La homosexualidad es algo que ha existido desde siempre en la historia de la humanidad, por mucho que algunos intenten negarlo. Bien es conocido, por ejemplo, que este tipo de relaciones se daban en la antigua Grecia y que no estaban mal vistas. Sin embargo, la entrada del cristianismo en Occidente implantó un modelo de pensamiento que las veía como algo tabú y que, hasta cierto punto, todavía perdura en la actualidad. En cambio, si miramos a otras culturas y civilizaciones, al igual que la ya mencionada antigua Grecia, no todas rechazaron las relaciones homosexuales. Si hablamos del caso de Japón, éstas históricamente nunca han sido escondidas o repudiadas hasta la era Meiji (1868-1912). Es por ello que tenemos obras japonesas que hablan de la homosexualidad y/o en las que aparecen personajes LGBT. Una de estas es El gran espejo del amor entre hombres, del autor Ihara Saikaku (1642-1693).
Antes de hablar del creador y su obra, es importante conocer el contexto histórico, social y cultural en el que está escrito. Este autor —y, por tanto, este libro— nació durante la era Edo (1603-1868). Durante esta etapa, Japón se encontraba aislada del resto del mundo y se prohibía la entrada de cualquier persona o influencia del exterior, con la excepción de unos pocos barcos chinos y holandeses. Desde el siglo XII, el gobierno no estaba a cargo del emperador, sino que estaba dirigido bajo una figura militar conocida como shōgun. Debido al aislamiento del país, los shōgun de esta era se caracterizaron por intentar mantener el orden público a toda costa, por lo que fue, al menos bajo la superficie, una etapa de relativa paz. Es en esta paz en la que empieza el auge de la clase comerciante, conocida como chōnin, que empieza a tener cierta posición social y que se conforma junto a los campesinos, los artesanos y los samuráis.
Otro cambio que se produjo durante el periodo Edo fue la adopción del confucianismo como filosofía de gobierno. Esto provoca que, en las familias, estuviera mal visto cualquier tipo de afecto, ya fuera entre cónyuges o entre padres e hijes. Así, el matrimonio es solo visto como una forma de generar descendencia y así perdurar el linaje familiar, desprovisto de todo afecto. Por tanto, si querías un vínculo romántico, debías buscarlo fuera. Esto es en el caso de los hombres, puesto que las mujeres que cometían adulterio eran castigadas con la pena de muerte. De este modo, aparecieron barrios de placer en las principales ciudades del país, donde los hombres iban a satisfacer sus necesidades románticas y sexoafectivas. Estos barrios fueron impulsados por el propio gobierno, ya que eran una forma de reunir a los hombres que quisieran realizar estas actividades y tenerlos controlados dentro de un espacio limitado, resultando así más fácil mantener el orden. Los clientes principales eran la clase comerciante y los samuráis, pues eran los que normalmente podían pagar estos servicios. Las personas que ofrecían sus servicios en estos sectores no eran solo mujeres, sino que también había hombres. Si los hombres optaban por ir a por mujeres, esto se conocía como nyodō o «vía del amor femenino». Si, en cambio, elegían a un hombre —podía tratarse de trabajadores propios de estos barrios o incluso actores jóvenes de kabuki, que también se prostituían hasta que se prohibiera su participación en obras teatrales de este género—, este camino se conoce como wakashudō o simplemente shudō, «la vía del amor a adolescentes«. Hay que apuntar, no obstante, que había hombres que podían tener amoríos tanto con las mujeres como con hombres. Con respecto a relaciones homosexuales entre mujeres, Carlos Rubio explica lo siguiente en el prefacio a la obra de El gran espejo del amor entre hombres: ‘La homosexualidad masculina japonesa tiene una historia larga y bien documentada, cualidades que, por desgracia, le faltan a la femenina, debido, en gran parte, a que en Japón, como en muchos otros países, la sexualidad era tradicionalmente expresada desde una perspectiva masculina’.

Estas relaciones homosexuales tenían una dinámica que, bajo una perspectiva actual, no sería considerada apropiada, puesto que tenían lugar entre chavales adolescentes y hombres adultos. El mayor —al que se le llamaba nenja— ejercía el rol «masculino» o «activo» de la relación, mientras que el joven —denominado wakashū— desempeñaba un papel «femenino» o «pasivo». Este acto era precedido por una especie de ceremonia en la que las dos partes hacían un juramento que sellaba la relación entre ambos. El adulto se comprometía a ayudar al wakushū en todos los aspectos, como puede ser económica y socialmente, hasta que el adolescente alcanzase los diecinueve años. En este momento y a modo de formalidad, el joven se cortaba el pelo de forma que la parte superior del cráneo quedaba completamente calva. Por tanto, solamente conservaba el peinado en los laterales y la parte inferior del cráneo. De este modo, se hacía ver que la relación entre los dos hombres había acabado y que el recién convertido en adulto pasaba a ser el nenja, capaz de buscar adolescentes con los que tener relaciones de este tipo. Aún así, podía ocurrir que los apoyos y cuidados entre el adulto y su anterior amante se siguiera manteniendo.

