La diversidad de orientación e identidad sexual, o la falta de ella, es un debate cada vez más grande a medida que pasan los años y existe un discurso acerca de que ahora es cuanta más diversidad existe y que todo eso no son más que moderneces estúpidas, pero a poco que miremos la historia y conozcamos otras culturas, nos podremos dar cuenta de que la diversidad siempre ha sido una constante, y más fuera de los estándares occidentales. Multitud de culturas de la antigüedad o de fuera del viejo continente y de EEUU han expresado con naturalidad ciertos fenómenos que a día de hoy pueden parecer incluso progresistas: la existencia de la homosexualidad no era un misterio en la Antigua Grecia —a pesar de que sólo estaba bien vista en casos considerados “de pederastia” y entre hombres aristócratas—, y multitud de culturas anteriores han percibido el género de maneras menos encorsetadas, o incluso con todavía más clasificaciones que el binarismo hombre-mujer tan conocido para nosotros, como mismamente la India con las hijras.
En el caso de Japón hablamos de un fenómeno más curioso si cabe, pues, aunque nunca se hayan salido como tal de estos binarismos, la homosexualidad entre hombres era algo relativamente bien visto en tiempos pasados. De hecho, se consideraba que era un amor más real si cabe el que se daba entre los samurais que el existente en el contrato que suponía el matrimonio. En los años 20, si ya queremos hablar específicamente de las relaciones sáficas, surgió el concepto de tener una “annie”, que era el nombre que se le daba a la amiga platónica de otra mujer, con la que se besaba y hasta se acostaba. Esto se veía como algo normal, como una relación natural entre mujeres aunque, por otro lado, una vez que alguna de ambas contraía matrimonio con un hombre la relación debía de terminar.
Como podemos ver, con sus más y sus menos, Japón siempre ha sido un país en el que las relaciones LGB eran algo que se miraba como si nada, aunque luego uno debiese de centrarse en su matrimonio y sacarlo adelante. Pero, ¿y con la T? ¿Qué pasa con las personas trans? Aquí ya entramos en una discusión, a priori, parecida pero con fundamentos distintos. Se toma como ejemplo destacado el caso de cómo tradicionalmente los hombres debían de interpretar a las mujeres en los teatros de kabuki, que aunque esas personas necesariamente no tenían por qué pertenecer al espectro trans, sigue teniendo cierta relación con respecto a ciertos roles de género y expresión de este mismo, sobre todo si sabemos que una gran parte de los que dedicaban su vida al kabuki fuera de este también “decidían” vivir su vida como mujeres, siguiendo todos los roles asignados a estas.

Parece que Japón fue bastante permisiva con el LGBT pero esta aceptación y naturalización es cosa del pasado. A partir de la era Meiji (1868–1912), la sociedad y cultura japonesa comenzó un cambio drástico debido, en parte, a la influencia occidental y los valores que antes existían fueron relegados poco a poco por el asco y el desprecio hacia este tipo de prácticas. A día de hoy, aunque nos encontremos con un Japón con un contenido más LGBT que nunca, en la realidad sigue siendo algo que mucha gente opta por llevar en secreto y a practicar con toda la cautela posible. Y cuando hablamos en específico de las personas trans es bastante descorazonador: ya no sólo que veamos el mal trato que siempre se les ha dado en el mangaanime y una fetichización exagerada —mismante el concepto de futanari—, sino que a día de hoy, en Japón uno ha de someterse a varios tipos de cirugías y esterilización para poder ser reconocido con el género con el que se identifique. E incluso con esto, es bastante difícil de conseguir el cambo de DNI. No es algo exclusivo de Japón tampoco, ni siquiera dentro del primer mundo, que tampoco queremos ser demagogos. Pero sorprende particularmente como, ya que el país del sol naciente destacaba en su trato hacia las identidadas diversas, se haya ido tanto de madre —cómo no, la colonización—.
Es por ello que cada vez que aparecen personajes diversos respecto al género en lo que es el manganime se siente como algo fresco y, además, necesario. La ficción puede que no cause cambios sociales a un nivel inmediato, pero todos sabemos que ejecuta su labor naturalizante y trae la conversación a la mesa, de manera que así se visibilizan realidades diferentes a la cishetero. La tendencia de tratar estas circunstancias, aunque tímida, está asentándose cada vez más como una realidad, y multitud de obras se están dedicando a sacarlas a la luz, pero la que comentaremos específicamente en el artículo de hoy es Welcome back, Alice. Este es un manga dibujado y guionizado por Shuzo Oshimi, uno de los mangakas que se sitúa en la tendencia actual de manga de corte más existencialista junto a Inio Asano y Tatsuki Fujimoto, por dar varios ejemplos. Sus trabajos, como ya ha sido mencionado antes, se basan no sólo en tal influencia filosófica, sino también el dolor implícito de las relaciones sociales y la crueldad humana en todas su facetas. Ya se ha comentado por aquí Chi no Wadachi, que a título personal, es una de las obras más frescas que están saliendo actualmente, y Hapiness y Las flores del mal, que desde luego que no se quedan atrás.
