En defensa de Final Fantasy V

El arte oficial de FFV, por Yoshitaka Amano. / ©SQUARE ENIX

Final Fantasy es una saga que me fascina. Mentiría si dijese que no fue la saga que me abrió los ojos a que los videojuegos podían ser algo más que mero entretenimiento. Y aunque en la actualidad los lanzamientos de la saga son de calidad cuestionable —excepto tú, FFXIV, qué bonito eres— existió una época de oro de Square Enix. Dependiendo de a quién preguntéis os dirán que esa época dorada comprende los primeros seis títulos, o quizá los diez primeros. Lo que está claro es que en todas las quinielas entra FFV, y sin embargo es uno de los juegos de los que menos se habla cuando se piensa en FF —en competencia con FF2 pero eso es un melón que ya abriremos otro día. Como soy un anarquista, me gusta ir a contracorriente y me va la gresca vamos a hablar de FFV. Tan malo no será si tiene el mejor tema de toda la saga. No acepto discusiones al respecto.

FFV tiene el «problema» de que se encuentra en un sitio raro. La saga había comenzado a evolucionar a historias más adultas en la cuarta entrega, o por lo menos a historias más basadas en el conflicto y los personajes. Esto se hace palpable en FF6 y en todas las entregas posteriores, que siguen esa evolución. Y sin embargo, entre dos de las historias más laureadas por su narrativa nos encontramos con un juego más chiquito. Que aunque tiene momentos emotivos y dramáticos, porque esto es Final Fantasy al fin y al cabo, se lanza más a la comedia y a ser una historia con un ambiente más ligerito. Es una trama más mundana, de vivir una aventura a lo grande en un mundo gigantesco. Quizá no habría desentonado tanto si hubiese venido tras FF3, que tenía un tono similar.

Los momentos dramáticos y serios también tienen cabida en el título. / ©SQUARE ENIX

Y precísamente de FF3 bebe muchísimo esta entrega. Rescata el sistema de jobs intercambiables que era una de las principales mecánicas de la tercera entrega y una de las más icónicas de toda la saga, y lo hace con mucho más contenido y trabajos disponibles para que el jugador mezcle y cree personajes a su medida. Es mi sistema favorito de todos los RPGs, permite una cantidad de personalización increíble. Y en FFV brilla muchísimo por su cantidad de opciones y por las pocas restricciones que pone al jugador para experimentar a su gusto.

Porque de experimentar va la cosa. FFV es un recuerdo de aquella época de RPGs en los que al jugador se le daba la información justa para no perderse, de conversaciones en foros de internet sobre secretos y partes ocultas. Jobs como el Mago Azul o el Adiestrador premian al jugador por explorar y obtener habilidades derrotando monstruos específicos o capturándolos para utilizarlos en devastadores ataques. El Invocador desata sus increíbles espers haciendo un daño increíble… siempre y cuando sepamos dónde encontrarlos en el mapamundi. Y aunque FFV deja mucha libertad al jugador, uno nunca se siente perdido cuando lo juega. Da la sensación de ser un mundo enorme y lleno de secretos, una de sus mejores bazas. Aguanta a la perfección el paso de los años, y es tan moldeable al jugador que existen desafíos comunitarios como el FFV Four Job Fiesta, en el que la comunidad de jugadores se reúne anualmente para finalizar el juego utilizando únicamente jobs y reglas autoimpuestas específicas.

Y quizá no tenga una historia de redención como la de FFIV ni tampoco sea una epopeya grandiosa como FF6, pero la historia de FFV funciona. Y lo hace gracias a un elenco de personajes muy calentito y a momentos de comic relief que lo clavan. Los personajes están constantemente lanzándose pullitas, flipando con lo que se va descubriendo en la trama sobre sus compañeros de viaje y, en definitiva, entendiendo la aventura como un viaje divertido. Tiene una trama muy básica, pero funciona y tiene mucho corazón, a lo que ayuda la cantidad de sprites y animaciones de personajes que posee el título.

Gilgamesh, te quiero mucho. /©SQUARE ENIX

Donde realmente peca FFV es en su villano principal. Por suerte, Gilgamesh es un pana y es un villano recurrente muy divertido que le quita muchísimo hierro a lo soso que resulta Exdeath. Porque el problema de Exdeath es que parece metido en la trama con calzador, desentona muchísimo con el tono del juego y parece que solo está ahí porque FF estaba tirando en ese momento hacia la historia y el drama serios. No significa que FFV no tenga momentos emotivos, porque la muerte de cierto personaje aún me duele cuando lo rejuego a día de hoy, pero empaña un poco el conjunto porque la primera mitad del juego y su tono son brillantes en lo cómico y lo sencillo. Aún así, FFV sabe hacer acopio de lo que tiene y resuelve el guion con bastante fluidez.

Este es un título muy reivindicable, porque en un mundo en el que el videojuego se ha convertido en obra cultural, en modelo y crítica social muy necesaria, FFV nos recuerda una época más sencilla. De chocolatito y aventura tirados en el sofá. De perderse en un mundo fantástico y explorar y experimentar a nuestra bola. Si no lo habéis probado, acaba de ponerse a la venta su Pixel Remaster, por lo que es una oportunidad de oro para darle un tiento.

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