El capitalismo nos conduce cada vez más a un ritmo frenético que nuestro cuerpo y mente difícilmente pueden seguir y soportar. Y no solo el trabajo y los estudios, sino que todo en nuestra vida está condicionado por esa velocidad vertiginosa que, además, motiva a consumir y tirar y volver a consumir. Un buen ejemplo de esto es la ropa: la industria del fast fashion está hecha de forma que la ropa dure poco e inmediatamente tengamos que volver a comprar nueva porque la anterior se queda inservible, por no hablar de las modas estacionales: lo que se llevaba el invierno pasado ya no se lleva y si te lo sigues poniendo serás el hazmerreir de tu círculo.
Esto también pasa con la comida, por supuesto. Como cada vez tenemos menos tiempo para cocinar y dedicar a alimentarnos adecuadamente, la respuesta del capitalismo a eso es el fast food —observemos que todo es rápido, sin permanencia, de paso—: comida procesada que podemos comer rápidamente solo para saciar el hambre y seguir con nuestra ajetreada vida diaria.
La salida a esto era refugiarse en algún hobby que nos proporcionara, al menos durante las pocas horas que tuviéramos libres, algo de escapismo de este vertiginoso ritmo imposible de aguantar. No obstante, resulta totalmente descorazonador comprobar que incluso el arte y la creación se están convirtiendo en un objeto de consumo y, peor aún, de usar y tirar. Pero ¿en qué nos basamos para hacer tales aseveraciones? Pues existen motivos de sobra para afirmar que nos enfrentamos a un cambio importante —y negativo, a nuestro parecer— en nuestra forma de percibir la cultura y nuestra relación con ella.

El primer factor importante que debemos tener en cuenta son las redes sociales, que juegan un papel imprescindible en cómo vemos las cosas que nos gustan. La mayoría de redes sociales populares están planteadas de forma que hagamos scroll infinito para descubrir contenido nuevo e ir dejando el antiguo atrás, y esto además sucede tan rápido que es posible que ni siquiera recordemos el tweet que acabamos de ver hace unos minutos o la story de Instagram que apenas dura unos segundos. ¿Y cómo afecta esto a la cultura? Pues porque esta mecánica de lo instantáneo y lo rápido se está transmitiendo también a las cosas de las que se habla en las redes sociales. Todo el mundo habla de un juego cuando sale a la venta, pero no es extraño que poco tiempo después ese juego quede enterrado en el olvido porque ahora se lleva hablar de otro distinto. Esa es otra cosa diferente, y también consecuencia del funcionamiento de las redes sociales: la necesidad de estar en la onda, la sensación de pertenencia a un círculo.
Es por este último motivo por el que mucha gente siente la necesidad y la prisa por jugar a algo o por ponerse al día con una saga, aunque sea una necesidad falsa que no se corresponde con los sentimientos reales. Ahí entra en juego también el FOMO, del que ya os hemos hablado anteriormente en esta web. Cuando salió Like A Dragon: Infinite Wealth, por ejemplo, mucha gente sentía prisa por empezar por este título, cuando no es necesario ni recomendable, ya que cuenta con muchísimas referencias a otros juegos de la saga Yakuza. Es muy difícil no caer en el círculo de consumo rápido y vertiginoso que propician las redes sociales, pero no es imposible evitarlo, y debe salir de nosotros mismos la capacidad crítica y reflexiva para abordar si realmente queremos jugar o ver algo o si solo nos estamos dejando llevar por la sensación de estar al día.