Hablando exclusivamente del manga en cuestión, Welcome back, Alice nos presenta a 3 amigos de la infancia, Youhei, Mitani y Kei, con sus típicas rencillas prepúberes. Tras un acontecimiento, Kei se va de la escuela y los años pasan hasta que encontramos a nuestros personajes en la preparatoria. Cuando You ha conseguido que Mitani corresponda sus sentimientos, aparece una nueva alumna en clase. Esta misteriosa alumna habla con demasiada confianza a You, y en la presentación de ese años, lo revela: es Kei, que ya no se identifica para nada con el término “hombre”. Las tensiones empiezan en la clase y la relación entre Mitani y You se ve “amenazada”, pues este empieza a dudar después de que Kei haya decidido sincerarse respecto a sus sentimientos anteriores. La trama de este manga está llena de momentos tóxicos, dolor, rechazo, relaciones problemáticas y de control, duda y autodescubrimiento personal. Es cierto que se centra más en el hecho de cómo reacciona todo un entorno a que una persona decida salir del armario, pero no quita que igualmente se explore esta idea de una manera quizás menos común.

Sin más rodeos, hablemos de Kei. Es sin duda el personaje más interesante de la obra, pues a pesar de que durante el transcurso de la historia no se ignore o justifique su sufrimiento por el hecho de que nadie le acepte, lo interesante es que, a diferencia de la ficción queer mainstream, estas no son sus únicas preocupaciones y su personalidad no casa del todo con lo que se se podría considerar “modélica”. Kei es directe, es moleste, es agobiante, con alguna que otra característica que de primeras, no se definen como ideales. De cualquier manera, ayuda a conformar su personalidad de una manera más compleja, pues no es simplemente una víctima que sólo tenga utilidad como víctima. Además de verle sufrir a raíz de como le tratan sus compañeros de clase y de las dudas que pueda tener, podemos contemplar bastantes más facetas: su cara pervertida, su versión más cargante e incluso actitudes un tanto más maquiavélicas. Y no es un personaje escrito ni de lejos para ridiculizar a las personas trans o para tacharlas de cosas que no son, sino que como ya hemos dicho, Oshimi trata de hablar de lo absurdo que llega a ser el binarismo de género impuesto y que ser x o y no implica necesariamente que uno deba de comportarse de una manera predeterminada por sus genes.
De hecho, esto tiene más peso del que parece a primera instancia, pues si bien Kei se presenta de la manera más femenina posible, deja claro en todo momento que no es que sea una mujer y que rechaza el binarismo impuesto por su expresión de género, de manera similar a como ciertas personas que pertenecen a la L del LGBT y se definen como butches prefieren autorreferirse en masculino o en neutro. De hecho, siempre deja claro que “ha dejado de ser un hombre”—en palabras textuales—, pero que no quiere denominarse de manera femenina, pues tampoco se considera una mujer. Así de primeras, a alguna persona le podrían saltar las alarmas ante posible transmisoginia por parte del autor, pero en el epílogo del primer tomo el propio Shuzo Oshimi se nos abre de manera personal, contando cómo ha escrito esta obra por su desacuerdo con el binarismo hombre-mujer, el sexismo implícito de este y el dolor que le han causado a él los roles de género asociados al suyo. Cualquiera que lea esto podrá entender la obra de una manera distinta y, a medida que vamos viendo el transcurso de la historia, todo queda patente. Al final, Oshimi nos muestra situaciones de rechazo hacia Kei por el mero hecho de existir, reconocerse y mostrar que no le importa si su imagen no corresponde con la personalidad que “debe” de adaptar si quiere que los demás le vean como una mujer. Por entrar en detalles, por como Kei describe su forma de comprender el género en si mismo, podría hacernos pensar que es mas bien una persona no binaria con expresión de género femenina.
Una de las más claras muestras de que esta obra se preocupa y entiende la realidad LGBT se encuentra en Ren. Ren aparentemente es una mujer, pero se fascina en cuanto conoce a Kei, su historia, y su forma de ver el mundo. Le revela cómo siempre ha tenido problemas para identificarse en su genero asignado, pues es mas alta de lo que debería y más fuerte de lo que se esperaría, pero luego llora y es más sensible que cualquier hombre. Kei, que se encuentra en unas circunstancias en las que duda de su decisión,—pues a pesar de estar feliz, le ha traído problemas que jamás se habría imaginado—, le recibe entre sus brazos, y en un momento concreto de la obra, comparten una de las escenas más bonitas que he visto en mucho tiempo en el medio del manga: ambos personajes se desnudan, contemplan su cuerpo sin ningún pudor y se muestran simpatía. Siempre se cuestiona que en la ficción veamos a personajes LGBT sólo relacionándose entre ellos, pareciendo que estos no puedan acercarse a personas distintas a sus preferencias o forma de definirse. Esta escena nos demuestra por qué pasa esto, pues Ren es la única persona de su círculo que en este momento puede comprender del todo por lo que está pasando, aunque sus experiencias no sean iguales a las de Kei. Ambos entienden lo complicado que es para el otro tener ajustarse a unas normas que no funcionan. La solidaridad entre miembros del LGBT se da por esto precisamente, porque nadie que no forme parte puede llegar a entender lo complicado que es a tantos niveles, y el cómo Oshimi decide mostrarlo es simplemente precioso.

