Allá por finales de los 2000 consumía bastante manga. Recuerdo que cada dos semanas iba a mi tienda de cómics favorita y compraba, al menos, un par de tomos de varias series o hacía filón y compraba varios números a la vez (dependía del stock y de que la editorial los hubiese sacado). Por aquel entonces tenía un poco lo típico: Fullmetal Alchemist, Zatchbell, Naruto… no seguía muchas series largas y lo cierto es que poseía una cantidad nada desdeñable de primeros tomos que jamás volví a continuar. Fue entonces cuando vi una portada de la que me sentí extrañamente atraído: reflejaba a un hombre de tez pálida y ojos esmeralda mirando por encima del hombro con cierto desdén, y esa imagen se me quedó grabada a fuego. Debo decir que lo primero que pensé fue que por qué se parecía tanto a L (leía de forma algo suelta Death Note por un colega), para que mi posterior reacción fuese comprobar si había número 1 de esa serie para poder ojearlo mejor. Y vaya, debió gustarme bastante porque lo compré inmediatamente y lo devoré en una sola tarde.
En menuda trampa fatal caí.

Bleach no debería necesitar presentación por sí misma, pero debido a su finalización hará ya unos cuantos años ha ido perdiendo bastante una relevancia que, encima, ha ido a peor por la abrupta cancelación de su anime, terminando nada menos que en el penúltimo arco del manga. Así que para quien no la conozca o le haya perdido la pista: la historia trata sobre un adolescente, Ichigo Kurosaki, a quien una shinigami (segador de almas) llamada Rukia cede sus poderes, para convertirlo en lo mismo y así derrotar a un monstruo espiritual que estaba atacando a su familia. A partir de ahí se narraría una epopeya en la que nuestro protagonista se enfrentaría a duras peleas contra una variopinta retahíla de adversarios de distintos contextos y mundos hasta llegar al siguiente McGuffin, nada que ningún shonen no suela contar o trasladar con mayor o menor acierto.
La obra de Tite Kubo no era diferente de otras tantas obras publicadas en la Jump tanto en su época como a día de hoy, quizás el matiz aquí fue que supuso esa serie importante de nuestra adolescencia que atesoramos en nuestro corazón durante años, por más que me duela decirlo. Si hablo con arrepentimiento es porque Bleach tiene un punto de inflexión donde todo va cuesta abajo sin remontar nunca, y esto es objeto de debate entre los fans puesto que hay divisiones sobre cuándo fue la caída del burro, pues hay quienes consideran que el momento desde el que empieza decadencia de la serie es en el Arco de Hueco Mundo, hay otros que argumentan que es en la batalla de Aizen, o después de esta, etc. No hay un consenso claro, pero si hay algo en lo que estamos de acuerdo todos o casi todos es que las aventuras de Ichigo y compañía dejaron de brillar hace mucho y el manga se terminó convirtiendo en una sombra de lo que fue, en cenizas de un recuerdo que jamás renacerá, y si pedís mi opinión diré que como pasa en Los Simpsons, Bleach tiene muchos más arcos malos que buenos, con bastante diferencia además.
Los motivos detrás de que la serie no saque la cabeza del hoyo que ella misma se ha cavado son variados pero no hay nada que resulte definitivo o tenga suficientes pruebas para demostrarlo, pues los rumores hablan desde que Tite empezó a ponerse enfermo durante el transcurso de la serie y eso afectó a la calidad de esta, a que la Shonen no le permitió terminar donde quería y eso le obligó a meter elementos no previstos que no casaron bien con la visión que tenía de esta, y así otras tantas teorías a cada cual de su padre y de su madre. El panorama es tal que no hay nada lo suficientemente tangible como para ser un argumento de peso sobre los motivos que llevaron a una de las tres grandes que conformaban el famoso Triunvirato (One Piece, Naruto y la mismita que estamos poniendo a parir) se echó a perder tan miserablemente, quizás nunca lo sepamos, quizás es la naturaleza depredadora del sistema editorial japonés, desde luego un hecho es claro y es que hubo un punto de ruptura de la serie que la acabó haciendo naufragar.
