Si hay algo que le gusta a la comunidad de manga y anime en Twitter es debatir e intercambiar opiniones. Es algo completamente normal pues, al fin y al cabo, cada día salen nuevas obras que se analizan hasta el más mínimo detalle, dando lugar a debates que pueden llegar a dimensiones sobrecogedoras. Uno de los más llamativos la anterior semana fue gracias a Chainsaw Man, anime recién estrenado cuyos subtítulos en Crunchyroll han llamado la atención por un uso indiscriminado de jerga española y referentes culturales. Esto es algo que, por norma general, el público patrio adora, pero… ¿no se han pasado de la raya, añadiendo una referencia a David Civera?

En este artículo se explican los entresijos de una parte del mundo de la traducción, la localización, con ejemplos de esta labor. Seguidamente, se concretarán lo que son los referentes culturales y la manera en la que los traductores pueden adaptarlos en diferentes productos. Para finalizar se retomará el caso específico de Chainsaw Man, explicando con calma las dos posiciones que el público general ha adoptado, para acabar concluyendo sobre si esta referencia realmente tenía lugar.
Primero, la teoría: traducción y localización
En Futoi Karasu ya hemos hablado de traducción aplicada a un caso práctico de la industria de los videojuegos —Ace Attorney y sus traducciones perdidas al español—. En ese mismo artículo se menciona un término específico del mundo de la traducción: localización. La localización, dentro de traducción, hace referencia al proceso de adaptación que sufre un producto para ajustarse a un mercado y a las necesidades del mismo para su correcta venta, difusión y aceptación. Por decirlo de manera simple, la localización es una parte de la traducción en la que el profesional pone de su parte para identificar y modificar los elementos que, si bien funcionan con el producto y público original, pueden no cumplir su función en el público meta sin una adaptación a las necesidades del mismo.
Este proceso puede estar más presente en ciertos productos, como el audiovisual. ¿Cuántas veces nos habrá llamado la atención en hecho de que Kirby en occidente esté enfadadísimo en las portadas de sus juegos? ¿O que la publicidad y anuncios cambie totalmente de un país o región a otra? ¿Por qué nos hace especial gracia la manera en la que hablan algunos personajes del Genshin Impact? Tampoco ignoremos las bandas sonoras, las cuales pueden variar exageradamente. Por ejemplo, Tales of Symphonia —videojuego de una franquicia de la que ya hemos hablado en esta web— cuenta con dos temas de apertura: el japonés y el occidental.
Estas adaptaciones, o más bien localizaciones, responden a las necesidades del mercado. Ni el público occidental reacciona de la misma manera que el oriental, ni el público español funciona de la misma manera que el alemán. Un traductor debe ser consciente de estas necesidades y de lo que puede funcionar en su público y mercado. Se pueden cambiar chistes —nuestro humor no es ni remotamente similar al inglés—, se pueden incluir acentos —el hombre lobo andaluz de Hotel Transilvania siempre es un ejemplo espectacular—, o incluso añadir juegos de palabras memorables —nunca olvidaremos aquella vez que en The Legend of Zelda: Breath of the Wild hicimos «el desenmorso»—. Dentro de estos elementos entran también los referentes culturales, aquellos aspectos que son propios de la cultura origen y que el público meta promedio no comprendería en el momento de la publicación del producto: programas de televisión, el famoso de turno, un cantante, una marca de ropa…
Referentes culturales y formas de hablar: dos maneras de conseguir lo mismo
Hay que tener presente que no todos los referentes culturales se pueden tratar de la misma forma ni tienen el mismo propósito. No hay una fórmula mágica que aplicar siempre, puesto que uno debe preguntarse varias cosas al detectar uno —lo cual no siempre es fácil—: ¿Por qué se usa este referente? ¿Para qué se usa este referente? ¿El público general lo conoce? ¿Este referente se asocia en la cultura meta a lo mismo que en la cultura origen? ¿Podemos cambiar este referente? ¿Hay alguna referencia visual que nos lo impide?

Todo depende del contexto y del caso individual, pues hay diversas soluciones por las que se podría optar y cuyos extremos serían la extranjerización y la domesticación.
Hay en casos en los que el texto necesita conservar elementos de la cultura de origen, por cualquier circunstancia. Quizás la bebida alcohólica favorita de un personaje no pueda pasar de ser sake a ser cerveza… porque literalmente están en Japón, está todo el escenario lleno de cerezos en flor y el líquido que bebe cada vez que va al bar es blanquecino. Así pues, en este escenario, es prácticamente obligatorio realizar una extranjerización. En otros casos, podríamos encontrarnos con un juego de comedia sin ambientación física definida pero ambientado en 2015 en el que se hace referencia a que un personaje es tan gracioso como Stephen Colbert, un humorista estadounidense. Como el público general español no suele controlar este tipo de famosos, un cambio legítimo sería sustituir al humorista norteamericano por Goyo Jiménez —quien además es famoso por sus monólogos sobre dicho país—. En este caso, la domesticación es funcional, aceptable, orgánica e incluso la mejor opción.