Es en esta sociedad en la que nace Ihara Saikaku, concretamente en Osaka, en 1643. Hijo de una familia de comerciantes, enseguida demostró que le gustaba más escribir que dedicarse a las actividades mercantiles. Empezó escribiendo lirica y, con la muerte de su mujer —no mucho después, su hija también fallecería—, se hizo monje y se dedicó por completo a componer poemas. Su primera obra en prosa llegaría tras la muerte de su maestro en 1682, Hombre lascivo y sin linaje. Esta historia, escrita en clave de humor, es una parodia del conocido Genji Monogatari y su protagonista representa la antítesis de Genji. Este libro y los que escribió posteriormente moldearían lo que se convirtió en el género denominado ukiyo-zōshi. Las obras que se engloban en él se caracterizan por mostrar y tratar una variedad de aspectos que conformaban la vida en la era Edo. Estas solían estar escritas de manera informal y en clave de humor, además, algunas solían tratar temas eróticos, que no fueron nunca tabú en Japón hasta la época de Meiji. Estas obras, eran populares entre todas las clases, aunque más entre los chōnin —como ya decíamos, los comerciantes que entraron en auge durante esta era—, cuya vida también se mostraba a menudo. Hubo ciertos hechos que contribuyeron a la popularidad de tales creaciones artísticas, como el esfuerzo del gobierno por alfabetizar a toda la población y a la adopción y difusión de la imprenta.

El gran espejo del amor entre hombres se engloba dentro del género de ukiyo-zōshi. En este libro, por un lado, se nos habla de historias de samuráis. Por otro lado, tenemos relatos de actores de kabuki. Como se mencionó anteriormente, los samuráis y los comerciantes eran los principales clientes de los barrios de placer y este era uno de los pocos lugares donde convivían juntos y como iguales, por lo que estas historias incluyen ambas perspectivas. Un aspecto a señalar de esta obra es que hay una introducción antes de presentarnos los relatos en la que Ihara Saikaku inteligentemente eleva al amor homosexual frente al heterosexual, ya que sabe que el público que va a leer estos relatos son hombres homosexuales. Por el contrario, si leemos otras obras del autor, en ellas alaba el amor heterosexual, ya que los lectores de estas eran mayoritariamente hombres que mantenían relaciones con mujeres. Así, en este libro, Saikaku se sirvió de tradiciones antiguas e interpretó diversas fuentes de manera conveniente para reforzar aún más la idea que ya tenían sus lectores de la superioridad del amor homosexual. Por otro lado, los relatos de samuráis y los de actores son diferentes entre sí, aunque todos sean relatos de la vía del shudō. En los que corresponden a los samuráis, estas relaciones están regidas por una de las cualidades a las que se debían atener éstos, la cual es el giri o deber, con una excesiva fidelidad entre los amantes. La falta de este valor lleva a que, en muchas historias del libro, uno o ambos amantes se suiciden. Este suceso, en la parte de los actores, suele ser reemplazado por ir a un monasterio y abrazar la vida de monje por el resto de la vida.
Aunque los relatos del libro puedan resultar extraños debido al pensamiento que tenemos con respecto a las relaciones entre menores y mayores de edad y a que se rigen por valores de una cultura y época distintos, algunas de estas cortas historias son capaces de conmover y no te dejan indiferente. Por otro lado, son un fiel retrato a las relaciones homosexuales de aquel periodo, el cual Saikaku es capaz de reflejar de manera excelente con su prosa. A pesar de ello, en la era Meiji, debido a que el gobierno quería «occidentalizarse», se prohibió este tipo de relaciones y empezaron a considerarse como inapropiadas, pensamiento que aún mantiene cierta parte de la sociedad japonesa actual —al igual que sucede en el resto de países—. Sin embargo, no podemos olvidar este tipo de historias, puesto que hay cierto pensamiento que defiende que nunca existieron personas LGBT en Japón hasta recientemente y no podría estar más alejado de la verdad.