Comentaba antes que Bleach tenía más arcos malos que buenos, y es que para mí mi punto de desapego con las peleas del shinigami empiezan con el final del Arco de la Sociedad de Almas, también el mismo donde llega a su punto álgido con un capítulo a color en aquella famosa batalla entre Ichigo y Byakuya, algo que a mi yo de adolescente le sorprendió mucho ver y más en un tomo editado por la ya inexistente Glenat. En aquellos momentos, el tomo 20 se coronaba trastocando todo el status quo de la serie: Ichigo estaba siendo dominado por su hollow interno, Aizen se rebelaba como el villano principal junto con par de lugartenientes fieles a él mientras se iban a otra dimensión a planificar una guerra total y, para colmo, la totalidad del sistema estaba en jaque gracias a los esfuerzos de este último; era imposible no sentirse emocionado con lo que pasaría a continuación.

A pesar del prometedor epílogo de este arco, los siguientes tomos rebajaron un poco el vertiginoso ritmo que había supuesto la Sociedad de Almas, es normal, en toda parte intensa debe haber una que de respiro para que las cosas fluyan y así aprovechar para tejer lo que está por venir. El tomo 21 dio un par de revelaciones interesantes: el padre de Ichigo recuperando sus poderes de shinigami, Ishida enfrentándose a su progenitor, la aparición de los Vizard y quizás unas primeras pinceladas del status de Ichigo, confrontando esa dualidad de shinigami-hollow que le estaba empezando a causar problemas, como el apartarse de sus amigos del instituto. En general el manga se estaba planteando caer en terrenos más serios, pero francamente interesantes, que daban la sensación de que ayudarían en dar un nuevo sabor a lo que estaba por venir.
El tomo que sigue ya empezaba a tener cosas un poco “cuestionables”, como la vuelta de los shinigami y especialmente de Rukia tan pronto (apenas unos 10 episodios desde la última vez), en contraposición a otros elementos mejor recibidos como la aparición de los dos primeros Arrancar, Ulquiorra y Yammy, justo después de que la hermana de Ichigo le revelase que sabe que es un shinigami, y la derrota miserable de este mismo contra los nuevos enemigos, portándole una amarga sensación de impotencia y desgaste. Hasta hora, a pesar de algún traspiés sin mucho peso, todo daba la apariencia de que Tite iba a darle una visión más reflexiva y en cierta forma menos positiva al tratamiento del héroe y al mundo que le rodea, un barco en el que yo estaba a bordo.
Pero el espejismo se empezó a romper. Los siguientes capítulos se volvieron más agridulces, volviendo a reforzar esa impotencia en Ichigo, pero repitiendo el mismo truco. El arco de su padre siendo shinigami sustituto no volvería a mencionarse hasta muchos tomos después, o el de su propia hermana revelando su identidad, que ni siquiera se vuelve a abordar, como si no hubiese ocurrido. Francamente, lo mejor que tenían esos tomos eran un par de combates, pero hasta estos venían con sus peros, por ayudar a conducir la trama por senderos más claros o dando revelaciones que no se expondrían hasta mucho después. Las subtramas empezaban a sufrir también, si no quedaban relegadas a un segundo plano de interés o directamente se cortaban a mitad para desarrollar mal o atropelladamente, no se volvían a mencionar jamás (la conversación de Inoue con Rangiku, la relación post-Sociedad de Almas de Ichigo y Rukia, etc.).
Ya si en este punto se notaba un cierto cansancio de fondo, la guinda era que las batallas se notaban vacías y carentes de ser salvo por momentos como el ver al “rival” de Ichigo, Grimmjow, y más a modo de fanservice el tipo de poder que tiene Rukia o que Ikkaku tiene un bankai o un ligero vistazo al poder oculto de Yumichika. Otro apartado importante también era el entrenamiento con los Vizard, el cual resultó un poco decepcionante: un grupo muy coral de personajes cuya excusa es ser una mera herramienta que lleva a la pelea entre Ichigo y su otro yo, poco más. Casi pareciera que Tite ha querido echar marcha atrás a todos su planes porque o no le convencía como había cimentado ciertas bases, un ejercicio que no le hacía ningún bien a la serie.
Y entonces llegó el tomo 26.
