Como ocurre con los presupuestos de una película o de un videojuego, la cantidad delimita la forma en la que podrá ser desarrollada dicha producción y, al contrario de lo que se podría pensar vía lógica mediante, las grandes inversiones son las que más límites tienen. Cuando una gran superproducción sale a desarrollo, es imposible que no se acabe viendo diezmada en el terreno imaginativo, volviéndose una esclava de las peticiones de sus inversores, porque ya que han puesto el dinero, ¿cómo no van a tener el control sobre ella? Por otro lado, los pequeños bolsillos no tendrán el manejo elegante o la capacidad técnica de las películas más caras imaginables, pero el ingenio y la inventiva se convierten en necesidad a la hora de destacar en un terreno peligroso que se canibaliza así mismo, de ahí que en ese panorama se puedan encontrar largometrajes para todos los gustos y colores.
Naturalmente, el cine de serie B tiene de riesgo y picardía lo que de amateur y torpeza y, en cierta manera, la opinión general sobre este no ha cambiado mucho apenas décadas después. Quizás ayuda la falta de propuestas interesantes en el panorama más mainstream. Ya sea porque quizás esa historia ya se ha contado infinidad de veces igual, ya sea porque han querido crear el conjunto de sus partes más insípida del mundo, fruto de un más que obvio desarrollo problemático. Y aunque visualmente muchas películas de menor presupuesto parecen haberse grabado en el salón de la casa de un colega en una tarde libre que tenían, hay otras que tratan de tener un poco más de interés a la hora de querer crear un relato ficticio y tratan de darle toda la validez posible.

Riki-Oh desde luego que no entra en la última categoría, aunque tampoco cae en la extrema cutrez de películas hechas con 10 duros y muchas ganas de hacer el ganso con una cámara de vídeo. Si hubiera que catalogarla de alguna forma, encontraría su sitio en ese nicho de películas de acción que afloraban mucho en los años 90. Es imposible no recordar la infame película de Mortal Kombat cuando se piensa en filmes de ese tramo temporal, aunque no contaba con un presupuesto pequeño precisamente, a pesar de sus esfuerzos por presentarse como tal.
Tampoco es posible ignorar la adaptación de Street Fighter de 1995 como una producción atestada de tics nerviosos, destrozos narrativos o de actuaciones que ni de manicomio, pareciendo más el fruto de un sueño febril por ayahuasca. Y si las adaptaciones de videojuegos han sido un sino constante y una fuerte base para la gente escéptica cuando se habla de un futuro proyecto en ese campo, en el plano del manganime no es que haya sido tampoco un erial precisamente, aunque quizás no tan sonado por esa época.
Adaptaciones hay de muchas formas y colores, siempre está ese paso entre ser fiel a la obra, a pesar de su difícil traslación de un medio a otro, o reinventarla por encima para que pueda cuadrar en el nuevo lenguaje que se está tratando. Es la eterna pelea de siempre, y Riki-Oh, basada en el manga del mismo nombre, trata de hacer una aproximación tan cercana y literal del material original que se le debe reconocer el interés dado, incluso llegando a calcar viñetas del manga. Pero cual dedo de pata de mono, el reverso tenebroso da como resultado un metraje que parece algo sacado de un delirio nocturno que tan solo tenía sentido en la mente del creador dormido. No solo es que su lenguaje cinematográfico resulte confuso, sino que el avance de la trama, de los personajes y de su conclusión dan como desenlace un viaje que, desde luego, una cinta de hora y media.

La historia de Riki-Oh no será conocida por muchos, debido a que su manga original no llegó ni a publicarse en España, llegando solamente la película de live-action que ocupa este artículo. Como curiosidad, a pesar de que el manga jamás llegó a territorio nacional, el largometraje vino sorpresivamente doblado para la ocasión. La premisa consta de que en un aparente futuro distópico ambientado en 2001, después de que una catástrofe medioambiental que provocó una recesión sin precedentes en el mundo y con un disparatado aumento de la delincuencia venido por ello, las cárceles se han convertido en recintos completamente privatizados. Estos sitios son baluartes llenos de corrupción y trapicheos constantes entre reos, guardas y alcaides por igual, una situación que se mantiene impertérrita hasta que ingresa en la cárcel Riki, el protagonista, que posee una fuerza sin igual, capaz de destruir músculo y hueso como si fueran mantequilla y hasta es capaz de derribar muros de piedra enteros.
