portugués Cristóvão Ferreira, que llevaba en el país desde 1609. Tras la prohibición, siguió predicando en la clandestinidad hasta que fue arrestado en 1633. Tras ser torturado, renunció a su fe y fue obligado a casarse con una mujer viuda japonesa. Se cambió el nombre por el de Sawano Chuan, y trabajó hasta su muerte en 1650 escribiendo libros sobre astronomía y medicina, además de un texto donde refutaba la doctrina del cristianismo llamado Kengiroku —la mentira desvelada—. El caso de Ferreira fue muy polémico en su época, lo que motivó a otro jesuita italiano llamado Giuseppe Chiara a infiltrarse en Japón en 1643. Tardó poco en ser capturado, tras lo que también fue obligado a apostatar. Al igual que Ferreira, se casó por la fuerza con una mujer japonesa y cambió su nombre por el de Okamoto San’emon para vivir en Edo hasta fallecer en 1685.

Grabado holandés del siglo XVII que muestra al padre Ferreira (uno de los hombres de la izquierda) haciendo de intérprete / ©Wikimedia Commons

Los kakure kirishitan: el rastro de los supervivientes a la persecución

Como ya se ha mencionado, toda esta represión llevó a la práctica desaparición del cristianismo abierto en Japón. Sin embargo, miles de cristianos japoneses consiguieron sobrevivir a las persecuciones y al control social para seguir practicando su fe en la clandestinidad. Estos, que se encontraban sobre todo en el área de Nagasaki, donde las familias kirishitan alcanzaban ya la tercera generación, empezaron a ser conocidos como kakure kirishitan —cristianos ocultos—. Debido al miedo a ser descubiertos, se organizaban en pequeñas comunidades independientes y muy reservadas, cultos secretos practicados en cuartos escondidos o en casas privadas. Ante la falta de algún religioso, eran los propios miembros de la comunidad los que organizaban el culto, rezaban, adoraban imágenes y realizaban bautismos y funerales.

Sin sacerdotes, aislados y teniendo que ejercer su fe en la clandestinidad, estos cultos fueron transformándose hasta formar algo completamente nuevo, fruto de la combinación sincrética del cristianismo con elementos y nociones espirituales provenientes del budismo. Realizaban cánticos y oraciones cristianas en las que muchas veces conservaban incluso palabras directamente del latín o el portugués, pero que eran casi idénticos a los rezos budistas. Las imágenes religiosas de santos y vírgenes también se transformaron, originalmente para camuflarlas y no ser descubiertas, hasta el punto de volverse casi idénticas a las imágenes budistas. Un claro ejemplo es el de la Virgen María, que se representaba igual que Kannon, figura religiosa budista relacionada con la compasión, por lo que pasó a ser conocida como “Maria Kannon”.

Estatuilla budista con un crucifijo escondido detrás (izquierda) y la Virgen María camuflada como Kannon (derecha) / ©Wikimedia Commons

Muchos de estos cultos criptocristianos consiguieron pasar desapercibidos a los ojos de las autoridades japonesas, que, pensando que habían extinguido toda la huella del cristianismo, redujeron la represión en los siguientes años —aunque las persecuciones oficiales no fueron abolidas por el shogunato Tokugawa hasta 1805, más de un siglo y medio después—. Sin embargo, cuando la religión cristiana fue legalizada de nuevo durante la revolución Meiji, aproximadamente unos 20.000 kakure kirishitan salieron de la clandestinidad en la que llevaban siglos enclaustrados.

Tras su descubrimiento, estos grupos pasaron a ser conocidos como mukashi kirishitan —antiguos cristianos—. Muchos de ellos rechazaron unirse a la refundada Iglesia Católica japonesa, ya que los siglos de aislamiento habían dado lugar a una nueva cultura, con ciertas formas de culto y maneras de entender la espiritualidad diferentes y muy alejadas de las doctrinas del cristianismo occidental. Estos pasaron a formar sus propias comunidades de hanare kirishitan —cristianos separados—, ubicadas sobre todo en lugares apartados cerca de Kyūshū como las islas Gotō. Muchas de ellas han desaparecido en la actualidad, y las pocas que quedan son muy reservadas a la hora de compartir su religiosidad con personas ajenas a su comunidad, pero la antropóloga Christal Whelan pudo registrar las costumbres de algunas de ellas en las islas Gotō en los años 90, con los que realizó un documental llamado Otaiya.

Kakure kirishitan actuales rezando para conseguir agua bendita (arriba), bautizando (abajo), además de un altar con una imagen de la Virgen María (derecha) / ©Shima no Yakata Museum, isla de Ikitsuki

En definitiva, la historia de la llegada del cristianismo en Japón está estrechamente vinculada a los primeros contactos del archipiélago japonés con Europa. Esta nueva fe alteró la vida espiritual y cultural del país, sobre todo en la isla de Kyūshū, donde la difusión estuvo protagonizada por misioneros jesuitas que lograron tener bastante éxito, alcanzando cifras de conversos entre los 200.000 y los 300.000 cristianos japoneses o kirishitan gracias al apoyo de algunos señores feudales de la zona. Aun así, aunque los religiosos lograron bastante influencia, especialmente gracias al control que tenían sobre Nagasaki, desde el inicio su la actividad misionera en el país estuvo llena de claroscuros, problemas y contradicciones que fueron arrastrados durante todo el periodo de difusión del cristianismo. Al margen de todo esto, las actividades de los misioneros terminaron abruptamente cuando la actitud de las autoridades japonesas hacia ellos cambió, lo que provocó el inicio de una brutal represión religiosa que arrancó de raíz casi toda huella del cristianismo en Japón. Sin embargo, algunas comunidades de kakure kirishitan lograron ocultar y adaptar sus creencias, sobreviviendo incluso durante siglos en la clandestinidad hasta dar lugar a formas culturales y de culto completamente nuevas y diferentes que han pervivido casi hasta nuestros días.

Fuentes y bibliografía:

Agradecimientos a Eiennousagi por su colaboración en la investigación para este artículo.

ALMARZA, Rubén, Breve historia del Japón Feudal, Nowtilus, 2018

HANE, Mikiso, Breve historia de Japón, Alianza Editorial, 2011

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MORAN, Judy, The Japanese Jesuits. Alessandro Valignano in sixteenth-century Japan, Routledge, 1993

PERRIN, Noel, Giving up the Gun. Japan’s Reversion to the Sword, 1543-1879, David R. Godine Publishers, 1979

TSUTSUI, William, A Companion to Japanese History, Blackwell Publishing, 2007

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WALKER, Brett, Historia de Japón, Akal, 2015

2 comentarios en “Kirishitan: una historia del cristianismo en Japón

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