Opinión: En defensa del yaoi

Cuando uno se adentra en el manganime se da cuenta de que existen géneros, tropos o demografias bastante variadas, que a su vez están llenas de consumidores escépticos respecto a su existencia. Desde arquetipos como las tsunderes y demografías enteras como el shojo (confundido comúnmente con un género de carácter exclusivamente romántico), tanto otakus como gente más cercana a los media mainstream han criticado bastante la existencia de estos mismos e incluso comentan cómo los detalles que perciben como negativos les frenan a la hora de acercarse a ciertas obras o al medio en general. 

Como no podría ser de otra manera, estas discusiones en redes —y en persona— han llegado a crear discursos limitantes y hasta dañinos respecto a ello, moldeando en consecuencia la opinión popular y dejando en claro que quien opine distinto sobre estas cuestiones no debería ser escuchado. Toda esta suerte de paternalismo dentro del manganime en general y de los discursos que rodean la cultura pop crean una idea bastante perjudicial acerca de géneros y productos que, si bien no son perjudiciales en sí mismos, hace que sean tachados, en conjunto, como tales, pese a englobar un abanico lleno casos diversos, individuales y particulares.  

Algunas de las víctimas más claras de este discurso repetido en masa son el boys love, el shounen ai y el yaoi. Para quién, por algún motivo, se haya cruzado con este artículo sin saber de qué se está hablando, el boys love es un término que engloba los manga y animes en los que se den relaciones de carácter sentimental o sexual entre dos hombres. Este se subdivide en dos categorías: el shounen-ai, en el que simplemente se muestran historias románticas entre dos chicos y el yaoi, en el que además se muestra de manera parcial o totalmente explícita las relaciones sexuales entre estos hombres. Desde aquí nos referiremos a lo largo del artículo a este “género” únicamente como yaoi, aunque no sea completamente correcto, simplemente porque la mayor parte de los consumidores reconocen antes este término que los otros.  

El yaoi es un género que no está excluido de tensiones, debates y opiniones muy controvertidas. Hay quienes lo critican por pura homofobia —así, sin rodeos—. Hacia esa gente no hay mucho que decirles más que que Futoi Karasu apoya los derechos y las vidas de las personas LGBT, y comunica que quienes no estén dispuestos a tolerar al género por esto, pueden dejar de leer la página en este mismo momento. No se les echará de menos. 

Pero desde hace un tiempo existen otros frentes que critican al yaoi y al BL por motivos más diversos. Estos motivos, aunque sean más justificados y, quizá, más legítimos, siguen partiendo de una notable desconexión hacia el público objetivo del género y al contexto cultural del propio país nipón. Y por ello creo que es necesario romper una lanza a favor del mismo. Hay que dejar claro desde el principio, y por si acaso, que la visión aportada en este artículo es tan solo la de la redactora. Y además es solo un intento por tratar romper una lanza a favor por un género que está bastante maltratado por parte del público otaku, no de defender lo indefendible

Oku made Furetemo Ii desu ka / ©Daria

Una de las críticas que más se realizan hacia el yaoi es que fetichiza las relaciones sentimentales y sexuales entre dos hombres. Esto puede ser, hasta cierto punto, cierto y aquí no se va a negar que existan personas o autores que sientan una particular fascinación hacia este tipo de relaciones y que lleguen a comportarse de maneras francamente repulsivas hacia estas personas —todos conocemos a la típica persona que se pasa de la raya—. Tampoco se van a pasar por alto. Pero esta queja parte de una premisa que no es correcta: que las mujeres consumen este género por los mismos motivos por los que los hombres heterosexuales suelen consumir contenido erótico de mujeres manteniendo relaciones sexuales entre ellas, cuando para nada es el caso. Si bien este tipo de hombres tiende a consumir estos productos culturales por casi exclusivamente un deseo sexual y de posesión hacia las involucradas, si nos ponemos a hablar del caso de las mujeres, esto se torna en un asunto un poco más complicado. 

