La muerte del fan

De unos años a esta parte, distintas corrientes ideológicas han replanteado la relación entre la figura del autor, su obra y el receptor, muchas veces denominado «consumidor». Desde una perspectiva autoconsciente, el individuo siente indiferencia, afinidad o rechazo frontal por la ideología y los actos de la persona tras la obra, aunque esos puntos de conflicto no se materialicen necesariamente en su contenido, llegando al abandono de dicho material o incluso al boicot activo.

Una turba de Internet, supongo / ©Heinrich Füger

Así, en su ensayo homónimo, el estructuralista galo Roland Barthes niega la supeditación de la obra a la figura del autor en tanto a que cabrían más interpretaciones que la suya propia a la hora de analizar el lenguaje de una obra. En este lenguaje cabría un análisis temático y conceptual que no solo parte de las tesis estipuladas por el autor, sino que reparte y, por así decirlo, democratiza, esa porción del pastel entre todos y cada uno de los lectores formularían sus propias hipótesis. De esta forma, Barthes desmitifica la figura del creador y la reduce a un mero agente. Por otra parte, autores prácticamente contemporáneos como T. S. Eliot o John Crowe Ransom acuñaron la Nueva Crítica, una tendencia dentro de la crítica literaria que desligaba el contexto del autor y la obra para centrarse exclusivamente en el contenido. En comunión con la tradición formalista estadounidense, partía del discurso, sus formas y su semiótica para ejemplificar una visión del texto libre de injerencias externas, yendo más allá de la fórmula de Barthes, con la que comparte algunos paralelismos.

Bien, tras esta necesaria introducción, me gustaría invertir al difunto en cuestión. Hemos matado al autor tantas veces que no creo que quepan más puñales en su costado. Sin ir más lejos, en Futoi Karasu hemos hablado de lo que supone el apoyo económico a la obra del mangaka Nobuhiro Watsuki, pederasta confeso y condenado. Pero esta vez, el asunto es tan distinto como tangencial. Hoy el fan, como Julio César, debe morir por el bien de la República.

No hace mucho tiempo saltó la noticia de que Hajime Isayama, autor del reconocido manganime Shingeki no Kyojin, se disculpaba en público por el polémico final que le dio a la obra, duramente criticado en redes sociales, llegando incluso a pedir que se modificase en el anime —aún resta una última temporada para terminar, a diferencia del manga—. Más allá de lo que uno pueda pensar de dicho final, . No es el único caso ni lo será, desgraciadamente. En el mundo del videojuego, es bastante sonada la disculpa de Ken Levine, aclamado director de Bioshock, por el cierre del mismo. No tanto a nivel argumental, sino por la inclusión de un jefe final, tropo ineludible en muchos videojuegos que, sin embargo, solemos disfrutar, por debajo del montante total de la obra. Todo deriva de las quejas de los fans, las cuales, legítimas o no, tienden a sobrepasarse y mutar en una bola de ruido y furia que arrasa con todo a su paso.

El canon es, en última instancia, el núcleo del legado que deja una obra. Más allá de teorías, fanfics y demás diversos tejemanejes, «es lo que hay», nos guste más o menos. Por eso, uno de los actos más infames es la exigencia de la retirada del canon, muchas veces de forma vehemente. En el recuerdo quedan las protestas por Final Fantasy VII Remake y la revelación de que la obra no es una simple reinterpretación del clásico de 1997 o, añadiendo sal a la herida, el bochorno que supuso el octavo capítulo numerado de Star Wars: The Last Jedi. Más allá de la respetable división entre quienes la consideraban una obra revitalizadora dentro de la saga y los que alzaron una ceja ante la irregularidad de su guion, el griterío racista, misógino e inmovilista ensordeció cualquier otra clase de discusión, aunque ya nacieran viciadas de base. No es fruto de la casualidad incluir Final Fantasy y Star Wars en el mismo párrafo: ambas adolecen de fans que gritan a los cuatro vientos que cualquier tiempo pasado fue mejor, hasta el punto en que condicionan la hoja de ruta de las franquicias. El público no siempre es el soberano absoluto, pero sí quien paga y el dinero manda por encima de todas las cosas.

