Grupos de chicas con uniformes de instituto, faldas largas con lemas pintados en la tela, cabellos pintados de colores, en una esquina de la calle, fumando o buscando gresca. Quizás llevan algún arma, un bate, un bokken o quizás, incluso, un yoyó. Tan pronto como quieres prestar atención a la escena, esta se esfuma por completo. Las sukeban ya no existen en Japón, pero una vez echas la mirada al pasado las ves por todas partes. Notable es el ejemplo del querido grupo de pandilleras en Shin Chan, serie que nos introdujo desde pequeños todos los estereotipos posibles del diverso Japón de los noventa. Fue el manga —después dorama— Sukeban Deka el que marcó este punto y final, el cual nos trajo la versión más representativa en lo mainstream de este grupo.

Los grupos reales de sukeban aparecieron durante la década de los sesenta en Japón a la par que las bandas de pandilleros masculinos. Exclusivamente femeninas, formadas por chicas de instituto y con una estética muy concreta, su existencia, al igual que la de los grupos masculinos, respondían a la oleada de rebeldía que se vivía en el país. Era un escenario de manifestaciones masivas, terrorismo, teorías de la liberación sexual, desarrollo del consumismo masivo en la economía y abundantes grupos políticos de izquierdas, feministas y hippies. Las chicas jóvenes respondieron ante los roles sociales más anticuados asignados a la mujer con rebeldía, posiciones contra la autoridad y violencia.
Hay muchos estudios que califican a las sukeban como grupos feministas por su actuación contra los roles de género, pero los movimientos de la época estaban completamente separados de estos grupos, en ambientes políticos. Ellas no seguían ninguna ideología, se trataba solamente de una reacción al ambiente social de la época. Dentro de ellos existía una jerarquía muy fuerte, con una jefa al mando, y la falta de lealtad —incumplir normas, flirtear con el novio de otra compañera o faltar el respeto a una superior— era pagada con diferentes castigos, mayoritariamente una violencia corporal. En la década de los setenta comenzó a adquirir una fama, a veces magnificada, de grupo violento con el que no debías cruzarte si no querías tener problemas. La formación de este tipo de grupos coincidió con el auge de los yakuza en la posguerra japonesa, lo cual no hizo bien a la fama que tenían, ya que muchas comenzaron a tener tratos criminales externos.

Mientras todo esto ocurría, el manga de Sukeban Deka, creado por por Shinji Wada, comenzó a publicarse a finales de los años setenta. Unos años más tarde, en 1985, se convirtió por primera —pero no última— vez en una adaptación a serie de televisión de Toei, con la cantante Yuki Saito de protagonista. Existe aún un debate abierto sobre si puede considerarse un tokusatsu, pero sus influencias, tanto del género de las chicas mágicas como de series como Kamen Rider, son palpables, Se nos cuentan las típicas aventuras sobre una chica que lucha contra el mal, que portaba un uniforme concreto como armadura, el empleo un elemento concreto —el yoyó— como arma y que siempre entonaba un lema que se repite a la hora de hacer justicia en cada episodio.
En esta historia se nos plantea una situación que podría resultar contradictoria. Saki Asamiya, una adolescente sukeban, debe ayudar a la policía a resolver casos criminales para poder librarse de la prisión y conseguir el indulto para su madre, que está en el corredor de la muerte. Una chica delincuente que colabora con la policía, casi forzada por las circunstancias. Y ahora es cuando, de repente, nos daríamos cuenta de que la autoridad es buena y nuestra sukeban se reforma y se convierte en una chica cumplidora, que deja atrás la violencia y esas cosas que las chicas no deben hacer. Pero la cuestión no es tan sencilla.
El dorama comienza con esta premisa y en seguida nos envuelve en un escenario detectivesco en el que la protagonista desenmascara criminales en una atmósfera llena de melodramatismo. Rozando lo cursi ochentero y con muchas limitaciones, pero con una atracción que hace que sigas viéndola, la trama gira siempre alrededor de la corrupción en la estructura de las escuelas, la competición extrema entre estudiantes, los cultos religiosos o los abusos hacia chicas jóvenes. Los malvados, en la mayoría de casos, son adultos con poder monetario que abusan de su poder hacia los más débiles, ya sean estudiantes o profesores.