Primero hay que aclarar una cosa: el yaoi no es la contraparte gay del hentai, pues el primero implica erotismo y el segundo es directamente pornografía. Un yaoi puede ser hentai, de hecho se pueden encontrar varios ejemplos, pero no necesariamente todo yaoi lo va a ser. La diferencia fundamental entre ambos es que, si bien el erotismo busca adentrarse en la intimidad propia que existe en la sexualidad como una faceta más de las relaciones sentimentales y de cómo estas influyen en las personas, la pornografía es mostrar sexo por mostrarlo, con una intención exclusiva de ver cómo personas ajenas a nosotros mantienen relaciones sexuales. Como define Alberto Medina, autor de Inventario de deseos: “la pornografía es la carne sin espíritu, es el encuentro íntimo de seres pero sin espíritu. Es la carne hecha circo, el sexo hecho circo. El erotismo es el ritual de la intimidad”. De manera que, si entendemos esta diferencia, al final el yaoi no deja de ser un género donde vemos las relaciones sexuales y sentimentales de dos personas, en el que se da la casualidad de que son dos hombres.

Las obras eróticas, aunque se intente ocultar debido a un tabú existente en la sociedad actual, suelen ser bastante consumidas por mujeres, sean del tipo de relación que sea. Estas, además, tienden a sentirse representadas con todo tipo de personajes, y muchas veces, incluso más con los masculinos, posiblemente porque de estos existen ejemplos más desarrollados y con un mejor trato por parte de los autores. El que una mujer consuma más yaoi viene más de una identificación personal de la lectora con los personajes y sus vivencias e intimidad en las relaciones que por otro motivo. La excitación sexual puede ocurrir —las mujeres no tienen por qué negar que ver escenas de cierto tipo las puede llegar a excitar—, pero esta viene por otros motivos: el hombre se excitaría porque siente puede llegar a estar ahí e interactuar con ellas, la mujer, sin embargo, se puede llegar a excitar porque se siente identificada con una de las personas involucradas y conecta más con los conflictos personales de los personajes. Al final, no deja de ser el caso de mujeres que quieren leer historias de amor que incluyan la intimidad y comunicación propia del erotismo. 

Tampoco es baladí mencionar que muchas de las personas que leyeron estas ficciones creyeron que eran mujeres hasta que encontraron el yaoi, donde al consumirlo, pudieron reflexionar más acerca de su identidad y de su género. Demasiadas personas conozco a las que estos mangas y anime les hicieron darse cuenta de que jamás habían sido mujeres. Y además de esto, gran parte de las mujeres que consumen yaoi en general, pertenecen al colectivo LGBT de una forma o de otra. Como curiosidad importante, si uno se fija, parte de los consumidores más habituales resultan ser mujeres lesbianas.

Hana to Usagi / ©Gush

Volviendo al tema del trato hacia los personajes masculinos, es una realidad casi impepinable que dentro de la ficción mainstream, en general, suelen ser los personajes mejor tratados y a los cuales se les ofrecen tramas más ambiciosas. Incluso cuando tratamos las propias historias de amor, los personajes femeninos, que suelen ser los protagonistas de estas, se sienten vacíos y fácilmente sustituibles unos por otros. E incluso en el yuri, que podríamos definir como la contraparte femenina del yaoi, muchas lectoras se han llegado a quejar de que, precisamente a causa del machismo imperante de la cultura japonesa, las protagonistas están rodeadas de un aura demasiado infantil y muestran personalidades demasiado complacientes. Por esto, muchas mujeres acaban emigrando de un género a otro por el simple respeto y variedad que se ofrece a sus protagonistas.  

Hay otra queja habitual y que va a resultar especialmente delicada: «El yaoi está lleno de abusos sexuales, violaciones, relaciones tóxicas y la romantización de estas». Es bastante cierto que hay parte de este género que está sustentada en este tipo de acciones aberrantes, como el asqueroso Koisuru Boukun, donde la relación “amorosa” está cimentada sobre una premisa de abuso en la que tiene cabida incluso el abuso de drogas, o Maiden Rose; pero tampoco podemos obviar que, en general, toda la ficción japonesa está llena de detalles como estos, especialmente cuando pensamos en el hentai heterosexual. ¿Quién no lo ha pasado fatal leyendo Metamorphosis? No es algo que no debamos condenar y perseguir, pero tampoco podemos echarle la culpa exclusivamente a un género por recurrir en ciertos casos a exactamente lo mismo que los demás.

