Opinión: ¿Por qué Shin-Chan es tan importante en España?

El 17 de mayo de 1995 se estrenó en nuestras televisiones un mítico programa conocido como Club Megatrix, una parte de la programación de Antena 3 en España dirigida al público infantil y preadolescente. En aquella banda horaria, normalmente por las mañanas, se retransmitían todo tipo de series tanto de imagen real como de animación que marcaron por completo una generación entera ―quien no recuerde levantarse pronto los fines de semana sólo para ver la tele es que es demasiado joven para entender esta introducción―. Con seguridad se puede decir que gracias a este programa la gran mayoría de jóvenes españoles millennials y primera generación z que no tuvimos acceso a servicios de canales privados pudimos nutrirnos de una gran cantidad de contenido audio visual que nos marcaría para el esto de nuestra vida. En el caso que nos ataña hoy, fue bastante notable por introducir en nuestras vidas la ficción japonesa y llevar a que desarrolláramos un particular interés y pasión por esta. 

De igual manera, hablar tan sólo del fenómeno Megatrix acerca sólo de este tema es también jugar con la realidad y ser bastante ignorante adrede, porque al final quiénes consiguieron convencer a los ejecutivos televisivos de la relevancia que podría tener el anime en España fueron en su gran medida las televisiones autonómicas: TVG con As aventuras de Fly o Donkey Kong, Canal Sur con Neon Genesis Evangelion o Bobobo, y TV3 con Sakura la Cazadora de Cartas y Bol de Drac, además de la que se convertiría en el nuevo fenómeno pop para los niños españoles de entre los 90 y principio de los 2000s: Crayon Shin-Chan

La historia de cómo nos llegó Crayon Shin-Chan, o tan sólo Shin-chan, es francamente, de las más extrañas y particulares que se han visto en nuestra historia televisiva y que supone el triunfo de las autonómicas sobre las televisiones privadas en términos de anticiparse y traer lo que sería todo un pilar cultural entre los niños de la época. Primero se emitió en la cadena catalana K3 en el año 2001, a los meses en Euskadi y Galicia, así como en Andalucía, siendo esta última su primera emisión en el doblaje castellano. No fue hasta 2001 que llegaría a verse en todo el país y hasta 2006 que Antena 3 compraría los derechos para así distribuirla por toda España, dejando lamentablemente de emitirse en gallego, catalán y euskera. 

¿Cuántos años hacían ya sin un juego de Shin-Chan en español?©Futabasha Publishers ©Nintendo

La serie se convirtió en un fenómeno imparable en nuestro país, ya que fue en España donde más éxito cosechó si excluimos a su país madre de la ecuación, y llegando a hacerse varios capítulos del manga y del anime en honor del público español en los que la familia Nohara venía de aventuras a visitar Cataluña y disfrutaba de la «Ciudad Condal» ―en uno de los cuales apareció Marc Bernabé, el traductor mítico y habitual de la serie y de tantos otros mangas―. Además de eso, aunque sea en pocos cines, se tiene en cuenta todavía a España para traer las películas que cada año van saliendo de la saga, e incluso por presiones por parte de los fan se llegó a traer Shin-Chan: Mi verano con el profesor, juego para la Nintendo Switch que en principio no iba a salir en estas tierras.

Así se podría dar por terminado un artículo acerca de cualquier otro anime que se nos ocurra: llegó por casualidades, se emitió primero en las autonómicas y pasó a gozar de gran popularidad después de eso. Pero el caso de Shin-Chan es bastante más particular de lo que cabría pensar: un anime sin magia o acción acerca de una familia japonesa mediocre que vive en el equivalente a Getafe de Tokyo, con un niño maleducado y vulgar que pone todo patas arriba allá a donde vaya, que sigue siendo recordado hoy por hoy por los españoles para verlo cada cierto tiempo y que cada vez que sale una película nueva tiene a su público corriendo como puede al único cine que la eche. Entonces, ¿qué fue lo que llevó a tantos televidentes enamorarse de este anime y que perdurara en el tiempo como uno de los elementos icónicos y más especiales de la infancia de dos generaciones distintas? 

Primero de todo habría que hablar de su particular humor. El humor, a grandes rasgos, es un asunto complicado. La idea popular es que es algo universal y casi objetivo, pero al final el humor, como todo, no deja de ser un fenómeno social en el que cada condición puede influir para que algo nos haga gracia o no nos la haga. Desde ser desde ser de una clase social u otra, pertenecer a un colectivo oprimido históricamente, nuestra ideología y hasta nuestro país. Si bien es cierto que siempre hay detalles humorísticos que se comparten entre culturas, el humor varía de formas inimaginables para conseguir, aunque sea una respiración fuerte a nuestro interlocutor, y aún con todo tampoco tenemos claro si vamos a conseguir nuestro cometido.  Pero entre todo lo anterior mencionado, notamos como la categoría más “general” suele ser nuestro lugar de nacimiento, o incluso más el de crecimiento. Así pues, el límite más general para con el humor suelen ser los espacios geográficos en los que nos criamos, más concretamente los países.  

