Siete live-action que valen la pena

Queda apenas un día para el estreno en Netflix de la adaptación de imagen real de One Piece. En boca de todos desde sus primeros avances, esta nueva serie basada en el inmortal manga de Eiichiro Oda promete no sólo un presupuesto al nivel de las mayores superproducciones televisivas, como Juego de Tronos, sino una gran fidelidad al guion original de la obra ilustrada. De un tiempo a esta parte, y con cada tráiler o entrevista que ve la luz, las esperanzas del fandom están cada vez más altas y no han sido pocos los medios que han subido a la palestra a apostar que este va a ser, por fin, el primer live-action bueno. Que, de una vez por todas, han dado con la tecla y han sabido adaptar a una producción de imagen real un título de mangaanime sin que el resultado haya terminado por ser un desastre. Pero nada más lejos de la realidad.

Bien es cierto que la sombra de Dragon Ball Evolution es alargada y que tanto el manga como, especialmente, el anime, tienen una serie de características implícitas en su narrativa ―especialmente en la visual― que pueden suponer todo un reto a la hora de abordar una adaptación tras el cambio de soporte, pero también es innegable que, a lo largo de los años y desde que el cine es cine, se han llevado a cabo esfuerzos loables, tanto en la gran pantalla como en el ámbito televisivo, por ofrecer obras notables basadas en el medio. Desde el septeto de películas de Lobo Solitario y su Cachorro en los ya lejanos años 70, protagonizadas por el por entonces prolífico Tomisaburô Wakayama ―a quien veríamos poco antes de su fallecimiento en la valiente Black Rain de Ridley Scott― hasta las más recientes encarnaciones, como una Alice in Borderland que poco tiene que envidiar al material original o incluso esa fastuosa trilogía que Keishi Ōtomo labró entre 2012 y 2014 sobre Rurouni Kenshin. Por cada Ghost in the Shell que se queda a medias en su propuesta y por cada Death Note que levanta polémicas allá por donde se escucha su nombre, tenemos otras tantas cintas y series de inestimable valor. Hoy en Futoi Karasu os recomendamos siete adaptaciones live-action, seleccionadas de entre las más interesantes que podamos encontrar.

Mushishi (Katsuhiro Ōtomo)
El genio de Miyagi lleva años casi por completo desligado de la industria a la que en su día ayudó a aupar a los cielos. Se supone que aquel que nos trajo esa piedra fundamental del medio que fue Akira está por estrenar un nuevo manga tras un retiro de una década, pero poco o nada se sabe aún del proyecto. A lo largo de su dilatada carrera como mangaka, Ōtomo se aventuró a dirigir diversas películas animadas, como la adaptación de su ya mentado magnum opus o la bastante interesante Steamboy. Inevitablemente, llegó el momento en que decidió dar el paso al live-action y, entre un par de títulos menores, Mushishi fue el resultado. El filme seguía de manera fiel la estructura y el espíritu del manga de culto de Yuki Urushibara, así como de su anime, del que fue contemporáneo. Si bien la producción funciona como un complemento a las dos encarnaciones anteriores más que como un producto artístico en sí mismo, Ōtomo implementó con precisión todas las virtudes que hacían a Mushishi ser Mushishi: su hipnosis naturalista, su inquietud atávica y, a la vez, ese sentimiento de neblinosa maravilla y descubrimiento. Mención aparte merece un Joe Odagiri en estado de gracia, al que el papel de Ginko le venía como anillo al dedo y a quien poco después veríamos dar el salto a películas excepcionales como Air Doll o la inquietante El mundo de Kanako.

Ichi the Killer (Takashi Miike)
A veces resulta complicado encontrar el equilibrio cuando se realiza cine gore. Es demasiado fácil rayar la autoparodia o perder al espectador entre las gratuitas orgías de sangre y casquería. Por suerte, los tiros no van por ahí cuando hablamos de Ichi the Killer. Esta adaptación de 2001 del manga de Hideo Yamamoto ―seguramente más conocido por Homunculus― fuerza constantemente los límites del público, pero consigue mantenerle, nauseoso y a regañadientes pero ojiplático, frente a la pantalla. Todo parte de un ciclo de asesinatos sin fin, que lleva a enfrentar a un asesino profesional, traumatizado y despojado de toda voluntad propia, contra una familia de yakuzas, encabezada por un peligroso adicto al sadomasoquismo. Miike coquetea con la tortura y la depravación, nos trae la violencia más extrema que podamos imaginar y llega a parecer que renuncia a categorizar esta como algo, siquiera, mínimamente censurable en su contexto global, para así poder abandonarse por completo a un libertinaje absurdista. Pero pese a todo, por debajo de todo ello, está presente el dolor de las víctimas. Presente e ineludible, entre el extravagante deleite de los desquiciados y homicidas protagonistas. Una película tan atrevida como incómoda, uno de esos casos en los que la adaptación es más histriónica que el manga original. Avisamos, no es para todos los públicos.

