“Pokemon vale por los juegos, Digimon por el anime”. Esa frase se decía hace 20 años en los patios del colegio y, a día de hoy, ha envejecido un poco como la leche al sol. Porque actualmente Digimon es una franquicia casi residual, a pesar de los múltiples intentos de Bandai Namco por hacerle reboots, remakes, continuaciones… siendo ahora una competidora terciaria —con suerte— contra la monstruosidad de The Pokemon Company.
Los Pokimon como diría nuestro afable Josué Yrion, son una bestia parda en lo que a ventas se refiere, ya sean juegos, peluches, películas. Es un producto transmedia tan inmenso, que prácticamente es imposible que los monstruos digitales de Bandai Namco puedan tomarles la remontada ni en 1 o 10 años. Ni siquiera en formatos ajenos al videojuego.
Quizás se deba al resultado de una serie de producciones muy discretas —al menos en términos de influencia, comparadas con las 4 primeras series de animación—, o a no saber adaptarse bien a un público concreto. Los videojuegos de Digimon tienen claro ser el último caso, con honrosas excepciones desde luego, pero jamás pisando de forma consistente el acelerador en esa carrera eterna por intentar igualar a los Poketo Monsta como bien dicen en Japón.

Parece mentira, pero lo cierto es que la serie más famosa de los monstruos digitales, la que lo empezó todo, se concibió como una miniserie para poder vender Digimon World: el primer juego de la franquicia en consola de sobremesa en 3D. El resto ya es historia: a la miniserie se le quitó el prefijo para convertirse en un anime en condiciones, y de ahí le siguieron sus secuelas, películas, etc.
¿Y qué fue del marginado? ¿Acaso ese primer Digimon World acabó en un ostracismo merecido? La respuesta es complicada. Aunque tuviese el apoyo de Bandai a la hora de distribuirse y venderse, no previeron el problema que entrañaba esta entrega para el supuesto target al que iba dirigido. Ya ni hablemos del poderío que tenía Nintendo como máquina mediática, consiguiendo que Pokémon apareciese en el momento y lugar adecuado. ¡Y eso que en sus inicios fue casi un fracaso!
Digimon World es un juego complejo, demasiado enrevesado en sus mecánicas y sistemas para ese supuesto público tan joven al que Bandai trataba de engatusar. La mayoría de los niños que quisieran jugar al título esperaban algo similar a la experiencia de la serie, con sus Digimons favoritos y poderlos evolucionar a sus ramas particulares. Spoiler: la decepción no iba a darse tarde.
El juego de PS1 adaptaba, precisamente, los Tamagotchis de los que provenían. Los Digimon no tenían una línea evolutiva sólida, aunque por aspecto fuese la más coherente. Todo dependía de los stats, la amistad y la obediencia que acababa teniendo el bicho en el momento de la verdad. No quiero imaginarme la cara que pondría un chiquillo que, con toda ilusión, digievolucionaba su Agumon para que acabara siendo un Nunemon, el Zampaheces del Elden Ring.
Pero si hubiera sido solo por ese aspecto, el juego no hubiera espantado a tanto niño. O al menos, no a más de la mitad. Es en el sistema del combate, es en el intensivo cuidado de cada digimon y es en la castigada exploración de niveles en donde radica el quid de la cuestión, los elementos que lo hicieron un título tan obtuso, al que hoy en día, algunos recuerdan con pavor.
Esto no es necesariamente algo malo en absoluto, porque a pesar de tener tantas mecánicas que se entremezclan y dan un pastel muy difícil de digerir para los más pequeños, Digimon World poseía encanto. Uno que las entregas posteriores no han conseguido volver a tener, al menos en mi opinión. Y es que cómo estaba diseñado el mundo, los escenarios, los eventos. Todo tenía una cohesión y sentido que lo hacía sentir como un universo vivo. Tenía un sistema de día y noche que afectaba a la aparición de digimon y a ciertas misiones, ya fuese en su inicio o desarrollo.

La sensación de evolución —válgame la redundancia— en el juego era algo muy notable, como por ejemplo el hub del mismo, que iba llenando sus vacías calles conforme más Digimon se nos unían. En el inicio tenemos que buscarnos la vida y casi al final acabamos con una base de operaciones muy completa y necesaria, agilizando todos los procesos jugables.
Pero las limitaciones, lo poco amable que es el título para los novatos y la poca relación que tenía con su serie homónima —a pesar de haber nacido como publicidad de esta— resultaron golpes demasiado duros para una entrega que se terminó resultando muy tímida en ventas y alcance. A partir de ahí, Bandai intentaría ir a bandazos cada vez que salía un nuevo título, modificando íntegramente casi todo: historia, mecánicas y mundo; casi desesperada por intentar tocar la tecla mágica que los llevaría a ese dulce Olimpo que Pokémon ya alcanzó años ha. Ninguna, por desgracia, generaría ni una parte de la expectación que pudo haber con el primero.
Hoy en día la franquicia sigue existiendo, está asentada y genera los suficientes ingresos a Bandai Namco como para no relegarla al olvido. Pero la rata amarilla está demasiado lejos de ella como para que se consideren competidores serios. Hace unos años, Digimon sacó la siguiente entrada del World: Next Order, que actúa como una suerte de reboot/secuela del primer título, retomando cosas que se habían quedado atrás hace ya mucho tiempo, mientras que incorpora otras nuevas. Su éxito fue recibido de forma mixta y queda claro que la manufactura del juego no está a la altura de un alto presupuesto. Una pena.
Todos los caminos llevan a Roma, y de vez en cuando, cada vez que veo un título nuevo de Digimon, mi mente va hacia el 1. Recordándolo con cierta reverencia y un poco de misticismo, entendiendo todos los problemas que tiene y lo difícil que sería adaptarlo a un formato más actual sin pasarle un filtro como sí se hizo con Next Order. Quizás nunca salga algo igual, o quizás tenga que venir un grupo de gente ajena a los monstruos digitales, y sacarse de la manga un juego que entienda lo que proponía World, pero sabiendo lo que hay que cambiar. Lo bueno de los experimentos es que pueden servir para aprender de ellos y hacerlos mejor, y no necesariamente por parte de los primeros que lo intentaron.