Por ejemplo, el típico humor español no se asemeja demasiado al aclamado humor inglés, más sarcástico y “refinado” y más valorado globalmente. El humor español siempre ha sido bastante más absurdo, ordinario y vulgar. En España gusta lo ridículo, lo absurdo a un nivel terrenal, la broma sexual fácil, o algún juego de palabras tonto, pero también la autoconsciencia. Pues sabiendo todo esto, el humor japonés no se queda atrás del español: Aunque exista la idea preconcebida de que el pueblo nipón es “bastante estirado” y que son “protocolarios hasta para bromear» ―que suena más a xenofobia que otra cosa―, la realidad no se acerca tanto a esto. Su estilo de humor, además de llegar a ser acerca de cosas correctas y de self deprecation, en entornos de confianza tiende a ser bastante vulgar y con un enfoque bastante erótico muchas veces. Resulta que tras la modernización japonesa el humor cambió bastante por tratar de parecerse más al occidental: precisamente por lo jerárquico que era, se tornó en más irónico, tratando de romper la gran cantidad de convenciones sociales que el pueblo nipón ha de seguir. Esta forma de humor japonés, de ironía y autorridiculización, puede recordar al esperpento, “subgénero” fundado por el gallego Valle-Inclán en el que se denunciaban las tragedias vividas en España de manera deformada, grotesca y definitivamente cómica. Shin-Chan funciona como un esperpento, pero como un esperpento en su región: todos los personajes son una exageración, hipérbole y deformación de la vida habitual de Kasukabe, una ciudad dormitorio de lo más normal y mediocre. Los padres son la realidad de los japoneses más habitual de los 90s: una madre frustrada y con alguna ambición en la vida, pero que se ve abocada en una existencia de ama de casa sin más que hacer que limpiar, cocinar y hablar de vez en cuando con la vecina. Hiroshi no deja de ser también la clara imagen del salary man japonés, que por cumplir se fue del campo a la ciudad para trabajar en una empresa cualquiera, se casó joven, compró una casa en una ciudad dormitorio que va perdiendo valor con los años y que está obligado a ir a beber casi todas las noches con su jefe y posibles clientes para conseguir un sueldo mediocre con el que mantener a su familia.  

Estoy llorando, y tú también ©Futabasha Publishers

Y eso tan sólo quedándonos con los protagonistas más cercanos que tenemos, porque Shin-Chan además de centrarse en los asuntos de la familia Nohara, también explora multitud de otros personajes con su hipérbole y su interés particular: directores de parvulario, trabajadores, vecinas cotillas, caseras abusivas, profesorado, dependientes de librerías, bandas gamberras de adolescentes (sukeban) y un largo etcétera de todos los posibles clichés de la sociedad japonesa de los 90s hasta el día de hoy. 

Es curioso cómo Shin-Chan coincidió en tiempo y casi espacio con una serie que trataba los clichés de otra sociedad a su manera y que también además de ser un poco más longeva que esta, se ganó el cariño del público hasta causar un fenómeno muy parecido: Los Simpsons. No creo que haya que dedicar mucho rato en presentar a la obra de Matt Groening pero, a grandes rasgos, la archiconocida familia amarilla fue retransmitida en el horario de la comida en la misma cadena durante años, hasta 2017, cuando fue relegada por La ruleta de la suerte y cambiada a Neox. Es bastante curioso como dos series animadas de humor que tratan los problemas de una familia común, pero con ligeros toques de disfuncionalidad, no se pisaran demasiado en audiencia ―no mintamos, claro que Los Simpson tenían más audiencia― y que hayan sido igual de queridas por el público. La comedia en Los Simpson tendía a ser más irónica y sarcástica, una crítica bastante inteligente a la vez que absurda hacia la sociedad americana de los 90s, con todo su exceso, sus mentiras e hipocresías. Igual es por esto que los niños también sentían que podían disfrutarla y los adultos se llevaban el pastel completo. Shin-Chan también tenía sus burlas para los más peques y los más adultos, pero hay algo fundamental que las diferencia y que hace que el recuerdo de Shin-Chan permee en la cultura popular española: mientras que Los Simpson, en general y obviando ciertos capítulos, ofrecían una ironía fría, casos absurdos y altamente improbables y hasta una comedia de toques “nihilistas”, Shin-Chan también se detenía en los momentos más preciados y delicados. No todo era una crítica necesariamente al modo de vida japonés, sino un reflejo fidedigno, histriónico, pero a la vez muy tierno y casi nostálgico. Nada de lo que enseñaba Shin-Chan se salía de la vida diaria o llegaban a ser cosas inverosímiles y casi imposibles. Y aquí es cuando tenemos que empezar a hablar del slice of life

