Lo bizarro y lo cotidiano: Gyakufunsha Kazoku

La década de los ochenta es posiblemente una de las más recordadas en la historia moderna: Michael Jackson, David Bowie, Karate Kid, Los Cazafantasmas… Ay, los ochenta, esa década de la que todo el mundo habla como que fue la mejor de la historia, pero todos los que lo dicen nacieron del 90 en adelante. No obstante, en pocos casos se habla de lo que sucedió en Japón durante estos años, posiblemente por la visión más centrada en Occidente que tuvimos aquí gracias a la masiva influencia de Estados Unidos, a pesar de que el país nipón fue uno de los más ricos en los 80, sobre todo en su segunda mitad. Y si no nos creéis, jugad Yakuza 0, que los enemigos sueltan literalmente varios miles de yenes al suelo solo con darles un simple puñetazo.

Uno de los pósteres promocionales de Gyakufunsha Kazoku. Sin duda, es una cosa | © Director’s Company

Pero en este caso no vamos a hablar de algo tan pomposo o tan famoso siquiera: hoy se habla de Gyakufunsha Kazoku (The Crazy Family), de Shogo Ishii —que más tarde usaría el nombre Gakuryu Ishii—. Como dato totalmente anecdótico, cabe comentar que Ishii fue uno de los principales referentes para muchos cineastas posteriores, siendo algunos de los más famosos Takeshi Miike y Quentin Tarantino. Lanzado en 1984, este filme nos muestra cómo los Kobayashi, una familia normativa compuesta por padre, madre, hija e hijo —y, posteriormente, el abuelo—, se mudan a una casa en las idílicas afueras de la gran ciudad, tratando de vivir alejados del ruido y el estrés del centro. Gyakufunsha Kazoku comienza con una bastante peculiar mudanza donde se muestran claramente las personalidades algo excéntricas de los integrantes de la familia, dando pie a escenas de índole bastante cómica. Y es que los primeros compases de la película no distan demasiado de cualquier comedia que pudiera esperar uno, pensando por momentos si podríamos estar ante simplemente una comedia de familias disfuncionales, como podrían ser Malcolm in the Middle o Pequeña Miss Sunshine, evitando las más que obvias diferencias. Pero Ishii no es un cineasta al uso, para nada. El mejor término para referirse a Ishii es punk, algo que se puede ver claramente en esta película. No es tanto un punk antisistema agresivo como podría verse en otras obras contemporáneas y anteriores, sino un punk más positivista que aboga por la libertad.

Ver lo superficial de Gyakufunsha Kazoku es sencillo: una historia de cómo una familia común japonesa poco a poco se ve presa de una supuesta enfermedad que les induce la más absoluta locura, terminando por querer asesinarse entre ellos. Pero la magia de la película no radica en eso, ni en la actuación de los actores —bastante mediocre—, sino en la peculiar dirección de Ishii. La locura que se apodera de la familia empieza a tomar forma poco a poco, sin prisa pero sin pausa, con un ritmo que se va marcando perfectamente y que se justifica con cada problema que tiene la familia a lo largo del filme. Todo esto, unido a los caóticos y constantes cambios de plano, hacen que, en cierta medida, el espectador se sumerja poco a poco en esta locura de la familia Kobayashi.

Como no hay habitación para que el abuelo duerma, deciden excavar en mitad del salón para hacerle una habitación. ¿Qué podría salir mal? | © Director’s Company

Toda esta locura culmina en una media hora final angustiosa a la par que cómica. El padre de la familia decide que la mejor forma de acabar con esta etérea locura que persigue a su familia es un suicidio colectivo mezclando gasolina con leche. Tras una acalorada discusión, la familia toma las armas y cada cual personifica sus locuras como forma de luchar, dando pie a una batalla campal donde lo macabro de la situación en ocasiones se ve adornado por unas escenas que bien podrían estar sacadas de las mejores obras animadas de la edad de oro de Hanna-Barbera, llegando incluso al intento de violación de la hija pequeña de 13 años por parte del abuelo y el hermano —algo que, afortunadamente, se queda nada más que en un comentario tremendamente desafortunado y una mirada lasciva—. Tras esta loca batalla campal usando como armas elementos tan comunes del día a día como tenedores, plantas o ¿martillos neumáticos?, un explosión de gas incapacita a toda la familia; una explosión de gas que, claramente, simboliza el momento en que nadie de la familia puede más con su vida.

La siguiente escena, ofrece un contraste casi reconfortante, con todos tranquilamente comiendo su arroz con soja y huevo crudo sentados a la mesa, con un fondo completamente destrozado por la explosión y la reyerta familiar. Es en ese momento que Ishii hace uso de esta actitud más positivista de su visión de vida de la que hablábamos antes: donde otros directores podrían haber dejado la película en una muerte de todos los miembros de la familia como queja al sistema que presiona a todo el mundo para que sean alguien en esta vida y acaban pagando el precio del sistema en el que les ha tocado vivir, Ishii decide creer en las segundas oportunidades. Los Kobayashi, en este ambiente mucho más tranquilo a la par que casi apocalíptico, deciden que la única forma de avanzar hacia delante es derribar la casa que tantísimos problemas les había causado y vivir una nueva.

Y así, viendo cómo han comenzado a vivir cómodamente debajo de un puente de una autopista —con sus comodidades como electricidad—, termina la odisea de esta loca familia, donde un increíble plano secuencia nos muestra cómo han logrado rehacer su vida sin necesidad de las paredes que los atrapaban y agobiaban en su anterior casa. El viaje por la locura más absoluta que ahogaba a los Kobayashi termina con este escena reminiscente del principio de la película, pero en lugar de rápidos cambios de cámara y plano, tenemos un delicioso plano secuencia. La locura y la ansiedad que provocan ciertas partes de la película contrastan con este bello final donde, a pesar de romantizar ligeramente la pobreza, esta loca familia llega a ser feliz y vive en paz y harmonía tras todo este arduo viaje.

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