También culpa de las redes sociales son los spoilers, aunque esto ya depende más del usuario que del funcionamiento de estas plataformas. Debemos ser conscientes a la hora de hablar de una obra cultural de que no todo el mundo puede estar al día con todo. Existen multitud de herramientas para evitar spoilear a otros usuarios, tales como la posibilidad de ocultar imágenes en Twitter o la famosa web rot13, que encripta un texto para hacerlo ilegible a menos que se descifre usando la misma página web.
Los influencers también son un factor importante, pues muchas veces propician una sensación de envidia o admiración por un consumo desmedido de obras que la mayoría de las veces resulta inalcanzable para el espectador medio. Es el caso de la gente que se lee 50 libros en un mes o que ve 365 películas al año —una cada día—. Pero pensamos que no merece la pena forzarse a ser como nadie y que es preferible hacer las cosas a nuestro ritmo y para nuestro disfrute, sin tener que equipararnos a nadie. Los hobbies son ocio, no una competición, y nadie nos va a dar nada por jugar a más juegos, leer más libros o ver más series.
Hemos hablado de las redes sociales, pero las propias empresas que están detrás de la creación de muchas de las obras que disfrutamos también contribuyen a convertir la cultura en productos de usar y tirar. Porque, seamos sinceros, aunque los creativos sean personas, en muchos casos quien pone el dinero es una empresa multimillonaria, y a estas empresas les interesa vender la mayor cantidad posible de su producto. El modelo de algunas plataformas de streaming, como Netflix, ha sido criticado ampliamente precisamente porque no contribuye a que las series permanezcan en la memoria del público, sino todo lo contrario. Mucha gente cree que se hablaría más de las series si se emitiera un capítulo semanal en vez de soltar todos los capítulos de golpe, porque este modelo lo que propicia es que una serie que podría durar seis meses sea consumida en un fin de semana (o menos) haciendo binge watching.
Es un verdadero problema que la cultura esté en manos de grandes empresas que pueden hacer lo que les dé la gana con ella. Tenemos el flagrante caso de Warner borrando series y la película de Coyote vs. Acme, esta última incluso antes de que haya sido estrenada. La cultura no debería estar en las manos de grandes empresas que deciden arbitrariamente eliminarla por capricho de un ejecutivo que no sabe lo que está haciendo —o, más bien, que es perfectamente consciente de lo que hace—.
Pero esto no es lo único negativo que hacen las empresas y que afecta a la cultura: también está que, precisamente, el ritmo vertiginoso al que se sacan cosas afecta a la calidad final de la obra. Por ejemplo, tenemos el caso de las editoriales que lanzan libros de autores extranjeros traducidos y que, por querer sacarlos al mercado de forma casi simultánea a la edición original, acaban teniendo muchísimos fallos de traducción, ortográficos o de edición.

Por supuesto, esto no es exclusivo del mundo editorial, también sabemos de sobra que en los últimos años proliferan videojuegos que salen al mercado a medio cocer y que necesitan un parche o varios para ser mínimamente jugables.
También es imprescindible hablar sobre la amenaza que supone la IA generativa para la creación y cómo está contribuyendo a la aparición de obras insulsas y sin sentido creadas sin ningún tipo de cariño, pues son fruto de una máquina y de una mezcla de arte robado de artistas humanos de verdad. ¿Queremos que las obras de IA invadan internet? Lo cierto es que no, cualquier cosa menos eso. El arte no tiene sentido si no es humano.
Pero ¿qué podemos hacer nosotros ante esto? La realidad es que poco, más allá de ser consumidores conscientes y entender qué y por qué estamos pagando. Aunque también podemos tomarnos las cosas de otra forma y entender que no podemos ni tenemos por qué estar al día con todo. No hace falta ver, leer ni jugar todas las novedades, y menos si ni siquiera nos interesan realmente. Hay que comprender que nuestras aficiones las ejercemos por placer y no por obligación y que no pueden convertirse en un trabajo. Cada uno tiene un ritmo y eso no es malo porque no le debemos a nadie el acabarnos algo en un tiempo récord.
Tampoco nos parece adecuado usar la palabra «consumir» para referirse a la cultura precisamente porque se está reforzando la idea de que no son más que productos de consumo. Es triste que incluso en el lenguaje popular se esté aceptando implícitamente que la cultura no es más que cosas que usamos, tiramos y nos olvidamos para seguir consumiendo infinitamente sin parar.
Quizás deberíamos volver a reivindicar el arte por el arte, por lo que significa en sí y lo que nos aporta, incluso aunque su calidad no sea excelente —porque la mediocridad, en cierto sentido, tampoco tiene por qué ser negativa ni hacernos sentir culpables por disfrutarla—. Lo que no podemos permitir es que la filosofía de McDonalds y Burger King lleguen al ámbito cultural y lo destruyan por completo. Porque, si consentimos eso, cada vez nos quedará menos de lo que nos hace humanos y acabaremos reducidos justo a lo que el capitalismo quiere que seamos: máquinas de producir sin conciencia ni sensibilidad, máquinas que producen y en su tiempo libre consumen sin parar para seguir engrasando la propia maquinaria que las explota.
El arte es una de las cosas que más nos humanizan, tanto su producción como su disfrute y comprensión, y no podemos permitir que un sistema esclavista y que nos quiere sumisos nos arrebate también eso.
Pingback: El miedo al número de episodios | Futoi Karasu
Hola. Es complejo y a la vez un tanto absurdo las dinámicas actuales de consumo, sobre todo mantenerse informado para sentir que se es parte de algo. Estoy de acuerdo contigo, el disfrute de un libro, de un videojuego o de una película es por el disfrute de querer hacerlo, no por una necesidad consumista y competitiva. Saludos.
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