Suzume, la poesía de Makoto Shinkai mira hacia el futuro

De un tiempo a esta parte, cada nueva película de Makoto Shikai es un evento casi sin parangón en el panorama contemporáneo de la cultura anime. Cuando hablamos de relevancia social y éxito comercial, sus últimos largometrajes se sitúan, incluso en ámbitos internacionales, en cotas a las que, hasta ahora, sólo parecían poder llegar el estudio Ghibli de Hayao Miyazaki y, quizás, algunas iteraciones extremadamente puntuales y muy afortunadas de franquicias cuyas series o mangas hayan alcanzado previamente un tamaño colosal, como Kimetsu no Yaiba o One Piece. Pero eso también ha situado al director nipón en el punto de mira. Tras un trío de ases como fueron 5 Centímetros por Segundo, El Jardín de las Palabras y, especialmente, Your Name, la cinta clave que le catapultó a las mieles de la fama en Occidente, a día de hoy de Shinkai no se espera nada que no pueda ser considerado como una absoluta genialidad y, a la vez, una puñalada al corazón. Quizás por eso El Tiempo Contigo, un trabajo, pese a todo, tremendamente sólido y conmovedor, amenazó con quedarse en el imaginario popular como una parada menor —pese a lo cuantioso de su recaudación— en la por ahora intachable carrera del cineasta de Nagano. Ciertas voces agoraban que se estaba acomodando en lo creativo y que se limitaría a repetir la misma fórmula de Your Name una y otra vez. ¿Está Suzume, su más reciente película y que actualmente tenemos disponible en cartelera, a la altura de su legado?

Poco se puede acusar a Shinkai de primar forma sobre fondo o de caer en retóricas estrictamente formalistas a través de su cine, pero es innegable que desde sus primeros trabajos, aquellos a los que daba vida él sólo desde su propia casa con su ordenador personal, siempre ha cuidado el apartado artístico con la máxima meticulosidad. Desde su alianza con el estudio CoMix Wave Films, el cine del nipón ha alcanzado niveles de espectacularidad visual al alcance de muy pocos y manteniendo siempre ese sabor a animación tradicional —con un excelentemente compenetrado trabajo digital detrás—, nos ha ofrecido paisajes cuya belleza explota ante nuestros ojos sin que podamos apartar la vista de la pantalla un sólo segundo, secuencias minuciosamente animadas donde nada está fuera de lugar e incluso se ha atrevido con herramientas tan poco exploradas en el anime mainstream como los time-lapse. En Suzume, por supuesto, todo está al nivel que se espera de la carrera del director. Y, por suerte, no se queda ahí, sino que se esfuerza en transmitir un mensaje tan sentimental como necesario

Nuestra querida Suzume se lanza a la aventura porque está horny por el chaval. Yo sí la entiendo. / ©CoMix Wave

Suzume no Tojimari es un intento semirrupturista y, a la vez, un sincero ejercicio por parte del director para poner en práctica todo aquello que ha aprendido en sus más de dos décadas de trayectoria. Está, por ejemplo, la fórmula de «chica corriente conoce a chico misterioso» de ese atrevimiento órfico por acercarse a la mística miyazakiana que fue Viaje a Agharta, los cielos sobrecogedoramente hermosos de El Lugar que nos Prometimos y la forma particular de entremezclar pasado, presente y futuro y jugar con el tiempo de Voces de una Estrella Distante o de la propia Your Name, con la que también comparte las consecuencias de un desastre natural como uno de los elementos centrales de su planteamiento y trama. Al mismo tiempo, se desliga de algunas de las tradiciones narrativas más arraigadas en su carrera para ofrecer una cinta fresca, salpicada de energía adolescente —en el mejor de los sentidos y porque Shinkai a estas alturas de su vida ya no tiene complejos— y que cimenta su estructura sobre una lógica más afín a una serie o, incluso, un videojuego de aventuras que pese a todo termina funcionando como un reloj suizo. El planteamiento parece sencillo en primera instancia. Chica huérfana tendrá que ayudar a un atractivo hombre al que acaba de conocer a cerrar una serie de enigmáticas puertas a lo largo del archipiélago japonés, por cuyo umbral puede cruzar el desastre absoluto, y devolver a su lugar al guardián de las mismas, que ha huido tomando la forma de un gato. A partir de ahí, aventuras, emoción y sutiles preguntas existencialistas que buscan respuesta.