Puede que Shuzo Oshimi haya creado una obra que ciertas personas definirán como «problemática», sobre todo tras la nueva oleada de “mojigatería” estadounidense, en la que si un personaje no se comporta de una manera absolutamente inofensiva o su historia no es un drama llena de sufrimiento y dolor con un personaje intachable en lo moral, se le va a otorgar el calificativo. De hecho, volviendo a parte del principio del artículo, aunque estemos ante más historias LGBT que nunca, nos estamos encontrando en muchas ocasiones los mismos tipos de personajes que corresponden a los arquetipos ya citados. Y mirad, al final es normal terminar detestando profundamente esta forma de entender la ficción, pues un mantra muy útil para estas cosas es “si tiene sentido o no va con intención de odio, cualquier obra y personaje debe de existir”. No sólo tiene que existir La casa de la pradera, también queremos Breaking Bad o Misery, y esto aplica también —e incluso con una mayor importancia— al contenido LGBT: Nadie quiere que todas las obras LGBT sean Heartstopper o Sasaki to Miyano por mucho que hayan ocupado un espacio importante en su corazón, también es sano ver como se les representa de maneras semejantes a la gente cishetero. Lo ideal sería que un escritor no tenga miedo de hacer que un personaje LGBT de su historia no sea un calco de la heteronormatividad más básica y tampoco es lo mejor que este sea un personaje tan absurdamente inofensivo que se note que está puesto para cumplir un cupo, porque no saben escribirlos de otra manera. ¿Haría tanto daño aceptar que como espéculo que es la ficción, queremos ver a todo tipo de personajes e historias?
Se entiende perfectamente de donde parte esta necesidad por ver historias que sean reconfortantes. Ya es bastante traumático para muchas personas ser LGBT y es esperable no desear estar leyendo continuamente acerca de desgracias. Pero, a la vez, quizás por todo esto también podamos entender la creciente popularidad de títulos como Killing Stalking, un manwha BL tan absurdamente depravado y morboso que la mismísima Serbian Film se quedaría corta a su lado en una competición de crueldad. Igual las personas del LGBT también quieren ver cómo pueden ser protagonistas de cosas asquerosas y damnificantes, igual también se merecen dejar de bailar entre el tan desgastado binarismo de persona indefensa y de víctima absoluta.
Con esto tampoco se está queriendo decir que el camino sean la historias turbias y violentas, no. La respuesta encuentra paralelismos con la que damos en el mítico debate acerca de la representación femenina en la ficción: no queremos ver siempre a mujeres débiles que carezcan de voluntades o deseos propios y estén ahí para rellenar, y tampoco queremos ver a mujeres fuertes que repliquen al 100% toxicidad que tanto se critica en ciertas masculinidades de los personajes hombres. Lo que queremos es que existan personajes variados e interesantes, o que si son menos desarrollados, que no sea porque los autores tiendan a escribir a sus personajes femeninos bajo el mismo patrón. Lo mismo sucede con los personajes LGBT, no es que queramos a un personaje como un golden retriever que es imposible que nos muerda, o que necesitemos a una lesbiana asesina y despiadada sin ningún código moral: lo que hace falta es que estos dos arquetipos de personaje puedan coexistir y que a la hora de escribir al colectivo, no se le diseñe en base a 4 tipos de personaje.
Welcome back, Alice, además de plantear esta cuestión, también nos hará darle vueltas y vueltas a cientos de situaciones en las que quizás de primeras no habríamos reparado. Pero no las comentaremos aquí. Así que si queréis descubrirlas por vosotros mismos, ya sabéis a qué nuevo manga debéis de darle una oportunidad.
Ciertamente estoy de acuerdo con cada punto expuesto en el texto. Como persona bisexual que ha dudado repetidas veces de sí mismo y su entorno, encuentro muy valiosas las historias sin miedo a ser honestas, dolorosas como muchas veces es la realidad. Esto no quiere decir que no sienta interés o agrado por historias más cálidas, solo que veo importante que existan las historias con autores dispuestos a contar algo que ocurre y cómo ocurre sin miedo. Por eso en el manganime al menos les tengo mucho cariño e igual respeto a obras como Mi experiencia lesbiana con la soledad, My Broken Mariko, Shimanami Tasogare y recientemente la propia Okaeri Alice. Especialmente porque, casualidades de la vida, antes de leer este artículo acabo de leer el afterword de Oshimi en el quinto volumen del manga, y es uno de las piezas más sinceras que he leído sobre la sensación de otredad y opresión personal a causa del género.
Muy buen artículo, era necesario leer algo así.
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Muchísimas gracias a ti por leerle y por abrirte así 🙂 <333
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