Quiero aclarar que la cara de tonto que se me quedó cuando vi el plan a marchas forzadas que propuso Tite fue algo que de lo que a duras penas he conseguido superar. Y es que antes no lo mencioné, pero una de las integrantes del grupo principal de Ichigo, Orihime, estaba entrenando con Rukia en el mundo espiritual para volverse más fuerte (su rol en el combate es de support como, por desgracia, no podía ser de otra forma). Entonces, cuando decidió volver al mundo de los vivos para ayudar a sus compañeros de otra raid de los Arrancar, fue secuestrada por Ulquiorra.
Por contextualizar, en el Arco de la Sociedad de Almas se inicia de la misma forma. Rukia, la mentora de Ichigo, por así decirlo, es abducida por dos shinigamis a su mundo para ser juzgada por haber desaparecido y haberle prestado sus poderes al pelirrojo. Así que se inicia una carrera contrarreloj donde el joven tendrá que superar diversos obstáculos para rescatarla, ¿veis por dónde estoy yendo? Porque Tite Kubo había decidido reciclar esa idea principal en este.

Quizás para algunos no les parezca gran cosa, muchos arcos de otros mangas suelen tener premisas similares entre ellas como derrotar al siguiente malo, pero quizás una trama principal de secuestro repetida puede que sea demasiado específica como para volver a jugar esa carta tan pronto. Y lo peor, no solo recicla la premisa inicial, sino buena parte, hasta el autoplagio, de cómo se estructuraba el arco de la Sociedad de Almas: carrera contrarreloj en la que tienen todas las de perder, encuentro con un grupo de personajes oriundos del mundo nuevo en el que han entrado que les ayudan, amigos que se separan y luchan cada uno por su lado, Chad siendo el primero en ser derrotado (para qué darle nuevos poderes si luego lo acaban apalizando de forma lamentable), un combate personal entre un personaje (Rukia) y el villano de turno (cuya identidad y explicación son demasiado meme), incluso uno contra un científico loco (me da en la nariz que Tite tiene opiniones muy concretas sobre los chemtrails)… Bueno, creo que se entiende a dónde quiero llegar. Es un fusilamiento casi escena por escena de su anterior arco, solo que sin apenas subtramas que añadan sabor y matices como las que sí había en la de la Sociedad de Almas y alargando mucho más los combates, sintiéndose en el mejor de los casos un remix sin gracia ni ritmo.
No digo que el Arco de Hueco Mundo sea imposible de leer o que es tan malo que te hace dropear la serie, pues tiene partes interesantes y giros que rompen la monotonía de muchos de sus combates, desde luego, pero todo lo que le rodea me impide disfrutarlo plenamente. El símil más cercano que se me ocurre es como si en las pelis del MCU fuesen mostrando a Thanos como el gran villano de la saga y, de repente, decidiesen echarse para atrás, deshacer lo ya hecho y seguir sacando películas sin conexión entre ellas, hasta hacer un Vengadores 3 que es idéntica a la primera, solo que peor hecha (no digo Age of Ultron, sino una copia literal).
Conforme han pasado los años, he estado pensando cuál fue la parte que hizo que Bleach acabase decepcionándome tanto. Qué página o escena hizo que mi corazón apasionado por las aventuras de Ichigo, Rukia, Orihime, Chad e Ishida decidiese que esto ya no era la serie que tanto me gustaba y cuyos tomos devoraba con fruición. La respuesta es quizás un poco más elaborada que decir simplemente tal viñeta de tal página, porque no fue una cosa o dos o tres, sino un camino de baches que definieron un agotamiento general de la fórmula y de sus personajes que no levantaría cabeza ni siquiera en futuros arcos donde se explorarían otra forma de hacer tramas.
Y es algo que espero desarrollar más en profundidad en la segunda parte de este artículo, porque aún queda camino que recorrer y varios arcos que desmenuzar aunque sea por mencionar como la cosa no mejora. Por lo pronto, termino diciendo que es totalmente respetable que alguien siga disfrutando de Bleach en todo su conjunto, y que no tome esto como un ataque o afrenta personal porque mi intención está muy lejos de algo así, sino más bien de explicar la posición de aquellos que como yo vieron una serie que brillaba con luz propia que acabó estrellándose contra el suelo para jamás volver a emprender el vuelo.
Pingback: Bleach: el alma sí muere (Parte 2) | Futoi Karasu