La Torre de Tokio, símbolo bello y permanente en Sunset on Third Street / ©Toho

Always: Sunset on Third Street (Takashi Yamazaki)

Sanchoume no Yuuhi es una de esas pocas obras selectas que tienen el placer de estar aún en la pelea contra Golgo 13 por coronarse como el manga más longevo de la historia. Y es que si series como One Piece o Detective Conan nos semejan casos prácticamente alienígenas por llevar en publicación desde los años 90, la que fue ópera prima del veterano Ryouhei Saigan vio publicado su primer capítulo en 1974 y, a día de hoy, sigue sin terminar. En 2005, el director Takashi Yamazaki ―quien nos traería más recientemente Stand by Me Doraemon― nos ofreció su particular visión de este interminable manga. Arrasó en los Premios de la Academia Japonesa, encandiló a crítica y público por igual y poco después vio dos secuelas que fueron recibidas con el mismo cariño. Una urdimbre de pequeñas historias entrelazadas en el escenario de un ficticio barrio tokiota durante la posguerra. Yamazaki llena de buen humor el delicado costumbrismo de Saigan, plagado de personajes inolvidables y donde ninguna de sus secuencias pierde tiempo en tejer, sin prisa pero sin pausa, un relato coral, dulce y enternecedor

The Memorandum of Kyoko Okitegami (Tôya Satô, Yoshinori Shigeyama y Naoko Komuro)
Adaptar a NisiOisin es siempre un salto de fe. El que es probablemente uno de los escritores con más talento y con mayor volumen de producción de la literatura actual nipona, ostenta un estilo tan particular que, para hacerle justicia, se ha tenido que llegar a cotas como que Shaft inventasen el «estilo Shaft» ―o más bien el «estilo Akiyuki Shinbō― para sus animaciones de Monogatari Series. Okitegami Kyoko no Bibôroku ha sido, hasta ahora, la primera incursión de sus historias en el mundo de la imagen real y el resultado, que bebe a partes iguales tanto de la novela como del manga derivado, no podría haber sido mejor. Kyoko, quien da nombre a la obra, es una de las detectives privadas más imaginativas y eficientes de Tokio, pero debe luchar contra un importante hándicap: cada vez que se duerme sus memorias recientes desaparecen. Un buen día, uno de los sospechosos de un crimen que investiga, el bueno de Yakusuke, se enamora a primera vista de ella y, para colmo, descubre su secreto, lo que llevará al torpe pero bienintencionado joven a convertirse en su ayudante. Juntos, la inteligente pero amnésica detective y el cenizo asistente intentarán salir adelante ante una serie de nuevos casos. Protagonizada por la encantadora Yui Aragaki y por un Masaki Okada que se muestra como pez en el agua en papeles cómicos, la producción se aleja por momentos de las manías del clásico dorama de comedia romántica y se aprovecha del derroche de ingenio del material original de NisiO, así como de una cinematografía a la que el presupuesto no hace justicia, para, tras heredar rasgos y pasajes del mencionado «estilo Shaft», ofrecer un conjunto de diez episodios tan sólidos como entretenidos.

Kyoko y Yakusuke, la mejor pareja, los dos bonicos / ©AX-ON

La Tumba de las Luciérnagas (Taro Hyugaji)
Poco se puede decir sobre la película de animación de Isao Takahata ―basada a su vez en la novela homónima de Akiyuki Nosaka― que no se haya dicho ya. La Guerra del Pacífico terminó con consecuencias desastrosas para el pueblo japonés y, apartándose de los grandes enfrentamientos, el delicado trabajo de Takahata se centraba en quienes más habían sufrido y padecido, los civiles. La pobreza, el hambre y la miseria. La producción de Taro Hyugaji toma de punto de partida la película de Studio Ghibli, por encima de las páginas originales, para mantener un empaque emocional que poco tiene que envidiar a la versión animada. Quizás no contenga escenas tan memorables a largo plazo, por las limitaciones que marca una producción de bajo presupuesto respecto a las libertades que otorga la animación, pero el espíritu dramático y antibelicista es exactamente el mismo.

Himizu (Sion Sono)
Mientras tantas personas esperan huir de la normalidad y llevar una vida memorable y especial, Yuuichi está especialmente obsesionado con, precisamente, esa normalidad. Quiere una existencia normal, una familia normal y un trabajo normal, y nada le va a apartar de su objetivo de lograr la vida más anodina, aburrida y común posible. Por desgracia, las cosas nunca ocurren como esperamos y la excepcionalidad de la desgracia amenazará los planes de nuestro protagonista. Sion Sono es un director particular, tan capaz de ofrecernos la mayor bizarrada protagonizada por Nicolas Cage que podamos imaginar ―Prisioneros de Ghostland está ahí, esperando a que la veáis― como de arrasar entre la crítica con una comedia tan ambiciosa como Red Post on Escher Street o con esa descarnada y magistral puñalada seglar que fue Exposición de amor. Himizu se encuentra claramente entre las segundas y se conforma de manera muy sólida como un valeroso alegato vitalista sobre encontrar la luz al final de un tenebroso, desesperanzador y aparentemente interminable túnel.

Oldboy (Park Chan-wook)
Por supuesto que conocéis Oldboy, todo el mundo conoce Oldboy a estas alturas. La película más laureada del coreano Park Chan-wook ―premiada en 2004 tanto en Cannes como en Sitges― nace a partir del ligeramente menos conocido manga de Nobuaki Minegishi y Garon Tsuchiya. Lejos de intentar ser una adaptación completamente fiel, se toma una serie de licencias importantes respecto al material original ―tanto que la que es su escena más famosa resulta ser una inclusión completamente nueva, sin momento análogo en las viñetas― y se erige en un ejemplo apabullante de cómo realizar una versión que parte del mismo punto que el material original pero que se desarrolla por sí misma, desde la óptica más valiente y personal. Oldboy es brutal y descarnada, rezuma violencia por los cuatro costados, pero también sabe ser un relato humano. Enfrenta la espiral en la que te sumerge la venganza a la tenue luz de la esperanza y procede a golpear ambas, insistentemente, con el más férreo de los martillos, hasta que el dolor pasa a ser tuyo. Por si fuese poco, gana en un segundo visionado.

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