La industria cinematográfica y del animanga nos ha dejado grandes personajes en forma de profesores a lo largo de toda su historia. Recordamos películas como Matilda o El club de los poetas muertos, así como a Onizuka en Great Teacher Onizuka, Korosensei en Ansatsu Kyoshitsu y al mítico Kinpachi del popular dorama 3-nen B-gumi Kinpachi Sensei. La forma en la que intentan ayudar y comprender a sus estudiantes, a menudo con métodos diferentes a los habituales y afectando positivamente a sus vidas, nos emociona aún a pesar del cliché que con el paso del tiempo han llegado a representar.
Un mentor así se nos presenta en el manga Yomawari Sensei, escrito por Osamu Mizutani e ilustrado por Seiki Tsuchida desde 2005. El caso del profesor protagonista aquí es quizás un poco diferente, ya que Mizutani trabaja en una escuela de secundaria nocturna y sus enseñanzas suelen ser transmitidas fuera de la escuela, en lo que llama “Patrullas nocturnas” y lo que le da nombre en japonés a su apodo de Yomawari. Es un manga que muestra diferentes historias de adolescentes problemáticos que se encuentran en situaciones difíciles y vulnerables y cómo Mizutani intenta ayudarles a mejorar. Nada nuevo, pero hay un detalle especial.

Las historias que se muestran son dramatizaciones basadas en situaciones reales que el escritor, el propio protagonista y profesor de la obra, ha vivido junto a adolescentes durante sus patrullas nocturnas. Tomando de referencia el libro autobiográfico de Mizutani, las historias del manga contienen pequeños cambios y siempre terminan con una parte escrita donde expone una reflexión sobre las experiencias reales. Es un manga muy gráfico y duro pero que trata a sus personajes con mucho respeto y sin morbo, intentando dar dignidad a cada historia individual. El hecho de que sea real también hace que gran parte de las historias, desgraciadamente, acaben en fracasos, algo que no es tan común en relatos del estilo.
El Osamu Mizutani real fundó el Instituto de Problemas Juveniles, donde él y otros profesionales atendían durante todo el día las consultas de jóvenes con problemas a través de correos electrónicos y llamadas telefónicas. Su propia historia personal, que se da a conocer un poco en el manga y su largo recorrido como profesor fue lo que le animó a hacerlo. Aunque su cara era muy conocida en las calles de Yokohama, comenzó a llegar a más jóvenes cuando apareció en televisión, en charlas y en la radio ofreciendo su ayuda. Su particular visión educativa con un enfoque psicológico y antipunitivista también ha inspirado a muchos otros profesores a intentar ayudar de la misma forma a sus alumnos.

Las situaciones que se muestran en el manga tienen raíz en el entorno social de los jóvenes. Muchos de los estudiantes tienen familias desestructuradas, viven sólo con un padre o madre soltera con pocos recursos, sufren acoso escolar o, en peores casos, violencia física o sexual de parte de un familiar. En alguna ocasión también se trata el caso de un chico de origen taiwanés que sufre discriminación por razones xenófobas. Mizutani pone foco en la importancia de comprobar el entorno familiar y social de los jóvenes, yendo a las raíces de los problemas antes de intentar solucionar las consecuencias. Aunque el manga se sitúa a principios de los 2000, podemos observar muchos de estos problemas aún en el auge de los llamados Toyoko kids, jóvenes que han huido de sus casas y viven en la calle a raíz de ello. Son problemas aún muy actuales.
Otro gran problema que se une es la indiferencia de las instituciones. Profesores que prefieren mirar hacia otro lado, policía que antepone el castigo a otras medidas y agravan el problema, centros de rehabilitación que no hacen un buen seguimiento de los pacientes, cómo se prioriza la voluntad de los padres a la seguridad de sus hijos y un largo etcétera. Mizutani quiere hacer entender que culpabilizar a las víctimas de sus problemas sólo agrava sus situaciones y los hunde aún más en la oscuridad, aislándolos, y en muchas ocasiones debe actuar a los márgenes de la ley para poder protegerlos. La crítica implícita a cómo la ley japonesa no protege a los menores y jóvenes está presente en toda la obra.

Los jóvenes, que comprenden edades desde la niñez hasta la adultez temprana, enfrentan estos problemas de manera escapista a través del fenómeno hikikomori, dejar la escuela y unirse a grupos criminales o el uso de drogas. Que inevitablemente lleva a situaciones más graves que favorecen el riesgo de exclusión como robos, explotación sexual de los adolescentes o alianzas con yakuzas para pagarse la adicción. La figura de Mizutani se reconoce incapaz de detener las adicciones hasta que ellos mismos le piden ayuda, pero intenta arreglar el entorno social en el que se mueven —a menudo llegando a acoger a niños en su casa junto a su familia— para que ellos mismos comprendan que hay otras salidas. La implicación es mucho mayor de lo que un profesor tiene en un aula, acompañándolos durante toda la experiencia hasta que puedan vivir por sí mismos.
Sin embargo, no todas son historias de superación y esperanza. La realidad es muy dura y está llena de altibajos, a menudo siendo imposible retomar un camino diferente. Un tema que se trata de forma especial por su abundancia de casos es la adicción a las drogas y sus consecuencias vitales. Los efectos son duraderos incluso tras dejarlas y muchos de los adolescentes vuelven a caer en ellas o, en situaciones aún más sobrecogedoras, sufren enfermedades físicas a pesar de haber podido superar sus problemas. Los problemas psicológicos, tan mal gestionados desde las instituciones, hunden a las víctimas en una oscuridad de la que no ven salida. Muchas víctimas vuelven al mundo nocturno, no son capaces de seguir con sus vidas o ven el abuso como algo normal, sin ser capaces de romper el ciclo.

La filosofía de Mizutani para ayudar a los jóvenes es mirarlos de tú a tú, dándole importancia a conocer sus visiones de la vida y dándoles comprensión más allá de juicios sociales o incluso la ley. Intenta suavizar las situaciones de los chicos, buscándoles trabajo a sus padres o a ellos, dándoles educación con mayor flexibilidad que en escuelas normales, alejándolos de situaciones graves y haciéndoles entender que siempre deben mostrar sus emociones, llorar o gritar si lo necesitan, más curioso aún si cabe en una sociedad que juzga por ello a quien las muestra. Y, a partir de ahí, les anima también a entrar en la vida de los demás, sentirse útiles para sus allegados y dejar que estos entren también en sus vidas.

A pesar de todo, Mizutani muestra cómo el amor y la intención de ayudar nunca es suficiente para curar a alguien. Uno de los capítulos muestra la frustración de otro profesor que intenta seguir los pasos de Mizutani y ayudar a sus alumnos pero siente como imposible el llegar a ellos, encontrando sólo rechazo. A veces, los jóvenes han pasado límites irremediables cometiendo crímenes violentos en los que es imposible brindarles ayuda sin que paguen las consecuencias ante la ley.
La realidad es compleja, pero el manga siempre intenta dar una visión esperanzadora: siempre puedes seguir intentándolo, aunque sea frustrante, y siempre puedes volver a reconducir tu vida, aunque tengas que pagar las consecuencias de tus actos. Quizás el mensaje más importante que da es que, a pesar de lo difícil que puede resultar seguir viviendo para muchos, siempre habrá alguien más que quiera escucharles y siempre es posible llegar a conocer un buen futuro.