Riki pronto se dará cuenta de la pirámide de clases que se gesta dentro de los muros de cemento y hierro, una pirámide hecha con la represión por fuerza bruta permitida por los mismos altos gerifaltes que la controlan. Desde el principio se encontrará solo y la única manera de no terminar devorado por la jungla de barrotes será abrirse camino cual nekketsu clásico. La gracia de todo esto radica en cómo de artificial se siente poner la estructura típica del género, sin apenas alteraciones ni aditivos, en la película. Las peleas tratan de tener el impulso y fuerza que le imprimen las líneas de Tetsuya Saruwatari a los lápices en el manga, por no hablar de que la violencia extrema se intentan plasmar de la misma forma, con resultados, como mínimo, cuestionables. Ahí donde una apertura de cráneo se sentía cruda y brutal en las páginas, en la película, debido a que hacer maniquís hiper-realistas no es que resulte algo barato de hacer, trata de hacerse lo más breve posible para intentar, casi con desesperación, que no se note el cartón del fondo. Ciertas veces en vano.
Y como buen género que es el basado en avanzar la trama a base de pegarse con gente, tendremos un elenco muy variopinto de rivales a los que nuestro One Punch-Man de Alcampo deberá hacer frente. Una cosa que han cuidado bien ha sido la inclusión de todos los tópicos posibles de luchadores para esta serie de historias: el señor enorme que devora todo lo que ve, el que respeta al protagonista y se revela, el andrógino misterioso que, en no pocas adaptaciones, lo interpreta una mujer, el cobarde que trata siempre de luchar con desventaja… Vamos, que el live-action da para todos y no se deja ninguno en la fiesta. Y por si fuera poco, el villano final tiene una habilidad y una explicación sobre esta que haría temblar al autor de nekketsu más pocho del mundo con semejante hilaridad.
En el terreno puramente cinematográfico se puede entrever un esfuerzo por parte del equipo de dirección por intentar que no pocas escenas se parezcan como un espejo a las que hace referencia en el manga. Y la frase anterior es correcta. Porque lo intentan, pero eso no es lo mismo que conseguirlo, porque el presupuesto da para lo que da y siendo una película que gusta de ser fiel al gore del original, no se puede intentar abarcar todo y que el barco no se hunda.
Pero si hay algo que hay que remarcar especialmente en esta película es su final. Cuando Riki logra derrocar al alcaide, y por ende a la máxima autoridad del lugar —el cual tiene poderes que le permiten convertirse en una suerte de ogro cual personaje del Tekken— decide que es hora de largarse del lugar, ¿y cómo lo hace? Pues ni más ni menos que a puñetazo limpio. No es que se abra paso a través de los guardias o, en general, hacia todo el cuerpo de seguridad de la prisión, sino que los emprende contra el mismo muro de varios metros de densidad que convertía la cárcel en una fortaleza inexpugnable. O eso parecía en teoría. Con un solo golpe, Riki abre un agujero de varios metros de altura y anchura en una pared, y de ahí, hacia la libertad. Esto último resulta curioso de entrar a valorar porque en toda la película, Riki no se ha hecho, aparentemente, más fuerte que antes. De hecho, es el curioso caso de que el protagonista es tan fuerte a estas alturas que cuando se quiere poner, puede salvarse de cualquier obstáculo que se le ponga delante. Y está claro que los muros de la prisión no eran un impedimento más.
A pesar de la ridiculez, lo cierto es que todo este comportamiento tan mamarracho de la propia película se toma su misión de dar la vuelta y que resulta hasta disfrutable. Porque en vez de que se sienta como una visión espeluznante y puramente ridícula de un manga, logra que el espectador pueda sentir con afán los momentos en los que Riki da esos devastadores puñetazos a sus enemigos, tal y como quería el propio manga. Y es que lo mejor que puede hacer el arte es ser sincero consigo mismo y con el espectador, porque tomarse demasiado en serio puede lograr rechazo y tomarse demasiado en broma puede que, irónicamente, no sea divertido. Una visión casi ingenua de una obra puede tomarse como infantilista, pero hay casos como el de la propia Riki-Oh, que consiguen dar la sensación de estar viendo el mismo manga, aunque sea desde una gafas hechas con partes de otras en vez de con una Gucci, como sí intentan algunas productoras millonarias.