Lo que comienza como esa batida en búsqueda de una burlona deidad felina que va abriendo las puertas de la calamidad de Kyūshū a Tōhoku, poniendo en peligro en el camino a las gentes de Shikoku o de la metrópolis de Tokio, pronto pasa a tomar prestados elementos adecuadamente costumbristas. Sean estos en la forma de Suzume haciendo una nueva amiga en su viaje tras ayudarla desinteresadamente, experimentando por primera vez las penurias del trabajo asalariado o sobreponiéndose a los momentos de drama familiar con su tía, donde las emociones reprimidas durante tantos años amenazarán con desbordarlo todo. No se profundiza demasiado en todo esto, porque son más herramientas narrativas contextuales para el mensaje del filme que verdaderos puntos clave en el mismo, pero su función, la de ayudar a cimentar un universo intradiegético firme y aportar más color a la aventura, la cumplen sin mácula.

Pasar página es complicado. A veces tenemos que dejar atrás etapas de nuestra vida, lugares en los que hemos habitado o costumbres que nos resultaban seguras y cómodas. A veces también debemos decir adiós a nuestros seres queridos. Es algo intrínseco a nuestro crecimiento como seres humanos y al mismo e inevitable paso del tiempo. Suzume viaja de sur a norte a través de la geografía japonesa para recordarnos aquello que antes estuvo y ahora ya no está. Las ruinas de un balneario en cuyas aguas ya nadie se sumerge. Los restos oxidados de una noria que ya no puede volver a girar. Calles vacías y cimientos derrumbados de un pueblo por el que los niños ya no brincan y los ancianos ya no pasean, por cuyo asfalto agrietado ya no ruedan los vehículos y cuyas farolas ya no iluminan la oscuridad de la noche. Suzume y Sōta —convertido por una maldición en un simpático taburete cojo que se erige como definitivo heredero kuleshoviano— cierran las puertas a la catástrofe evocando décadas pasadas, recuerdos felices que no volverán, porque no pueden volver, y ventanas que brillan hacia días venideros.

Para poder avanzar a veces hay que pararse a escuchar las voces y sentir los pasos de aquellos que ya no están / ©CoMix Wave

Y todo esto lleva al clímax emocional de la película. Cada persecución cómica, cada diálogo ingenioso, cada momento de tensión y cada pequeño instante cálido y acogedor entre nuestros protagonistas nos lleva a un culmen que aúna acción, una catarata de sentimientos y hasta paradojas temporales. Shinkai se atreve a situar algo tan delicado y doloroso para la población nipona como el desastre de Fukushima y sus secuelas como escenario final del filme. Porque pocas cosas representan mejor en la historia reciente del país lo que supone la pérdida, lo que implica el abnegado esfuerzo de seguir adelante habiendo dejado tanto atrás. Partiendo de su esmerado lenguaje cinematográfico, ocasionalmente acusado de melodramático y aquí capaz una vez más de sacar las lágrimas del más duro, se apropia de la tragedia con el máximo respeto para lanzar un mensaje de esperanza al mundo.

Muchos recordarán una frase de El Señor de Los Anillos que nos viene como ídem al dedo en esta ocasión: «no podemos elegir los tiempos que nos toca vivir, lo único que podemos hacer es decidir qué hacer con el tiempo que se nos ha dado». Makoto Shinkai tiene la respuesta. Quizás sea idealista, quizás podamos verla como un punto demasiado brillante en este planeta que se ha vuelto tan gris. Quizás nos parezca pequeña en el gran esquema de las cosas. Pero, al menos, es una respuesta y es completamente sincera: abrazar a nuestros seres queridos, cobijarlos de las inclemencias, disfrutar de su compañía, alegrarnos de ese hecho tan mágico que es que podamos estar aquí, hoy, con ellos, en este momento y este lugar y, sobre todo, tomar su mano para caminar juntos hacia el futuro.

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