Eso sí, entre blancos y negros existe una amplia variedad de grises. Si en un videojuego se comenta que un personaje trabaja en Daihatsu y no vuelve a aparecer esta referencia en el producto, se podría cambiar la marca por Toyota —pues ambas son marcas de coches, pero una le sonará más al público promedio— o neutralizarlo totalmente diciendo que trabaja «en una fábrica de coches». También podríamos encontrarnos con una misión cuyo objetivo es buscar a un guerrero con jingasa. Como el público general no suele saber demasiado de ese tipo de términos, lo aconsejable sería decir que la misión es buscar a un guerrero «con un sombrero tradicional japonés».
Tampoco se puede tachar de inapropiado todo lo propio. En el segundo episodio de Chainsaw Man, encontramos un diálogo —también bastante comentado en Twitter, pero sin llegar a las magnitudes del otro caso— que cumple con todas las expectativas de una traducción competente, en la que se deja reflejado el humor de la serie de una forma muy española. Denji en esta ocasión sigue conservando su identidad japonesa intacta; los subtítulos nos dejan leer las palabras que nosotros, hablantes de español, identificamos con un macarra sin respeto, porque es lo que el idioma y la forma de hablar nos transmite. Las palabras de Denji son orgánicas y creíbles, pues las puede pronunciar tanto un gamberro japonés como el gamberro del pueblo. Obviamente, existen muchísimas variables que condicionan a los traductores al momento de aplicar estas jergas o expresiones: ¿En qué época está ambientada la acción? ¿Qué sociolecto corresponde a cada personaje? ¿Este personaje debe hablar de usted o puede mostrarse más cercano? ¿La forma de hablar corresponde con su edad, o el autor deliberadamente le atribuye otra en el original? ¿Trata a todas las personas igual o cuando mantiene una conversación con otro personaje en específico se vuelve educado? ¿Las expresiones que usa tienen alguna relevancia para la trama?

Cierto es que el público español adora verse reflejado mediante estos elementos. Siempre que un español ve a su personaje favorito diciendo una frase que podría haber dicho su mejor amigo, el sentimiento de pertenencia e identificación sale a la superficie. Es totalmente normal que nos guste vernos representados en nuestro producto favorito del momento, sea un anime, un videojuego, una película, una serie o un libro, y la labor del traductor es fundamental para que esto pueda suceder. A su vez, entender una obra en su totalidad, sin tener que buscar a qué se refiere un nombre extraño para pillar un chiste en su totalidad, es algo que normalmente a cualquiera le gusta. En resumen: el cambio de referentes culturales o inclusión de fraseología no solo hace que el receptor disfrute de manera más orgánica de la obra, sino que lo ayuda a entenderla. Sin embargo, tomar decisiones en estos aspectos sin caer en la sobretraducción es una línea difusa que al final alguna gente puede terminar cruzando —y más si son personas sin formación específica en estos aspectos—.
Una buena traducción
Cuando se hicieron virales las capturas de los subtítulos de Chainsaw Man, dos bandos tomaron las redes sociales. Elevados a su máxima potencia, por una parte tenemos al fan acérrimo del anime y de lo español, que no le importaría ver a Zoro Roronoa quejándose de lo cara que está la Estrella Galicia en el Gadis porque «Buah, es que soy yo literal» y que el traductor de dicha maravilla debería ganar el premio ATRAE. Por otra parte, tenemos al odiador profesional y experto autodeclarado de turno, que no entiende por qué se refieren a Shōta Aizawa como «profesor» si está claro que es «sensei» y se justifica diciendo que han «mancillado la cultura japonesa» y que deberían encarcelar a la persona que hizo semejante destrozo. ¿Cuál de estos dos bandos tiene razón? ¿La adaptación cultural absoluta —domesticación— o la conservación de todos los aspectos culturales propios del producto —extranjerización—?
Pues, querido público, si usamos esa habilidad especial llamada sentidiño, podréis deducir que realizar una adaptación cultural por defecto cada vez que se de la oportunidad no es lo óptimo. Como nos gusta decir en traducción, depende del contexto. En ciertas ocasiones, la adaptación cultural no tendría sentido ninguno y sería cambiar la obra hasta tal punto que, como público, nos sacaría de la inmersión que supone. No tiene mucho sentido que los Sombrero de Paja tengan presente a Falete cada vez que quieren hacer alusión a una persona que come mucho; de la misma manera, en El príncipe de Bel-Air las referencias a Chiquito de la Calzada quedaban más bien extrañas, pues un adolescente negro de los 90 no tendría ni la más remota idea de la existencia de este personaje.