Sin embargo, más adelante la trama comienza a centrarse en la historia personal de la protagonista, de la que sólo veíamos pequeños trazos. Su motivación personal es melancólica y acaba siendo central en un gran entramado sobre el abuso de poder, uniendo en cierto modo todas las historias trágicas individuales anteriormente mostradas. De repente, todo tiene un sentido, pues el ciclo de abuso y destrucción de personas débiles descubre su núcleo en las bases de cómo se estructura la sociedad.

A partir de entonces, la influencia de las películas del subgénero Pinky Violence se hace mucho más palpable. El Pinky Violence suele estar protagonizado por mujeres jóvenes, de bandas callejeras o lanzadas a la delincuencia por alguna razón externa, que son objeto de abuso por parte de hombres poderosos y acaban por usar la violencia para defenderse y vengarse. A menudo también tenían un gran tono erótico, siguiendo la tónica general del pinku con su narrativa de crítica a la censura y moral social —algo que, en parte, también contiene cierta problemática desde ciertas posiciones, pues se ha llegado a opinar que el mensaje principal es omitido por este erotismo—. Hubo muchas películas del estilo protagonizadas por pandillas sukeban. Más allá de sus características generales, las películas solían contener un trasfondo de crítica política hacia la autoridad, algo hacia lo que gira Sukeban Deka en su última mitad.
El villano principal, que tiene una gran relación con la historia personal de Saki, es un gran empresario que intenta tomar el control de la educación en Japón para así lograr el dominio total del país. El imaginario que se muestra en la serie está muy inspirado en la forma de control del fascismo, basado en una mayor violencia con castigos físicos y tortura policial —con evidente inspiración en la saga Prisoner Scorpion—. Asimismo, se nos representan escenas de resistencia, con estudiantes y profesores haciendo barricadas contra el control externo de quienes desean tomar escuela. El tono se va volviendo cada vez más oscuro, tocando temas delicados de una forma mucho más directa y con una narrativa que deja de ser melodramática y se siente más realista y dolorosa.

¿Y qué pasa con Saki, nuestra sukeban? Vemos su figura que encarna la venganza de los débiles contra los poderosos, su mirada fulminante hacia los hombres que dañan a chicas jóvenes, su arma, el yoyó, empleada para luchar contra un sistema completamente corrupto y decadente. Es una representación del miedo para los malvados y la fuerza para las víctimas, pero también una chica joven atrapada en la figura de heroína trágica llena de soledad, incapaz de vivir con normalidad. Y tan rápido como aparece y hace justicia, se esfuma de tu vista.
“Una vez fui jefa de las sukeban, pero ahora he acabado siendo un simple peón de la policía. Podéis reíros si queréis, pero mi alma nunca estará tan sucia como la vuestra” (Lema repetido por Saki)

Al final, nos queda preguntarnos dónde quedaron las sukeban y su rebeldía. Se esfumaron de la escena social y su estética más superficial permaneció en la ficción, reflejada en numerosos personajes ficticios, pero el desafío a los roles de género, a la autoridad o, incluso, el tono más político que se les daba en algunas historias acabó por desaparecer en su mayoría. Y es que, como ocurre con todos los antiguos héroes llenos de sustancia y rebeldía, la figura de las sukeban acabó por ser reducida a un estereotipo más de «personaje femenino peculiar/guay/chica mala». Por eso mismo, hay que recordar siempre lo que las sukeban representaron durante mucho tiempo, ya sea en la realidad o la ficción: el grupo de «chicas malas» que intentaron ir con todas sus fuerzas contra las imposiciones sociales.
Créditos por parte de la información al blog de Ehoba.