Las declaraciones del autor / ©Hajime Isayama

Somos libres de elaborar nuestra valoración de la obra y, por supuesto, también de elaborar nuestros textos en base a ella, nos haya convencido o no el resultado final. Pero la injerencia de un factor económico y las decisiones de los fans terminan por hacer mella en el aparato creativo, como fue el caso de Shingeki no Kyojin o, quizás el más célebre, Dragon Ball, la máquina de hacer dinero patrocinada por Akira Toriyama. El otrora pilar del nekketsu y responsable de la explosión del manganime en los 80 y 90 siempre ha estado constreñido no solo por las exigencias de los fans, sino también por el férreo control de la Shounen Jump. Es vox pópuli que la intención original de Toriyama era terminar con Dragon Ball, en la etapa que el anime denominó como Dragon Ball Z, en la saga de Freezer, con la aparición definitiva del legendario Super Saiyan. A posteriori, y ya conocedor de que esa fábrica de yenes no se iba a detener tan fácilmente, decidió matar a su protagonista, Goku, al final de la saga de Célula, para entregar el manto a Gohan. Bien, de nuevo la intención autoral fue obstaculizada: Goku y Vegeta eran demasiado populares como para cederle el protagonismo a nadie. El autor de nombre Toriyama no murió: lo mataron, aplastado por los engranajes en perpetuo movimiento de la maquinaria capitalista. A día de hoy, Dragon Ball tampoco ha evolucionado, regurgitando el éxito de Z y reduciendo a su veterano autor original a un mero consultor. No es que se haya desligado al creador de su obra o que se haya traspasado, más bien el testigo fidedigno de cómo el capital mata la creatividad, y cómo los fans participan gustosamente en la carnicería. Los roles, tradicionalmente fosilizados, de emisor y receptor, han sido sustituidos por «proveedores y consumidores». Sí considero que una mayor apertura del proceso creativo y un feedback cada vez más directo son algo positivo de cara a enriquecer esa relación a tres bandas entre texto, autor y aficionado, pero ese control creativo, cada vez más férreo, termina por traducirse en obras de laboratorio, medidas y engendradas para el consumo rápido y fácil de olvidar, como un algoritmo. Todo para el fan, sin figuras creativas reales. Algo dijo del tema Martin Scorsese, ¿no?

De esta problemática nace una corriente que, simplemente, no asume las decisiones que toma un autor, hasta el punto de la insistencia o algo peor. No desde el punto de vista de la mera discrepancia —creo que todos disponemos de opiniones grises acerca de obras que adoramos con sincera pasión—, sino más allá. Un infame ejemplo de esta situación se dio el pasado 2018, durante la emisión del anime Darling in the FranXX. En el capítulo 14, Hiro e Ichigo, protagonista y personaje importante respectivamente, se besan. Internet ardió porque, claro, ¡cómo se ha besado con Ichigo ahí en vez de con Zero Two, el personaje más famoso de toda la obra! Kana Ichinose, actriz de voz de Ichigo, llegó a recibir amenazas, así como el propio estudio. Todo nace de un egoísmo inusitado, posesivo y violento. En un tono más suave, pero sustentando la misma incapacidad, tenemos el asunto reciente de Masahiro Ito, diseñador de monstruos de Silent Hill 2, y la mirada de James Sunderland. Hace poco se descubrió que, si ajustábamos el brillo a la famosa escena inicial en la que James contemplaba el espejo de un baño roñoso, daba la sensación de que James devolvía la mirada al jugador, algo imperceptible con la configuración inicial. Internet se llenó de habladurías y comentarios hasta el punto en el que Ito, partícipe del juego original como miembro del Team Silent, tuvo que salir a desmentirlo. Se trataba de una simple casualidad. Los fans, erre que erre, no cesaron en su empeño, hartando al pobre creativo japonés que acabó hasta las narices de soportar a intensitos. Igual no era para tanto. Igual.

«El día que ardió AniTwitter«, óleo sobre lienzo / ©Trigger & A-1 Pictures

Planteo que, si bien no existe recorrido sin un apoyo detrás y esa compleja simbiosis entre contenido y apoyo es más que necesaria, ese carácter parasitario de la base de fans resulta un problema a la hora de ampliar el discurso. De la misma forma, el denominado fanservice de corte erótico viene motivado, precisamente, por una intención comercial más que discutible. Todo por el mismo problema: el público y sus pataletas. Y si bien uno no puede vivir sin el otro, ya se ha vertido mucha tinta en hablar de la muerte del autor y la separación de su obra. Igual es hora de contemplar la otra cara de la luna y matar el concepto de fan de una vez por todas.

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