Es probable que alguien metido en el mundo del manga haya oído hablar de Black Jack. En el caso de que la respuesta fuese un distraído «no…» quizás al mencionar a su autor, Osamu Tezuka, es más plausible que la respuesta pase a ser un sonoro «¡Ah!». Tezuka, apodado popularmente como el dios del manga, fue uno de los pilares sobre los que se construyó el medio, cubriendo las más apretadas fechas de entrega. Sin embargo, antes de establecerse como mangaka a tiempo completo, tuvo que compaginarlo con sus estudios de medicina. Reflejado en lo que algún día quiso ser como médico fue donde nació Black Jack.
Manga de capítulos autoconclusivos, Black Jack nos relata las aventuras del homónimo cirujano en sus aventuras recorriendo el mundo y operando a todo aquel dispuesto a costearse sus desorbitadas cuotas. A estas se le sumarán personajes recurrentes, como la energética Pinoko que, sin entrar en detalles, tiene uno de los capítulos de introducción más impactantes del manga, u otros como Kiriko, que es la antítesis del mismo Black Jack.

El conocimiento médico de Tezuka logra plasmarse a la perfección en páginas que involucran precisión quirúrgica. Esto, sumado a su experiencia ya construida en la narrativa, ayuda a que el manga no se recree en lo más explícito y, a la vez, le da fuerza narrativa a cada movimiento de bisturí que realiza el propio Black Jack.
Otro elemento esencial que solidifica este manga es nuestro protagonista, personaje enigmático como pocos. Presentado como el mejor cirujano más allá de la ley que se puede encontrar, metódico y misterioso… ¿Pero realmente es así? En realidad tiene truco y cuanto más leemos más le conocemos ¿Qué le impulsó a ser cirujano? ¿A qué se deben sus cicatrices? ¿Quién es exactamente? Todas son preguntas que encuentran respuesta de una manera natural, sin mostrar ningún tipo de prisa en hacernos ver que el doctor Black Jack es más de lo que las apariencias y malas lenguas dicen sobre él.
Tampoco puede ignorarse el importante elemento humanista del manga. Tezuka era alguien que no dudaba en usar sus obras para darle voz a los problemas a los que el mundo hacía —y sigue haciendo— frente. Más allá de su habilidad, nuestro protagonista tiene bastante integridad y un modo de mirar a las cosas anclado en la realidad, pero sin nunca dejar su honor de lado.

La obra no falla tampoco en aprovecharse del campo médico para explorar territorios sobre la moralidad, respecto a cómo los humanos lidiamos con todas las emociones inevitablemente ligadas a una sala de operaciones. Preguntas sobre alargar una vida que no puede dar de más, voluntades férreas que buscan extender esta misma para poder seguir haciendo lo que se han propuesto, entre otras. Palabras que resuenan con el eco de las que fueron las últimas de Tezuka: «Se lo ruego, ¡déjeme trabajar!», dichas a una enfermera que intentó retirarle sus herramientas de dibujo.
El espacio para el desenfado también existe gracias a Pinoko, asistente y figura filial —aunque unilateralmente— del propio Black Jack, que trae cierta positividad al manga desde el inocente punto de vista de una niña, que desemboca en un increíblemente entretenido contraste con el cirujano. Si Pinoko es el contraste tonal, el previamente mencionado Kiriko es la antítesis ideológica. Su visión de la muerte indolora para casos sin solución es completamente opuesta a la de Black Jack, pero el manga nunca se presta a representar a ninguno de ambos bandos como correcto o erróneo, sino que muestra la diferencia entre las visiones de ambos personajes, sin favoritismo hacia ninguno, llevando al conflicto cuando coinciden.

El personaje de Black Jack es un misterio que se va desentrañando a lo largo de nuestra lectura, sin prisa pero sin pausa, descubrimos qué es lo que lo convirtió en el misterio andante que es, mientras viaja por el mundo realizando su oficio y talento. Es una obra que junta mensajes autoconclusivos que dejan un fuerte impacto con un elenco del que nunca tienes suficiente, reflejando no solo los valores de su gigantesco autor, sino también su brillante modo de contar historias, su arte y sus personajes. Es un manga con el mismo impacto tanto en los años 70 como hoy en día y una obra sobre la que reflexionar sin descanso. Black Jack es eterno.