No poca gente usa, a modo de argumento serio, que «han metido política en mi obra» a modo de crítica para reducirla, como un recurso que le hace perder verosimilitud. Lamentablemente para ellos, una obra es política desde el momento en que nace y en función del contexto donde se desarrolla. Esto no significa que tenga una instancia concreta hacia alguna posición clara, sino más bien que todo lo lo que le rodea ha fraguado su visión. De la misma manera, de cambiar el clima político y social de esa obra también afectaría a como se ha estructurado esta, incluyendo —sobre todo— si esa obra se basa en otro mundo diferente al nuestro.
La sociedad trata de modelar como somos y pensamos, aunque no sea necesariamente siempre para un mismo lado o forma de ver las cosas. Pero es innegable que sí nos influye, ya sea en la forma de relacionarnos con nuestros semejantes o con el mundo que nos rodea. Por esta razón, una obra tiene un mensaje particular que puede ser más claro o más vago, dependiendo de las connotaciones del propio autor y de su manera de transcribir esas ideas a su obra. Al fin y al cabo, la ficción es un vehículo para expresar una idea o un concepto, y el cómo se lleve a término determina mucho el cómo lo perciba quienes lo vean, porque la línea entre aleccionar y enseñar es a veces muy fina, y en algunos temas puede ser muy notable.
Los Simpsons suelen tener un mensaje que puede ser más sutil o más directo, depende mucho de las temporadas y del tema que vayan a tocar. Y el tono con el que normalmente te sueltan lo que quieren expresar a la cara quizás sea de forma más cínica, o a veces de forma más sincera. Puede debatirse más el núcleo del mensaje que quieren dar, pero el formato de envío no es algo que chirríe y es coherente con la propia obra. Lo más curioso del asunto es que cuando lo que se quiere decir no sólo es cuestionable, sino que encima está metido de forma terrible, la impresión que deja es de todo menos positiva. Y aunque en el mundillo del manganime no es un evento que se dé forma tan común, los casos son tan sonoros como un elefante en una cacharrería.
Pero antes de continuar, sería adecuado explicar un concepto particular que le viene como anillo al dedo de lo que se habla: el hombre de paja. En argumentación, es una falacia donde se trata de exagerar, e incluso ridiculizar, una postura contraria a lo que se quiere exponer, de forma que se pueda atacar fácilmente por la otra parte y así «ganar» la discusión. Por norma general, en libros o cómics se suele hacer marchando por otra vía del tema que se discute y así dibujar a la otra parte de forma irracional para que no pueda defenderse. De esta forma, el oponente tiene un frente abierto que poder refutar con facilidad. Es necesario especificar este término para poder entender lo que se va a comentar a continuación.

Y es que en Platinum End, obra creada por los incombustibles Tsugumi Ôba y Takeshi Obata —autores de Death Note—, tiene entre sus decenas de capítulos un momento, como poco, cuestionable. Esta no sería la primera vez que pasa, ya que su anterior manga, Bakuman, empezó a tratar en su momento ciertos aspectos sexistas, como la desvalorización de las mujeres dentro mundo del manga, y no como crítica precisamente. Puede que este asomo de patita ya fuera una advertencia significativa de lo que estaba por venir, pero nadie estaba preparado para lo que se fraguaría en Platinum End.
En cierto momento de la historia varios de los personajes secundarios se reúnen para discutir sobre varios temas, y Yuri Temari, un personaje conocido por, normalmente, no ser la voz de la razón a lo largo del manga, hace un comentario cuestionable, por decirlo de forma suave. Básicamente, muestra su incomodidad hacia la gente homosexual debido a que dos compañeros masculinos suyos se muestran afectuosos entre sí, y es entonces cuando uno de los personajes critica su postura aludiendo a la discriminación. Temari se enoja y entra al trapo, empezando una discusión donde «argumenta» en una retahíla de diálogos que poco a nada tienen que ver con el tema del que se hablaba en primera instancia, cambiando el foco para salir del paso. Acusando, incluso, de histeria a la gente que sufre de discriminación, y terminando en un infame «que legalicen el matrimonio homosexual en vez de criticarme», creyendo, de alguna forma, que ha tenido razón en el tema.
Fire Force es la última obra de Atsushi Ōkubo, un manga de bomberos con poderes, y también con el extraño fetiche de desnudar algunas de las protagonistas de la misma a la primera de cambio. Un recurso que incluso no poca parte del fandom ha mostrado rechazo de lo repetitivo y cansino que resulta. Y eso es algo que parece que al propio Ōkubo no le ha sentado nada bien, porque en cierto momento de la historia, Tamaki, una de las protagonistas, decide desnudarse para enfrentarse a una adversaria y un personaje secundario critica esa decisión duramente. ¿Cómo se resuelve esto? Haciendo que el propio hijo de ese personaje empiece a contraargumentarla —de repente pasa de tener un vocabulario de un niño de 10 años al de un adulto formado— de forma tan lamentable como decirle que la crítica sobre la decisión de Tamaki de desnudarse viene porque ella es una mujer fea y amargada. Y aquí no hay personaje de gafas que dé razón al crío. Ya se encarga la misma obra de hacer desaparecer a la criticona en ceniza porque, casi literalmente, el crío le dice que solo es una npc que no le importa a nadie.
Está claro que en la cabeza de ambos autores lo que tenían pensado sonaba espectacular. Una pena que no se dieran cuenta de eso precisamente: que eso solo era en su cabeza. Porque muchas veces no es lo que se cuenta, sino cómo se cuenta —aunque, siendo sinceros, en ambos casos, el mensaje también es buena parte del problema—. Y no hay peor forma de contarlo que tratando de darse la razón a uno mismo. Una especie de palmadita en la espalda al completo silencio, casi como un grito desesperado para reafirmar sus propias convicciones de la forma más draconiana y lamentable posible. Porque el hombre de paja se da cuando inventas los argumentos de tu oponente imaginario para hacerlos de tal forma que puedas «ganarle» con «hechos» y «lógica», términos que solo cobran ese sentido en el teatro que se ha montado el autor para tener un espejismo de la razón.




Y lo mejor de todo es que esto se podría haber obviado si no hubieran entrado al trapo: quien calla, otorga. El no decir nada puede ser más sabio que hablarlo, especialmente si es una estupidez o la respuesta no está muy bien meditada. Camuflar este tipo de cosas es más fácil en producciones audiovisuales, aunque ello no implica que dejen de estarlo. Y, afortunadamente, no es algo común en el manganime, sobre todo porque es difícil sacar muchos más ejemplos de obras dentro de lo mainstream. Lo ideal es que al reflejar sus opiniones y darse cuenta de lo equivocadas que estaban, se hubieran retractado, o mejor aún, hubiesen escrito esos mensajes también desde el otro prisma y así poder comprender mejor la parte contraria. En un mundo mejor, así hubiera sido. La única incógnita que queda es si sus respectivos autores conocen las reacciones de su público una vez salieron estos momentos. Quizás sí. Quizás no. Pero queda claro que, sacar a coalición un tema del que se tiene prejuicios y expresarlos de manera lamentable con falacias no es, desde luego, el movimiento estrella que piensan.