De hecho, en ocasiones se es injusto en demasía con esto. Cuando se toman ejemplos, se hace una cierta trampa: escoger obras de hace 10, 15 o 20 años o con un periodo de publicación relativamente largo. Habrá gente a quien no le parezca tiempo suficiente como para que la industria cambie, pero a medida que pasan los años, los propios autores van cambiando su visión hacia ciertas dinámicas o aspectos que en su momento veían como más normales en la industria y poco a poco van cambiando de parecer. Incluso Shungiku Nakamura, autora de las conocidas Junjou Romantica y Sekaiichi Hatsukoi —los mayores exponentes del género, que lo cambiaron radicalmente y que tampoco estaban exentos de este tipo de actos—, se esfuerza desde hace ya un tiempo porque estas obras, que siguen en publicación a día de hoy, no representen unas posibles relaciones abusivas. Asimismo, ha dejado de utilizar ciertos recursos que no beneficiaban para nada en ese sentido, haciendo ahora que sus personajes reflejen más abiertamente sus deseos sexuales y un consentimiento bastante más claro, tanto para los lectores como para los protagonistas. Y sigue sin ser motivo para olvidar que algunas de estas obras tienen 20 años y se escribieron en un momento en el que, aunque parezca mentira, no era para nada extraño escribir estas dinámicas. Toradora por ejemplo, un anime romántico de los 2000, también muestra una relación heterosexual no exenta de abusos y conductas tóxicas. Pero en su caso no se culpa al género “romance”, sino al medio del anime en sí. 

Doukusei / ©Opera Magazine

Repito, e insisto, que no se pretende desde aquí defender abusos, relaciones tóxicas o violaciones, pues yo misma no puedo soportar ciertos mangas o animes que se basan en estos tropos, como puede ser el ya mencionado Koisuru Boukun. El punto es no entender que estas tendencias existían de forma no generalizada en un momento concreto, que más pronto que tarde acabarán desapareciendo por completo y que este es un género que también evoluciona conforme se “conquistan” ciertas luchas sociales. Que, por supuesto, hay que culpar específicamente a las obras dañinas, no ir en contra del género en su totalidad. Y para terminar con un mejor sabor de boca, voy a recomendaros varias de mis obras favoritas en este género que, os aseguro, no caen en este tipo de historias: 

En primer lugar, y casi mi motivo total de aprecio por este género, todos los mangas escritos y dibujados por Junko, una autora con una grandísima sensibilidad y pasión por todo lo que hace. Obras como Star like words, Recipe to ouji sama, Konbini-kun y especialmente Kimi Note, muestran una ternura inigualable, amor a fuego lento y pausado y una catarsis emocional casi bárbara. Kashima Chiaki tampoco se queda por detrás de Junko, pero si hay que elegir un trabajo específico de su autoría, este debería de ser sin duda Hana to Usagi, título sencillo, pero también delicado y blandito. Sería un crimen no mencionar asimismo Doukyusei, de nuestra querida Asumiko Nakamura, probablemente la autora más destacada a la hora de usar el erotismo a su favor, aunque esta obra se siente más pura de lo que una podría esperarse. Y, como breves menciones honoríficas, mencionaré a Oku made Furetemo Ii desu ka de Akira Yoshio, Umibe to Etranger por Kanna Kii, Mote papa to dakaretaijunjou kuoushi de Kasuii y Sugar Dog Life de Yoriko. E igualmente, insistiría en no quedarse siquiera en estas las obras que mencionadas, pues el yaoi está lleno a rabiar de historias preciosas y que merecen la pena ser descubiertas.

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