©Futabasha Publishers

El slice of life, por sí alguien no lo sabe, sería una categoría bastante abierta en a que entran todas las obras que se dedican a tratar la vida normal y ordinaria de los personajes. Aquí cabría mencionar demasiados animes muy diferentes entre ellos, como K-On!, La melancolía de Haruhi Suzumiya, o incluso Mob Psycho 100, por lo que vamos a entenderlo en este caso como pura y duramente “vida diaria”. No hay grandes historias de épica, no hay una lucha contra el mal, no hay nada más que el ir a clase, a trabajar, ver a tus hijos, pagar la hipoteca, pasar por rupturas y demás. Así de primeras no suena como la mejor opción de entretenimiento en anime. Dado que la animación y las historietas son medios con lo que podemos crear cosas que de ninguna manera podríamos hacer con personas reales, ¿por qué centrarse en obras como estas? ¿Por qué no simplemente hacer historias de gente salvando a otra gente? Puede ser porque aun así, existe un confort humano en ver a personas que se parecen a nosotros pero que no lo son. Hay veces que tenemos que ver nuestra vida de lejos para poder apreciarla. Las pausas y los tiempos que se dan en animación son bastante más expresivos e incluso más significativos que lo que nos aportaría un producto de imagen real. Hay veces que para sentir que todo está bien uno tiene que ver que la vida ordinaria y mediocre como es, es un regalo preciado y valioso, que merece la pena estar en este mundo, aunque sólo vayamos a comprar ingredientes al supermercado del barrio para hacer sopa. 

Lo que consigue el arte es que cosas que damos por sentado pasen a ser maravillosas y espectaculares. Los seres humanos pasamos por un proceso de desnaturalización y todo de lo que nos rodeamos parece algo obvio, algo que nuestro cerebro procesa como algo natural. Por ejemplo, si nos viéramos desde fuera, sabríamos que nos ha quedado por limpiar un mueble, pero al estar esa información tan solo en nuestra cabeza, podemos hasta no recordarlo. Sin embargo, las acciones cotidianas en el arte, tales como el ir a comprar un abrigo nuevo, comer un plato de nuestra madre que hacía ya tiempo no probábamos, o escuchar el nuevo CD de The Pillows, de repente parecen una acción a la altura de acabar con un castillo lleno de trolls y fantasmas. No es casualidad que los momentos más recordados de Shin-Chan no sean tan sólo en los que enseña el culo y liga con chicas bastante más mayores que él, sino los recuerdos de Hiroshi en Shin-Chan: Los adultos contraatacan, cuando Shinnosuke piensa que su madre se va morir y en realidad está embarazada, o que Kazama parezca que se vaya a ir de Kasukabe para no volver nunca. 

Y son este tipo de contenidos, los que valoran la vida diaria, las rutinas habituales y la mediocridad del modo de vida capitalista, los que más reconfortan. Pues la vida a pesar de ser ecléctica, horrible, y extraña, también tiene una rutina y una pausa que nos ayuda a entender que pesar de los baches, el desasosiego y el no saber qué pasará mañana, merece ser vivida. En el mundo en el que vivimos, hay veces que el único consuelo es saber que todo se quedará igual, en un status quo. Hemos perdido la esperanza en que todo cambie a mejor, y al menos encontramos un pequeño recoveco en el que la vida no es terrible. Existe un consuelo en la mediocridad que no se compara al de la mayor épica jamás contada del último siglo, porque sabemos que eso no nos va a pasar, pero sí lo otro. El amor es la conquista de la mediocridad

 En definitiva, Shin-Chan es un anime que permeó fuerte en la cultura española y que a día de hoy además de ser recordado con cariño también es vuelto a ver en interminables revisitas por los usuarios. Hay veces que necesitamos recuperar ese momento en el que todavía éramos niños, la vida tenía otro corte y confección, llena de locuras, de aventuras y de un mundo extraño y caricaturesco como parecía el de los adultos. Pero dentro de todo el humor y las situaciones extrañas, al final la vida es lo que pasa entremedias de la felicidad, y a veces lo más mediocre son los mejores recuerdos que podríamos tener

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