Por otra parte, si optamos por una corriente más extranjerizante, se debe tener claro que no todo el mundo es tan conocedor de todos los aspectos culturales de, en este caso, la cultura japonesa: su idioma, sus celebridades, el significado específico de los colores, su sistema escolar, sus costumbres, las marcas de comida o bebida… Si, por ejemplo, en un anime se mencionase que un personaje está en décimo curso para hacer referencia a su edad, una traducción posible sería decir que está en bachiller —pues los años escolares son similares— o simplemente especificar la edad directamente, dado que no todo el mundo es conocedor del sistema escolar de Japón. En el caso de dejar el término japonés, podría debatirse si el uso de una nota del traductor en la parte superior de la pantalla sería apropiado. Con todo, en el anime actual ya se ha dejado bastante atrás esta etapa y sería inorgánico el volver a usarlas como solución recurrente, mucho menos en un medio profesional.

En lo que respecta al caso de la referencia oculta a David Civera, hay un objetivo que se ha cumplido con creces: hacer que esa escena del anime se volviera viral, con unos subtítulos muy propios y que agradan mucho a un sector del público objetivo. Muchos lo han justificado diciendo que esta referencia concuerda a la perfección con el carácter gamberro de la obra y su humor, y que tampoco hay que buscarle los cinco pies al gato. Es una frase que, hasta cierto punto, puede pasar desapercibida aunque en el día de mañada la sociedad española se olvide de David Civera —porque tampoco es una referencia tan directa y mucha gente joven incluso la ha pasado por alto—. En contra, se podría usar el argumento de que la cronología no coincide; Chainsaw Man está ambientado en 1997, mientras que la canción de David Civera vio la luz en 2002. Por lo tanto, de la misma manera que no se puede usar «pana» en la traducción de una historia ambientada en 2015, referenciar esta canción sería una incoherencia temporal clara. Cierto es que se trata de un mundo diferente al nuestro y puede que incluso en este universo la canción no se estrenase… pero aquí ya estamos rizando el rizo. Además, en el texto original no hay ninguna mención a ninguna canción; sí que se dice que debe detenerla y que le ha mentido, pero lo dice llanamente y sin ninguna musicalidad. Subtitularlo de la manera en la que lo han hecho va en contra de la naturalidad del lenguaje que se busca con la traducción y añade elementos que son cosecha propia de una persona que perseguía la risa fácil.
A pesar de todo, se trata de una decisión como cualquiera y se ha demostrado que, de una manera u otra, ha cumplido su función.
Lo que un traductor busca es que sus traducciones sean lo mejores posibles, que le gusten al público y hacer un trabajo del que sentirse lo más orgulloso posible. Al final, una buena traducción es aquella que le gusta al 50’01 % del público, pues no es fácil contentar a todos. En esta profesión siempre habrá alguien que se fije en la coma que no se puso en un juego de más de 10 000 palabras o en la mayúscula que quedó olvidada porque no hubo tiempo de revisar todas las celdas en las que aparecía una variable. Además, el traductor no siempre es el responsable de estas cafradas; detrás del equipo de traducción, están el equipo de revisión y el de testers lingüísticos, entre otros, que pueden cambiar detalles del texto porque lo estiman necesario o creen que funcionará mejor —y muchas veces, por limitaciones de tiempo o diversas causas, no se vuelven a revisar estos textos y el equipo de traducción se entera cuando el producto ya está en el mercado—. En ocasiones, hasta el cliente es quien te exige directamente usar un tipo de traducción o respetar elementos que tú, como profesional, cambiarías o adaptarías sin dudarlo. Se podría intentar hablar con el cliente y hacerle comprender tu visión como profesional mediante argumentos razonados… pero al final quien paga, manda.
Sin embargo, esto no nos impide ver el trabajo de otros con ojos críticos y explicar de manera razonada los motivos por los que una decisión puede gustarnos o no. No se deberían usar todas las referencias y localismos posibles en un producto extranjero para provocar la risa fácil. Aunque ahora mismo esto puede hacer gracia, en un futuro quizás se mirará hacia atrás y nos echaremos las manos a la cabeza, al igual que ha pasado con la plaga de españoladas que se pueden encontrar en el ya mencionado El príncipe de Bel-Air o en Sabrina: Cosas de brujas —escenario que no se repite en Friends o Los Simpson, series mucho más prudentes a la hora de incluir estos elementos—. No se puede ir a lo fácil y a lo rápido solo porque tenemos la libertad para hacerlo y el cliente lo permite. Como profesional de la traducción, se debe tener criterio. Como profesional de la traducción, se debe saber en qué momento se ha cruzado esa fina línea que diferencia una traducción funcional de una sobretraducción de manual.
Ojalá Makima diciendo: «Se basó en vivo»
Me gustaMe gusta